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viernes, 29 de marzo de 2013
El relato
de un sueño
La
amistad significa buenas maneras, amabilidad, constancia en el afecto. Los
amigos que se gritan rara vez continúan siéndolo. Los maridos y mujeres que se
gritan suelen seguir casados; a veces felizmente casados".
Texto extraído del libro "Aquí y ahora-Cartas 2008-2011"
Paul Auster
Nada
le aterraba tanto como enfrentarse a una página en blanco, como una noche sin
sueños y el triste amanecer de un día nublado. Aquellos días para él
representaban el vacío y la desesperanza. Vagaba por parques y calles sin rumbo en espera de
encontrar algo que le llenara de estímulo para poder continuar su novela que en
esos momentos no avanzaba y necesitaba dinero. Bebía alcohol en los bares para
calmarse y encontrar algún resorte que lo hiciera reaccionar. Una noche tuvo
suerte y encontró a una vieja amiga de juventud encantadora con la que compartió unas copas y los dos
charlaban y reían amigablemente
intercambiando impresiones. Muy amable ella le invitó a pasar unos días en su
casa en la que se encontraba muy bien instalada y gozaba de un entorno
privilegiado, cercana a la ciudad, estaba rodeada de árboles y acompañada del susurro de un mar tranquilo a
sus pies. Él aceptó gustoso y se fue muy ilusionado a su casa dispuesto a
preparar el viaje para lo cual debía dejar las cosas bien ordenadas y los
libros bien recogidos en cajas por causa de la humedad y de su ausencia
indefinida.
Esa
noche durmió bien y soñó con las delicias que le esperaban.
Poco
tiempo después cuando llegó a la casa de su amiga se quedó maravillado de la
buena disposición de las cosas y los encantos de su habitante, le contó cuáles
eran sus planes en espera de alguna inspiración para terminar su trabajo, ella
comprendió enseguida que su invitado sobre todo necesitaba soledad y un cambio
de ambiente, le ofreció su casa por el tiempo que necesitara pues iba a
trasladarse a la ciudad de sus padres en los próximos días y la casa quedaría a
su entera disposición.
Hablaron
de su modo de dormir, de sus sueños… y los dos estaban de acuerdo en que no se
puede vivir sin sueños.
–Yo,
–dijo él– suelo soñar siempre las mismas cosas, que mis libros están encerrados
en cajas que no puedo abrir… que alguien lee ante mí algún libro de mi
propiedad y me lo ha arrebatado… que me dispongo a escribir y la página
permanece en blanco durante horas… que un texto que estoy leyendo se deshace en
cenizas entre mis manos, imágenes de
escritores que conozco bien me hablan en sueños… y rara vez sueño otras cosas
diferentes, pero siempre cuando me despierto acudo a mi despacho a contemplar que en realidad todo ha sido un sueño.
–Ella
reía cándidamente, su amigo le inspiraba una gran ternura–, y añadió que solía
tener sueños eróticos como la mayoría de la gente y que tal vez sus sueños se debieran a algún tipo de
obsesión, por eso mismo un cambio de aires les cambiaría el rumbo y como el
lugar era muy silencioso su modo de dormir sería profundo y sin sobresaltos.
A
la mañana siguiente desayunaron y ella le preguntó cómo había dormido y si sus
sueños le habían visitado. Él todavía perplejo por el sueño que le había
visitado esa noche, se lo relató fielmente:
– Una noche cerrada de invierno vi como
caminabas delante de mí y quise alcanzarte, cada vez que daba un paso en lugar
de avanzar retrocedía, lo intentaba con desesperación y no lograba más que
retrasar mi avance, tú hiciste un alto en el camino y entraste en una casa muy
iluminada, me tranquilicé por un momento
pensando que tarde o temprano llegaría a encontrarte en ese lugar, angustiado
por el paso del tiempo que transcurría con atrocidad, imaginé que no llegaría
antes de que decidieras ir a dormir y por nada del mundo quería molestarte,
cuando desapareciste en perspectiva noté que ya mis pasos avanzaban muy deprisa
y cuando por fin logré llegar a la casa iluminada y te tomé de las manos
contemplé con espanto que las líneas de mis manos se habían borrado y aparecían
muy blancas, lisas y deformes, tú no reparaste en ello y me hiciste pasar al interior
en donde encontré sobre tu mesa de trabajo el libro que estaba escribiendo, en ese
momento, con mis manos temblorosas lo abrí y estaba maravillosamente editado y dispuesto,
llenas sus páginas de imágenes y letra impresa, más tranquilo y muy agradecido te
tendí de nuevo mis manos que en ese preciso instante habían vuelto a la normalidad.
De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
miércoles, 27 de marzo de 2013
EL LIBRERO
"En
las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido.
Ante todo
el olvido de lo personal y local."
J.L.Borges
EL LIBRERO
Durante
algunos años, un día en la semana lo tenía dedicado a la visita de una librería
y así lo hacía con asiduidad. Contaba con una pequeña asignación mensual para
la adquisición de algún libro que le interesara en ese momento y con tiempo
libre para leerlo, días intensos de libros y de música… días inolvidables… que
dejaron una huella profunda en su mente y que se repetirían más tarde con
diferentes formas y espacios y lugares.
El
hecho de entrar en una librería encierra siempre algo misterioso sobre todo si
se encuentra en silencio, lo habitual es encontrar expositores y anaqueles con
los libros semicolgados a merced de un comprador ocasional que repare en ellos.
No falta en ocasiones un tipo casi imprescindible en estos ámbitos que, como
buen marchante de arte, ofrece al comprador las últimas novedades.
Esta
no era la actitud más adecuada para con nuestro personaje que se
desenvolvía a las mil maravillas en el pequeño recinto, no obstante,
llamó poderosamente la atención del librero que, pese a sus asiduas visitas,
acudía siempre con toda su humanidad a recibirle y con gran derroche de
amabilidad y gesticulación le ofrecía los últimos ejemplares de poesía, —había
entrado en la librería una persona interesante que como se podía observar y era
bien notorio, mostraba preferencia por la poesía–, era cierto, pero también
mostraba el mismo entusiasmo por otras cosas, de hecho, siempre entraba y se
dirigía directamente a la elevada y frágil escalera que cubría el acceso a los
anaqueles que él escalaba discretamente hasta alcanzar el objetivo del día,
bien podía tratarse de literatura norteamericana, algún autor alemán o
francés, inglés o ruso, hispano, griego, o italiano… … la librería
estaba cuidadosamente clasificada por los países que se extienden desde
Oriente hasta Occidente, así que se tenía también en cierto modo la impresión
de viajar por acá y por allá y eso la hacía mucho más atractiva que
si se hubieran clasificado solamente sus libros en orden alfabético y por
géneros.
Lo
maravilloso era que allí se encontraban todos sus amigos de entonces, desde los
románticos alemanes hasta los más modernos, los más significados autores
de toda la Literatura Universal.
Hábilmente encaramado en la escalera y con la
atención concentrada en la búsqueda de su objetivo, no dejaba sin embargo de
escudriñar las sugerencias que el señor librero proponía a los diferentes
compradores que iban entrando, por otra parte, de lo más variopinto, hasta que
se dio cuenta de que en ese día, el de su asidua visita, tenía lugar allí un
verdadero cónclave de intelectuales locales,
con lo cual enriquecía su información y de algún modo, en absoluto clandestino,
espiaba los aconteceres y noticias novedosas que pululaban por la ciudad, y
desde luego, tampoco sentía remordimiento alguno, a fin de cuentas él formaba
parte del decorado y de alguna manera participaba directamente en la vida
activa y en el espíritu de la ciudad.
Un
buen día, apareció un individuo muy extravagante con un raro sombrero en la
cabeza, que evidentemente impresionado por el librero, por quien sentía en
secreto un profundo desprecio, por el simple hecho de vender libros, ignorante
quizá de las buenas intenciones del buen hombre que profesaba gran amor a la
cultura y de algún modo encubría sus carencias intelectuales, que con gran
sigilo le hizo un encargo. Se trataba de un ejemplar insólito que difícilmente
se encontraría en una editorial al uso, el vendedor muy solícito y preocupado,
prestó mucha atención al visitante que ocultaba tras de sí, a sus espaldas y
sujeto con sus manos un espléndido ramo de rosas rojas, y tendiéndolo hacia
adelante en actitud oferente le espetó sin más, con visible ánimo de
sorprenderle: quiero “El Libro Sagrado de los Espíritus”.
Nuestro personaje, muy seguro de sí mismo y
decidido, descendió de su escalera, se acercó a uno de los expositores en
los que había propaganda y otras muchas noticias y revistas, tomó de la
hemeroteca un viejo periódico local
y se lo entregó en completo silencio… …
El
librero se acercó al visitante habitual y le preguntó, turbado por las
circunstancias– ¿realmente crees que existe, “El Libro Sagrado de los
Espíritus”?– él, que deseaba prolongar durante más tiempo su visita a la librería
sin despertar sospechas –dijo– dirigiendo la vista a los expositores, – no creo,
pero por si acaso voy echar un vistazo.
De:
Claros y Sombras
Mercedes Vicente GonzálezLA URNA DE PLATA
LA URNA DE PLATA
“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”.
Jorge Luís Borges
Encontré
a este hombre sumido en la miseria, arropado por la sola rigidez de sus buenas
formas, aprendidas en otro tiempo, en ambientes, en los que la opulencia y el
despilfarro se mostraban ofensivas ante los demás mortales. Nos
enfrentamos los humanos a la ausencia de recursos materiales con la mente
que nos acompaña en todo momento y vicisitud.
Sumido
en la realidad más angustiosa, ahogaba sus penas en el alcohol, en el
interior de un bar cuyo propietario era un pariente suyo y le proporcionaba la
bebida, a cuenta, no sin desdén y con desprecio.
Me
acogió angustiado, y se dispuso a elucubrar acerca de los múltiples
proyectos y empresas que le acompañaban: —tú, –no entiendes de estas cosas, –dijo
arrogante, —siempre encerrada en tu mundo… —comentaba alzando la voz, y
–añadió aleccionador–, desconoces lo que el hombre es capaz de hacer para sobrevivir a la miseria…
Tenía un fabuloso negocio entre manos que le
iba a permitir salir en el interior de su coche destartalado rumbo a otras
tierras, en donde la gente vive siempre “panza arriba”… quemados por el sol y
abotargados por el exceso de comida.
Compasiva,
y con la añoranza de la infancia que en parte habíamos compartido, le invité a
mi casa a comer, y cuando entró y se encontró con mis numerosos libros –exclamó
asombrado, como quien se encuentra con algo inesperado: ¿Por qué tantos
libros?... –comentó y al mismo tiempo miraba al vacío visiblemente
impresionado. Terminó de comer en silencio y se marchó a su casa dormir la
siesta. Todavía, le entregué una bolsa de comida para que tuviera alimento para
unos días.
El
tiempo pasó y no volví a saber nada de él, y pensé, –habrá encontrado su paraíso
perdido—…Cuando me enteré de que se
encontraba, efectivamente, en un apartamento a pie de playa y se había comprado
un vehículo espectacular que hacía las
delicias de todas las mujeres con las que alternaba continuamente, finalmente
le habían encontrado muerto en medio de botellas descorchadas que impregnaban
el ambiente de su casa con el olor a orgía y alcohol por todos los
rincones.
Recibí
una nota que me instaba a acudir al entierro.
Con cierta desazón, me vestí de negro, para la
ocasión, y asistí a un espectáculo de banderas nacionales y flores y coronas con dedicatorias de alabanza, que
surcaban la iglesia, su madre muy endomingada,
lloraba con gesto teatral,
algunos de sus parientes sonreían compasivos, –el funeral les congregaba
irrumpiendo en su rutina como un acontecimiento único–, la iglesia se pobló de personajes vestidos
para la ocasión, y a mí, me sentaron en
la línea de los allegados paralela a los oficiantes de la misa con mucho boato,
en donde tenía una perspectiva ventajosa para contemplar toda la escena.
Las banderas que portaban sus amigos
cuidadosamente uniformados, ondeaban con estrépito en la entrada, el teclado de
un órgano resonó con un estruendo enloquecedor, todos atentos esperaban la
llegada de los restos guardados en una urna de plata, un murmullo de voces
sonaba en concierto, como un mártir de la causa se le rendía al difunto un
homenaje póstumo, –él que había participado en tantos actos de elogio a la
patria, perseguido por la justicia a causa de sus múltiples fechorías
financieras, clamaba desde el cielo después de muerto para pedir justicia–, y en medio del tumulto bien asentado a
ambos lados, el séquito formado por sus hermanos irrumpió por el pasillo
central, dirigido por uno de ellos que portaba la urna que contenía sus cenizas, en las manos,
y sonriente... comentó en voz muy alta para que lo escucharan
todos:—he aquí los restos de mi hermano—… me volví para ver la escena y
comprobé que se trataba del pariente del bar que le proporcionaba a cuenta, la bebida.
Los ritos comenzaron con el rocío del agua
bendita sobre la urna que brillaba en contacto con el agua y una homilía muy sentida y altisonante se
remontaba a la infancia del finado con todo lujo de detalles, – ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ––—gemía
su madre— entre muchos otros ayees y
suspiros… el ambiente cada vez más
cargado con el incienso envolvía a los presentes hieráticos y firmes en una
nube neblinosa que resaltaba sus rostros pálidos como la muerte.
La
ceremonia se cerró con los compases del himno nacional y el brazo alzado de los
presentes enardecidos. Cuando llegamos al cementerio, en el momento en que
abrieron la portilla de un panteón de grandes dimensiones para depositar el
valioso objeto que contenía los restos, aún se produjo cierta indecisión a la
hora de colocarlo y los operarios del cementerio encontraron un rincón
apropiado entre el montón de los enormes ataúdes de sus antepasados, se entonó
entonces otro himno de despedida que sonaba lejano en la casa de los muertos
con las voces de los presentes en soledad, que salieron apresurados y a
empellones del recinto para asistir por fin al último homenaje póstumo, el banquete.
Impresionada, y todavía dentro del espectáculo,
llegué a mi casa con el propósito de descansar de tan largas exequias y de
pronto, recordé las palabras del finado y su mirada atónita al vacío: ¿por qué
tantos libros?... …
De: Claros Y sombras
Mercedes Vicente González
lunes, 25 de marzo de 2013
SEDUCCIÓN
SEDUCCIÓN
Afterglow (Borges)
Siempre es conmovedor el ocaso
por indigente o charro que sea,
pero más conmovedor todavía
es aquel brillo desesperado y final
que herrumbra la llanura
cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,
esa alucinación que impone al espacio
el unánime miedo de la sombra
y que cesa de golpe
cuando notamos su falsía,
como cesan los sueños
cuando sabemos que soñamos.
Su
sola presencia lo hacía ya seductor, era un hombre guapo y muy agradable, y él
lo sabía, un despliegue de recursos personales, se abrió ante mis ojos, los
movimientos cautelosos y muy rápidos, imperceptibles, ese mirar desvaído y
triste como quien no participa en el momento, ese hacerse el inaccesible,
jugando al escondite, y sugerir, sugerir más que explicar, ninguna explicación
era posible, suspiros envolventes nada más, entradas y salidas muy rápidas, con
esa mirada lejana que se
convertía en el centro de toda la
atención, para no hablar, de infinitud de perversiones verbales que me
arrojaban sin piedad hacia la confusión.
Me
parecía gracioso, y tenía cierta gracia en sus movimientos, me dejé llevar por el momento, con la
esperanza de que algún día cesara tanto ir y venir y concluyera en un final
feliz…
Sin
saberlo nos dejamos arrastrar por una marea de llamadas que apelan a nuestros
sentidos sin tregua, y arrobados por su atracción, compramos objetos que con el
tiempo se tornan inservibles… leemos libros que a duras penas entendemos…
besamos a personas que no son realmente de nuestro agrado… y así, vamos rodando
por el mundo, dúctiles y maleables, proclives a cualquier reclamo que
llame nuestra atención, en una palabra, es difícil sustraerse a la seducción.
De
nada servían ya, los razonamientos y los múltiples avisos de otras personas,
sobre lo que estaba pasando. Lo había conseguido, me había seducido.
El
final feliz no llegó nunca, sus palabras quedaron en suspenso, yo misma quedé
en suspenso y en un silencio rotundo, el silencio más cruel, me quedé sin
palabras, una afonía que me impedía defenderme se prolongó durante cuatro largos años como
una pesadilla, acudí varias veces al otorrino y estuve a punto de operar unos
pólipos inexistentes, vagaba sin cesar por la ciudad que se había convertido en
una ratonera… emprendí numerosos viajes de norte a sur… nada curaba mi ronquera
y balbucía con frecuencia palabras nubladas para pedir auxilio, todos mis
conocidos reían satisfechos, y en lugar de mostrarse compasivos con mi afección
que emanaba más de mis entrañas que de mi garganta, no podía articular palabra,
todos reían y reían cruelmente, como en
un mal sueño, llegué a notar que cuando alguien me dirigía la palabra con
amabilidad, casi apuntaba en mi garganta un hilo tenue de voz que me aliviaba,
hice lo peor que pudo pasar por mi imaginación atribulada, encerrarme y salir para
lo imprescindible, nada explicaba semejante estado, encontré otro
método más racional, buscar pruebas, y el propio lenguaje de los signos me lo
proporcionó.
Los
sueños volvieron a hacerse presentes, la visión de la realidad era más lúcida y
exacta, las impresiones parejas con las ideas fluían en perfecta armonía, todas
las funciones del cerebro convivían tranquilas en su casa, explayarse entonces,
resultaba fácil, y el hecho de transcribir los sueños, constituía en sí mismo,
otro sueño.
Todas
las imágenes del pasado se hicieron presentes, todos los nombres de mis
amigos me salieron al encuentro, el tiempo era otro tiempo, todo,
absolutamente todo, era presente, vivo y joven.
Enfrentarse
a esos fantasmas que seguían pululando por la realidad con las mismas
instancias anteriores, ya no era posible, y sortear esos avatares, ya no era
difícil.
Así
pasaron aquellos cuatro años, de hito en hito, la vida siguió su curso y un
buen día sin saber cómo recuperé la voz.
Cuando
ya daba por muerto aquel encuentro fatal que me sedujo sin piedad, después de
largos años, volví a encontrar por la
calle a aquel hombre, que visiblemente nervioso y envejecido, adoptó un gesto hierático
y distante, y se alejó. A partir de ese momento, en esos días comenzó idéntico ir y venir que en los días del pasado,
no sólo estaba vivo, sino que paseaba también con frecuencia de la mano de una
mujer. Me esperaba en cada esquina y me miraba con ojos melosos, con el deseo
encendido, pero yo ya no creía en esas cosas, estaba muy ocupada y aceleraba el
paso cuando lo encontraba, supuse que ya contaba con una mujer y no tenía
sentido mi presencia en su vida, le saludaba amablemente y continuaba hacia
adelante como acostumbraba desde aquellos años fatídicos.
Transcurridos
pocos días desde el último encuentro,
ocurrió algo totalmente imprevisto, al pasar delante de su portal, vi una
esquela con su nombre escrito en ella y sus datos personales entre los que
llamaba la atención uno, —como yo le había conocido innumerables mujeres— no di
crédito a lo que veía, “su apenada
esposa”… él ya no vivía para desmentirlo.
De:
Claros y sombras
Mercedes
Vicente González
Foto:
“Amantes” de Rene Magritte
domingo, 24 de marzo de 2013
LA SIERPE
Y más tarde, un
Ángel, entreabriendo puertas
Vendrá a
reanimar, fiel y jubiloso,
Los turbios
espejos y las muertas llamas
Charles Baudelaire
LA
SIERPE
Con
el sol del atardecer, encarado, suele llevar
una manzana en la mano que va
rumiando suavemente, se
detiene y se la tiende a un
transeúnte cualquiera, en la calle de la Sierpe. Como saliendo de una bruma
espesa y fría, el viento corta
la piel del rostro y de las manos, el paso sinuoso que serpea decidido en el
trecho breve, temible, semejante a un maleficio, atraviesa de una calle a otra.
Cuando uno pasa por ella, siente que su vida se estrecha y de pronto la angustia anida en el pecho, los
gatos nocturnos suelen salir al paso y acompañan por suerte al viandante.
Pisaba
con decisión el dibujo en el suelo de la sierpe cuando al dar la vuelta a la
derecha sintió la mano robusta de un hombre sobre su hombro que le dijo en un
grito ahogado – ¡sé quién eres!, ¡eres
el desgraciado que ensucia nuestras calles y acosa a mi hija ¡ ¡y voy a matarte
el día menos pensado!–
Él,
indiferente, le tendió uno de los cigarros puros que llevaba prendidos en el
interior de su chaqueta tal como acostumbraba a hacer en sus paseos por las
calles de la ciudad, y continuó su camino.
Pero al llegar a su casa la encontró sumida en
un mar de llamas, rápidamente y con esfuerzo, salvó cuanto pudo, una mesa
pequeña con largas patas pintada de negro, un espejo pequeño con un marco de
madera muy trabajada, y otros cuatro espejos más sin marco de tamaño grande,
una cartera de cuero que contenía una gramática en ruso, un libro de cuentos y
un relato en colores escrito también en ruso con imágenes desplegadas, recuerdo
de su infancia. Muy aprisa se dirigió a la casa de su amante y le entregó los
objetos sin mediar palabra sobre lo
acontecido, –parto para otra tierra, –dijo, cuando vuelva espero volver a
encontrarte.
Cargado con su equipaje y toda su belleza, y
dispuesto a emprender un largo viaje,
se alejó tímidamente de quien supuso el triunfo momentáneo sobre lo que solo
existe más allá de la
muerte, más allá de la calle del maleficio en la que ahora el dibujo en el
suelo se ha borrado ya, y los viandantes transitan por ella, con pasos sinuosos, ignorantes de las innumerables historias
desgraciadas que les ocurrieron a los seres que la pisaban indiferentes.
A
partir de ese momento ella decoró su casa con los espejos en los que siempre
contemplaba la imagen de un hombre desolado,
leyó y releyó los relatos y utilizó la misma cartera que los contenían,
pasaba todos los días por la calle de la sierpe sin ningún tropiezo,
abandonó a su padre, y todos los días de
sol a sol recorría las calles de la ciudad y llevaba consigo manzanas con las que
obsequiar a los transeúntes que pasaban por la calle maldita.
.
Se
fue para no regresar nunca más, muy despacio, sin volver la vista atrás, tal vez
temeroso de volver a encontrar la ciudad
que él hizo fantasma en otro tiempo y que ahora reclamaba venganza… … sus habitantes aún le están
esperando.
De:
Claros y Sombras
Mercedes
Vicente González
Foto:
“Las tres velas” Marc Chagall
EL LLANTO DEL POETA
Poseeremos lechos colmados de aromas
Y, como
sepulcros, divanes hondísimos
E insólitas flores sobre las consolas
Que estallaron, nuestras, en los cielos más cálidos…
La muerte de los amantes (Charles Baudelaire)
EL LLANTO DEL POETA
En cualquier época del año descendía
por la cañada un hombre entrado en años cargado con una bolsa de lona, resto de
alguna guerra y una flauta de pico plateada. Sus ojos garzos relucían grandes,
arropados por párpados arrugados y unas guedejas canosas colgaban sobre sus
hombros antaño rubias, como las que se suelen pintar a los arcángeles, vestía
con harapos y calzaba unas enormes botas marrones, su mirada firme tenía un
solo objetivo, llegar a la plaza en donde con voz profunda y dulce recitaba sus
poemas, de vez en cuando se interrumpía y tocaba con su flauta bellas canciones
de otro tiempo de tono melancólico y soñador, abrigaba dentro de sí una
esperanza, único estímulo que le asentaba en esta vida.
Se decía por el pueblo que era un loco desertor de la guerra, los niños le
esperaban al final de la cañada y le
seguían coreándole hasta la plaza, los mozos se reían sin cesar y todos
esperaban verle aparecer para asistir al
espectáculo.
“El poeta desertor” le llamaban, vivía solo y se mantenía gracias a una
huerta y algunas monedas que le arrojaban, bebía constantemente agua tibia que
alojada en su vieja cantimplora debía conservar en buen punto su temperatura,
gozaba incluso de buena salud y su presencia irradiaba cierto halo de belleza, –debió
de ser un bello y atractivo muchacho–.
Un día entre el tumulto que se congregaba a su alrededor se oyó en medio
del griterío la voz de una mujer que le solicitaba el poema “La muerte de los
amantes”, él tan absorto como se encontraba en su trabajo no reconoció a la
mujer, pero su voz se atipló como por encanto identificándose así con ella de
una manera inconsciente, cuando antes de acabar
el poema dice:
Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,
Intercambiaremos un solo relámpago
Igual a un sollozo grávido de adioses… comenzó a brotar una lágrima de sus hermosos ojos que se ahogó en un
sollozo incesante y no pudo finalizar, –la voz femenina que había escuchado
evocaba a su amante de otro tiempo que en la oscuridad de la noche sollozaba
sin consuelo cuando el partió a otras tierras a compartir los sollozos
aterradores de la guerra–.
Cuando apesadumbrado recogía sus cosas y se disponía a partir la mujer
conmovida le tomó de la mano y él entonces la reconoció en su aliento.
Y cuando ya llegaba la noche, en su regazo enjugó abundantes lágrimas.
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