viernes, 22 de marzo de 2013

DEL OTRO LADO







Nuestra época— escribe Borges– es, a la vez, implacable, desesperada y sentimental; es inevitable que nos distraigamos con la evocación y con la cariñosa falsificación de épocas pretéritas. (“Vindicación” 232)

DEL OTRO LADO

Las gentes se recogen en sus casas y desde allí contemplan cómo pasa la vida, seguros en sus aposentos y siempre sentados, ninguna palabra es creación suya, se oyen las palabras comunes como código que la muerte impone a sus cerebros, caminan por las calles, grises, intranquilos, unos a otros se vigilan sin cesar, las críticas y murmuraciones invaden las calles y las llenan de un terror silencioso que les va minando, envidian un zapato, una silueta, un peinado, el saludo convencional está presente, no leen, no piensan, sueñan sin cesar con fuentes de riqueza que pague sus desmanes y exigen buen género, una comunidad mercantil son sus abrazos, incapaces de mirarse en otros ojos, clavan su vista en el trasero o en el estómago ajeno, desde el amanecer buscan con afán la otra vida, la de los demás que devoran con voracidad y que a su vez encuentran lo mismo en ellos, su vacuidad, y engordan,  engordan sin cesar, una caracola oscura y compleja es su refugio, nada saben de esperanza, sus risas estentóreas claman de lejos con el delirio de su locura, se arrastran en pos de las noticias más notorias del día , de las esquelas cotidianas, tema único de conversación, inconscientes de su soledad comen y beben y sacian así sus grandes barrigas que hunden en el peso de la noche frente al televisor su sola fuente de información, remedan la infancia en sus hijos que como monigotes les sirven de espectáculo vespertino.
Del otro lado las palabras inundan el cerebro como un universo tachonado de estrellas fugaces que van y vienen iluminando la paz de los días.
 No existe nada más allá de ese contacto diario con otros seres fascinados de otro tiempo, embriagados con la belleza de sus días,  su vida alcanza los recintos amurallados de la estulticia envolviéndolos con el  estruendo fantasmagórico de sus tumbas, ajenos, encerrados entre cubiertas apolilladas, moteadas por el polvo; del otro lado se viven otros pensamientos que acompañan el devenir cotidiano de las cosas, eterno es el tiempo de esos muertos que alimentan sin cesar las imágenes presentes coloreándolas, explicándolas; del otro lado el abrazo es febril, la mirada profunda, la esperanza ciega, el delirio que les  acompaña,  es la locura de un día soleado, de una noche iluminada por la luna, de un camino pedregoso y angosto, de los espacios inmortales de la tierra, del  eterno deseo en sus entrañas, de las cosas en fin acariciadas por su aliento, del estómago vacío, la sed de soledad es entonces cada vez más apremiante.


De Claros y sombras
Mercedes Vicente González 

TELA DE ARAÑA






“Me intereso en el lenguaje porque,  me hiere o me seduce”
Roland Barthes

TELA DE ARAÑA
Anoche mientras dormía un ferviente deseo erótico crecía en mi interior en el transcurso de un sueño. Vi por un instante a un hombre frente a un texto intrincado escrito en caracteres muy  antiguos de diminuto formato.
 Encerrado en una habitación de la que salía inquieto de vez en cuando en busca de alguna referencia, de algún diccionario o autor cuidadosamente guardados en el depósito de libros. Salía apresurado pero siempre regresaba reflexivo y cabizbajo, y volvía a sentarse frente al texto con la esperanza ciega de que en algún momento se iluminaran sus ojos, mientras tanto encontraba numerosos obstáculos que con frecuencia nublaban su vista y lo abatían con una intensidad solo comparable a su paciencia, poco a poco resolvía algún escollo, no hablaba con nadie y en completo silencio proseguía su actividad frenética, la hoja en la que trabajaba, despedía por momentos un aire divino casi místico que le mantuvo quieto largas horas, pasó un día entero en busca de la exacta grafía de una vocal que lo mismo podía ser una u que una o. Poco le importaba el tiempo en esos momentos, solo el texto frente a él era objeto de su deseo, pasaron innumerables minutos por su reloj  y  apenas reparaba en ellos, –tal vez una huida de la muerte, un amor desmesurado bañado por un deseo infinito le hacían presentar una batalla al tiempo con sus dos únicas herramientas: el lápiz y el texto–.
Un día muy de mañana, lo encontraron sus compañeros dormido con la cabeza  recostada  sobre su hoja y cuando lo despertaron musitó adormilado —ya lo he resuelto.
En ese momento llegó el jefe del departamento, incrédulo, contempló la hoja en donde había dibujado minuciosamente un caligrama que contenía las palabras con la forma de  anagramas ensartados en una gran tela de araña,  trastocadas, formaban una red perfecta que indicaba la resolución del  texto y que solo el tiempo empleado en ellas sería capaz de descifrar.

De: Claros y sombras
Mercedes Vicente González

jueves, 21 de marzo de 2013

LA ANFITRIONA







LA ANFITRIONA


Llegué a la ciudad, después de un largo trayecto que bordeaba la costa y cuando el verano se hacía sentir cálido y luminoso. Era una ciudad costera, atravesada además por un ancho río surcado por pequeñas embarcaciones y cubierto con numerosos puentes. ¡Mañana radiante aquella!, calles muy cuidadas y amplias, pobladas por  un entramado de pequeñas tiendas en las que se podía comprar té de todas clases, sabrosos frutos secos, joyas y  prendas exóticas de colores variopintos, cesterías y comercio de muebles antiguos. Al llegar a una pequeña plaza descendiendo a través de unas escaleras de piedra se llegaba a un extenso mercado con toda la variedad de alimentos a la venta que visitaría con frecuencia. Llena de vida se extendía a mis pies y contaba además con un hermoso puerto de mar.
La zona además, en una extensión de pocos kilómetros contenía fantásticos castillos que sin duda visitaría en compañía de mi anfitriona, una joven licenciada en lengua española por la universidad de Lyon ávida de perfeccionar su recién estrenada lengua, para ello contaba con numerosos amigos con los que nos reuníamos de vez en cuando. Al poco tiempo de llegar se organizó un viaje que recorría la ruta de los castillos. Un hombre misterioso y sabihondo nos acompañaba, su mirada desvaída, sus manos huesudas y largas, de talla esbelta y muy resuelto en su forma de moverse.
Pronto se erigió como cicerone y en el transcurso del trayecto iba tomando posición de líder cada vez con más insistencia, paramos en el primer pueblo de la ruta a tomar un refrigerio y deambular por aquellas calles empedradas cuando amenazaba tormenta, nos iba contando múltiples historias antiguas sobre los antepasados que habitaron el castillo que el hombre conocía en profundidad, nosotras le escuchábamos con atención sin perder ningún detalle y cuando nos encaminábamos hacia el castillo el hombre desapareció dentro de una nube de polvo dejándonos solas en medio de un paraje sin perspectivas, intentamos regresar en busca de nuestro vehículo aparcado y comenzamos a dar vueltas y más vueltas en un camino sin sentido. Agotadas y sumidas en una oscuridad espantosa, decidimos hacer un alto en un recodo del camino, así permanecimos abrazadas durante toda la noche.
 Al amanecer vimos que nos encontrábamos a las puertas de un enorme castillo que un cicerone nos abrió para que entráramos y contempláramos las diferentes estancias, –tal vez el cansancio o quizás el terror de la desorientación fueran tan fuertes como para creer en alucinaciones–, el lugar  y las historias fantasmagóricas que habíamos escuchado al hombre se prestaban a ello, tal era el ambiente inquietante que nos embargaba, después de pasar  una noche horrible  contemplábamos el interior del castillo con la lasitud y la indiferencia provocadas por el estupor y el cúmulo de las impresiones,  rogamos sin más al cicerone que nos  indicara la salida.
 De regreso  llegamos a la ciudad que se encontraba en fiestas y no volvimos  a saber nada del hombre que nos  acompañó, cuando mi amiga me contó cómo le había conocido una tarde de invierno, añadió que no recordaba haber visto nunca al hombre cuando llegaba la noche y señaló que siempre lo veía de día, que tampoco conocía su casa y todos ignoraban sus costumbres y  en todas las reuniones en las que participaba era él quien dominaba la situación si se trataba de temas relacionados con la historia de la ciudad.
Una noche salí para participar de una fiesta multitudinaria, en la que recorríamos la ciudad todos los presentes enlazados por las manos disfrutando de la música, los fuegos artificiales, la comida y la bebida en abundancia, cuando nos encontrábamos cerca del puerto vi que  el hombre que asía mi mano derecha era el mismo que nos llevó a visitar el castillo, se soltó de la comitiva y me arrastró a través de un camino que orillaba el puerto, lleno de humedad adherida al empedrado de las casas que rezumaban oscuras a uno de los lados, entramos en una de ellas y otro hombre igualmente misterioso y siniestro  nos anunció: –la reunión acaba de comenzar–, y al mismo tiempo nos proporcionó un arma, yo, aterrada y confundida por  las circunstancias, quise huir de ese lugar despavorida, pero en la entrada ¡cual no fue mi sorpresa! estaba ella para impedírmelo, mi anfitriona.    

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González  

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA CASA DESHABITADA








LA CASA DESHABITADA


Ser lo que somos y convertirnos en lo que somos capaces de ser es la única finalidad de la vida.
ROBERT LOUIS STEVENSON

Todos los días pasaba por la calle estrecha en la que se encontraba su casa, un hombre en extremo delgado con unas gafas de concha y un macuto cargado sobre sus hombros.
El hombre vivía al final de la calle en donde había nacido,  su caminar era ágil y parecía cimbrearse sobre sus enflaquecidas piernas con un paso muy ligero y cierto aire de ausencia en su rostro, con la mirada al frente —como si no viera nada más que el horizonte—.
La calle se iluminaba a un lado y el paso del hombre se dibujaba en la acera de enfrente en donde no lucía el sol a las horas en que regresaba a su casa.
Asomada a una ventana pequeña ella lo veía aparecer de vez en cuando por casualidad como un transeúnte más en medio de una vecindad siempre alborozada, se mantenía discreta y habitaba en el lugar con absoluto secreto ignorada por los demás vecinos. Pasó mucho tiempo hasta que lejos de esa calle conoció al hombre que se mostró solícito y encantado  con el encuentro de su vecina.
A partir de entonces solía visitarla con cualquier excusa, siempre cargado de libros que guardaba en su macuto y muy locuaz, había decidido tomar café en su casa con asiduidad, maravillado y sorprendido por la música que sonaba en aquella casa y la habitación repleta de libros.
Se hicieron buenos amigos y conversaban sobre temas de su interés como la cosa más natural del mundo. Cada día la sorprendía con un nuevo volumen, con una nueva música y le robaba así un poco de su tiempo.
El hombre divulgó por toda la ciudad su descubrimiento, – ¡tantos años pasando delante de esa casa y yo sin enterarme!... –solía comentar con vehemencia–
Las notas musicales siempre nos trasladan a otro tiempo y combinadas con los libros nos evocan sueños sin fin y él, ¡tan pasional!, se dejaba arrastrar sin medida en la casa encantada. Pronto deseó trasladar su hallazgo a su morada, hizo reformas y todas ellas lo evocaban,  llegó incluso  a desear vorazmente acostarse con su anfitriona, adoptó todas las señales de su personalidad, incluso se trasladó de vivienda y como era hombre que gustaba de divulgar sus sentimientos y conocimientos intelectuales, se rodeaba continuamente de gentes que invitaba solícito a su casa con el fin de provocar en ellos idéntico impacto.
Como el tiempo no pasa en vano, ella abandonó su morada y se invirtieron los términos, ahora era ella la que disfrutaba de una casa ajena y como se trataba de  una  réplica de la suya que añoraba en aquellos días de su vida, de vez en cuando visitaba a su amigo al que encontraba sumergido  en grandes proyectos que nunca finalizaba, y siempre con música de fondo que le enardecía con el compás apasionado de su espíritu, sin importarle en absoluto su selección, sin embargo –el marco era perfecto y lo habitaba un hombre por completo desquiciado—.
Un día le encontró en la calle con muy mal aspecto, grandes ojeras se dejaban ver a través de sus lentes y un color macilento en la piel le confería una presencia de desfallecimiento abotargado, daba la impresión de que reventaba por dentro.
Al cabo de tres días como de costumbre, visitó a su amigo, nadie contestó a su puerta, la casa despedía un extraño olor cadavérico, y sonaba sin cesar la música a todo volumen como si se tratara de un disco rayado. En adelante  ella decidió caminar con su casa a cuestas por la zona iluminada de las calles y prescindir de visitas entusiastas  a la hora del café.
De: Claros Y sombras
Mercedes Vicente González

martes, 19 de marzo de 2013

TIERRA DESOLADA










TIERRA DESOLADA
 
Es necesario reivindicar el derecho de soñar. Quizá pueda parecer, a primera vista, un derecho de poca monta. Pero, si se reflexiona sobre ello, aparecerá como una gran prerrogativa. Si el hombre es capaz todavía de nutrir ilusiones, ese hombre es aún un hombre libre.

Antonio Tabucchi. El siglo XXI, balance y perspectivas. 1991
 
Cuando salió de su casa aquel día soleado de agosto y se encontró frente a la ciudad deshabitada en medio de un calor sofocante, cavilaba cabizbajo sobre el entorno que le rodeaba, como si  la yerma meseta le invitara a concebir otros parajes no explorados, otras perspectivas… y en su interior estallaran los sueños. Su trayecto era el habitual, de sol a sol recorría en silencio  esos lugares que se le clavaban en las entrañas y el deseo de partir cada vez más imperioso.
Era una agonía hermanada con las plantas agostadas, los árboles ennegrecidos por el sol ya secos, la tierra áspera revoloteando en nubes de polvo, las piedras del río ya no brillaban al sol, los estanques de los parques aparecían vacíos, los animales agotados por el calor desfallecidos dormitaban, una tierra sin historia envolvía el asfalto por el que habitualmente transitaba.
La vida hirviente y bulliciosa se rebeló en su interior al anochecer.
El viejo sombrero ladeado sobre la sien y un pitillo que humeaba entre los labios. La figura esbelta cubierta con largos pantalones de ante también envejecido, resuelto  y duro caminaba en la fría noche hacia la estación de ferrocarril  con los ojos semicerrados a causa del humo y cargado con una gran bolsa de viaje el hombre.
La ciudad iluminada quedaba atrás mientras él se iba hundiendo en la zona más oscura de la calle y a lo lejos titilaban las luces del ferrocarril. Ya no esperaba nada, se había despedido definitivamente de su habitual entorno y para ello decidió salir con su rostro cubierto. Un encuentro fortuito, una palabra entonces le hicieron soñar su futuro, arrojó el cigarrillo al suelo con desdén, y subió al tren.
Hombres y mujeres se encontraban en su compartimento y un gesto de amargura se dibujaba en su rostro ansioso de cruzar la frontera. En el momento en que el tren resonó con su silbato, como si de pronto atisbara una sombra en el andén que le reclamaba, descendió y muy consternado aceleraba el paso en dirección a su  eterna morada como si nada hubiera pasado y nada entorpeciera su camino, después de todo, extranjero como se sentía, en otro país le embargaría sin duda  la misma  sensación.
Al atravesar el dintel de la puerta entornada de su casa, en su interior ella se encontraba entre las luces temblorosas de las velas, –perdón –dijo él, confundido por el encuentro, – había olvidado las llaves, —aire fresco nos sentará bien… la joven con actitud resuelta se levantó de su asiento y le acompañó en silencio, por las calles nocturnas de la ciudad.
 Cuando divisaban la estación le dijo: – ¿sabes? –Cuando me siento como tú –suelo pasear durante la noche por el andén con la secreta ilusión de desaparecer–, hoy he preferido esperar tu regreso… enlazados en un abrazo trepidante se encaminaron hacia la estación, libres de carga, jocosos y firmes,  envueltos en una nube de sueños y con el estruendo silbante del primer tren se hundieron en la tierra que habitaban sus sombras.
De: Mercedes Vicente González
Foto: "El enigma de un día" Giorgio Chirico

lunes, 18 de marzo de 2013

EL REPARTO













"Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros."

Franz Kafka


EL REPARTO

El día era nublado y frío, la cola se extendía hasta la plaza de enfrente, el centro del Ayuntamiento estaba abarrotado de gentes portadoras cada una con bolsas y carritos de la compra, se respiraba un hambre tranquila y esperanzada, niños de  dos o tres años, blancos y de color gritaban y lloraban impacientes, transcurrirían tres horas antes de saciar su apetito, un hombre solitario leía pacientemente en un rincón un libro de relatos sobre la guerra civil española, de una autora local ya fallecida, el hombre al verla llegar la interpeló y —dijo: –si me das una correa yo te paseo al animal porque falta mucho tiempo para el evento, incluso habrá muertes… le miró asustada, y él replicó –es una manera de hablar, pero la cosa se presenta conflictiva–, —el hombre era un experimentado visitante–.
Las gentes se agolpaban a la puerta, y se pedían la vez unos a otros, ya les había veteranos, pero la afluencia de público cada vez era mayor, ella decidió esperar pacientemente con su vez ya apalabrada, le tocaba detrás de un hombre burdo y mal vestido y con cara de no enterarse de nada.
Al cabo de un tiempo, se acercó la comitiva de funcionarios, muy solícitos y preocupados, abrieron las puertas y todos entraban y rellenaban por turnos un papel con sus datos con el fin de facilitar el reparto en lotes, a continuación había que descender al sótano a través de una angosta escalera  y los niños rezagados llamaban a sus madres gritando desde arriba, fueron levantados en volandas con el fin de salvarlos de la aglomeración y los empellones y depositados en los brazos de sus madres, pronto llegaría el turno… ya cerca del comienzo de la cola se divisaban grandes estanterías de comida de excelente calidad, los altos cargos de la institución en persona estaban repartiendo con una agilidad inusitada bolsas de  los mejores alimentos y pan que los  que tanto tiempo estaban esperando se apresuraban a cargar en sus bolsas para salir camino del ascensor con su botín. El hombre lector la acompañó a ella en todo momento, hablaron de literatura, comentaron el terrible frío y humedad, que pasaban en invierno, y la ayudó incluso con su carga.
Los rostros satisfechos de los que salían mostraban una sonrisa de alegría y colaboraban unos con otros a la salida llenos de una energía que parecía trasladarse directamente del peso de sus bolsas a su corazón.

De: Claros y Sombras
De: Mercedes Vicente González

sábado, 16 de marzo de 2013

CASTILLOS EN EL AIRE











Castillos en el aire


No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.
Virginia Woolf



Un mediodía de verano, después de vivir escenas terriblemente violentas, huyó de su casa familiar en compañía de un individuo que pretendía ser su esposo. La ciudad se abría amplia y llana a sus pies, y ella solo albergaba en su interior el deseo ardiente de comerse el mundo.
Joven aún, el ansia de ver, oír y leer, de descubrir un nuevo mundo, la embargaban, comprendió enseguida que su compañía fiel iba a desembocar en el más cruel de los fracasos, su espíritu libre impedía a todas luces una relación constante que sometiera sus sentidos al magreo diario de un marido al uso, a cambio de una vida vacía y estúpida.
Soñaba, y todos sus sueños parecían convertirse en realidad, proyectaba... buscó un cobijo seguro y se dispuso a estudiar, –él impotente la seguía–, ella avanzaba con seguridad sorteando todas las dificultades. Llegó muy lejos en su propósito y era evidente su resolución.
Era casi una niña cuando fue consciente de que el matrimonio consistía en un canje económico  y que la que no valía para puta tampoco valía para ese evento. Supo que el amor se encontraba en otra parte, tal vez dentro de sí misma. De modo que no tenía prisa, se dedicó unos años a leer, a estudiar y ayudaba a su partenaire en sus estudios, de esa manera era evidente que procedía con absoluta honradez y claridad.
Pero las presiones se abalanzaban sobre ella por todas partes, insistentes y molestas acabaron con su huida y la ruptura con su futuro esposo.
Las cosas se pusieron aún más difíciles, los machos de la familia se vengaron dejándola a merced  de cualquier desaprensivo, ella continuó en su línea y llegó aún más lejos en sus pesquisas, se mantuvo entera y dedicada a sus quehaceres y se enriqueció aprendiendo de otras fuentes.
Aquellos varones españoles e insignes, que tantas promesas le prodigaron, se vengaron cruelmente, y desaparecieron de su vida en espera que recayera sobre ella la perdición. De aquellas desventuras solo quedan las ilusiones, un amor intenso guardado dentro de sí y todos los sueños de su primera juventud, por lo demás, los futuros maridos proliferan por doquier, en un lugar en el que nada se mueve a través de los años y las putas no saben de castillos en el aire.