domingo, 20 de octubre de 2013

HACEDORES DE SUEÑOS









HACEDORES DE SUEÑOS

Cuando el niño era niño
caminaba con los brazos colgantes,
quería que el arroyo fuera río,
que el río fuera torrente, y este charco el mar.

Peter Handke. "Canción de la niñez", en El cielo sobre Berlín (1987)
Se encontraron en un lugar del mundo en el que todo era silencio y allí habitan con los sonidos de sus criaturas, en las entrañas del eco. Un impacto tan luminoso que genera impotencia en las sombras.
 Andaban alejados sin saber que las ondas se asemejan a veces al infinito del vacío, se afanaban por leer en su imaginación esos sonidos silenciosos y lo trasladaban a un lienzo, a un papel, el teclado de ella recorría sendas y vericuetos extraños y no le salían más que vagas impresiones de lo hacedero, quisiera pintar con un carbón negro su desesperanza, su lejanía, pero solo le salían esbozos de desaliento.
Una noche tuvo un sueño, un ángel se sentó al borde de su lecho, el ángel no veía bien y miraba al vacío como si en él hallase la imagen esperada que visitaba, la habitación comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol adquiriendo así un color dorado resplandeciente, ella dormía y aún sus ojos no se abrían porque su deseo era escuchar por fin  la voz del ángel, no era el ángel que nos pinta la historia sagrada, a este ángel le envolvía un abrigo largo que le cubría los pies y sus manos enarcadas sostenían un dibujo, en el cual semiborrados por el tiempo aparecían unos pedruscos grandes en medio de un incendio, ella como de costumbre ansiosa por comprender el final apretaba sus párpados con fuerza, –el ángel entonces susurró en voz baja y profunda– es la hora de despertar, y a mí me esperan el viento, las tormentas, las zozobras de mi barco, la lluvia húmeda que me ha empapado hasta llegar   aquí,  el azogue frío de mi lanza. Ella no quería despertar del sueño, tal era el calor que recogían sus miembros, tal era la dicha en esta compañía leve y ligera como los trazos que contempló al despertar sobre el papel que había garabateado mientras dormía, dos piedras enormes fundidas en un incendio se elevaban etéreas hacia el vacío como los ojos del ángel que la visitó esa noche.
Ese día ella pulsaba las teclas de su ordenador en medio de una sinfonía de colores grises, blancos y azulados que coloreaban las letras de su relato al son de la música del tiempo.
Foto: El cielo sobre Berlín, Wim Wenders

De: Silencios en Otoño.

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