martes, 12 de marzo de 2013

NINGUNA PULSIÓN DE PODER




A. Philip Randolph (La Familia), el crédito de la foto: Richard Avedon






NINGUNA PULSIÓN DE PODER

El poder y el dinero se obtienen siempre pisando a los demás y forzosamente generan cierto tipo de  soledad, que acompaña al afectado hasta el final de sus días.

Miré al viejo detenidamente, estaba en pié ligeramente inclinado, con la mirada ausente y una expresión de dulce inocencia en su rostro surcado de arrugas muy profundas y la piel, de color negro, la boca entreabierta, con labios muy gruesos  y unas grandes orejas, pegadas cuidadosamente a las paredes de su cabeza perfecta, llena de rizos canosos, pequeños, muy adheridos al cráneo.
 Traje raído y gris sobre una camisa,  cuya blancura resplandeciente destacaba bajo su chaqueta, que le  confería un aire de dignidad asombrosa y pobre. Sus manos, pobladas de nervios, con dedos muy largos, se dejaban caer a lo largo de su cuerpo, con la inercia del que no puede hacer nada y en esa impotencia, se dejaba estar,  brillante y paciente, muy esbelto y huesudo….
Todavía absorta, le miré entre sueños, desperté y pasé la página para ver quién era. Ni siquiera tenía nombre.







 “Aucune pulsion de pouvoir” de “La Chambre Claire” R.Barthes
Richard Avedon: A. Philip Randolph The Family, 1976

EL PERDEDOR SUPERVIVIENTE
















EL PERDEDOR SUPERVIVIENTE 



Yo creo que habría que inventar un juego en el que nadie ganara
J. L. Borges

Iba a la escuela  como todos los niños de su edad, superaba todas las pruebas.
Asistió a todas las clases de primaria  y de secundaria, era bueno en todas las materias, y como también era sociable y buen compañero ayudaba a todos los demás en sus labores de estudio cuanto podía.
Pronto se granjeó la simpatía de todo el colegio y llamó la atención de directores y profesores, que muchas veces le expulsaban de clase por hablador, pero esa era una excusa… todos los demás hablaban. También asistía diligentemente a todos los ritos  y festejos del colegio y acataba con suma discreción las normas vigentes. Su conducta era intachable.
Sus compañeros no dejaban de consultarle todos sus problemas y él les proporcionaba los textos traducidos con generosidad… los comentarios de texto…si alguno se confundía en su exposición en clase, le avisaba con rigor, todos secundaban sus risas, todos le aplaudían y los profesores siempre le preguntaban y le preguntaban, preguntándose a sí mismos cual era el secreto de tanto alboroto.
Un buen día le expulsaron del colegio públicamente por “indeseable” a la edad de doce años. Su padre decidió que era un peligro que continuara sus estudios, haciendo todo lo posible para que no persistiera en su empeño de cultivarse.
Pasó el tiempo, logró superar todos los exámenes en estudios sucesivos, con resultados brillantes, siempre despertando las sospechas en sus tutores que no comprendían el fenómeno.
Ahora vive lejos de sus tutores, ya no tiene padres, lo ha perdido todo menos su conciencia y su cultura, y continúa despertando sospechas y siendo discreto,  siempre le han negado una plaza en la enseñanza, nunca ha sido tutor y no le quieren en ninguna parte, es una persona incómoda y tiene que defenderse de continuas agresiones, le pegan… le insultan… le maldicen… le humillan... le desprecian... es un peligro público, un perdedor superviviente.

Ya no tiene compañeros de clase…

EL ESPECULADOR DE ALMAS











EL ESPECULADOR DE ALMAS

Chíchikov se despertó… hizo una castañeta y recordó, con radiante faz, que era dueño poco menos que de cuatrocientas almas.
Nikolai Gogol, “Almas muertas”

Nunca olvidaré aquel sueño leve, en el cual yo deambulaba por las calles. Una noche de lluvia fina,  contemplé,  junto a una esquina, a un hombre que llevaba puesto encima mi chubasquero blanco, con la capucha encajada en su cráneo desnudo y el aspecto de una calavera, era la viva imagen de la muerte, según se acercaba a mí, se transformaba en un personaje muy conocido en la ciudad, por su modo de  proceder siniestro y perverso.
Ocurrió hace mucho tiempo, y  en la actualidad, esta vez, fuera ya del sueño, el individuo apareció un día  cerca de mi casa, en la misma esquina, caminando hacia mí, apresuré el paso para no verlo y subí a mi casa con inquietud.
Poco tiempo después, un camión enorme de mudanzas anunciaba un nuevo inquilino en la casa, con gran estrépito de muebles y embalajes muy grandes y planos, que eran transportados con sumo cuidado, denotando su fragilidad, –el personaje del sueño no sabía vivir sin espejos– siempre, en compañía, de cualquier interlocutor ocasional, contemplaba su imagen en los espejos con insistencia, proyectándola sobre él, sin ningún pudor, el protagonista de esta historia  tenía un aspecto horrible.
Tuve un mal presentimiento, el hombre de la esquina se instalaba en mi edificio. Así ocurrió. Muy pronto empezaron a suceder cosas extrañas en la casa, averías de todo tipo, enfados entre vecinos, muertes inesperadas, y un subir y bajar por las escaleras agitado y convulso de todos los vecinos.
Decidí enfrentarme a él sin temor,  conociendo perfectamente sus intenciones, –la muerte había llamado a mi puerta y se presentaba dispuesta a negociar–  no soy experta en negocios, nada me repugna más, pero hice uso de mis recursos como pude. Se trataba sólo de estrategias reiterativas y aburridas, que yo iba derribando, no sé cómo, una por una. Mi persona constituía un capital de almas vivas para él, porque eran muchos mis amigos en la ciudad y él, las iba minando sin piedad.
Unas perdían la vida, otras sus amores, todas se volvían horribles en su aspecto, otras perdían su trabajo, otras enfermaban, en ese tiempo yo perdí a muchos de mis amigos y las cosas me iban muy mal. Negocié y negocié sin parar, hasta que él encontró a una mujer, se tranquilizó, y al fin prescindió de mí.
Hoy, muy alejada de sus malas artes, lo he vuelto a ver en un sueño, apostado en una esquina, esperando la lluvia fina y con mi chubasquero blanco. Cuando me desperté corrí angustiada hacia el ropero y comprobé que mi chubasquero blanco estaba allí olvidado, junto a uno dorado, de uso más reciente. La lluvia caía insistentemente, bajé a la calle y me informó una mujer, que tres de mis vecinos habían pasado a mejor vida, consternada, subí de nuevo a mi casa, con el fin de deshacerme de esta prenda maldita y comprobé, horrorizada, que había desaparecido y la percha vacía, bailaba, colgada en el ropero.

De: Canto De Sirenas.

sábado, 9 de marzo de 2013

EL FARO DE ALEJANDRÍA









EL FARO DE ALEJANDRÍA

La noche era estrellada y estaba parcialmente iluminada por la luz intermitente del faro que permitía por breves instantes contemplar el horizonte, la luna lucía en todo su esplendor, la brisa del mar era agradable y suave, la temperatura estival.
A las once de la noche tenía que embarcar con destino a la isla en la travesía de una noche.
Caminé con mi exiguo equipaje hasta el puerto y cuando el barco grande y blanco se acercaba me apresuré con ilusión a embarcarme.
Después de depositar  mi equipaje en el camarote, salí a cubierta con el fin de despedirme de la bahía blanca antes de sumergirme en las negras aguas de alta mar, a fumar un cigarrillo, disfrutaba de la noche de estío y pensé –no tardará mucho en acercarse un hombre, –es lo habitual–.
Cuando ya surcábamos la bahía en dirección a la isla, yo me dejaba acariciar por la brisa marina,  se acercó un hombre de mediana estatura, cabello claro y ojos también claros que brillaban refulgentes con los diferentes reflejos nocturnos. Después de saludarme intensamente, y de hacer algún que otro comentario acerca del estado de la mar, –la mar era “mar bella” esa noche–, y de la buena temperatura de qué gozábamos, se dispuso muy interesado a entablar conversación, cosa que a mí no me importaba en absoluto, unas palabras antes de acostarme me sumirían en un sueño profundo, relajado e inconsciente con sumo placer.
Parecía un hombre muy sensible y educado, le escuchaba con atención y pensaba al mismo tiempo: “me gusta estar en el mundo, aún sentía el despertar del sol rojo y satinado del amanecer de ese día, ¡Cuántas cosas ignoro a causa de mi ausencia de las cosas! ¡De mi falta de conciencia! En un esfuerzo cotidiano, cuando surge el encuentro de esas mismas cosas y de las personas suelo hacerlas presentes, las miro, las observo detenidamente y siento de pronto que se me escapan al vacío en donde se pierden y las veo alejarse, ocurre que transcurrido un tiempo, regresan a mi memoria, entonces me abalanzo sobre ellas para que no vuelvan a escaparse. Es el vértigo del vacío, es la sombra de la nada”…
El hombre era tan amable y paciente que en su deambular por las palabras dejaba espacio  suficiente como para que las ensoñaciones arroparan nuestro diálogo en el curso de la noche. Supe entonces que venía de Egipto en donde se había dedicado a investigar unos papiros. Como si estas cosas me fueran ajenas le dejé explayarse y solo le pregunté si se trataba de papiros relacionados con el mundo helenístico. Muy satisfecha con su afirmación me dejé llevar por ese mundo ya explorado durante unos instantes, sin perder de vista su mirada brillante, sus gestos y su dulzura que me era en extremo familiar.
La noche transcurría sin percances y hubo un momento en que mi memoria hizo acto de presencia, recordé aquella estancia desventurada en un lugar del sur de España, cuando un hombre tan encantador como el que tenía ante mis ojos, de origen polaco, me encontró una noche y me —dijo— en inglés —Why are you crying? Acto seguido me enjugó las lágrimas y me dejó en mi hotel rodeándome de los arrumacos más sensibles.
Por un instante me alejo y dejo los sentidos inmersos en el paisaje, a fin de cuentas eso es todo, estar en el paisaje circundante… sumergirse en ese todo cósmico… respirar la brisa del mar… sentir su mirada y su pálpito constante… la noche… las formas… el tránsito…
Con una sonrisa de bienvenida constaté después de preguntarle – ¿ha estado usted en el sur de España? – ¡Ah sí! contestó él –en un lugar inolvidable rodeado de montes oscuros, iluminado por el sol más ardiente, ¡ah sí! —¡unas vacaciones espléndidas!–. Quise entonces saber más, pero no cabía duda, encajábamos en el paisaje lunar sobre el mar como en aquel otro paisaje urbano rodeado de montañas oscuras y estábamos hospedados en el mismo hotel.

viernes, 8 de marzo de 2013

LA TRAMPA









LA TRAMPA

Se acercó a la casa, y se quedó maravillado con el hallazgo, que encajaba a la perfección en con el aire bohemio que siempre le acompañaba.


Cuatro vigas mal puestas sostenían el paso de los años, el techo inclinado cubierto de arpillera, tenía zonas abultadas a causa de las goteras, el juego de luz y sombra le daba un aspecto acogedor, sus paredes blancas, su suelo rojizo, la escasez de muebles, apenas una yacija a modo de sofá y un somier en el fondo que hacía las veces de lecho o cama, una habitación más, un vestidor que almacenaba ropa en un armario improvisado, una cocina inclinada toda ella y un cuartucho retrete.
 El acceso a ella era igualmente viejo y destartalado, las escaleras crujientes, la baranda inestable y un tropel de vecinos sin nombre enemigos entre sí. Un juego de cables en la entrada permitía eximirse del pago de la electricidad, el entorno era pobre muy pobre.
Una vez dentro de la casa, uno tenía la impresión de estar en medio de una suerte de milagro azaroso del tiempo y los recursos. Cubierta de libros  como estaba, inundada de música, y rebosante de vida, joven… ilusionada. Todo el que visitaba el lugar se quedaba prendado de sus encantos, si bien es verdad que el encanto procedía de otros lugares que lo habitaban por doquier, allí, sucedieron muchas cosas que impregnaban el ambiente en una especie de ensueño.
Nadie reparó en el hecho real que lo alimentaba, encerraba fugitiva a una persona o quien sabe tal vez a mas de una persona, con su historia, con sus sueños y esperanzas, encerraba una huida, de hecho también sirvió de refugio para fugitivos de distinta índole, en esa casa se congregaba todo el secreto de una ciudad que nadie descubría, unos veían bohemia, otros abandono y dejadez, asimismo snobismo, pero la pobreza era real y el abandono también.
 Con el paso del tiempo estas circunstancias no han variado en absoluto en otros lugares y habitáculos. El alma fugitiva que lo habitaba continúa errante por el mundo y lleva consigo su ensueño, en su vagar ha visto muchas imitaciones y mejoradas en su género, pero ninguna encierra ese secreto que sólo él fue capaz de descubrir —dijo con voz muy grave —es una trampa–.

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA FIGURA DEL OLVIDO












LA FIGURA DEL OLVIDO


...pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa te desgarra
y te puede matar una guitarra.

J. L. Borges

Una figura brillante se me apareció en sueños esta mañana, era muy esbelta y hermosa. Envuelta en mi memoria, contemplé con tristeza mi desventura.

—Es la hora de despertar– me dije, ya la figura blanca hace acto de presencia.

Lejos, de la ciudad que todo lo engulle sin piedad, caí entonces, en la cuenta, ella viene a buscarme, ella viene a salvarme…

Corrí hacia la figura con premura, me acogió con agrado entre sus brazos y comprendí de pronto que nada en mi memoria estaba olvidado y debía contarlo, para así alejar un poco de mí su peso.

Ya no recorreré las viejas calles, que me están esperando para lacerarme aún más en mi desdicha, con el recuerdo siempre presente, de su desdén, que encadena al visitante y lo arrastra hacia la ignominia.

Vi como se alejaban en ese momento otras figuras, de antaño, con sus espejos, y sus reflejos, con sus maravillosos cristales de bohemia, las cartas encerradas, los mensajes soterrados, otros despertares, las luces y las sombras, los rastros silenciosos, las preguntas sin respuesta, los sueños de otro tiempo, los años, el tiempo que se impone altivo, la muerte que espera, la miseria, la derrota, la locura, los muertos del pasado.
 En un torbellino de palabras, están ahí escritos, esos recuerdos, sin que nadie venga a rescatarlos.

La hermosa figura me abrió el paso y me invitó solícita a entrar en su seno, –entrégame la clave del olvido, —le dije, —todavía no es tiempo–, me respondió.

Mientras tanto en el presente, sopesaba la idea de visitar la ciudad, en la que con toda certeza, hay una lid encarnizada, entre la sombra y la Quimera que por el momento me resisto a presenciar, consciente de los peligros que la acechan, soy una perdedora solitaria y me gusta esa condición, soy una superviviente… es y será siempre la ciudad de las sombras y a mí me complace la luz de la Quimera.

Nuevos sueños, nuevas esperanzas, nuevas figuras que me excluyen como siempre del abismo en que se encuentran, ya los fantasmas del pasado, cansados de hurgar en mi memoria sin otra respuesta que la que ya está escrita, aparecen en el tiempo.

De este modo el nuevo sueño que me ha visitado hoy mientras dormía, me ha avisado: “Todo está dispuesto”, “se hace tarde”… vi entonces, con espanto, el paso del tiempo implacable.

Me desperté muy relajada, libre del peso del pasado, y alegre, con la hermosa y esperanzadora figura brillante del nuevo sueño, ante mis ojos, y sentí de pronto, que todavía los recuerdos se agarran con fuerza y no se desvanecen, insisten transformados en los sueños del presente, que tanto me confortan y me alejan de la muerte.

Algo me dice que aún no es la hora del olvido, pensé. Contemplé la figura que se alejaba llevándose en su seno mis relatos ya impresos y me dispuse a comenzar una nueva aventura en este tiempo que me aleja y me acerca cada vez más a mis fantasmas, siempre a través, de la conciencia de las palabras.

martes, 5 de marzo de 2013

EL SECUESTRO













EL SECUESTRO

La buena fortuna hizo todo lo demás... ...

Después de un viaje muy largo llegamos a París en donde hicimos transbordo y nos encaminamos a nuestro lugar de destino, un pueblecito del norte de Francia, contiguo a Ri, el lugar de las andanzas de la protagonista de Flaubert.
Nos apeamos en un cruce de caminos donde todo estaba desierto, y no había nadie, ni siquiera trabajando en los campos. Cargados con nuestras mochilas, nos sentamos a esperar al encargado de los pormenores del  Campo de Trabajo, venía él personalmente a recogernos.
Llegó en un coche blanco, destartalado, con el pelo muy largo y muy desaliñado, nos saludamos cortésmente y subimos al vehículo rumbo a ese lugar que nos estaba esperando, en donde nos íbamos a encontrar con otros amigos de otros países de lo más variado, de Londres, de Italia, canadienses, belgas… españoles, éramos nosotros cuatro.
Nos alojamos en la Mairie, un viejo edificio que en otro tiempo fue el Ayuntamiento. Nos recibieron, muy distantes, los demás encargados del centro junto con el  que hacía las veces de jefe a la cabeza, un mozalbete muy alto y rubio, también con el pelo largo, sin afeitar y con unos ojos verdes espectaculares.
 Nos sentaron a todos a la mesa y nos sirvieron, en medio de un enjambre de idiomas, una cena típica del país. Todos teníamos escrita en el rostro la ilusión de la aventura...
Terminamos de cenar y nos dirigimos hacia nuestro dormitorio, que más parecía un barracón de un campo de exterminio, provisto de una hilera de hamacas, a modo de catres para dormir y sin ningún tipo de intimidad. Entonces, nos leyeron en un francés muy cerrado, las normas del Campo, y nos mostraron una habitación en donde encontraríamos alimento siempre que lo necesitáramos.
Había que madrugar muchísimo y trabajar de sol a sol. El objetivo era reconstruir un castillo del siglo XV que había sido abatido en el desembarco de Normandía. De cuatro torres que tenía, sólo quedaba en pie, media torre y estaba lleno de escombros que recogíamos en carretillas que pesaban una enormidad. El trabajo era durísimo, maçonerie,  pura y dura.
El jefe se sentaba a la cabecera de la mesa, desde donde nos contemplaba a todos con sus enormes ojos verdes, y yo, que estaba sentada justo en la cabecera opuesta, recogía sus miradas cada día más encendidas. No pasaron ni tres días, y uno de esos días, cuando nos vino a despertar, era él quien lo hacía de viva voz, arreando al rebaño, que éramos nosotros,  me dijo a mí cuando me levantaba:”No, tú no, tú puedes dormir lo que quieras”…
De esta manera yo aparecía en el campo dos horas más tarde que mis compañeros, dispuesta a cargar con carretillas,  ante el asombro de todos los demás que no dejaban de hacer bromas…
Pronto llegó al campo un joven parisino, muy agradable y miope que era profesor de matemáticas, con el que hice enseguida amistad y se sentaba a mi lado en la mesa.
Todas las actividades del campo eran dirigidas con vehemencia por el jefe, autoritario y caprichoso y con traza de ser “un enfant terrible”, excursiones, visitas a iglesias, visitábamos también otros pueblos cercanos, la catedral más próxima… Su mirada permanecía fija en  la mía sin cesar y cada día más encendida, él, me colmaba de privilegios... 
Una noche nos sacó a todos del barracón y nos condujo a través de caminos intrincados, con una incesante música de grillos y especialmente oscura, en una excursión interminable en la que no parábamos de dar vueltas y más vueltas sin destino aparente. Mi compañero parisino que tenía un sentido de la orientación nada desdeñable, me propuso salir del redil y tirar por otro camino a través del cual llegamos, agotados, a la Mairie que encontramos cerrada, allí estaba sentado, sobre un banco de piedra, el segundo en autoridad en el Campo. Muy decidida me acerqué a él y le pedí la llave, no me la dio sino que él mismo nos abrió la puerta y la dejó abierta, entramos a descansar y todo estaba vacío... echábamos de menos a nuestros compañeros que imaginábamos todavía dando enloquecidas vueltas...
Dormimos algo inquietos pero muy cansados, y cuando despertamos, vimos aterrorizados, que no había venido nadie, y que la Mairie estaba cerrada a cal y canto. El amigo parisino sospechaba que todos habían abandonado el campo pero no, todavía sus cosas estaban allí, y lo que nos estaba pasando, constituía una encerrona. Como era muy listo y bastante hábil intentó abrir cuidadosamente la puerta, y lo consiguió, en ese momento llegaba el encargado de la provisión de leche y queso, visiblemente azarado, nosotros, aturdidos también y apresurados, nos disponíamos a salir enseguida de ese lugar que en medio de un día gris y lluvioso, había tomado el aspecto más siniestro, mi amigo me instaba a salir muy deprisa y  casi sin saludar al anciano, salimos rumbo a la carretera por ver si pasaba algún coche que nos llevara a la estación más cercana, de pasada, vimos aparecer al jefe, que venía de su casa y se dirigía a la Mairie, aceleramos el paso y vimos como hacía un alto en su bicicleta y nos miraba con insistencia, estaba claro, él  había abandonado a su suerte a todos nuestros compañeros que en esos momentos seguían dando vueltas tratando de encontrar la salida...
Nosotros llegamos ya tranquilos a París y nos dimos un paseo por la ciudad y cada vez que yo le preguntaba a mi amigo por el incidente, con un gesto de terror en el rostro y llevándose el dedo a la boca me respondía
 — ¡chiisttt¡ –mejor olvídalo–....