miércoles, 27 de marzo de 2013

LA URNA DE PLATA










LA URNA DE PLATA

 “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luís Borges

Encontré a este hombre sumido en la miseria, arropado por la sola rigidez de sus buenas formas, aprendidas en otro tiempo, en ambientes, en los que la opulencia y el despilfarro se mostraban ofensivas ante los demás mortales. Nos enfrentamos los humanos  a la ausencia de recursos materiales con la mente que nos acompaña en todo momento y vicisitud.
Sumido en la realidad más angustiosa, ahogaba sus penas en el alcohol,  en el interior de un bar cuyo propietario era un pariente suyo y le proporcionaba la bebida, a cuenta, no sin desdén y con desprecio.
Me  acogió angustiado, y se dispuso a elucubrar acerca  de los múltiples proyectos y empresas que le acompañaban: —tú, –no entiendes de estas cosas, –dijo arrogante,  —siempre encerrada en tu mundo… —comentaba alzando la voz, y –añadió aleccionador–, desconoces  lo que el hombre es capaz de hacer  para sobrevivir a la miseria…
 Tenía un fabuloso negocio entre manos que le iba a permitir salir en el interior de su coche destartalado rumbo a otras tierras, en donde la gente vive siempre “panza arriba”… quemados por el sol y abotargados por el exceso de  comida.
Compasiva, y con la añoranza de la infancia que en parte habíamos compartido, le invité a mi casa a comer, y cuando entró y se encontró con mis numerosos libros –exclamó asombrado, como quien se encuentra con algo inesperado: ¿Por qué tantos libros?... –comentó y al mismo tiempo miraba al vacío visiblemente impresionado. Terminó de comer en silencio y se marchó a su casa dormir la siesta. Todavía, le entregué una bolsa de comida para que tuviera alimento para unos días.
El tiempo pasó y no volví a saber nada de él, y pensé, –habrá encontrado su paraíso perdido—…Cuando me enteré de que  se encontraba, efectivamente, en un apartamento a pie de playa y se había comprado un  vehículo espectacular que hacía las delicias de todas las mujeres con las que alternaba continuamente, finalmente le habían encontrado muerto en medio de botellas descorchadas que impregnaban el ambiente de su casa con el olor a orgía y  alcohol por todos los rincones.
 Recibí una nota que me instaba a acudir al entierro.
 Con cierta desazón, me vestí de negro, para la ocasión, y asistí  a un espectáculo de banderas nacionales  y flores  y coronas con dedicatorias de alabanza, que surcaban la iglesia, su madre muy endomingada,  lloraba con  gesto teatral, algunos de sus parientes sonreían compasivos, –el funeral les congregaba irrumpiendo en su rutina como un acontecimiento único–,  la iglesia se pobló de personajes vestidos para la ocasión, y a mí,  me sentaron en la línea de los allegados paralela a los oficiantes de la misa con mucho boato, en donde tenía una perspectiva ventajosa para contemplar toda la escena.
 Las banderas que portaban sus amigos cuidadosamente uniformados, ondeaban con estrépito en la entrada, el teclado de un órgano resonó con un estruendo enloquecedor, todos atentos esperaban la llegada de los restos guardados en una urna de plata, un murmullo de voces sonaba en concierto, como un mártir de la causa se le rendía al difunto un homenaje póstumo, –él que había participado en tantos actos de elogio a la patria, perseguido por la justicia a causa de sus múltiples fechorías financieras, clamaba desde el cielo después de muerto para pedir justicia–,   y en medio  del tumulto bien asentado a ambos lados, el séquito formado por sus hermanos irrumpió por el pasillo central, dirigido por uno de ellos que portaba la urna  que contenía sus cenizas, en las manos,  y sonriente...  comentó en voz muy alta para que lo escucharan todos:—he aquí los restos de mi hermano—…    me volví para ver la escena y comprobé que se trataba del pariente del bar que  le proporcionaba  a cuenta, la bebida.
 Los ritos comenzaron con el rocío del agua bendita sobre la urna que brillaba en contacto con el agua y  una homilía muy sentida y altisonante se remontaba a la infancia del finado con todo lujo de detalles, – ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ––—gemía su madre—  entre muchos otros ayees y suspiros…  el ambiente cada vez más cargado con el incienso envolvía a los presentes hieráticos y firmes en una nube neblinosa que resaltaba sus rostros pálidos como la muerte.
  La ceremonia se cerró con los compases del himno nacional y el brazo alzado de los presentes enardecidos. Cuando llegamos al cementerio, en el momento en que abrieron la portilla de un panteón de grandes dimensiones para depositar el valioso objeto que contenía los restos, aún se produjo cierta indecisión a la hora de colocarlo y los operarios del cementerio encontraron un rincón apropiado entre el montón de los enormes ataúdes de sus antepasados, se entonó entonces otro himno de despedida que sonaba lejano en la casa de los muertos con las voces de los presentes en soledad, que salieron apresurados y a empellones del recinto para asistir por fin al  último homenaje póstumo, el banquete.
 Impresionada, y todavía dentro del espectáculo, llegué a mi casa con el propósito de descansar de tan largas exequias y de pronto, recordé las palabras del finado y su mirada atónita al vacío: ¿por qué tantos libros?... …

De: Claros Y sombras
Mercedes Vicente González

lunes, 25 de marzo de 2013

SEDUCCIÓN









SEDUCCIÓN


Afterglow (Borges)


Siempre es conmovedor el ocaso
por indigente o charro que sea,
pero más conmovedor todavía
es aquel brillo desesperado y final
que herrumbra la llanura
cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,
esa alucinación que impone al espacio
el unánime miedo de la sombra
y que cesa de golpe
cuando notamos su falsía,
como cesan los sueños
cuando sabemos que soñamos.







Su sola presencia lo hacía ya seductor, era un hombre guapo y muy agradable, y él lo sabía, un despliegue de recursos personales, se abrió ante mis ojos, los movimientos cautelosos y muy rápidos, imperceptibles, ese mirar desvaído y triste como quien no participa en el momento, ese hacerse el inaccesible, jugando al escondite, y sugerir, sugerir más que explicar, ninguna explicación era posible, suspiros envolventes nada más, entradas y salidas muy rápidas, con esa mirada lejana que se convertía en el centro de toda la atención, para no hablar, de infinitud de perversiones verbales que me arrojaban sin piedad hacia la confusión.
Me parecía gracioso, y tenía cierta gracia en sus movimientos,  me dejé llevar por el momento, con la esperanza de que algún día cesara tanto ir y venir y concluyera en un final feliz…
Sin saberlo nos dejamos arrastrar por una marea de llamadas que apelan a nuestros sentidos sin tregua, y arrobados por su atracción, compramos objetos que con el tiempo se tornan inservibles… leemos libros que a duras penas entendemos… besamos a personas que no son realmente de nuestro agrado… y así, vamos rodando por el mundo, dúctiles y maleables, proclives  a cualquier reclamo que llame nuestra atención, en una palabra, es difícil sustraerse a la seducción.
De nada servían ya, los razonamientos y los múltiples avisos de otras personas, sobre lo que estaba pasando. Lo había conseguido, me había seducido.
El final feliz no llegó nunca, sus palabras quedaron en suspenso, yo misma quedé en suspenso y en un silencio rotundo, el silencio más cruel, me quedé sin palabras, una afonía que me impedía defenderme  se prolongó durante cuatro largos años como una pesadilla, acudí varias veces al otorrino y estuve a punto de operar unos pólipos inexistentes, vagaba sin cesar por la ciudad que se había convertido en una ratonera… emprendí numerosos viajes de norte a sur… nada curaba mi ronquera y balbucía con frecuencia palabras nubladas para pedir auxilio, todos mis conocidos reían satisfechos, y en lugar de mostrarse compasivos con mi afección que emanaba más de mis entrañas que de mi garganta, no podía articular palabra, todos reían  y reían cruelmente, como en un mal sueño, llegué a notar que cuando alguien me dirigía la palabra con amabilidad, casi apuntaba en mi garganta un hilo tenue de voz que me aliviaba, hice lo peor que pudo pasar por mi imaginación atribulada, encerrarme y salir para lo imprescindible,   nada explicaba semejante estado, encontré otro método más racional, buscar pruebas, y el propio lenguaje de los signos me lo proporcionó.
Los sueños volvieron a hacerse presentes, la visión de la realidad era más lúcida y exacta, las impresiones parejas con las ideas fluían en perfecta armonía, todas las funciones del cerebro convivían tranquilas en su casa, explayarse entonces, resultaba fácil, y el hecho de transcribir los sueños, constituía en sí mismo, otro sueño.
 Todas las imágenes del pasado se hicieron presentes, todos los nombres de mis  amigos me salieron al encuentro, el tiempo era otro tiempo, todo, absolutamente todo, era presente, vivo y joven.
Enfrentarse a esos fantasmas que seguían pululando por la realidad con las mismas instancias anteriores, ya no era posible, y sortear esos avatares, ya no era difícil.
Así pasaron aquellos cuatro años, de hito en hito, la vida siguió su curso y un buen día sin saber cómo recuperé la voz.
Cuando ya daba por muerto aquel encuentro fatal que me sedujo sin piedad, después de largos años,  volví a encontrar por la calle a aquel hombre, que visiblemente nervioso y envejecido, adoptó un gesto hierático y distante, y se alejó. A partir de ese momento, en esos días comenzó   idéntico ir y venir que en los días del pasado, no sólo estaba vivo, sino que paseaba también con frecuencia de la mano de una mujer. Me esperaba en cada esquina y me miraba con ojos melosos, con el deseo encendido, pero yo ya no creía en esas cosas, estaba muy ocupada y aceleraba el paso cuando lo encontraba, supuse que ya contaba con una mujer y no tenía sentido mi presencia en su vida, le saludaba amablemente y continuaba hacia adelante como acostumbraba desde aquellos años fatídicos.
Transcurridos pocos  días desde el último encuentro, ocurrió algo totalmente imprevisto, al pasar delante de su portal, vi una esquela con su nombre escrito en ella y sus datos personales entre los que llamaba la atención uno, —como yo le había conocido innumerables mujeres— no di crédito a lo que veía,  “su apenada esposa”… él ya no vivía para desmentirlo.
De: Claros y sombras
Mercedes Vicente González
Foto: “Amantes” de Rene Magritte

domingo, 24 de marzo de 2013

LA SIERPE







Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas
Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,
Los turbios espejos y las muertas llamas
Charles Baudelaire


LA SIERPE

Con el sol del atardecer, encarado, suele llevar   una manzana en la mano que va rumiando suavemente,  se detiene y se  la tiende a un transeúnte cualquiera, en la calle de la Sierpe. Como saliendo de una bruma espesa y fría, el viento  corta la piel del rostro y de las manos, el paso sinuoso que serpea decidido en el trecho breve, temible, semejante a un maleficio, atraviesa de una calle a otra. Cuando uno pasa por ella, siente que su vida se estrecha y  de pronto la angustia anida en el pecho, los gatos nocturnos suelen salir al paso y acompañan por suerte al viandante.
Pisaba con decisión el dibujo en el suelo de la sierpe cuando al dar la vuelta a la derecha sintió la mano robusta de un hombre sobre su hombro que le dijo en un grito ahogado –  ¡sé quién eres!, ¡eres el desgraciado que ensucia nuestras calles y acosa a mi hija ¡ ¡y voy a matarte el día menos pensado!–
Él, indiferente, le tendió uno de los cigarros puros que llevaba prendidos en el interior de su chaqueta tal como acostumbraba a hacer en sus paseos por las calles de la ciudad, y continuó su camino.
 Pero al llegar a su casa la encontró sumida en un mar de llamas, rápidamente y con esfuerzo, salvó cuanto pudo, una mesa pequeña con largas patas pintada de negro, un espejo pequeño con un marco de madera muy trabajada, y otros cuatro espejos más sin marco de tamaño grande, una cartera de cuero que contenía una gramática en ruso, un libro de cuentos y un relato en colores escrito también en ruso con imágenes desplegadas, recuerdo de su infancia. Muy aprisa se dirigió a la casa de su amante y le entregó los objetos sin mediar palabra  sobre lo acontecido, –parto para otra tierra, –dijo, cuando vuelva espero volver a encontrarte.
 Cargado con su equipaje y toda su belleza, y dispuesto a emprender un largo viaje,   se alejó tímidamente de quien supuso el triunfo momentáneo sobre lo que solo existe  más allá de la muerte, más allá de la calle del maleficio en la que ahora el dibujo en el suelo se ha borrado ya, y los viandantes transitan por ella, con pasos  sinuosos, ignorantes de las innumerables historias desgraciadas que les ocurrieron a los seres que la pisaban indiferentes.
A partir de ese momento ella decoró su casa con los espejos en los que siempre contemplaba la imagen de un hombre desolado,  leyó y releyó los relatos y utilizó la misma cartera que los contenían, pasaba todos los días por la calle de la sierpe sin ningún tropiezo, abandonó  a su padre, y todos los días de sol a sol recorría las calles de la ciudad  y llevaba consigo manzanas con las que obsequiar a los transeúntes que pasaban por la calle maldita.
.
Se fue  para no regresar nunca más, muy  despacio, sin volver la vista atrás, tal vez temeroso de  volver a encontrar la ciudad que él hizo fantasma en otro tiempo y que ahora  reclamaba venganza… … sus habitantes aún  le  están esperando.

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: “Las tres velas” Marc Chagall

EL LLANTO DEL POETA









Poseeremos lechos colmados de aromas
Y, como  sepulcros, divanes hondísimos
E insólitas flores sobre las consolas
Que estallaron, nuestras, en los cielos más cálidos…

La muerte de los amantes (Charles Baudelaire)

EL LLANTO DEL POETA

En cualquier época del año  descendía por la cañada un hombre entrado en años cargado con una bolsa de lona, resto de alguna guerra y una flauta de pico plateada. Sus ojos garzos relucían grandes, arropados por párpados arrugados y unas guedejas canosas colgaban sobre sus hombros antaño rubias, como las que se suelen pintar a los arcángeles, vestía con harapos y calzaba unas enormes botas marrones, su mirada firme tenía un solo objetivo, llegar a la plaza en donde con voz profunda y dulce recitaba sus poemas, de vez en cuando se interrumpía y tocaba con su flauta bellas canciones de otro tiempo de tono melancólico y soñador, abrigaba dentro de sí una esperanza, único estímulo que le asentaba en esta vida.
Se decía por el pueblo que era un loco desertor de la guerra, los niños le esperaban al final de la cañada y le  seguían coreándole hasta la plaza, los mozos se reían sin cesar y todos esperaban verle aparecer  para asistir al espectáculo.
“El poeta desertor” le llamaban, vivía solo y se mantenía gracias a una huerta y algunas monedas que le arrojaban, bebía constantemente agua tibia que alojada en su vieja cantimplora debía conservar en buen punto su temperatura, gozaba incluso de buena salud y su presencia irradiaba cierto halo de belleza, –debió de ser un bello y atractivo muchacho–.
Un día entre el tumulto que se congregaba a su alrededor se oyó en medio del griterío la voz de una mujer que le solicitaba el poema “La muerte de los amantes”, él tan absorto como se encontraba en su trabajo no reconoció a la mujer, pero su voz se atipló como por encanto identificándose así con ella de una manera inconsciente, cuando antes de acabar  el poema dice:
Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,
Intercambiaremos un solo relámpago
Igual a un sollozo grávido de adioses… comenzó a brotar una lágrima de sus hermosos ojos que se ahogó en un sollozo incesante y no pudo finalizar, –la voz femenina que había escuchado evocaba a su amante de otro tiempo que en la oscuridad de la noche sollozaba sin consuelo cuando el partió a otras tierras a compartir los sollozos aterradores de la guerra–.
Cuando apesadumbrado recogía sus cosas y se disponía a partir la mujer conmovida le tomó de la mano y él entonces la reconoció en su aliento.
 Y cuando ya llegaba la noche,  en su regazo enjugó abundantes lágrimas.

viernes, 22 de marzo de 2013

LA NIEBLA DEL BOSQUE



LA NIEBLA DEL BOSQUE


” Brota el delirio al parecer sin límites, no sólo del corazón humano, sino de la vida toda y se aparece todavía con mayor presencia en el despertar de la tierra en primavera, y paradigmáticamente en plantas como la yedra, hermana de la llama….”

“Claros del bosque”
María Zambrano

Despertaba la primavera en aquel entonces y la ciudad se mostraba alegre y bulliciosa, eran horas cercanas al mediodía cuando el sol luce radiante en todo su esplendor matutino.
Había transcurrido mucho tiempo desde aquel fatídico accidente que las reunió en el entierro de una amiga común.  Las dos amigas sentadas en una terraza entre luces y sombras se refrescaban con una cerveza y disfrutaban con un lote de libros en las manos que acababan de adquirir en una librería de viejo,
Entablaron conversación muy locuaces y con visible entusiasmo intercambiaron impresiones, unas habitaban en el recuerdo, otras eran provocadas por la luminosidad del día.
Su amiga mostraba la misma caída de ojos de antaño hundidos en grandes ojeras y cierto aire libidinoso propiciado por su desarraigo y marginación, siempre en busca de otra mujer que llegara a intimar con ella. Para ello no escatimaba recursos y acudía con frecuencia a la poesía, a relatos de insignes escritoras y siempre desplegaba sin reparo y con entusiasmo un mundo femenino en espera de alguna señal que la invitara a sentir compasión por su amiga radiante y resuelta con cierto aire de ingenuidad.
En el transcurso de la conversación se dio cuenta de que  eludía siempre el fatídico accidente en el que falleció su mejor amiga cuando ella la acompañaba en el viaje en el asiento de al lado en el vehículo,  prendada de los encantos de la conductora, –a menudo buscaba amigas con ese mismo aire de ingenuidad para su propósito–, sus comentarios eran por lo general rotundos y sazonados con un tono siniestro y perverso, constantemente ahuyentaba la presencia de cualquier hombre que se acercara a saludar, pero ese día después de tanto tiempo se mostraba discreta y recatada con cierto reparo.
Como el tiempo era propicio decidieron hacer una excursión a una zona boscosa de la provincia con el fin de pasar el fin de semana en contacto con la naturaleza exuberante de aquella zona, entre risas ilusionadas se despidieron con el fin de preparar las cosas para el viaje.
Aún quedaban vestigios del invierno y su único temor era que se les estropeara el proyecto.
A la mañana siguiente emprendieron el viaje y buscaron un claro del bosque para acampar, el día aparecía nublado y esperaban el mediodía para ver alzarse el sol que aparecía difuminado y lejano, su amiga abrigaba grandes esperanzas en ese viaje, de carácter ambicioso nada se le ponía por delante con tal de alcanzar sus objetivos y siempre tomaba la iniciativa, ella ni siquiera sospechaba sus intenciones, y pensaba que unos días lejos de la ciudad serenarían sus nervios y cansancio, caminar y explorar la zona, comer al aire incipiente del buen tiempo, leer recostada a la vera de un árbol eran todos sus deseos.
 Sin embargo la sombra de su amiga desaparecida la intranquilizaba y sentía que de alguna manera usurpaba su presencia, sin querer la comparaba con su amiga superviviente y encontraba un vacío que la inquietaba cada vez más en aquel rincón del bosque rodeada por árboles gigantescos, cada vez que se acercaba su amiga en cierto modo la rehuía y se adentraba en el bosque con el fin de disipar sus sospechas, su compañía no la hacía feliz, el deseo de huir se hacía cada vez más presente.
Al llegar la noche una leve niebla humedecía el ambiente frío que se respiraba, durmieron como un matrimonio malavenido y al despertar la niebla era densa y espesa, a su amiga no le importaba en absoluto, pero ella quiso regresar a la ciudad agobiada por las circunstancias, sentía un malestar semejante a una pesadilla, deseaba en fin alejarse de aquel lugar y no volver a verla nunca más, en ese momento se dispuso a conducir el vehículo muy compasiva.
 Se hundieron en la niebla y el terror se apoderó de ella que no veía ninguna señal que le indicara la proximidad de la ciudad, su amiga la tranquilizaba con buenas palabras y conducía sin temor a través de la niebla, el vehículo se había convertido en un encierro cada vez más claustrofóbico, el trayecto era lento y eterno, su amiga silbaba, mientras ella estallaba en un llanto impotente, veía las sombras que la envolvían, necesitaba auxilio,  el aspecto de su amiga se transformaba con la luz mortecina de la mañana y causaba espanto, deseaba expulsar de su cabeza a su amiga muerta que se le aparecía en la ventanilla como una visión alucinada, nunca olvidaría aquella excursión en compañía de aquellas sombras húmedas.
A los pocos días de llegar a la ciudad encontró otra vez a su amiga en unos almacenes cargada con sus compras y en compañía de otra amiga.
      —Puedo acercarte a tu casa en mi coche, le tengo ahí aparcado– y señaló con el dedo, una impresión desazonada recorrió su cuerpo en un instante, – no, muchas gracias prefiero ir caminando. 
De: Claros y sombras
Mercedes Vicente gonzález

DEL OTRO LADO







Nuestra época— escribe Borges– es, a la vez, implacable, desesperada y sentimental; es inevitable que nos distraigamos con la evocación y con la cariñosa falsificación de épocas pretéritas. (“Vindicación” 232)

DEL OTRO LADO

Las gentes se recogen en sus casas y desde allí contemplan cómo pasa la vida, seguros en sus aposentos y siempre sentados, ninguna palabra es creación suya, se oyen las palabras comunes como código que la muerte impone a sus cerebros, caminan por las calles, grises, intranquilos, unos a otros se vigilan sin cesar, las críticas y murmuraciones invaden las calles y las llenan de un terror silencioso que les va minando, envidian un zapato, una silueta, un peinado, el saludo convencional está presente, no leen, no piensan, sueñan sin cesar con fuentes de riqueza que pague sus desmanes y exigen buen género, una comunidad mercantil son sus abrazos, incapaces de mirarse en otros ojos, clavan su vista en el trasero o en el estómago ajeno, desde el amanecer buscan con afán la otra vida, la de los demás que devoran con voracidad y que a su vez encuentran lo mismo en ellos, su vacuidad, y engordan,  engordan sin cesar, una caracola oscura y compleja es su refugio, nada saben de esperanza, sus risas estentóreas claman de lejos con el delirio de su locura, se arrastran en pos de las noticias más notorias del día , de las esquelas cotidianas, tema único de conversación, inconscientes de su soledad comen y beben y sacian así sus grandes barrigas que hunden en el peso de la noche frente al televisor su sola fuente de información, remedan la infancia en sus hijos que como monigotes les sirven de espectáculo vespertino.
Del otro lado las palabras inundan el cerebro como un universo tachonado de estrellas fugaces que van y vienen iluminando la paz de los días.
 No existe nada más allá de ese contacto diario con otros seres fascinados de otro tiempo, embriagados con la belleza de sus días,  su vida alcanza los recintos amurallados de la estulticia envolviéndolos con el  estruendo fantasmagórico de sus tumbas, ajenos, encerrados entre cubiertas apolilladas, moteadas por el polvo; del otro lado se viven otros pensamientos que acompañan el devenir cotidiano de las cosas, eterno es el tiempo de esos muertos que alimentan sin cesar las imágenes presentes coloreándolas, explicándolas; del otro lado el abrazo es febril, la mirada profunda, la esperanza ciega, el delirio que les  acompaña,  es la locura de un día soleado, de una noche iluminada por la luna, de un camino pedregoso y angosto, de los espacios inmortales de la tierra, del  eterno deseo en sus entrañas, de las cosas en fin acariciadas por su aliento, del estómago vacío, la sed de soledad es entonces cada vez más apremiante.


De Claros y sombras
Mercedes Vicente González 

TELA DE ARAÑA






“Me intereso en el lenguaje porque,  me hiere o me seduce”
Roland Barthes

TELA DE ARAÑA
Anoche mientras dormía un ferviente deseo erótico crecía en mi interior en el transcurso de un sueño. Vi por un instante a un hombre frente a un texto intrincado escrito en caracteres muy  antiguos de diminuto formato.
 Encerrado en una habitación de la que salía inquieto de vez en cuando en busca de alguna referencia, de algún diccionario o autor cuidadosamente guardados en el depósito de libros. Salía apresurado pero siempre regresaba reflexivo y cabizbajo, y volvía a sentarse frente al texto con la esperanza ciega de que en algún momento se iluminaran sus ojos, mientras tanto encontraba numerosos obstáculos que con frecuencia nublaban su vista y lo abatían con una intensidad solo comparable a su paciencia, poco a poco resolvía algún escollo, no hablaba con nadie y en completo silencio proseguía su actividad frenética, la hoja en la que trabajaba, despedía por momentos un aire divino casi místico que le mantuvo quieto largas horas, pasó un día entero en busca de la exacta grafía de una vocal que lo mismo podía ser una u que una o. Poco le importaba el tiempo en esos momentos, solo el texto frente a él era objeto de su deseo, pasaron innumerables minutos por su reloj  y  apenas reparaba en ellos, –tal vez una huida de la muerte, un amor desmesurado bañado por un deseo infinito le hacían presentar una batalla al tiempo con sus dos únicas herramientas: el lápiz y el texto–.
Un día muy de mañana, lo encontraron sus compañeros dormido con la cabeza  recostada  sobre su hoja y cuando lo despertaron musitó adormilado —ya lo he resuelto.
En ese momento llegó el jefe del departamento, incrédulo, contempló la hoja en donde había dibujado minuciosamente un caligrama que contenía las palabras con la forma de  anagramas ensartados en una gran tela de araña,  trastocadas, formaban una red perfecta que indicaba la resolución del  texto y que solo el tiempo empleado en ellas sería capaz de descifrar.

De: Claros y sombras
Mercedes Vicente González