domingo, 31 de marzo de 2013

IMPOTENCIA


 
 
 
 
IMPOTENCIA

 

"En la sociedad actual estar en paro es como estar enfermo, síntoma de alguna oscura falta: impotencia, debilidad, mala suerte, ineficacia. Si no puedo comprar, no existo."

Cristina Peri Rossi

 

Por aquellos días un hombre joven discretamente atractivo frecuentaba los lugares en donde solían alternar intelectuales y jóvenes de toda condición, hacía poco tiempo que se había separado y eran aún más fuertes sus pretensiones de sexo y de compañía que la mera circunstancia de una amistad.

Siempre tenía prisa y andaba merodeando por los bares en busca de alguna ocasión propicia que aliviara su sensación de soledad.

Como se acercaban las vacaciones había proyectado hacer un viaje al sur del país vecino en la costa, y con buen tiempo por delante.

Era hombre de convicciones muy firmes pero daba la  impresión de ser un poco atolondrado. Poco tiempo pasó hasta encontrar la ocasión que buscaba, se trataba de una mujer libre e independiente que aunque no compartía con él ese apremio fulgurante por el sexo, se avino a conversar con él y conocerle mejor –en cierto sentido desconfiaba de sus buenas cualidades como amante– pero no le dio importancia y como deseaba un cambio de aires se embarcó con él en el viaje proyectado y le pareció una buena idea —el cambio de aires les sentaría bien a los dos.

Sus vidas eran diametralmente opuestas. Ella no se había casado nunca porque el matrimonio le parecía una excusa para tener sexo seguro, una jaula en la que no deseaba entrar y harta como estaba de frecuentar instituciones sociales de toda índole, esa le parecía la más hipócrita. Además carecía de recursos, era una mujer en paro.

Él por el contrario era amante de todas las convenciones sociales y deseaba una intensa vida familiar casi de un modo tan natural como inconsciente y se sentía incómodo en el mundo sin ese marco de seguridad, además su trabajo requería la presencia de una mujer, pues se encontraba muy bien situado y aunque tenía descendencia, en esos momentos se encontraba libre de sus obligaciones ya que sus sólidos lazos familiares lo liberaban de vez en cuando y en esa operación cinegética en que se hallaba, suponía un alivio,  era además un hombre rico.

Decidieron viajar en un tren de última generación en el que todo funcionaba de manera automática, y muy cargados con su equipaje.

Pronto se dio cuenta ella de que el joven buscaba solazarse, y que la relación no tendría futuro, esa manera de hacer el amor siempre con prisas y aprisionada en un abrazo potente y quieto que atenazaba sus miembros, ese – ¡no te muevas, haz el favor de estarte quieta!–, nunca la besaba, y la ausencia de su mirada durante largos momentos o su mirada fría y vacía la impresionaron de tal manera que lo único que deseaba era escapar de su aventura. Su indiferencia crecía a medida que él se iba poniendo más nervioso, se tomó las cosas con calma y decidió disfrutar del entorno y leer un buen libro, – ¿ya estás leyendo?– le decía levantando la voz… un buen día él recibió una llamada de teléfono  –un asunto familiar le reclamaba según dijo–, así que recogió sus cosas y la dejó plantada en medio de la naturaleza con la excusa de que volvería pronto.

 Ella decidió también volver al punto de partida y cuando intentaba dar alcance al primer tren, se encontró en medio de un laberinto de vías que la desorientaban más y más, ¡cuántas veces se había visto en una situación semejante! llamando a las puertas del trabajo con insistencia y vuelta y tras vuelta regresaba siempre a casa con las manos vacías, las colas eternas de la Oficina Nacional de Empleo, las buenas palabras en las salas de espera en las que pasaba horas interminables, los empleos ocasionales que la llenaban de frustración, el despliegue de recursos mentales en busca de alguna solución, las innumerables carencias de las cosas indispensables para vivir, luchar contra enfermedades sin medicamentos, el acoso constante de individuos como éste que la consideraban presa fácil, el regocijo de sus enemigos, conoció a fondo  la envidia, las insidias, la codicia, los vicios, el abuso y la miseria en todos los ámbitos, llegó al fondo más profundo de la estupidez, siempre buscando la salida y cada vez con más intensidad.

 Las vías se enrevesaban pertinaces y agresivas, se estrechaban y se ensanchaban en un entramado  interminable obstruyéndola el paso y cuando daba la impresión de que al fin encontraba un camino más ancho se volvían a estrechar en medio de un laberinto pedregoso y oscuro que la alejaba cada vez más  del punto de partida con un vacío desolador en perspectiva. De todos los sentimientos que la embargaban ninguno era tan insistente como la impotencia. Anduvo con dificultad un buen trecho, completamente desorientada y agotada por el esfuerzo, el tiempo transcurrido le parecía eterno, hasta que  vislumbró a lo lejos una pequeña estación en el pueblo más cercano, respiró aliviada, al final la esperaba una estación, tomó el primer tren  y llegó extenuada a su casa, cuando a los pocos días recibió una llamada, era él otra vez que requería su presencia en una nueva aventura.

Ella, cansada de tanto forcejeo inútil, desconectó convencida de que todo había sido un terrible error, solo comparable a las colas de la Oficina Nacional de Empleo.

Foto: Impotencia

De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

sábado, 30 de marzo de 2013

EL ABRAZO DEL AVESTRUZ


 

 
 
 
Los días del pasado quedaron tan atrás,
fúnebre hilera consumida
donde las más cercanas aún humean,
velas frías, torcidas y deshechas.

No quiero verlas; su aspecto me aflige,
me aflige recordar su luz primera.
Miro ante mí las velas encendidas.


  Velas” Konstantinos Kavafis 1899.

 

EL ABRAZO DEL AVESTRUZ

 

 Una vez consumado en toda su plenitud, poco más tiene que decir el amor, salvo la rutina de la convivencia, el tedio, la práctica del sexo, y otras lindezas que justifican nuestro miedo atávico a la soledad. Todo lo demás es arte… es sueño… y el amor más excelso es el soñado.

 El pasado le  pesaba como una losa… el futuro incierto no arrojaba ningún signo de esperanza…  Sin embargo en el presente  los días se iluminaban con la misma intensidad de luz con la que se iluminaba su estancia recogida y diminuta con innumerables velas vacilantes en la sombra,  y optaba por la supervivencia, en un mundo caótico y decrépito. Ilusiones lejanas y la sensación continua de una unión vívida y palpitante encerrada dentro de sí prolongaban los días con sus noches para hundirse en el vacío de la nada. Un presente dibujado con certeza, entre útiles de trabajo, sueños, imágenes, y palabras que explican cada instante y lo azotan con violencia.

Aquel amor de otro tiempo, había superado la posesión y la locura, superó el tiempo y la pobreza, y superará también la muerte,  siempre encuentra un lugar en el que florecer vivo y risueño, lleno de gozo, reescribiendo su historia, autónomo, con vida propia,  al arrullo de un abrazo que se recoge en sí mismo,  misterioso y eterno, como la misma fuerza de las palabras.

Pero ahora solo la lasitud de los días se prolongaba  en el tiempo y el trayecto había  llegado a su fin, fin de viaje.

En plena noche, en la oscuridad de los sueños un enorme cráneo tapiaba su cabeza envolviéndola  en un abrazo en completo silencio y el  trémulo beso de su boca deforme la dejó atrapada, sin habla y sin aliento, en medio de las sombras. La imagen era una masa informe, inacabada y sin embargo encendía el deseo más ardiente, todas las sensaciones del pasado inundaban su ser y poco a poco la masa era solo una, en una unión perfecta y pétrea, por momentos el terror  de la muerte invadía sus miembros. Despertó de un sobresalto y la figura del hombre se desvaneció, respiró profundamente, abrió los ojos sorprendida y al mismo tiempo abrió la ventana, una sensación de alivio y bienestar se hermanaba con la luz incipiente del nuevo día, supo entonces quien era el extraño, pero aún no le conocía.

Foto:  Trouble in Paradise, 1932 by Ernst Lubitsch.

De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

viernes, 29 de marzo de 2013

ANDRÓMEDA


 

 
 
 

 






ANDRÓMEDA

No se nace sino que se deviene mujer.
Simone de Beauvoir



 

Tuvo la mala fortuna de nacer mujer en un medio que le exigía rasgos y actitudes propias de un varón. Toda su infancia la pasó entre hobbies, y juegos varoniles, se le exigía incluso ese arrojo varonil que distingue a hombres y mujeres en los comienzos de la vida. Era una hembra en el más amplio sentido de la palabra aunque fina, delicada y con una fragilidad aparente que llamaba a engaño a quien la conocía.

Muy consciente de su fatal destino quiso saber qué habían hecho otras mujeres en circunstancias parecidas y leía a hurtadillas, a escritoras del pasado cuando los avatares que le ocurrían al sexo débil eran aún más estrictos o al menos semejantes a los suyos. Tomó en su más tierna adolescencia la decisión de ingresar en un convento de clausura en donde esperaba encontrar un remanso de paz y refugio de sus penalidades, pero la rechazaron y se mofaron de ella.

Cargó con el estigma largos años, acosada por los hombres que competían con ella en inteligencia y se mostraban agresivos en su presencia sacando a la luz sus múltiples actitudes varoniles.

Cuando finalizó su adolescencia se le exigió un matrimonio concertado, –eso que parece increíble en nuestros días ocurre con relativa frecuencia–. Intentó liberarse de esas cadenas y para ello había cosechado con esfuerzo un brillante expediente y con ese pretexto consiguió desplazarse a otra ciudad, y se desembarazó así del entuerto.

Se convirtió poco a poco en una mujer muy atractiva y solitaria que despertaba sospechas en cualquier lugar, objeto del acoso más despiadado y pertinaz de todos los hombres que conocía.

Se recogió en sí misma sin renunciar nunca a su condición femenina y fue acusada, vilipendiada y humillada hasta la saciedad.

Cuando ya tenía casi terminado su recorrido y cansada de luchar, recibió una noticia: un varón la sustituía en el medio en que nació mujer. Ansiosa por conocer qué habría sido de ella como hombre, se encontró con una gran decepción, tan sólo la suplantaba como un vulgar hacendado.

 

 

Nota: La madre de Andrómeda, Casiopea, habiendo presumido de ser tan bella como las Nereidas, provocó la furia de Poseidón, que decidió inundar la tierra y enviar al monstruo marino Ceto para que acabase con los hombres y el ganado. Cefeo, padre de Andrómeda, sabía por el oráculo de Amón cuál era la única solución: entregar a su hija al monstruo. Para ello, la dejó vestida únicamente con unas joyas y encadenada a una roca.

 
 Foto: Andrómeda encadenada a una roca de Gustav Doré
 

De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González
Se encuentra publicado en Amazon.com, también en formato Kindle.

El relato de un sueño



La amistad significa buenas maneras, amabilidad, constancia en el afecto. Los amigos que se gritan rara vez continúan siéndolo. Los maridos y mujeres que se gritan suelen seguir casados; a veces felizmente casados".

Texto extraído del libro "Aquí y ahora-Cartas 2008-2011"

Paul Auster



Nada le aterraba tanto como enfrentarse a una página en blanco, como una noche sin sueños y el triste amanecer de un día nublado. Aquellos días para él representaban el vacío y la desesperanza. Vagaba por  parques y calles sin rumbo en espera de encontrar algo que le llenara de estímulo para poder continuar su novela que en esos momentos no avanzaba y necesitaba dinero. Bebía alcohol en los bares para calmarse y encontrar algún resorte que lo hiciera reaccionar. Una noche tuvo suerte y encontró a una vieja amiga de juventud encantadora  con la que compartió unas copas y los dos charlaban y reían  amigablemente intercambiando impresiones. Muy amable ella le invitó a pasar unos días en su casa en la que se encontraba muy bien instalada y gozaba de un entorno privilegiado, cercana a la ciudad, estaba rodeada de árboles y  acompañada del susurro de un mar tranquilo a sus pies. Él aceptó gustoso y se fue muy ilusionado a su casa dispuesto a preparar el viaje para lo cual debía dejar las cosas bien ordenadas y los libros bien recogidos en cajas por causa de la humedad y de su ausencia indefinida.

Esa noche durmió bien y soñó con las delicias que le esperaban.

Poco tiempo después cuando llegó a la casa de su amiga se quedó maravillado de la buena disposición de las cosas y los encantos de su habitante, le contó cuáles eran sus planes en espera de alguna inspiración para terminar su trabajo, ella comprendió enseguida que su invitado sobre todo necesitaba soledad y un cambio de ambiente, le ofreció su casa por el tiempo que necesitara pues  iba  a trasladarse a la ciudad de sus padres en los próximos días y la casa quedaría a su entera disposición.

Hablaron de su modo de dormir, de sus sueños… y los dos estaban de acuerdo en que no se puede vivir sin sueños.

–Yo, –dijo él– suelo soñar siempre las mismas cosas, que mis libros están encerrados en cajas que no puedo abrir… que alguien lee ante mí algún libro de mi propiedad y me lo ha arrebatado… que me dispongo a escribir y la página permanece en blanco durante horas… que un texto que estoy leyendo se deshace en cenizas entre mis manos,  imágenes de escritores que conozco bien me hablan en sueños… y rara vez sueño otras cosas diferentes, pero siempre cuando me despierto  acudo a mi despacho a contemplar que en  realidad todo ha sido un sueño.

–Ella reía cándidamente, su amigo le inspiraba una gran ternura–, y añadió que solía tener sueños eróticos como la mayoría de la gente y que tal vez  sus sueños se debieran a algún tipo de obsesión, por eso mismo un cambio de aires les cambiaría el rumbo y como el lugar era muy silencioso su modo de dormir sería profundo y sin sobresaltos.

A la mañana siguiente desayunaron y ella le preguntó cómo había dormido y si sus sueños le habían visitado. Él todavía perplejo por el sueño que le había visitado esa noche, se lo relató fielmente:

 – Una noche cerrada de invierno vi como caminabas delante de mí y quise alcanzarte, cada vez que daba un paso en lugar de avanzar retrocedía, lo intentaba con desesperación y no lograba más que retrasar mi avance, tú hiciste un alto en el camino y entraste en una casa muy iluminada, me tranquilicé  por un momento pensando que tarde o temprano llegaría a encontrarte en ese lugar, angustiado por el paso del tiempo que transcurría con atrocidad, imaginé que no llegaría antes de que decidieras ir a dormir y por nada del mundo quería molestarte, cuando desapareciste en perspectiva noté que ya mis pasos avanzaban muy deprisa y cuando por fin logré llegar a la casa iluminada y te tomé de las manos contemplé con espanto que las líneas de mis manos se habían borrado y aparecían muy blancas, lisas y deformes, tú no reparaste en ello y me hiciste pasar al interior en donde encontré sobre tu mesa de trabajo el libro que estaba escribiendo, en ese momento, con mis manos temblorosas lo abrí y estaba maravillosamente editado y dispuesto, llenas sus páginas de imágenes y letra impresa, más tranquilo y muy agradecido te tendí de nuevo mis manos que en ese preciso instante habían vuelto a la normalidad.

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González

miércoles, 27 de marzo de 2013

EL LIBRERO









"En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido.
Ante todo el olvido de lo personal y local." 
J.L.Borges

EL LIBRERO

Durante algunos años, un día en la semana lo tenía dedicado a la visita de una librería y así lo hacía con asiduidad. Contaba con una pequeña asignación mensual para la adquisición de algún libro que le interesara en ese momento y con tiempo libre para leerlo, días intensos de libros y de música… días inolvidables… que dejaron una huella profunda en su mente y que se repetirían  más tarde con diferentes formas y espacios y lugares.
El hecho de entrar en una librería encierra siempre algo misterioso sobre todo si se encuentra en silencio, lo habitual es encontrar expositores y anaqueles con los libros semicolgados a merced de un comprador ocasional que repare en ellos. No falta en ocasiones un tipo casi imprescindible en estos ámbitos que, como buen marchante de arte, ofrece al comprador las últimas novedades.
Esta no era la actitud  más adecuada  para con nuestro personaje que se desenvolvía  a las mil maravillas en el pequeño recinto, no obstante, llamó poderosamente la atención del librero que, pese a sus asiduas visitas, acudía siempre con toda su humanidad a recibirle y con gran derroche de amabilidad y gesticulación le ofrecía los últimos ejemplares de poesía, —había entrado en la librería una persona interesante que como se podía observar y era bien notorio, mostraba preferencia por la poesía–, era cierto, pero también mostraba el mismo entusiasmo por otras cosas, de hecho, siempre entraba y se dirigía directamente a la elevada y frágil escalera que cubría el acceso a los anaqueles que él escalaba discretamente hasta alcanzar el objetivo del día, bien podía tratarse de literatura norteamericana, algún autor alemán o francés,  inglés o ruso, hispano, griego, o italiano… …  la librería estaba cuidadosamente clasificada por los países que se extienden  desde Oriente hasta Occidente, así que se tenía también en cierto modo la impresión de viajar por acá y por allá  y eso la hacía mucho más atractiva que  si se hubieran clasificado solamente sus libros en orden alfabético y  por géneros.
Lo maravilloso era que allí se encontraban todos sus amigos de entonces, desde los románticos alemanes hasta  los más modernos, los más significados autores de toda la Literatura Universal.
 Hábilmente encaramado en la escalera y con la atención concentrada en la búsqueda de su objetivo, no dejaba sin embargo de escudriñar las sugerencias que el señor librero proponía a los diferentes compradores que iban entrando, por otra parte, de lo más variopinto, hasta que se dio cuenta de que en ese día, el de su asidua visita, tenía lugar allí un verdadero cónclave de intelectuales locales, con lo cual enriquecía su información y de algún modo, en absoluto clandestino, espiaba los aconteceres y noticias novedosas que pululaban por la ciudad, y desde luego, tampoco sentía remordimiento alguno, a fin de cuentas él formaba parte del decorado y de alguna manera participaba directamente en la vida activa y en el espíritu de la ciudad.
 Un buen día, apareció un individuo muy extravagante con un raro sombrero en la cabeza, que evidentemente impresionado por el librero, por quien sentía en secreto un profundo desprecio, por el simple hecho de vender libros, ignorante quizá de las buenas intenciones del buen hombre que profesaba gran amor a la cultura y de algún modo encubría sus carencias intelectuales, que con gran sigilo le hizo un encargo. Se trataba de un ejemplar insólito que difícilmente se encontraría en una editorial al uso, el vendedor muy solícito y preocupado, prestó mucha atención al visitante que ocultaba tras de sí, a sus espaldas y sujeto con sus manos un espléndido ramo de rosas rojas, y tendiéndolo hacia adelante en actitud oferente  le espetó sin más, con visible ánimo de sorprenderle: quiero “El Libro Sagrado  de los Espíritus”.
 Nuestro personaje, muy seguro de sí mismo y decidido,  descendió de su escalera, se acercó a uno de los expositores en los que había propaganda y otras muchas noticias y revistas, tomó  de la hemeroteca un viejo periódico local  y se lo entregó en completo silencio… …
El librero se acercó al visitante habitual y le preguntó, turbado por las circunstancias– ¿realmente crees que existe, “El Libro Sagrado  de los Espíritus”?– él, que deseaba prolongar durante más tiempo su visita a la librería sin despertar sospechas –dijo– dirigiendo la vista a los expositores, – no creo, pero por si acaso voy  echar un vistazo.

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González

LA URNA DE PLATA










LA URNA DE PLATA

 “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luís Borges

Encontré a este hombre sumido en la miseria, arropado por la sola rigidez de sus buenas formas, aprendidas en otro tiempo, en ambientes, en los que la opulencia y el despilfarro se mostraban ofensivas ante los demás mortales. Nos enfrentamos los humanos  a la ausencia de recursos materiales con la mente que nos acompaña en todo momento y vicisitud.
Sumido en la realidad más angustiosa, ahogaba sus penas en el alcohol,  en el interior de un bar cuyo propietario era un pariente suyo y le proporcionaba la bebida, a cuenta, no sin desdén y con desprecio.
Me  acogió angustiado, y se dispuso a elucubrar acerca  de los múltiples proyectos y empresas que le acompañaban: —tú, –no entiendes de estas cosas, –dijo arrogante,  —siempre encerrada en tu mundo… —comentaba alzando la voz, y –añadió aleccionador–, desconoces  lo que el hombre es capaz de hacer  para sobrevivir a la miseria…
 Tenía un fabuloso negocio entre manos que le iba a permitir salir en el interior de su coche destartalado rumbo a otras tierras, en donde la gente vive siempre “panza arriba”… quemados por el sol y abotargados por el exceso de  comida.
Compasiva, y con la añoranza de la infancia que en parte habíamos compartido, le invité a mi casa a comer, y cuando entró y se encontró con mis numerosos libros –exclamó asombrado, como quien se encuentra con algo inesperado: ¿Por qué tantos libros?... –comentó y al mismo tiempo miraba al vacío visiblemente impresionado. Terminó de comer en silencio y se marchó a su casa dormir la siesta. Todavía, le entregué una bolsa de comida para que tuviera alimento para unos días.
El tiempo pasó y no volví a saber nada de él, y pensé, –habrá encontrado su paraíso perdido—…Cuando me enteré de que  se encontraba, efectivamente, en un apartamento a pie de playa y se había comprado un  vehículo espectacular que hacía las delicias de todas las mujeres con las que alternaba continuamente, finalmente le habían encontrado muerto en medio de botellas descorchadas que impregnaban el ambiente de su casa con el olor a orgía y  alcohol por todos los rincones.
 Recibí una nota que me instaba a acudir al entierro.
 Con cierta desazón, me vestí de negro, para la ocasión, y asistí  a un espectáculo de banderas nacionales  y flores  y coronas con dedicatorias de alabanza, que surcaban la iglesia, su madre muy endomingada,  lloraba con  gesto teatral, algunos de sus parientes sonreían compasivos, –el funeral les congregaba irrumpiendo en su rutina como un acontecimiento único–,  la iglesia se pobló de personajes vestidos para la ocasión, y a mí,  me sentaron en la línea de los allegados paralela a los oficiantes de la misa con mucho boato, en donde tenía una perspectiva ventajosa para contemplar toda la escena.
 Las banderas que portaban sus amigos cuidadosamente uniformados, ondeaban con estrépito en la entrada, el teclado de un órgano resonó con un estruendo enloquecedor, todos atentos esperaban la llegada de los restos guardados en una urna de plata, un murmullo de voces sonaba en concierto, como un mártir de la causa se le rendía al difunto un homenaje póstumo, –él que había participado en tantos actos de elogio a la patria, perseguido por la justicia a causa de sus múltiples fechorías financieras, clamaba desde el cielo después de muerto para pedir justicia–,   y en medio  del tumulto bien asentado a ambos lados, el séquito formado por sus hermanos irrumpió por el pasillo central, dirigido por uno de ellos que portaba la urna  que contenía sus cenizas, en las manos,  y sonriente...  comentó en voz muy alta para que lo escucharan todos:—he aquí los restos de mi hermano—…    me volví para ver la escena y comprobé que se trataba del pariente del bar que  le proporcionaba  a cuenta, la bebida.
 Los ritos comenzaron con el rocío del agua bendita sobre la urna que brillaba en contacto con el agua y  una homilía muy sentida y altisonante se remontaba a la infancia del finado con todo lujo de detalles, – ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ––—gemía su madre—  entre muchos otros ayees y suspiros…  el ambiente cada vez más cargado con el incienso envolvía a los presentes hieráticos y firmes en una nube neblinosa que resaltaba sus rostros pálidos como la muerte.
  La ceremonia se cerró con los compases del himno nacional y el brazo alzado de los presentes enardecidos. Cuando llegamos al cementerio, en el momento en que abrieron la portilla de un panteón de grandes dimensiones para depositar el valioso objeto que contenía los restos, aún se produjo cierta indecisión a la hora de colocarlo y los operarios del cementerio encontraron un rincón apropiado entre el montón de los enormes ataúdes de sus antepasados, se entonó entonces otro himno de despedida que sonaba lejano en la casa de los muertos con las voces de los presentes en soledad, que salieron apresurados y a empellones del recinto para asistir por fin al  último homenaje póstumo, el banquete.
 Impresionada, y todavía dentro del espectáculo, llegué a mi casa con el propósito de descansar de tan largas exequias y de pronto, recordé las palabras del finado y su mirada atónita al vacío: ¿por qué tantos libros?... …

De: Claros Y sombras
Mercedes Vicente González