lunes, 28 de octubre de 2013

HACES DE LUZ Y SOMBRA


  
HACES DE LUZ Y SOMBRA

Orillas del amor
Como una vela sobre el mar
resume ese azulado afán que se levanta
hasta las estrellas futuras
hecho escala de olas
por donde pies divinos descienden al abismo
Luís Cernuda

 Una mancha blanca de luz brillante tiende hacia el desierto del mar, hoy se ha extendido suave y rizada sobre toda la superficie marina para ser zarandeada por las olas. El rugido del  mar encrespado ha resonado toda la noche y resuena al despertar, el viento azota las ventanas y trae salpicaduras fuertes de lluvia, el sueño es profundo y se aleja del tumulto de las aguas furiosas en una estancia oscura y silenciosa arropada por una dulce melancolía, los pájaros también han huido,  llega el invierno y azota la desolación ventosa.
Me acosté con mucho sueño y después de leer unos poemas me sumergí entre las sábanas, al poco tiempo comencé a caminar por calles desoladas, –ese temor me asalta siempre que voy a dormir, cachivaches, espejos rotos, muebles viejos, libros usados, y una luz insistente, clara y blanca ciega mis ojos atravesando los soportales oscuros y húmedos, –imágenes que me acompañan siempre en los sueños, hombres viajeros, mujeres que se contemplan en un espejo y mudan su semblante en angustiosa congoja, por más que dispongo las cosas con atención antes de sumergirme en las sombras de la noche, esa luz se extiende sobre mi frente y me acompaña a través de esas calles anónimas, lejanía de deseos frustrados, retazos de un tiempo vacuo. La suelo ver en las primeras horas de la tarde sobre el mar como simple reflejo del sol en el agua, otras veces dibuja líneas de espuma sobre el oleaje, una lucha encarnizada con las sombras se produce en días de tormenta y siempre prevalece con esa fuerza serena que la caracteriza.
Un hombre seguía mis pasos en la noche húmeda, quiso acompañarme  y aunque yo me mostraba distante y somnolienta, insistía en acompañarme, decía que envidiaba mi soledad, y me creía feliz en ese estado, –siempre vagando sin rumbo… y  respirando al azar....
 Ese regusto de lo inesperado y casual, que siempre nos sorprende lejos de un mundo programado, la intensa búsqueda del acaso, de la deslumbrante sorpresa, me acompaña siempre iluminado por esa clara luz blanquecina. Salimos del entramado de calles y fuimos a parar a un camino pedregoso que dañaba las plantas de los pies al pisarlo traspasando sus punzadas las suelas de los zapatos lo que hacía aún más incomodo el trayecto. Él,  empeñado en acompañarme  se excusaba una y otra vez ante mi silencio, un silencio que yo no quería romper por nada del mundo, mientras tanto  aparecía cada vez más obcecado, –siento envidia de tus pasos, me decía,  —siempre tan sola… a mí me sonaban falsas sus frases y comenzaba a molestarme su compañía, como yo misma dirigía mis pasos, evité alcanzar lugares solitarios y preferí virar hacia el centro.
¿Qué quería ese hombre? ¿Por qué era tan insistente? ¿Cómo evitarlo? El hecho de conocernos desde aquellos años de juventud refrenaba mis impulsos con reparo y en cierta medida me sentía obligada a escucharlo.
Un tropel de gente entraba en un bar abierto a esas horas de la noche para solaz de los noctámbulos, un hombre borracho canturreaba a solas tumbado en una esquina, mujeres gritaban y llenaban la atmósfera con sus risas, perros y gatos deambulaban desconcertados, el hombre agarró con fuerza mi brazo y parecía disfrutar de lo que veía y hacía, yo con mi silencio roto, perdí el sentido de la orientación y deseaba regresar a mi casa, el hombre no me soltaba,  hasta que en un gesto de enfado me deshice de aquello que oprimía mi intimidad, aceleré el paso en dirección a mi calle, y le rogué que no me acompañara, como era un hombre obstinado todavía insistió en acompañarme un tramo más, yo deseaba correr entonces, deseaba gritar, me enfurecía cada vez más. Siguió un buen rato detrás de mí, ofreciéndome una copa, entrar aquí o allá y al mismo tiempo mis pasos se aceleraban, yo sabía que ese hombre era esa clase de hombres que invierten dinero en invitar a una mujer con el fin de manosearla y si es posible llegar más lejos, esa clase de hombres que se creen con derecho a todo, pertinaces y plúmbeos, que solo persiguen su obsesión sin pararse a pensar que tal vez la persona acosada se encuentra en otro punto del universo.
Jadeante llegué por fin a mi casa, la bañaban haces de luz y sombras. Espejos uno sobre otro que reflejan luces de colores llenaban de destellos la atmósfera e iluminaban los libros envejecidos,  entré entonces en un dormir tranquilo al que solo acompañaban los sueños, solitario e imperecedero hasta el amanecer. El ronco sonido de un mar enfurecido me despertó  y me hizo sentir la ira de un dios amenazante que como un amante desairado clama venganza.

Pintura: Marc Chagall

De Silencios en Otoño

domingo, 27 de octubre de 2013

ALGARABÍA








ALGARABÍA


La calle se alarga se estrecha y oscurece cuando anochecen  los días, lleva un nombre danzante, suena su música y se recoge en el recinto vago  y lóbrego a las seis de la tarde, olfatean los gatos sin número, comida para ellos con ese olor fuerte de carne cruda mezclada con sangre,  los trastos, las velas, la oscuridad de la noche, los frutos secos,  perversión de la realidad que realza los usos cotidianos, la acción de tomar el té, parsimoniosa y lenta, sensual el silencio y el gesto, el tiempo es otro tiempo poblado de fantasía, fantasmagórico y escueto, las acciones avanzan impetuosas unas con otras sin cesar dispuestas para resaltar lo innato a lo largo del día, entre tinieblas los espejos brillan y reflejan la verdad de lo aún incierto y se estrella contra ellos la certeza de lo bello de la existencia en el momento mismo exultante y sereno, el acto más puro alumbra la oscuridad  con un simple abrazo que se clava y se retuerce y se proyecta contra el frío de la hermosa noche desvelada.
 Retrato siempre presente que recuerda la ausencia, Las flores del mal, malditos y ajenos a cualquier rastro de la  otra realidad de las cosas, deliberadamente ausentes, sin atisbo de locura, pasión encendida en cambio, amor sin límites, tiempo de uvas, los aromas alternan unos con otros sin tregua, caminar desafiante, la diferencia llevada al extremo con altivez, la razón se enciende y ve la verdad de los acontecimientos que ocurren sin más, el fantasma de la muerte está presente ahuyentado por la presencia de mil  gatos alertas y encendidos, sus paseos se suceden, ya se extienden sobre el lecho voluptuosos y eternos, ya irrumpe en el patio la algarabía de animales hambrientos, voraces, guardianes al fin  del rumor, de la soledad, de la dicha y el goce de los sentidos, de la paz infinita, de la tierra firme bajo los pies sobre un mundo informe que chirría molesto al paso de los amantes. 

sábado, 26 de octubre de 2013

EN LA ETERNIDAD DEL SILENCIO







EN LA ETERNIDAD DEL SILENCIO

si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo” J. L. Borges
"

Las mujeres ordenaban la habitación vestidas de negro hasta los pies. La hermosa huerta cubierta de viñedos, y sembrados asomaba tras las ventanas, el camino pedregoso hasta las vides y el banco de piedra en donde ella solía sentarse, aparecían de pronto iluminados por la primera luz de la tarde, la luz del silencio que evoca a los muertos.
Aquella mujer hermosa tenía la costumbre de dormir sobre una tabla rasa y así mantenía erguida su austera figura. En la alacena del comedor aún  conservaban su cálido tacto figuras en sal blanca de peces, patos y cestillos hermosamente trabajados  que resaltaban la pobreza sobre la ruda madera en la que algún día como este, ella los posó como reliquias infantiles de lejanos  tiempos. Su escueto lecho aparecía desnudo y vacío en el interior. Los muebles raídos por el tiempo eran sillas huecas, deshabitadas, en torno de una mesa que en otro tiempo se llenaba de risas, y esperanzas. La puerta de entrada se abría estrecha e  irregular bajo el peso de una oxidada cancela.
Los visitantes buscaban algún rastro de valor, en aquella casa pobre, algo que colmara su ambición, yo respiraba el ambiente y sentía el calor de su antigua dueña. Recordaba las historias de mi abuela, en las que uno de mis antepasados con una barba inmensa acostumbraba a alzar a sus tres hijas pequeñas agarradas  con las manos a la hermosa guedeja, tal era la fuerza del hombre que la sostuvo a ella, a su otra hermana y a la dueña de la casa que pisábamos.
Se hallaba situada cerca de una plaza en la que de  una burga brotaba agua caliente para asombro de mi ilusa niñez, deambulamos aquí y allá, mojé mis manos en la fuente y una impresión casi divina invadió mi pequeño ser.
En el silencio eterno escucho todavía aquellas voces alejadas y siento bajo mis pies el suelo empedrado de aquellas calles, la nada de sus habitantes, el calor de la tarde de un verano acabado, en el que la muerte queda velada por el ensueño que se prolonga hasta nuestros días y se respira en una atmósfera extranjera, extraña para las voces de este tiempo que claman cargadas de violencia.
Llegamos a un hotel balneario en donde un hombre joven y rubicundo nos acogió con dulzura, de pisada tenue, reflexiva y rostro sonriente, nos dio la bienvenida, y pronto muy locuaz nos explicó todos aquellos datos que yo solamente había percibido a través de los sentidos, él era uno de los afortunados que encontraba refugio entre aquellas amplias faldas de la mujer cuando sentía miedo.
El inmenso mar extendido a lo lejos exhala aquellos dulces días de encuentros. Una luz blanca aparece reflejada sobre el agua de ese mar tranquilo y sosegado a estas horas de la tarde como un mensaje de esperanza en el amanecer del invierno. Un leve zumbido en el oído me recuerda que el silencio también habla, porque en silencio se escuchan todas las voces que están escritas en la memoria y las que arrastra el tiempo a través del espacio que cruzan las aves, la profundidad  del abismo como una brecha ciega nos hiere y nos separa, nos llena de anhelos, y levemente soñamos dentro de un sueño eterno que inocentemente llamamos vida. ¿Qué importa la desolación de este silencio concreto, si hay otros silencios, si innumerables silencios pueblan nuestro refugio desde la niñez más temprana? ¿Qué importa la espera?
Ella, el abuelo, sus hermanas, las mujeres vestidas de negro, el hombre rubicundo  desaparecieron en la niebla del ensueño dejando tras de sí el rastro de su pobre morada vacía poblada de ecos enredados en las hermosas barbas del último silencio.
Pintura: “En la puerta de la eternidad”.

Vincent Van Gogh

De: Silencios en Otoño

miércoles, 23 de octubre de 2013

EL TRÁNSITO DE UN SUEÑO









EL TRANSITO DE UN SUEÑO

Dos especies de manos se enfrentan en la vida,
brotan del corazón, irrumpen por los brazos,
saltan, y desembocan sobre la luz herida
a golpes, a zarpazos. (…)
Las Manos, poema de Miguel Hernández

En un viejo  taller destartalado, él modela anillos de plata coronados con bolas de colores que se engastan fácilmente en el metal y pueden intercambiarse. Imagina todas las manos que le visitan para adquirir una pieza y nunca las que se extienden ante sus ojos le satisfacen plenamente, él busca las manos perfectas, unas manos dignas de una dama, estilizadas, con dedos frágiles y largos que puedan lucir su arte, imagina mujeres de otro mundo en el cual llevar uno de sus anillos no entorpezca ninguna actividad, mujeres que nada realizan con las manos y las mantienen impolutas y vírgenes.
 Se encierra en su taller por las noches y cuando ha terminado una pieza llama a su amiga para probársela, pero ¡oh! decepción, las manos de su amiga son nerviosas, tienen los dedos torcidos como si hubiera hecho un gran esfuerzo antes de nacer agarrotadas en las paredes del útero materno, sus manos han clamado auxilio, y sus huesos retorcidos y deformes no pueden con el enorme peso del anillo que se prueba y éste se ladea torpemente, y los ojos del artista lo lamentan con desagrado.
En adelante cada vez que creaba una nueva maravilla evitaba llamar a su amiga que siempre mantenía activas sus extrañas manos en este o aquel menester con la destreza de unos huesos osificados ya en su deformidad temporal  pero  eficientes en sus movimientos rápidos acostumbrados a la lucha prenatal, así que él decidió fabricar unas manos perfectas en cera fundida para que le sirvieran de prueba, de ese modo se sentía ajeno al lamentable espectáculo de ver sus obras maestras en unas manos cuya historia delata el esfuerzo y la invasión del dolor.
Volvió a encerrarse en su mágico taller, ilusionado con sucesivas pruebas.
Todas las pruebas resultaban perfectas, su amiga era la encargada de poner las joyas a la venta en un puesto callejero, muchas mujeres fueron las que una y otra vez se probaban los anillos extendiendo sus manos hacia adelante con ese aire de coquetería femenina que manifiestan algunas de ellas cuando se prueban joyas que consideran dignas de adornar una parte de su cuerpo.
Ella extendía solamente la mercancía al tiempo que ocultaba sus manos tras el estante temerosa del fracaso, él observaba sentado en un taburete fijando su atención en las múltiples manos que iban apareciendo, taciturno y esperanzado, lo que estaba esperando eran las manos de sus sueños, esas manos estilizadas para las que había destinado su arte.
El día llegó de la manera más inesperada, su amiga se quedó sin habla, él se levantó de su asiento para recibir a la portadora de aquellas manos soñadas que superaron con gran éxito la prueba, unas manos blancas como la cera, virginales y provistas de largos dedos, en las que la ausencia del dolor y del esfuerzo las hacían semejantes a un sueño que ninguna técnica artística podría nunca igualar, se volvió a su compañera con el gesto sombrío y le pidió por favor que se retirara, que él se encargaría de la venta personalmente.
 A partir de entonces una nueva compañera le servía de modelo en el taller de los sueños.

Foto: Vincent Van Gogh

Manos

De: Silencios en Otoño

martes, 22 de octubre de 2013

EL AMARGO PLACER DE LA DERROTA









EL AMARGO PLACER DE LA DERROTA

 La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce
J.L.Borges

Como  el que camina despreocupado y atento sin embargo a las embestidas callejeras, como ignorante del flujo urbano a ciertas horas del día, empapado hasta los huesos, resguarda de las inclemencias del tiempo unas hojas cuidadosamente apiladas dentro de una envejecida carpeta azul recuerdo de la infancia, sueña despierto ese día mientras mueve sus piernas al ritmo común del viandante, siente latir toda la actividad de sus manos en la tarde, es un escrutador de palabras, es un escrutador del tiempo que vigila cada segundo que pasa porque se le va la vida en ello, es finalmente un hombre derrotado, no conoce el éxito, como tampoco conoce la venganza ni la voracidad que como fieras enjauladas manifiestan otros seres, fue derrotado por el amor que le hirió temprano en los albores de su juventud, fue derrotado en su profesión, avasallado y pisoteado, conoció también la derrota ajena de algunos de sus mejores amigos, es un loco solitario que nada espera de la vida más que un instante más del destello que le llevó a la locura. A su ritmo despreocupado en medio del vacío del mundo, comprimía su cartapacio contra el pecho desesperanzado, ya el ruido de papeles unos contra otros desparramados por el suelo arrimado feliz a la puerta de su coche una mañana de primavera  no le proporcionaría la dicha inmensa de aquel  encuentro, cuando imprimió la primera edición de su trabajo, entonces, un gran hombre dirigía sus pasos para que al fin lograra desarrollar su historia aherrojada y maldita, aquel encuentro con su mejor amigo ya nunca volverá, se lo llevó la muerte y esa fue la peor derrota.
Entró en un café con el propósito de resguardarse, se sentó en un rincón apartado del bullicio, las miradas curiosas habituales en esos lugares no faltaban, se colocó las gafas y se dispuso a abrir su cartapacio, contempló con placer el trabajo realizado, era como contemplar al mismo tiempo largas horas de esfuerzo, todo el desgaste de sus ojos, días de sol y de niebla, días apacibles y exaltados, desesperación ante el fracaso de una investigación, luces y sombras, sonidos cotidianos, paseos por el centro de la ciudad, cigarros que se encienden y se pisotean,  y la larga espera del final que no llega.
Cuando más concentrado se hallaba entre las páginas que acababa de imprimir, alguien se le acercó para entablar conversación, él, reacio al principio se mantuvo distante y ligeramente molesto por la intromisión.
La mujer extendió su mano para presentarse y él aún mantenía las suyas sobre sus hojas como para salvaguardar su intimidad, aun no se había internado en esa realidad casual fruto de un mero guarecerse de la lluvia, y de pronto se vio desnudo y sin palabras, tímidamente extendió su brazo para saludar, –te conozco desde hace tiempo, —dijo ella, —te veo pasar por aquí todos los días y siempre me he preguntado el por qué de ese caminar cansino y sigiloso, parece que huyes de algo menos intranscendente que un día de trabajo, ¿quizás te persigue la justicia? ¿te dedicas a negocios sucios? ¿ te ha abandonado tu mujer?, él comenzaba a impacientarse, y no contestó a ninguna de sus preguntas que una tras otra iba rechazando, la mujer asombrada por tanto silencio, quiso suavizar su brutal entrada y le dijo, hablando sola en todo momento –tienes cara de buena persona, esos surcos a ambos lados de tu cara rebelan lágrimas en el pasado, tus ojeras delatan largas horas de insomnio, tu boca refleja la amargura de un hombre solitario, tu triste mirada es la mirada de un miope, y tus manos nerviosas las de un artista, ¿acaso pintas? ¿escribes música? o ¿tal vez escribes libros? Ella no apartaba su mirada de los papeles que poco a poco él iba recogiendo y guardando en el cartapacio con ademán de marcharse, –no, –solo soy un hombre cansado que busca un final para su novela –ha sido un placer hablar contigo, he encontrado en tu compañía un final para mi libro, tú me lo has proporcionado, como muestra de gratitud te enviaré el primer ejemplar publicado –los corazones rotos se curan, los corazones protegidos acaban convertidos en piedra.
Poco a poco fue desembarazándose de la visitante y en silencio salió del local en dirección a su casa con la impresión que se siente al haber perdido algo, algo que solo iba a encontrar sentado ante su escritorio en busca de ese final que nunca llega mientras nuestro corazón late impaciente.

Foto: Piet  Mondrian (1872-1944)

The Large Nude, 1912

De: Silencios en Otoño

domingo, 20 de octubre de 2013

EL RASTRO DE UNA SOMBRA











EL RASTRO DE UNA SOMBRA


No es que el poeta piense constantemente en todas las cosas del mundo, ellas piensan en él. Están en él, lo dominan

Hugo von Hoffmansthal


Ocurrió una tarde generosa de invierno, el sol brillaba con esa luz tímida,  mate y blanquecina que reviste los edificios de la ciudad de un tiempo de espera,  poco tiempo antes de que anocheciera.
Un hombre caminaba lentamente  y su sombra se iba proyectando a su paso sobre las paredes, distorsionada sobre los árboles, él despreocupado encendía un cigarrillo y el humo al tiempo que rebotaba contra los duros muros de cemento, dejaba el rastro de su sombra en ellos, caminaba a pocos pasos de él cuando me di cuenta de que si me aproximaba un poco la proyección de mi sombra se fundía con la suya en un abrazo oscuro y melancólico, sin prisa iba observando los movimientos de otros viandantes sin perder de vista la fiesta de proyecciones que se tocaban sobre el cemento y me hizo gracia el hecho de que nosotros nunca nos tocábamos a tan prudente distancia.
De pronto sentí curiosidad por el personaje y seguí tras él a lo largo del trayecto con la intención de observar en donde la sombra finalizaba. Llegamos al fin a un camino desprovisto de edificios, y las sombras cayeron estrepitosamente al suelo, quise saber en dónde  nos encontrábamos pues mis pesquisas me orientaban a un solo objetivo y pronto me di cuenta de que el hombre tenía un destino, llegamos a una verja que él abrió con la destreza que da la costumbre de un hecho repetido, y mientras él se adentraba en el interior me quedé a unos pasos lo suficientemente alejados para que él no me viera, tal era el grado de intimidad que me habían proporcionado sus sombras que decidí averiguar algo más sobre su vida. El lugar era un magnífico Camposanto, amplio y que producía idéntica sensación de anonimato que el centro más bullicioso de la ciudad, estaba perfectamente señalizado, dividido entre numerosas calles a cuyos lados se asentaban tumbas y panteones cargados de mensajes y de flores, ya las sombras cuarteadas se desvanecieron sobre los nuevos aposentos, él tomó asiento sobre una de ellas y solo como estaba entonaba una canción en una lengua desconocida para mi, mientras aseaba el lugar y colocaba unas macetas refrescándolas con el agua de una fuente cercana, daba vueltas alrededor cantando la triste canción al tiempo que una lágrima se deslizaba sobre su rostro y fue a caer en el centro de la cabeza de mi propia sombra que descansaba rota sobre la tumba de al lado. La noche se me venía encima casi sin darme cuenta absorta entre las imágenes que contemplaba y mis peregrinos pensamientos y conjeturas,  volví sobre mis pasos presa de una gran confusión y tras un trayecto ya libre de sombras llegué a mi casa y me acosté esa noche con la esperanza ciega de que me abrazara un nuevo sueño.

Foto: La sombra de una duda Alfred Hitchcock

De: Silencios en Otoño

HACEDORES DE SUEÑOS









HACEDORES DE SUEÑOS

Cuando el niño era niño
caminaba con los brazos colgantes,
quería que el arroyo fuera río,
que el río fuera torrente, y este charco el mar.

Peter Handke. "Canción de la niñez", en El cielo sobre Berlín (1987)
Se encontraron en un lugar del mundo en el que todo era silencio y allí habitan con los sonidos de sus criaturas, en las entrañas del eco. Un impacto tan luminoso que genera impotencia en las sombras.
 Andaban alejados sin saber que las ondas se asemejan a veces al infinito del vacío, se afanaban por leer en su imaginación esos sonidos silenciosos y lo trasladaban a un lienzo, a un papel, el teclado de ella recorría sendas y vericuetos extraños y no le salían más que vagas impresiones de lo hacedero, quisiera pintar con un carbón negro su desesperanza, su lejanía, pero solo le salían esbozos de desaliento.
Una noche tuvo un sueño, un ángel se sentó al borde de su lecho, el ángel no veía bien y miraba al vacío como si en él hallase la imagen esperada que visitaba, la habitación comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol adquiriendo así un color dorado resplandeciente, ella dormía y aún sus ojos no se abrían porque su deseo era escuchar por fin  la voz del ángel, no era el ángel que nos pinta la historia sagrada, a este ángel le envolvía un abrigo largo que le cubría los pies y sus manos enarcadas sostenían un dibujo, en el cual semiborrados por el tiempo aparecían unos pedruscos grandes en medio de un incendio, ella como de costumbre ansiosa por comprender el final apretaba sus párpados con fuerza, –el ángel entonces susurró en voz baja y profunda– es la hora de despertar, y a mí me esperan el viento, las tormentas, las zozobras de mi barco, la lluvia húmeda que me ha empapado hasta llegar   aquí,  el azogue frío de mi lanza. Ella no quería despertar del sueño, tal era el calor que recogían sus miembros, tal era la dicha en esta compañía leve y ligera como los trazos que contempló al despertar sobre el papel que había garabateado mientras dormía, dos piedras enormes fundidas en un incendio se elevaban etéreas hacia el vacío como los ojos del ángel que la visitó esa noche.
Ese día ella pulsaba las teclas de su ordenador en medio de una sinfonía de colores grises, blancos y azulados que coloreaban las letras de su relato al son de la música del tiempo.
Foto: El cielo sobre Berlín, Wim Wenders

De: Silencios en Otoño.