jueves, 14 de noviembre de 2013

EL CUERPO DESNUDO













EL CUERPO DESNUDO


Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten y así progresivamente van volviendo  a ser lo que no son.

Julio Cortázar


Poco a poco iban desapareciendo todos aquellos seres íntimos y amados. Corrían días en los que la muerte se cobraba vidas que directamente participaban en la suya.
Tan continua era la devastación que apenas quedaba tiempo para asimilar aquellas muertes, una lágrima llamaba a otra y un mar de llanto desesperado llamaba a infinitas lágrimas de desesperanza.
No comía, lloraba mientras dormía en la extenuación, día tras día deambulaba por las calles como un zombi, fantasma entre fantasmas, no pensaba, no soñaba, nada podía hacer, la  impotencia se apoderaba de su ser, se fue hinchando y deformando su cuerpo con la pena, y no quería verlo, aquellos seres desaparecidos lo habían tocado, lo habían amado, y ahora estaban muertos, tampoco acudió a ninguno de los sepelios, no quiso contemplar ni un solo rostro de aquellos seres sin vida, un soplo animado contenía su aliento como si con él, el mismo hálito de esos muertos continuara vivo dentro de su ser. No aceptaba compasión alguna, no aceptaba el más mínimo roce con otro ser humano, ansiaba el aislamiento absoluto,  hasta de su propio ser.
 Así pasó unos años, autómata, ejercía su trabajo, sus quehaceres diarios, autómata se alimentaba y dormía, no quería más vida que la que encerraba dentro. La vida del día a día,  continuaba su ritmo frenético y pasaba a su través sin dejarse tocar, en completo silencio y ya no le quedaban lágrimas con las que llorar. Con el cerebro atento a los acontecimientos de aquellos años, llegó a su lugar de origen en donde el mar siempre estaba presente, lo evitaba constantemente, tampoco quería escucharlo, se encerraba en su habitación y vegetaba sin cesar, no quería sentir más, no quería ver ni siquiera  su cuerpo desnudo y evitaba el baño, el cambio de ropa, los espejos, deseaba la nada, deseaba el vacío, sólo escuchaba palpitar su corazón en donde estaba contenida aquella última y lejana exhalación, dejaba pasar los días, las horas, los minutos, quería eludir a sus vecinos y así pasaron muchos días en la inanidad de los sentidos, llegó a olvidar todas las señales de vida de su ser que guardaba con fuerza ese resuello con el constante temor de perderlo.
Cuando el vacío habitaba por doquier, un día, decidió contemplar su cuerpo desnudo, tomar un baño, abrir las ventanas y escuchar los roncos sonidos del mar, dormir, soñar, escribir, leer, comer, salir , entrar, escuchar, tocar, reír,  hacer al fin, todas aquellas cosas de las que se había privado en aquellos años de duelo, vestirse y desvestirse, mirarse en el espejo, palpar con sus manos algún signo de vida, porque –nada se puede hacer contra la muerte, nada… salvo contener ante ella un último aliento vital.
Entonces llegó el momento más difícil,  fue desprendiéndose de sus ropas lentamente y dibujando con su mente sus formas recobradas, contempló su rostro en el espejo y vio su ser tal como siempre lo había conocido, exhaló por fin su soplo contenido y comprobó que aún estaba viva, que nuevos sueños la visitaban por la noche, que ya no sentía el viejo dolor, que se había disipado, y ya no recordaba nada del pasado, solo su cuerpo desnudo y su contemplación le trajeron entonces la imagen viva de sus amados muertos.
  
Dibujo: Desnudo con flores
Alberto Giacometti


De: Silencios en Otoño.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

OTOÑO EN LAS ROCAS


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OTOÑO EN LAS ROCAS


A mí, en cambio me atrae lo lejano.
En mi rostro penetra un universo,
Tal vez deshabitado lo mismo que una luna;

El solitario. Rainer María Rilke

Es tiempo de manzanas, de verduras contundentes, de uvas, de hojas que se desprenden de los árboles, de colores tenues, de nubes y de mareas arrolladoras, de vientos en penumbra, de nieblas y de brumas al amanecer en las que el sol se esconde y a duras penas deja escapar una leve luz blanquecina, de lluvia pertinaz y avisadora de un tiempo de nieve, es tiempo de arrullos, de cobijo entre las sábanas, de silencios en otoño que barruntan el terrible invierno, sí, es tiempo de silencio.
Él en cambio, ineludible, inmenso, altanero y arrogante, golpea sin piedad cuanto encuentra a su paso. Vanidoso  se viste del universo todo con sus luces y sus sombras. Se estrella con fuerza contra las rocas ávido de surcar la tierra con su brutal aliento.
Resplandece con la luz del sol y se confunde con el azul del cielo, cuando el sol se duerme en el horizonte un arcoíris de colores le coronan, las sombras de las rocas le tiñen de negro, brilla en plenitud plateado en noches blancas de luna llena, el viento riza sus albas  olas  de espuma, la niebla le esconde en su seno y oculta sus traicioneras fechorías, la lluvia golpea sus aguas y estallan chispas luminosas en su superficie. Dispersa y deshace la dulce y gélida nieve sobre la arena.  Taimado y poderoso, escucho su rumor días y noches y siento su amenaza imperiosa, entonces me alejo y me oculto de su arrebatador canto sonoro, murmullo de lánguidas voces eternas, notas del monótono existir.
Capaz de borrar en su sed de dominio el infinito horizonte de mis sueños, jamás le permito acariciar mi piel con sus halagos cuando el mar irrumpe en mi puerta seductor y torticero, todos le temen y pocos le comprenden, solo aquellos que han contemplado alguna vez el reflejo de la muerte en su seno. Deambulo en ocasiones a su costado y le siento tímido acercarse a mis pies desnudos, ese cúmulo de aguas turbulentas devora la eternidad del universo. Tantas veces surcado, tantas veces cantado y alabado, con innumerables nombres nombrado, imposible eludir su presencia, hace al hombre solitario aun más solitario en su grandeza, hace gozar al inocente o al ignorante y los devora en su corriente, hace el sustento de hombres que en su osadía zozobran e incluso mueren en un ahogo cotidiano, una pobre y fatigada luz humana se extiende y alumbra de noche a esas pobres almas desdichadas.
En esta estación de silencios, las gentes se alejan de su presencia y lo evitan, más furioso se extiende sobre la costa, más visible, más vehemente, celoso de aquellos que sobre la tierra en un abrazo furtivo se olvidan de su azote mortal.

Pintura: Claude Monet


Las rocas de Pourville, oleo sobre lienzo

De: Silencios en otoño 

domingo, 10 de noviembre de 2013

UNA LEVE LÍNEA AZUL












UNA  LEVE LÍNEA AZUL

Estoy solo y no hay nadie en el espejo.
Jorge Luis Borges.


Leve línea azul que lejana nos separas del otro lado en donde están otros muchos que como nosotros te contemplan.
Una línea suave en el horizonte nos separa, una línea frágil como nuestros  sentimientos, avanzamos por el día y la ignoramos porque nos hiere y nos aleja, otras veces nos detenemos a mirarla porque los hombres que viven al otro lado de la línea son los otros que habitan nuestros días en silencio.
El otro que siempre nos acompaña sobre nuestra misma piel, nos acosa todos los días en el interior de la casa, en nuestros sueños, en el paseo cotidiano, en el trabajo esforzado, el otro es ese alguien siempre presente que nos habla en silencio que nos orienta en el espacio que se extiende en el misterio del tiempo y que a duras penas conocemos.
 Hubo días agitados y convulsos en la vida de una mujer joven en los que el otro se transformó en un ser diabólico que buscaba venganza en su locura, una joven ingenua e inocente que se dejó llevar por aquel torbellino de despropósitos: salía de su casa sin rumbo y conducía su coche agitada, casi ciega, los vecinos le salían al encuentro con el fin de avisarle, pues ella arriesgaba su vida en tiempo de nieve, las ruedas de su coche con dificultad surcaban los huecos libres en la carretera y descendía sobre una cuesta empinada, resbaladiza y abrupta, las gentes del pueblo más cercano  gritaban horrorizadas al verla pasar como única transeúnte en aquella montaña escarpada, los hombres de una gasolinera le advertían del día peligroso, pero ella avanzaba y huía sin cesar  del otro que acompañaba sus pasos; sus oídos le zumbaban, sus manos manipulaban insensibles los mandos del vehículo, sus frágiles piernas no alcanzaban el pedal del acelerador, lo presionaba y tenía la sensación de que  el coche no avanzaba, conducía en fin como una autómata inconsciente,  algunos otros vehículos que se cruzaban más tarde  en su camino le hacían señales con las luces para llamar su atención, ella en su huida llegó por fin a las autoridades de otro pueblo cercano, y así fue recorriendo pueblo tras pueblo en busca de auxilio, quería denunciar que alguien la estaba acosando hasta perder los estribos, pero no tenía nombre el otro, esos nombres que nos diferencian de otros muchos otros bajo un orden establecido por convención, no, ese otro no tenía nombre, hacía y deshacía a placer con su persona, lo veía monstruoso en el espejo, recibía sus señales, en ocasiones se mostraba amoroso y condescendiente, y ella siempre acababa rendida a sus instancias como si estuviera bajo un hechizo, en ocasiones también imaginaba que buscaba conchas en la playa y acudía a la orilla del mar  en su busca en medio de la noche, y recogía en una cesta muchas que luminosas en el agua del mar nocturno apagaban su luz al llegar a casa, así siempre se desvanecía todo lo que soñaba, de vez en cuando una lágrima de desilusión asomaba sobre su rostro y entonces esa noche no dormía, esperaba el alba, conversaba y leía poemas en voz alta, la luz artificial hacía guiños y el otro benevolente asentía con  intervalos de luz a sus palabras, ella solo esperaba el amanecer, no quería sus señales y apagaba todas las lámparas, intentaba organizar su cabeza, repetía obras de autores de memoria, descansaba en fin cuando comprobaba que su mente funcionaba con independencia de aquel  otro, que era capaz de comprender que todo era un mal sueño.
Una tarde sentada en su butaca, sintió el fuerte olor del fuego que circundaba su casa, el otro le avisaba desde las luces en el interior, resuelta salió de su casa y comprobó que era cierto, su casa estaba rodeada por las llamas, los secos  rastrojos de una reciente siega ardían entre las carcajadas de unos vecinos que las cortaron. Éste fue el motivo de su huida definitiva de la casa embrujada, salió decidida a denunciar la fechoría,  pero no tenía sus nombres y la iban a tomar por loca, descendió la montaña y agotada  pasó la noche en un descampado dormida en el vehículo, a la luz del día nadie la creyó, el criterio general era que los vecinos eran gente  buena y honrada… alguien que la vio conducir sobre los surcos de nieve afirmó que conducía enloquecida, otros que la veían en la playa durante la noche, decían que ella era la única capaz de acudir a la playa a esas horas, que siempre estaba sola, y que era un ser inaccesible, que leía tantos libros que había perdido el juicio.
Pasaron aquellos días y el otro enmudeció, ella lo buscaba en el espejo y tan solo encontraba su propio rostro, se detenía a escuchar sus señales y un silencio aterrador la rodeaba, nunca quiso acoger las órdenes del otro y él acabó por abandonarla al triste vacío de la realidad.
 Ahora sabe que esa línea leve y azul  que se extiende sobre el horizonte la separa de muchos otros que ahora habitan en sus sueños, en extensiones de colores con formas luminosas, en texturas de diferentes gamas  azuladas, en las letras de sus libros, de figuras en arrullo que se mecen sobre el mar  en medio de un mundo fantástico que se traduce en aliento y esperanza, en un sosiego libre de incendios, de las señales de aquel otro mundo de pesadilla. Ahora sabe que ella misma es ese otro y  prefiere ignorar que  siempre está presente.

Pintura:  Eduard Hopper.
Balandra con marejada 1935

Acuarela sobre el grafito

De: Silencios en otoño

viernes, 8 de noviembre de 2013

PENDIENTE DE UN HILO







PENDIENTE DE UN HILO

Cerrarás los ojos para no mirar por los cristales
la noche y sus negras muecas,
los monstruos amenazantes, lobos negros, negros diablos
como muchedumbre atroz

Sueño para el invierno
Arthur Rimbaud



No apagará el invierno  con el viento las palabras, la luz infinita de estos días seguirá viva en la memoria, encenderá un presente cargado de hojas secas como  páginas de un libro, de espejos con su reflejo y de lienzos blancos en los que escribir su ausencia.
 Se hendía la pluma sobre el papel áspero dibujando los signos con un sonido que raspaba los oídos. El sueño se esfumaba en el aire poco antes de despertar, en un intento de atraparlo, la luz persistente del sol anulaba sus efectos como por encanto.
Vivir lo posible en aquellos días era un sueño, vivir lo imposible era lo normal en aquella casa.
Días llegan en los que la luz se oscurece y la lluvia azota con fuerza arrastrada por el viento, llegan días de zozobra en los que el cuerpo se yergue y se enfrenta a la maleza de un otoño que se va, de esperanzas rotas por el azar.
Ellos, habitantes del silencio, son los que claman al cielo el nuevo día triste y azaroso –hoy está mal el día le dicen unos y otros, – ¡qué mala está la mar!, como conocedores en  sus andanzas por el lugar.
Caminar contra el viento es necesario entonces, bien abrigada y calzada la mujer avanza entre los elementos y regresa a casa feliz de encontrar su intimidad, se encierra durante horas,  surca los papeles con su mirada y pasa las páginas con presteza.
Unos hombres visitaron su casa de improviso, en aquel día, debían taponar dos agujeros en el exterior y para ello tenían que encaramarse sobre una tabla anclada en el vacío que se balanceaba, ella no quería verlo pero los audaces hombres prepararon los utensilios y mientras tanto ella trajinaba por la estancia  para negar a su vista semejante riesgo.
Los hombres eran dos, uno de ellos extranjero, fornido y bello, el otro era menudo, debilucho y feo, pero él era quien daba las órdenes.
Dos salidas al exterior propiciaban la aventura sin duda sazonada con una paga extra.
El hombre menudo acudió en busca de otra  tabla y unas puntas y un martillo, el hombre fornido permaneció en silencio mientras el otro llegaba, en su mutismo barruntaba  la tensión del esfuerzo.
Minutos después todo estaba bien dispuesto para la faena, la tabla bailaba en el aire en un extremo del andamiaje y la fuerza del hombre fornido sujetaba el peso del menudo en el  contrario sirviendo de contrapeso , encaramado sobre el vacío el hombre menudo extendía seguro el cemento sobre su objetivo, los útiles de trabajo estaban desparramados sobre el suelo,  el hombre fornido respiraba con alivio y la faena se realizó con éxito –¿ya han terminado? les preguntó ella con impaciencia, de pronto vio como el hombre joven y fornido se calzó unas correas que abarcaban gran parte de su cuerpo, a él le estaba destinado el trabajo de más riesgo, debía arrojarse en el  vacío sujeto con sus correajes para tapar el otro agujero en el lado opuesto a la primera faena, ella daba vueltas por la habitación inquieta y desazonada, no quería ver, no quería escuchar los rumores del encuentro del hombre con el abismo a gran altura del suelo, en el aire  se respiraba la niebla, el viento y la lluvia  azotaban la tejavana sobre el  techo,  de pronto se oyó un grito como un alarido en la sombra, el hombre fornido flotaba en el aire con sus amarras sueltas, y el vacío se llenó  con los  ecos de la muerte.

Pintura: Paisaje de invierno

Caspar David Friedrich

De: Silencios en otoño

lunes, 4 de noviembre de 2013

LEÑA









LEÑA


Visible era el aroma
Como
Si el árbol
Estuviera vivo
Como si todavía palpitara.

Oda al olor de la leña
Pablo Neruda


Hombres armados con hachas, cuchillos afilados y serruchos se encaminaban resueltos hacia el bosque de hayas situado al pie de sus casas y talaban los árboles sin piedad, se acercaba el frío, y había que almacenar la leña para el invierno, mientras se alejaban con el botín, el vergel sangrante aullaba con el compás del ladrido de los perros que encadenados e inquietos  les esperaban  en sus casas.
En silencio regresan y grandes almacenes de leña apilada quedan al descubierto frente a un camino de piedras, el olor a humedad mezclado con el de  las ramas y troncos muertos se hermana con aquel de  las fogatas hogareñas de aquellos hombres sin piedad.
Llegaba el hombre cargado con los haces de leña para calentar una estancia sombría y triste, en la que las paredes hablaban de los silencios del pasado.
Acallar los pasos imperturbables de aquel hombre  a través del laberinto de una casa poblada de ecos pretéritos que a menudo,  acuciantes, imponen su dominio sobre pobres seres desdichados, era tan difícil como apagar el fuego de aquellas brasas.
Él cortaba la leña  en pequeños troncos que poco a poco iba depositando en la pira de la chimenea ardiente que iluminaba la sala todos los inviernos, firme y desprovisto de todo pensamiento hundía también el hacha en las ramas aun vivas, impregnadas sus cortezas  con la humedad del hayedo al que acudía todas las mañanas para cortarlas.
La monotonía de sus actos la acompañaba a ella en silencio y evidenciaba su propia lejanía con un obstinado sentido de la realidad, –todo el  interés del hombre se centraba en blandir con seguridad el hacha, atizar el fuego y sentir el calor de un hogar que se marchitaba con los años.
No era una soledad amarga aquella sino por el contrario era dulce y agradable para ella, invitaba a leer libros de poesía perfectamente impresos, y otros libros que hablan de esas soledades inmersas en el vacío del universo, lejos de afanes perecederos, lejos del ímpetu marino que arrastra nuestras vidas a la desesperanza. Alzaba la vista a través de la ventana y contemplaba el mar tumultuoso lanzarse sobre la tierra, la desolación entonces se hacía visible y ella  sumergía su mirada entre las páginas amarillas de un libro desgastado por el tiempo.
 Una llameante fogata era atizada con frecuencia por el hombre silencioso, el calor se hacía poco a poco sofocante y ardía el rostro enrojecido por el fuego, el sueño le cerraba los párpados, la imaginación se adormecía, sentada en el  viejo sillón contemplaba la imagen invernal que se repetía todos los años de su vida con idéntico ritual, ella no amaba a ese hombre voraz y desvergonzado que como un intruso saboreaba su vida, ese hombre procaz que lo único que sabía hacer era atizar el fuego con más leña.
 Fuera de aquellas páginas los sones de la realidad se confundían con las vehementes olas de la playa, realizaba sus labores cotidianas y todo se llenaba con la magia de esas palabras duras y en ocasiones despiadadas que describen el roce del autor con la humana existencia. Fuera de aquellas páginas en el encuentro fortuito con otros seres ella comprendía esas voces que claman piedad en el triste cementerio de los vivos. Leía aquel libro desde la distancia y consternada, se dejaba abatir por paseos poblados de abedules, por seres abyectos cubiertos de grasa, por la imposibilidad de vivir, por la fatiga del insomnio, realidades contadas con la fiebre de los sueños, leía aquel libro y analizaba sus frases inconexas, y soñaba su mundo con idéntico aliento.
Un grito horrorizado que pronunciaba su nombre y la reclamaba  con urgencia despojándola del ensueño resonó fuerte  contra las paredes humeantes de la casa, era el grito de los árboles del bosque que ardían sobre  el hombre que cortaba su leña y yacía tendido en el suelo envuelto en un mar de fuego, ella en completo silencio, todavía aturdida por el sueño  le tendió una manta por encima y apagó con insistencia todas las llamas que poblaban aquella habitación.  

Piet Mondrian.
Avond evening the red tree 1910
De: Silencios en otoño

domingo, 3 de noviembre de 2013

LLUVIA DE OTOÑO






LLUVIA DE OTOÑO

Somos pobres artesanos de silencios

Llueve y la lluvia cubre el cielo con sus gotas que esconden el sol lejano y ausente, llueve y la humedad se extiende en mi rostro con pequeños leves golpes de agua, es tiempo de adioses que revelan la certeza de una existencia que se tambalea con el viento. Una bruma espesa y húmeda que recuerda el invierno.
Una mendiga está tirada en el suelo con la mano tendida en posición de pedir, su aspecto presenta un rostro bello y brillante,  días atrás la había encontrado en la misma posición y me miraba con simpatía y ternura, como sí algo hiciera que nos sintiéramos como amigas. Con mucha prisa y agobio entré a comprar algo en la tienda, unas pocas cosas necesarias, ella me miró comprensiva, poco llevaba yo en mi bolsa, y no me pidió nada, solo una sonrisa, pero este último día el trajín de la abundancia  y la premura del deseo  era mayor y mezclada con el ansía, yo quería vaciar la tienda, tantos días penosos y por fin podía arrasar con todo, los conocidos me miraban asombrados, abrían sus ojos marcados por una  indiferencia parsimoniosa y distante, unos dependientes me ayudaban,  otros me reñían porque entorpecía la circulación de clientes con sus carros, –el lugar es pequeño y angosto, todos los alimentos están amontonados, circular en su interior es una travesía concebida para pobres gentes que como yo acuden en busca de algo que llevarse a la boca, ella, tirada allí me miraba con dulzura anhelante, era la única estrella que brillaba en ese firmamento de menesterosos, con la agilidad de un gato yo cargaba bolsa tras bolsa y salía a empellones de la tienda con un peso que sobrepasaba mis fuerzas, hubo un momento, tras numerosos guiños de comprensión, en el que  la mujer mendiga me dijo en tono muy amable como si formáramos parte de un equipo de trabajo  —¿te ayudo?, comprendí que yo misma debía cargar con el fardo, le di las gracias y continué trajinando.
¡Cuántas veces había sentido sobre mi ser su cálida mirada, su expresión de tristeza cuando mi bolsa era pequeña, y su alegría luminosa cuando mi fardo de supervivencia era pesado! Me di cuenta de que de todos los presentes ella era la única que se identificaba conmigo, tal vez las ropas negras, tal vez el color de la piel y la forma de llevar el pelo, tal vez los ojos oscuros y brillantes de tristeza. Todavía hice un último viaje, no podía dejar a mi amiga allí postrada delante de la indiferencia de aquellos hombres y mujeres que como sapos saltaban en medio de la abundancia, entré de nuevo y a toda prisa recogí algunos alimentos tan necesarios para ella como para mí, y cuando salí del local se los entregué en silencio  agradecida por su presencia y colaboración. La lluvia entonces  era aún más intensa, deambulé por las calles henchida de placer y sosiego dejándome mojar, un encuentro feliz me confortaba y todo aquello que había guardado en silencio, se iluminó de pronto como si el sol asomara otra vez  sobre las terribles aguas de la playa.
Pintura: Lluvia, vapor y velocidad.
Joseph Mallord William Turner.

De: Silencios en Otoño

jueves, 31 de octubre de 2013

EL RUMOR DEL SILENCIO









EL RUMOR DEL SILENCIO

la gente se mece y en la grava se pasea bajo este vasto cielo que de lomas lejanas a lejanas lomas llega.
Franz Kafka (cita)

Los antiguos antepasados miraban siempre al cielo en busca de alguna señal, de algún presagio y se los suele pintar como abuelos cansados  con una enorme  cachaba que alzan su mirada hacia él en busca de alguna esperanza, entonces, imaginaban largas historias sobre los fenómenos celestes sazonadas con acciones divinas que en el amanecer y en el ocaso invitaban al ensueño. Interpretaban el vuelo de los pájaros y en ocasiones veían en ello la señal de una buena o mala noticia, la forma de una nube, el despertar del sol y la melancolía del día que se va. Otros antiguos inventaban prodigios siderales ante la amenaza de una guerra, divinos prodigios que estremecían las almas de aquellos seres desdichados del pasado.
El cielo se confundía  con el mar, ninguna ola, ninguna nube y el sol brillaba intenso sobre el azul eterno. Un hombre grande, de aspecto amable, de mirada acuosa ya a causa del paso del tiempo, con una larga barba, tocado con un sombrero de ala ancha, caminaba cansado por la playa, contemplaba ante sus ojos un bello espectáculo teñido de azul, la luz del sol hería sus ojos  con fuerza a esas horas de la mañana, en silencio y pensativo, imaginaba con ansia otras orillas diferentes en las que arribaba el mar, imaginaba tierras en sus límites más allá del horizonte en donde una línea imperceptible se perdía en el universo, sabía que más allá del vacío del éter otros seres esperaban su llegada, como él esperaba la presencia de cualquier ser humano a su alcance.
Solía contar hermosas historias fantásticas a todos aquellos que querían escucharle y todos disfrutaban encantados con sus viejas aventuras en el mar, había atravesado el Océano en su juventud y vivido otras muchas vidas en aquellas tierras que él  coloreaba a su antojo para sus oyentes.
Un día su nieta le preguntó ¿abuelo de dónde viene el mar?, el abuelo confundido con la pregunta que se alejaba de sus fantasías, le respondió – el mar no viene de ninguna parte, está en el universo, como las montañas, los lagos, los ríos, los bosques… y la tierra solo es una pequeña porción en donde habitamos nosotros, cuando es muy grande se le llama océano, ha recibido además muchos nombres a lo largo de la historia y su inmensidad y bravura nunca ha dejado indiferentes a los poetas–. No satisfecho con la respuesta para una niña tan pequeña que imaginaba  los seres fantásticos que habitaban  en el seno del mar tal como él mismo se lo había contado, se fue en busca de un viejo atlas que guardaba en su armario cuidadosamente y le mostró a la niña el universo, como en un cuadro en el que todo estuviera perfectamente colocado, ella al paso de las páginas las tocaba y las acariciaba con sus manos y mantenía los ojos muy abiertos, su universo se ampliaba al mismo tiempo que el de su abuelo expiraba en el vacío, él sabía muy bien que esos seres fabulosos con los que que ella soñaba, eran fruto de su propia imaginación, pero cuando paseaba por la playa, como todos los hombres sobre la tierra, iba en busca de algo que calmara su impaciencia, sus anhelos, su impotencia ante semejante esplendor de la  belleza, se sentía abrumado por el cerco de la atmósfera que le envolvía en la nada de su ser, ¿cómo explicarle a la niña los presagios de ese día?
Una señal semejante a un rayo del sol  le había producido una impresión profunda y cegó sus ojos cansados en la porción de universo que pisaba,  el misterio de la vida es el arte de los sueños, se sentó a orillas del mar para escuchar el rumor del silencio que lentamente al compás de sus aguas  le fue adormeciendo en un  sueño eterno, azul como el mar azul, azul como el cielo azul, azul en  fin como sus ojos  también azules  que cerró para siempre.

Pintura: El gran mar azul en Antibes

Claude Monet

De Silencios en otoño