domingo, 24 de marzo de 2013

EL LLANTO DEL POETA









Poseeremos lechos colmados de aromas
Y, como  sepulcros, divanes hondísimos
E insólitas flores sobre las consolas
Que estallaron, nuestras, en los cielos más cálidos…

La muerte de los amantes (Charles Baudelaire)

EL LLANTO DEL POETA

En cualquier época del año  descendía por la cañada un hombre entrado en años cargado con una bolsa de lona, resto de alguna guerra y una flauta de pico plateada. Sus ojos garzos relucían grandes, arropados por párpados arrugados y unas guedejas canosas colgaban sobre sus hombros antaño rubias, como las que se suelen pintar a los arcángeles, vestía con harapos y calzaba unas enormes botas marrones, su mirada firme tenía un solo objetivo, llegar a la plaza en donde con voz profunda y dulce recitaba sus poemas, de vez en cuando se interrumpía y tocaba con su flauta bellas canciones de otro tiempo de tono melancólico y soñador, abrigaba dentro de sí una esperanza, único estímulo que le asentaba en esta vida.
Se decía por el pueblo que era un loco desertor de la guerra, los niños le esperaban al final de la cañada y le  seguían coreándole hasta la plaza, los mozos se reían sin cesar y todos esperaban verle aparecer  para asistir al espectáculo.
“El poeta desertor” le llamaban, vivía solo y se mantenía gracias a una huerta y algunas monedas que le arrojaban, bebía constantemente agua tibia que alojada en su vieja cantimplora debía conservar en buen punto su temperatura, gozaba incluso de buena salud y su presencia irradiaba cierto halo de belleza, –debió de ser un bello y atractivo muchacho–.
Un día entre el tumulto que se congregaba a su alrededor se oyó en medio del griterío la voz de una mujer que le solicitaba el poema “La muerte de los amantes”, él tan absorto como se encontraba en su trabajo no reconoció a la mujer, pero su voz se atipló como por encanto identificándose así con ella de una manera inconsciente, cuando antes de acabar  el poema dice:
Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,
Intercambiaremos un solo relámpago
Igual a un sollozo grávido de adioses… comenzó a brotar una lágrima de sus hermosos ojos que se ahogó en un sollozo incesante y no pudo finalizar, –la voz femenina que había escuchado evocaba a su amante de otro tiempo que en la oscuridad de la noche sollozaba sin consuelo cuando el partió a otras tierras a compartir los sollozos aterradores de la guerra–.
Cuando apesadumbrado recogía sus cosas y se disponía a partir la mujer conmovida le tomó de la mano y él entonces la reconoció en su aliento.
 Y cuando ya llegaba la noche,  en su regazo enjugó abundantes lágrimas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario