lunes, 15 de abril de 2013

EL REGRESO DE ORFEO







"Y si lo terrestre te ha olvidado,
di a la tierra callada: yo fluyo
y al agua veloz, dile: yo soy
".
Rainer Maria Rilke.  “Apoteosis” Sonetos a Orfeo

EL REGRESO DE ORFEO


Orfeo es un personaje perteneciente a la mitología griega, y una de las historias más famosas sobre él es el rescate de su amada Eurídice del inframundo, al que los dioses dejan entrar encandilados por sus cantos con la lira. Una vez allí, le advierten que mientras se la lleve no podrá mirarla hasta que sea bañada por los rayos del sol, algo que hace justo cuando Eurídice aún tiene puesto un pie en el inframundo.
No hacen mención de Orfeo ni Homero ni Hesíodo, pero era conocido en la época de Íbico (530 a. C), y Píndaro (522/442 a. C) y se refiere a él como “el padre de los cantos”.
A partir del siglo VI fue considerado como uno de los principales poetas y músicos de la Antigüedad, el inventor de la cítara y era capaz no solo de calmar a las bestias salvajes, sino incluso de mover árboles y rocas y detener el curso de los ríos. Como músico acompaña a los Argonautas y duerme a las sirenas que intentaban seducirlos para después devorarlos. Se le considera también uno de los pioneros de la civilización que enseña a los hombres las artes de la medicina, la escritura y la agricultura. Fue también augur y profeta y practicó las artes de la magia y la astrología. Cultos como los de Apolo a quien algunos consideran su padre, y Dionisos se restablecieron gracias a él; son famosos los ritos órficos basados en el logro de la inmortalidad a través de la purificación, se sabe que  sus seguidores practicaban la abstinencia de la carne, eran vegetarianos, la abstinencia sexual y censuraban el asesinato o el derramamiento de sangre. Se sabe que era de origen tracio y que visitó Egipto en donde se familiarizó con la doctrina de una vida futura.
El descenso de Orfeo al reino de los muertos se convirtió en el punto de fuga de un complejo movimiento místico, los órficos. Según ellos, en el mito se encontraban todos los detalles para cartografiar los dominios de Hades, y, por ende, para escapar de la pesada muerte en que creían los griegos. Así, la iniciación en los misterios órficos debía consistir en desentrañar claves y mensajes ocultos en la larga ristra de narraciones míticas que pululaban en torno a Orfeo, con el objetivo de obtener una placentera inmortalidad. De ahí que tal vez fueran los primeros en creer en una posible trasmigración, reencarnación, de las almas; lo cual también asumirían los pitagóricos y, en cierta medida, Platón.

Orfeo muere asesinado o bien a manos de las mujeres tracias despechadas por su desdén, se cree que Orfeo después de perder a su amada se negaba a cualquier trato con mujeres y se rodeaba de jóvenes efebos que seguían sus ritos. A causa de una disputa entre Afrodita y Perséfone por la posesión de Adonis cuya mediadora fue Calíope madre de Orfeo, Afrodita, al no satisfacerle el veredicto, hizo que todas las mujeres tracias se enamoraran de Orfeo hasta tal punto que llegaran a despedazarlo.
 O bien Orfeo murió fulminado por un rayo del muy irritable Zeus porque conocía los secretos del Inframundo.
 Según Platón, los dioses le impusieron el castigo de morir a manos de mujeres por no haber tenido el arrojo de morir por amor como Alcestis, hija de Pelias, que murió en lugar de su marido Admeto.
Otras versiones dicen que Orfeo regresó destrozado a su pueblo, donde los habitantes le pidieron que tocara sus hermosas melodías; Orfeo deprimido como estaba, empezó a golpear su lira con una piedra, provocando un ruido tan horrendo que todo alrededor se marchitaba; así que el pueblo lo asesinó con el fin de detener ese ruido.
Varios autores ven en el mito de la muerte de Orfeo la confrontación permanente existente entre los principios apolíneo y dionisíaco, entre la serenidad y la orgía, entre la racionalidad y el abandono a los instintos,  (entre ellos,Nietzsche (En el nacimiento de la tragedia, y Julio Cortázar, en Las Ménades) siendo Orfeo, el que provoca su propia destrucción a manos de las fuerzas de la naturaleza por él desatadas.
 Para el mundo griego después de la muerte no existía otra cosa que el mundo de los muertos, la creencia en un premio o castigo después de la muerte, en el cielo o el infierno, es cristiana. Todos por igual iban al reino de los muertos. Justos e injustos, héroes y bellacos, buenos y malos, a todos les esperaba el mismo destino: los dominios de Hades. Solo se escapaban de este lúgubre destino unos pocos mortales, por lo general emparentados con alguna deidad, que emprendían hazañas tan extraordinarias que los dioses se los llevaban consigo al Olimpo. También les esperaba un destino distinto a los malos, aquellos que, impulsados por el deseo, el orgullo o la codicia habían atentado en gran medida contra los dioses; ya que por lo general eran castigados con tormentos terribles durante toda la eternidad (Prometeo, Sísifo…). En cualquier caso el hecho relevante del mito es que Orfeo visita el reino de los muertos en busca de su amada y descubre todos sus secretos, pero no fue el único además de Orfeo, varios fueron los héroes que por una razón u otra bajaron en vida al inframundo, Heracles, Teseo, Piritoo y Odiseo (Ulises) que por consejo de la maga Circe fue en busca del difunto adivino Tiresias con el fin de regresar alguna vez a su patria Ítaca.
El astuto héroe así lo hizo. Tras cruzar el Océano en su negro navío, guiado por el viento, llegó a una ribera inmensa, donde crecían bosques sagrados de chopos y sauces que tan solo daban frutos muertos. Allí buscó el río Aqueronte, donde confluían el río de las llamas y el río de los Llantos, y cavó una fosa por la que llegar hasta la morada de los muertos, a los que consiguió aplacar con diversos sacrificios y ofrendas. Allí se encontró con numerosos amigos y para mayor dolor suyo encuentra a su madre y así nos lo cuenta Homero en boca de Odiseo con lo que podemos ver cómo era la etérea y oscura vida de los muertos:
…cediendo a mi impulso,
quise al alma llegar de mi madre difunta. Tres veces
a su encuentro avancé, pues mi amor me llevaba a abrazarla,
y las tres, a manera de ensueño o de sombra  cediendo a mi impulso,
se escapó de mis brazos. Agudo de dolor se me alzaba el pecho
y, dejándome oír, la invoqué con aladas palabras:
madre mía, ¿por qué no esperar cuando quiero alcanzarte
y que, aun dentro del Hades, echando uno al otro los brazos
nos saciemos los dos del placer de los rudos sollozos?
¿O una imagen es esto, no más, que Perséfona augusta
por delante lanzó para hacerme llorar con más duelo?

dije así y al momento repuso la reina mi madre:
hijo mío, ¡ay de mí!, desgraciado entre todos los hombres.
no te engaña de cierto Perséfona, prole de Zeus,
porque es esa por sí condición de los muertos: no tienen
los tendones cogidos ya allí su esqueleto y sus carnes,
ya que todo deshecho quedó por la fuerza ardorosa
e implacable del fuego, al perderse el aliento en los miembros;
solo el alma, escapando a manera de sueño, revuela
por un lado y por otro. Más vuelve a la luz sin demora,
que esto todo le puedas contar a tu esposa algún día
Esta impresionante historia mítica me la volví a encontrar hace pocos años cristalizada en un hombre dedicado a la medicina, poeta y músico, dotado de una exquisita sensibilidad y belleza, que después de muchos años de ausencia se acercó al lugar en el que con seguridad iba a encontrar a la única mujer que le salvaría de la muerte y que como él, era la depositaria de todo aquello que podía hacer feliz a cualquiera de los mortales.
Triste, con la barba que le asomaba, hacía ya, varios días, abandonado a su paso, lento y taciturno, y con los ojos semicerrados, casi ciego, se le veía deambular por el lugar, que en otro tiempo, se deleitaba con  su buena conversación, su poesía y su música. Entraba en las librerías que encontraba, y leía algún libro de poemas en silencio, con lágrimas contenidas.
Muchos de sus mejores amigos, ya no estaban, y los habitantes que  vivían en la ciudad ya no lo esperaban y satisfechos,  le daban por muerto. Se encontró en medio de un inframundo, que sobrevivía gracias a su música y a su poesía, que ellos torpes e inexpertos se habían apropiado, adaptándolas a su modo de ser,  en un intento de calmar su violencia y sus bajas pasiones.
Venía huyendo de la muerte que lo acechaba, hacía mucho tiempo ya, y todavía tuvo la suerte de esquivarla, con el previo aviso de la mujer que  velaba por él en la distancia. Aún así,  se enfrentaba a la parca de nuevo. Él, cada día de su vida, detestaba con frecuencia  su sola mención y la rehuía con insistencia.
Pronto, por la ciudad, corrió la noticia de su llegada, y todos se escondían a su paso, temerosos de perder su tesoro, usurpando así, su personalidad. Solían andar al acecho de cualquier desgracia ajena y no ocultaban su regocijo, sabiéndose inmortales, (“ser inmortal es baladí, dice Borges en “El inmortal”, menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte, lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que pese a las religiones esa convicción es rarísima, israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad”),  herederos de su música dulce y melodiosa y sus múltiples poemas. Muchos de ellos comerciaban con libros, otros vendían música y todos se habían enriquecido, él, en cambio, andaba errante, pobre y triste.
Poco a poco sus habitantes vieron como sus cantos perdían fuerza, los poemas escritos ya no expresaban su contenido, las páginas se iban borrando, las notas musicales corrían desaforadas, inarmónicas  chirriaban con un aullido de desesperanza, sintieron que perdían el sentido de la vista y el sentido del oído. Medio ciegos y medio sordos, daban vueltas y más vueltas, inquietos y desazonados. Perdían dinero en sus mercaderías, iban así, volviéndose pobres y marginados, algunos, incluso, enloquecieron. Ellos también andaban errantes, pero ennegrecidos por el deseo de lo que tanto tiempo habían hecho suyo y que  ahora, iba desapareciendo. Solo ella que caminaba a su encuentro aparecía entera, deslumbrante y alegre con la inesperada llegada.
 Como Ménades enfurecidas arremetieron contra él y sus vestigios, le acorralaron con la envidia y él aparecía solo en medio del caos más virulento, hizo de su vida  un devenir ordenado y cauto, se le veía con frecuencia pasear con su padre anciano lentamente, amado por diferentes mujeres era el punto de mira de los miserables, leía incansable sus poemas, y cuántos libros caían en sus manos, la mujer que había esperado encontrar velaba por él en ese tiempo y él sonreía agradecido y exultante cada vez que la encontraba, el misterio de su vida estaba en juego y todas las alimañas estaban al acecho: un amor no consumado ponía en peligro su vida.
 El azote de la muerte les arrastraba con violencia y sin piedad, él todavía sufrió diferentes accidentes que le anunciaban el final, la tensión se respiraba en el ambiente, seres monstruosos y deformes los acosaban a los dos.
 Uno de los  monstruos asesinos lo estaba esperando para vengarse, había despertado de su sueño poético y desgarrado por la envidia, lo mató una noche, cuando taciturno y somnoliento regresaba de una guardia en el hospital, y como siempre  se dirigía a su casa con un libro de poemas en una mano y  en la otra el maletín con sus útiles de trabajo. Cuando ella se enteró de la noticia, supo que a ella le esperaba la misma suerte y huyó despavorida de ese reino de los muertos sin volver la vista atrás,  con la amarga  certeza de no volverlo a encontrar. 

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González

Foto: Orfeo saca a Eurídice del reino de los muertos
Jean Baptiste Camille Corot

domingo, 14 de abril de 2013

LA TRANSGRESIÓN DE MEDEA



LA TRANSGRESIÓN DE MEDEA


“Medea.-Los hombres dicen que llevamos una vida fácil, seguras en nuestras casas mientras ellos lo arriesgan todo ante la punta de una lanza. ¿Qué saben ellos? Yo preferiría entrar en batalla tres veces con escudo y lanza que dar a luz una sola vez. "
Eurípides. Medea. Fragmento
LA  TRANSGRESIÓN DE MEDEA
Extranjera entre los griegos, Medea, la princesa hechicera, es víctima de un amor apasionado por el héroe Jasón, que inmortalizó Apolonio de Rodas en el viaje de los Argonautas, a quien formó el centauro Quirón, mientras Medea ha aprendido sus artes de hechicería de Hécate a quien sirve como sacerdotisa y asimismo de la hermana de su padre Circe.
La Cólquide lugar de origen de Medea es un lugar apartado y territorio bárbaro. Era una ciudad-estado colonizada por los griegos a orillas del mar Negro, en lo que hoy sería Georgia en donde se encontraba el mítico vellocino de oro colgado de un árbol. El vellocino era una piel de carnero sobre cuyos poderes se ha especulado y el más probable es el que está relacionado con la realeza, en concreto el vellocino de oro representa la idea de la realeza y la legitimidad: de ahí el viaje de Jasón en su busca, para restaurar el legítimo gobierno de Yolco en Tesalia.
. A fines del siglo II a.C., en el Asia Menor, al este del Ponto Euxino (Mar Negro) y al sudoeste deTranscaucasia, dos reinos florecían, el de Diaoji y el de Colca o Cólquida (en griego: Κολχίς / Kolquís).
Se comprende así mejor el desarraigo de Medea que abandona su  pasado patrio y familiar para seguir a un hombre que le promete amor eterno, una vez consiguió su objetivo: alcanzar el vellocino, para lo cual tuvo que superar duras pruebas impuestas como condición por el padre de Medea Eetes. Ella le hizo invulnerable al fuego y le dotó de una fuerza sobrehumana con sus artes mágicas y también durmió al guardián del vellocino en el bosque, una serpiente que nunca dormía, con sus encantamientos.
Como nieta del titán Helios, su belleza era según narra la historia, deslumbrante. Así pues nos encontramos ante una mujer poderosa y pasional, presa de los lazos del amor.
Pero lo irracional prevalece sobre lo cerebral. La erupción de los sentimientos no puede ser dominada por la razón, y el amor es una fuerza destructora (por amor  Medea roba y mata).
 En la antigua Grecia lo irracional estaba simbolizado, entre otras cosas, por lo femenino y lo extranjero. Medea reúne ambas cualidades, y eso la convierte en una paria rechazada por la flamante Corinto, que recela de ella como elemento caótico, descontrolado, vestigio de un mundo antiguo, atrasado y hechicero.
Mata a su hermano Apsirto que trató de bloquear su salida del suelo patrio, mata al rey Pelias de Yolco tio de Jasón, a la futura esposa de Jasón Creusa hija del rey de Corinto Creón que muere con ella y finalmente presa del repudio de su esposo da muerte a sus propios hijos y destruye así su porvenir, temerosa del futuro que les esperaba en manos de su odioso padre ensoberbecido por sus éxitos, según la tradición los dioses no perdonan la hibris.
 Es un personaje antipático para el público biempensante, considerada paradigma de la maldad y la hechicería, pero es fundamentalmente una mujer despreciada por un marido ingrato que se sirvió de ella para alcanzar sus objetivos utilizándola. Todas las interpretaciones del mito confluyen y hacen hincapié en “la venganza de Medea por desamor”.
“Medea” trata también sobre el desarraigo y la inadaptabilidad en un mundo que señala al diferente con desprecio. Desde esta óptica, se la puede considerar como una crítica de la sociedad actual, en la que muchas veces confluyen todos estos elementos.
 ¡Ay, ay! ¡Ojala me libere con la muerte, dejando antes de tiempo una existencia odiosa! Son las palabras de Medea en la obra de Eurípides.
Medea se lamenta de ese absurdo patriarcado que hace que las mujeres estén sometidas a las decisiones de sus esposos, por arbitrarias que estas sean, la separación no da buena reputación a las mujeres, ni siquiera les es posible repudiar al esposo.
Las palabras que pone  Eurípides en boca de la nodriza nos pone en situación:
Llora por su padre querido, por el país y la casa que traicionó para venir con un hombre que ahora la desprecia
Medea se lamenta con estas palabras:
Este suceso inesperado que se me ha venido encima me ha destrozado el alma (…), pues mi esposo, en quien tenía yo puestas todas mis ilusiones, –bien lo sabe él, ha resultado ser el peor de los maridos”.
En ese momento el Corifeo, portavoz del coro de mujeres corintias, se solidariza con Medea, comprende sus sentimientos e incluso llega a justificar la venganza que está latente en la obra y de la que todavía ni siquiera se ha hablado:
con toda justicia castigarás a tu esposo, Medea. Y no me extraña el dolor que sientes por tu infortunio
Como Medea una mujer de nuestros días lejos de su familia se casó muy enamorada de un hombre que pronto  despertó sospechas por su violencia.  A continuación, se vio marginada y repudiada por su marido, con la única misión de traer hijos al mundo y conservar fielmente la tradición familiar.
 Cada vez que concebía un hijo lo guardaba en secreto todo el tiempo posible arropada con un grueso manto hasta los pies, con la ciega esperanza de hallar en el nuevo ser la luz que alumbrara sus días y con el pudor de su íntima alegría oculto a la vista de los demás, a diferencia de otras mujeres que lucen abiertamente sus barrigas orgullosas de su estado y quizá ignorantes del destino común a todas ellas que habitan en un mundo de hombres de los cuales dependen de una forma u otra, o bien en su trabajo o bien el hogar.
Muy celosa de su intimidad femenina esperaba el feliz advenimiento con una belleza exultante que a nadie hacía sospechar su estado, un oscuro presentimiento le hacía manifestar tanto secreto, que los seres que habitaban en su vientre continuaran su fatal destino. Cuando por fin tenía lugar el acontecimiento su tez relucía con el brillo de sus ojos y disfrutaba de su maternidad como cualquier madre común. Solía comentar con frecuencia… —siempre debería haber un pequeño en la casa, esta se llena de luz y de alegría con su presencia…
Sin embargo cuando sus hijos llegaban al uso de razón, le eran arrebatados de sus brazos y pasaban a ser educados y tutelados por su padre.  Llegó un momento en que sus hijos ya no le pertenecían,  crecieron y la trataban como  a una extraña. Extranjera en su propia casa, una mujer de carácter como era, desarrolló la violencia como única vía de escape a su demencial situación. Como Medea, ella no era una mujer que asumiera con facilidad una derrota. Había demostrado saber hacer frente con energía a las adversidades. Había criado unos hijos que vio convertirse en monstruos, cada vez más fuertes que reproducían las mismas actitudes para con ella que su padre, y cansada de tanta violencia  y ya sin fuerzas, como Medea, también se sentía engañada, burlada, traicionada, defraudada, decepcionada, no correspondida en el amor que manifestó siempre a su esposo y a sus hijos, y con terrible aflicción solía lamentarse — ¿qué hijos he traído yo al mundo?, – ¡monstruos!  —¡Preferiría verlos muertos!…   cuando se vio en medio del más completo desarraigo e impotencia,  acabó con su vida y la vida de su progenie maldita en su interior, para caminar errante en el mundo de los muertos.
 Cuenta el mito que después de su venganza los habitantes de Corinto, bien en venganza por la muerte de Creonte o bien decepcionados por el comportamiento de Medea, la apedrearon en el templo de Hera y la obligaron a abandonar la ciudad en el carro de serpientes aladas que le había regalado su abuelo Helios. Tras errar por distintos lugares en busca de protección, Medea llegó a la ciudad de Atenas, cuyo rey, Egeo, no sólo le ofreció hospitalidad sino que se casó con ella con la esperanza de que sus hechicerías le permitieran concebir un hijo pese a lo avanzado de su edad. La hechicera cumplió sus expectativas teniendo de él un hijo al que llamaron Medo. Con la llegada de Teseo hijo de Egeo y heredero del trono, Medea tuvo que huir nuevamente con su hijo acusada de atentar contra su vida y todavía hoy pervive su condición errática en el corazón de numerosas mujeres.
De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: Medea. De Pier Paolo Pasolini. María Callas

viernes, 12 de abril de 2013

LA INOCENCIA DE EDIPO







LA INOCENCIA DE EDIPO
El fin de toda nuestra exploración será llegar al lugar de donde partimos y conocerlo por primera vez
T. S. Eliot
Una madre y su hija  solían comentar con frecuencia las diferentes actitudes de hombres cegados por el amor a sus madres. Veían en ello algo grotesco que de algún modo las desplazaba y solían reír con las frecuentes llamadas de atención de los apasionados hombres. Lejos de manifestar una personalidad “edípica”, la hija amaba tiernamente a su madre y como mujer, libre de cualquier connotación sexual, una corriente de empatía las unió para siempre. Ambas amaban los libros y conocían las viejas historias y terribles interpretaciones que de alguna manera justificaban esas actitudes de algunos hombres y  que sazonaban la historia del pobre Edipo.  Sabían que la tragedia del inocente personaje se basaba simplemente en el azar de su destino.
 Edipo fue abandonado por su padre legítimo Layo rey de Tebas en el monte Citeron con el fin de que muriera y apagara así los malos augurios para su reino, fue adoptado por los reyes de Corinto, Pólibo y Peribea o Mérope a quienes Edipo amó y respetó convencido de que eran sus padres reales. Cuando descubrió el rumor de que se iba a convertir en el asesino de su padre huyó de Corinto y en su viaje a Tebas en un cruce de caminos el heraldo de Layo, Polifontes ordenó a Edipo que le cediera el paso pero ante la demora de éste, mató a uno de sus caballos. Edipo se encolerizó y mató a Polifontes y a Layo sin saber que era el rey de Tebas, y su propio padre.
Tuvo aún otro encuentro con el destino antes de llegar a Tebas, y se cruzó en su camino una esfinge que le planteó dos acertijos. En la mitología griega la Esfinge en griego   Σφίγξ, quizá de σφίγγω, ”estrangular” era un demonio de destrucción y mala suerte, que se representaba con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave. Pero una tradición referida por Pausanias, dice que la Esfinge no era un monstruo, sino una hija del rey Layo, a quien se le había confiado un secreto solo conocido por los monarcas de Tebas. Al morir Layo, cuando varios de sus hijos llegaron a reclamar el trono, la Esfinge se enfrentó a ellos declarando que solo reconocería como sucesor legítimo a quien fuera capaz de señalar con precisión el secreto de los reyes tebanos, y que condenaría a muerte a todo el que fallare. Sólo Edipo, nos dice esta tradición, desentrañó correctamente el secreto, ya que le fue revelado en un sueño.
La versión más común del pasaje  es la que se deduce del texto de Sófocles:
Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.
Escucha, aun cuando no quieras, Musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez.
 Con este acertijo se ponía de manifiesto la caducidad de la energía del ser humano, que era sólo un breve período entre la niñez y la vejez. Algo momentáneo, temporal, y que había que aprovechar lo máximo posible antes de que llegase la vejez, en la que el hombre debía depender de un bastón, o de otras personas, para poder mantenerse en pie.
La Esfinge  le planteó también otro acertijo: “Son dos hermanas, una de las cuales engendra a la otra y, a su vez, es engendrada por la primera” Edipo contestó: el día y la noche. Furiosa la Esfinge, se suicida lanzándose al vacío y Edipo es nombrado el salvador de Tebas.
Edipo fue nombrado rey y se casó con la viuda de Layo, Yocasta, su verdadera madre. Tuvo con ella cuatro hijos Eteocles Polinices, Antígona e Ismene  y los dos hermanos se enfrentarían más tarde entre ellos a muerte por el trono tebano. Otra tradición afirma que los hijos de Edipo no fueron de Yocasta sino de Eurigania.


Finalmente se extiende una peste en Tebas y se considera un castigo divino porque el asesino de Layo no ha expiado aún su culpa, Edipo quiere hacer averiguaciones y es el adivino Tiresias quien le revela que el asesino es él mismo. Edipo se hiere los ojos con los broches del manto de Yocasta para con la ceguera manifestar cuán lejos se había encontrado de la realidad. Ordena a Creonte que le expulse de Tebas y solo su hija y hermana Antígona le acompaña y le guía en su destierro.

Sin embargo a pesar de la evidencia del relato, que deja bien claro que Edipo solo conoce a su madre por el azar de su destino, las dos mujeres vieron enloquecer y cegarse a los hombres que conocieron en sus vidas, víctimas del mal hado, y furiosamente enamorados de sus madres oscurecían su presencia en sus vidas tratadas como intrusas o rameras.
 Así un hombre muy enamorado de su madre exponía sin reparo su personalidad “edípica” a todo el que le conocía. Expresaba clara animadversión contra toda mujer que no le evocara las ilustres cualidades de su madre, si no respondía a su ideal la repudiaba sin contemplaciones y la llenaba de oprobio, llegaba a tal grado de identificación con la mujer de sus sueños que dejaba crecer sus cabellos, las uñas de sus manos y buscaba sin cesar el paradigma materno con el fin de violarla y asesinar a cualquier intruso que vislumbrara en su quehacer cotidiano.
Otro hombre halló en las interpretaciones freudianas del mito su tabla de salvación y proyectando en las mujeres de su vida los horrores de la historia conseguía obnubilarlas para que le siguieran a su lecho, como si de un padre benefactor se tratara, otro hombre hacía de su mujer un altar inviolable y sagrado, y borraba de su presencia a cualquier mujer que no la venerara, otros, ignorantes de la historia de Sófocles se dejaban arrastrar por el ambiente mítico y cometían toda clase de desatinos y tropelías contra las mujeres en busca de la madre perdida en medio de tal enredo, les hubo que regresaron ciegos o miopes y con cataratas a edad temprana, otros reventaron sus pulmones a causa de las drogas o el alcohol, hubo muchos divorcios, y múltiples casos de incesto que se repetían una y otra vez de un modo frenético  y desesperado, la peste de Tebas se cernía sobre su ciudad incapaces sus hombres de resolver los enigmas que el destino planteó a Edipo: la caducidad de la vida y la débil condición del ser humano y algo tan sencillo como el paso de la noche al día y del día a la noche, escapaban a esas mentes perturbadas por la pasión materna. Olvidaban sin duda las últimas palabras del coro en la obra de Sófocles: “Que a nadie se le tenga por dichoso hasta que muera”.

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: Edipo Re. Fotograma del film de Pier Paolo Pasolini


miércoles, 10 de abril de 2013

EL SILENCIO DE CASANDRA








EL SILENCIO DE CASANDRA
…que, siendo Amor una deidad alada,
bien previno la hija de la espuma
a batallas de amor, campos de pluma
Luís de Góngora, Soledad primera.

Casandra princesa troyana a cambio de favores sexuales fue investida por Apolo que se había encaprichado de ella, con el don de la profecía, satisfecha y orgullosa con sus facultades le abandonó y éste airado, en silencio la privó del don de la persuasión,  hizo que sus palabras nunca fueran creídas por nadie y la tomaran por loca. Hija de los  reyes Príamo y Hécuba, fue  violada por Ayax y la diosa de la sabiduría hizo temblar a los aqueos que finalmente la raptaron y se la entregaron a Agamenón, como nadie creía sus profecías, las guerras que ella había vaticinado tuvieron lugar, mientras tanto ella vivió con el estigma de su locura. Tras su violación, incapaz de responder al impulso  masculino de su pareja, se limitó resignadamente a seguir con su existencia adelante, con un vacío interior silencioso y descomunal. Ya como concubina  de Agamenón había tenido dos hijos y había recobrado la ilusión,una nueva visión lo enturbió todo,  le dijo que su esposa ayudada a su vez por su amante, daría muerte a ambos. La tomó por loca y no la creyó. Finalmente así murieron como Casandra predijo.
 La etimología del  nombre de Casandra es discutida, cuyo primer término estaría asociado al significado de ramera en griego kassa y el segundo andros, es decir “ramera de hombres”, pero es completamente infundada esta tesis, porque ese primer término es un hápax de origen oscuro que solo aparece atestiguado en Licofrón que le dedica un poema, se han propuesto otras etimologías, pero creo que la más aceptable dada la prosapia del personaje es derivar el primer término de la confluencia de dos tesis: una forma verbal ke-kas-mai “brillar, destacar”, así, el nombre de Casandro es “hombre que destaca”, y otra que se trate de la forma femenina de Alejandro, de hecho es llamada también Alejandra, y el nombre de Casandro se aplica a reyes del linaje macedonio como Alejandro Magno.
La Casandra de esta historia es una mujer que también resplandece por su belleza y aunque el don profético en nuestros días es una cosa ancestral y obsoleta sin embargo sí posee cualidades que más parecen dones de los dioses que meros efectos de la naturaleza. Era capaz de vislumbrar los aconteceres cotidianos con absoluta sencillez, sin titubeos, todo cuanto tocaba relucía con su brillo, su razón se imponía sin violencia y a su pesar, su perspectiva alcanzaba los límites más alejados de la realidad y era además objeto de todas las miradas de los hombres que como dioses deseaban poseerla. Contrajo matrimonio con un hombre prendado de su belleza física más que de sus cualidades intelectuales, a una edad muy temprana.
Era conducida a todas partes del brazo de su marido que dirigía siempre sus pasos, ella de talante muy locuaz y brillante pronto se dio cuenta que estaba condenada al silencio, un mundo de hombres seguros de sí mismos se abría ante sus ojos, y su misión era pasear de vez en cuando con su marido a la vista de todos, y ocuparse de las cosas del hogar como cualquier mujer casada. Añoraba las historias de su niñez y primera juventud con tristeza, se sentía desdichada y todos los días lloraba encerrada en su habitación sin que nadie se percatara de ello, comenzó así una vida solitaria y monótona muy alejada de sus intereses. Esperaba con impaciencia la ausencia de su marido para sumergirse en alguna lectura de su agrado, pero fue descubierta y él dio la orden de que todos los libros de la casa desaparecieran en el acto.
Atrapada y sin salida al exterior poco a poco fue ahogándose en un estado inconsciente cada día más alejado de su realidad cotidiana,
Algunos hombres guiados más por su instinto más primario que por la atracción de cualquier otra cualidad femenina, ante mujeres con una personalidad tan marcada como la que manifestó en todo momento Casandra, marcan su territorio e inducen toda conversación a su antojo silenciando las voces femeninas que claman inútilmente en el desierto. A lo largo de su vida entró en diferentes formas de delirio, llegaron las cosas a tal extremo que en ocasiones cuando intentaba expresarse acertaba a duras penas a pronunciar palabras, pronto era interrumpida en su discurso provocando en su ser un haz de nervios que bloqueaba su mente y revolvía sin cesar su lengua dentro de la boca como un torbellino sin freno y desatado. Espectral, deambulaba por su casa y buscaba el sueño que nunca llegaba, siempre despierta y alerta comenzó a llenarse de terrores que oscurecían cada vez más su ambiente, y nublaban su perspectiva de antaño, su brillo desapareció y sus ojos siempre llorosos expresaban la desolación y el llanto, dejó de alimentarse y sus huesos reclamaban el descanso bajo tierra. Con aire ausente despertaba todas las mañanas por completo congestionada y con los ojos aterradores del espanto.
No había  podido huir de su entorno y se vio obligada a aceptar una sumisión impuesta que la asfixiaba, el odio y el desasosiego anidaron en ella y la fueron minando hasta el final. Las mujeres que la acompañaron en su lecho de muerte con voces dulces y compasivas la alejaban de su última realidad implacable, ella se despojó de sus prendas y caminó desnuda a su encuentro en absoluto silencio no quiso escuchar a las mujeres, solo anhelaba el silencio y el sueño, con los ojos cerrados se internó en el mismo mundo que siempre la había rodeado durante todos aquellos años, con la resignación propia de quien conoce su destino.
Foto: Casandra y Ayax.  Solomon  1886.
De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González

martes, 9 de abril de 2013

UN DÍA EN LA VIDA DEL VIEJO KARAMAZOV









Quien se miente y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad, ni en él ni alrededor de él


Del personaje: Stárets Zosima (Hermanos Karamazov)

F. Dostoievski


UN DÍA EN LA VIDA DEL VIEJO KARAMAZOV


En un rincón de la habitación un hombre ya anciano con la mirada ciega dirigida hacia el infinito, sentado en su sillón, con un aire casi divino, sostenía un libro en cada mano y escuchaba el rumor de la sala antes de disponerse a leer en voz alta entonando al mismo tiempo una voz tierna y sosegada.

Relató la breve historia de un hombre bondadoso y cultivado que a falta de otros libros para leer en un día tormentoso y de desastres a sus acompañantes analfabetos y primitivos, encontró una Biblia y se dispuso a leer, en el transcurso de la lectura uno de ellos le preguntó si Dios hecho hombre y muerto por los hombres, era capaz de perdonar a sus asesinos, el hombre inocentemente respondió que sí, el terrible desastre de unas vigas apiladas en el exterior de la estancia le estaba esperando, porque esas mismas vigas habrían de servir para crucificarlo ellos, cuando abrió la puerta, impresionados por el poder salvador de Jesús a quien veían encarnado en su amable lector.

Aún resonaba en mis oídos la palabra Gospel, cuando quise saber más acerca del otro libro posado discretamente en el suelo y que ocultaba la penumbra, me acerqué con cautela hacia los pies del anciano, él con delicadeza lo apartó de mi vista y me confesó que se trataba de la muy aburrida historia de una familia cuyas disertaciones filosóficas estaban muy lejos de complacerle, en la que tiene lugar un parricidio, en medio de relaciones tormentosas, que el personaje central es un ser despreciable y estúpido, un anciano hedonista y nihilista, descreído y cínico, vividor y derrochador, lujurioso y disipado que no ha sido un padre ejemplar. Muy rico, ha apurado su juventud y madurez con absoluto descoco y egoísmo, desentendiéndose de sus tres hijos legítimos y de uno ilegítimo. Enterró a dos esposas y dejó a los niños al cuidado de compadecidas tías o de bondadosos sirvientes.

Reconocí en sus palabras el libro que me ocultaba y quise saber si ambos libros basculaban en una balanza que me alejaba y me acercaba en el tiempo.

¿Qué habría ocurrido si nunca ese libro hubiera caído en mis manos? ¿Acaso habría soñado con este hombre bondadoso? En los años decisivos en la formación de una joven adolescente, encerrada en el despacho paterno como castigo diario e infundado, descubrí mi temprana condición de proscrita que seguía impaciente las líneas psicológicas de su enemigo. El libro atrapó mi curiosidad de forma que todos los días deseaba mi castigo y aceptaba complacida mi destierro.

Poco a poco convivía en mi interior la imagen aterradora del sujeto y su entorno, y contaba con un punto de referencia que me distanciaba de cualquier enemigo potencial. En adelante solo una pregunta me acosaba incesante, ¿por qué me castigaban todos los días?, consideré el hecho como una injusticia y mientras tanto sin saberlo, me armaba para librar una dura batalla. Pero, ¿por  qué ese castigo se mantuvo siempre en lo sucesivo en cualquier lugar que habitaba?

Por un momento desfilaron ante mí todos los viejos Karamazov que conocí en adelante, desde mi despacho imaginario los veía perecer a todos atrapados en la sinrazón de su egoísmo. De nada servían sus palabras aduladoras y lisonjeras, siempre vislumbraba en ellas los entresijos del padre Karamazov. Como un parricida hacía oídos sordos a sus llamadas de atención, consciente de que mi condición de proscrita se había asentado en mi ser definitivamente y muchos viejos Karamazov eran mis enemigos reales. Busqué mi castigo en el interior del despacho que reproducía en todos los lugares que frecuentaba y cada día estaba más segura de la falacia de los impostores.

Momentos después le pregunté al anciano del sueño, la causa de su aburrimiento con la historia y me respondió con pesar:

 – De una forma u otra el hombre en su condición de proscrito, mata a su enemigo con cualquier pretexto, unos en aras de sus creencias religiosas y otros perecen por causa de su propia mezquindad—.

En ambos libros se comete el asesinato de un hombre, en uno, el asesinado es considerado redentor por las gentes analfabetas fascinadas por los efectos milagrosos de Jesús y en el otro, un hombre perece a manos de su hijo, víctima de la sinrazón de su egoísmo. Comprendí la benevolencia del anciano que quiso alejarme por un momento de un mundo tan evidente y me sumergí en mi sueño durante largas horas de placer, con la esperanza de encontrar otro  mundo fantástico que me alejara de mi fatal destino.


De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

Foto: “La Verdad” de Jules Joseph Lefebvre  (Museo de Orsay)

























domingo, 7 de abril de 2013

EL VATE DE TUBINGA


 
 
 

 
 
EL VATE DE TUBINGA

La poesía es la más inocente de todas las ocupaciones.


Cuenta la historia que un hombre aullaba por las noches sus poemas como un perro abandonado, que vagaba constantemente por las calles hablando solo y lanzando improperios con amargura, que perdió la noción del tiempo y del espacio cuando se internó en el estudio de la literatura clásica y se encerró con su pasión en un recinto que él consideraba sagrado durante treinta y seis años, en donde lo hallaron loco y perorando a las puertas de la muerte.

Su poesía era poesía que llora la pérdida y canta la libertad pero sobre todo que huye a otro tiempo y a otro lugar, evocaba a Grecia y buscaba consuelo en la naturaleza en la búsqueda febril de la belleza, en la plenitud de los bosques y los pájaros, en la inquietante belleza de los crepúsculos sagrados.

El protagonista de esta historia también huyó a otro tiempo y a otro lugar, en donde los días brillaran en todo su esplendor y se encontrara a salvo en compañía de las palabras.

Un lugar de paredes blancas que guardaban en su interior el ir y venir de ratas que prisioneras deseaban salir por cualquier rendija descuidada. En el que las goteras incipientes se acrecentaban día tras día abultándose en el techo y dibujando en él figuras extrañas y filigranas.

Se encontraba en esa edad visionaria de la juventud en la que lo más importante era descubrir las viejas sendas por las que habían caminado otros con su experiencia. Carecía de recursos pero eso no le importaba, por las noches recorría su calle y hurgaba en los contenedores de basura en busca de algún alimento todavía fresco y comestible. Le bastaba su escondrijo para vivir y experimentar a sus anchas.

Pronto su calle se llenó de comentarios y las malas lenguas hablaban de él con el fin de expulsarle de sus vidas, comentaban con crueldad, que se trataba de un delincuente y que se escondía de la justicia porque había cometido un asesinato, le consideraban un loco peligroso y temían por la integridad de sus hijos. Él pasaba ante ellos en silencio todos los días y ellos le señalaban con el dedo echándole toda suerte de maldiciones.

Una vez que franqueaba el umbral de su puerta olvidaba los percances y se encerraba en su mundo de sueños y quimeras, amaba sobre todas las cosas la poesía que leía siempre entusiasmado y al mismo tiempo llenaba de luces y sombras su habitación ¡Días eternos y dorados, en los que el tiempo se prolongaba y borraba las lindes del infinito! ¡Poetas del pasado desplegaban sus voces en la noche! ¡Cantos de vida y esperanza! Impaciente se adentraba en otras tierras lejanas y se sumergía con inmenso placer en los entresijos de otras lenguas, de esa manera el tiempo se ensanchaba y él se perdía en su interior despreocupado y sin prisa. Así en medio de una felicidad brillante, pasaron los años hasta que llegó a esa edad en la que los sueños solo viven en reposo.

Pero nadie entre los humanos perdona la libertad ajena fuera del rebaño y los habitantes de su calle comenzaron a hacerle la vida imposible. ¡Hay que sacarlo de ahí! –Decían– ¡Ensucia nuestra calle! – ¡Es un subversivo!–¡pervierte a nuestros jóvenes con el ejemplo de su mala vida y sus ideas !– ¡Es un loco peligroso!

Él, cansado y al límite de su paciencia salía de su casa investido de la divinidad de las palabras, y advertía a sus vecinos de que la maldición de los dioses recaería sobre ellos y sobre sus hijos, porque habían provocado sus iras y además, qué podían ellos reprocharle a él, si ellos se alimentaban de cadáveres, asistían a espectáculos sangrientos, desconocían el estado excelso del amor, vivían de espaldas al estado natural de las cosas, analfabetos como eran, que otra cosa podían esperar en su pocilga que el castigo de la naturaleza, y con esas divinas palabras se alejaba y se internaba en su humilde cobijo.

La venganza anida en  los espíritus maledicentes que viven a expensas de las vicisitudes ajenas y los alimenta. Una mañana que aún conservaba el resplandor del pasado, los bultos del techo se desplomaron sobre su cabeza y hundieron su libro en la miseria, alguno de esos seres había provocado intencionadamente el cataclismo, bajó enloquecido a la calle y comenzó a perorar y a echar maldiciones, cuando de una furgoneta descendieron unos hombres gorilas que le pusieron una camisa de fuerza y lo internaron en un psiquiátrico, de todos sus libros conservaba solo uno que encerraba en su interior un poema “A las parcas” del genio de Tubinga y mientras recitaba con voz profunda y temblorosa los últimos versos:

Sé bienvenido, silencio del mundo de las sombras,

Estoy alegre, aunque el son de mi lira

No descienda conmigo. Una vez

Viví como los dioses y con eso me basta.

Llegó una enfermera para suministrarle su medicación, él cerró los ojos y se internó para siempre en el mundo de las sombras.

Poema:
“A las parcas”

Friedrich Hölderlin

Foto: Carl Spitzweg, Der arme Poet, Neue Pinakothec. (El poeta pobre).

De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González
 

sábado, 6 de abril de 2013

LAS SOMBRAS DE PANDORA




Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.

FRIEDRICH WILHELN NIETZSCHE


 LAS SOMBRAS DE PANDORA

La ciudad es un hervidero de sombras y las mujeres en ella se mueven investidas de un aire resignado y recio que solo las distingue de los hombres en sus formas femeninas objeto de todas las miradas  de ellos que la habitan y que andan siempre a la caza de algún desliz, de algún descuido. Se ofrecen siempre diligentes a solventar cualquier urgencia o reparación doméstica, hacen alarde de sus facultades físicas e intelectuales sin cesar, sus servicios siempre están a disposición de las féminas con tal de obtener al final la recompensa que buscan.

Si alguna mujer opone resistencia o manifiesta algún grado de indiferencia a sus instancias, en primer lugar la acosan con violencia, luego la desprecian y humillan y más tarde la juzgan sin piedad heridos en su orgullo de machos desairados.

Algunos de ellos incluso lanzan proclamas feministas con el único fin de obtener un mayor acercamiento y justificación a sus instintos y no cejan en su empeño de manosearlas con una proximidad impúdica y avasalladora.

Vivir en esa ciudad significa compartir diariamente los males que salieron del ánfora de Pandora, la envidia y la mezquindad de horribles hombres y mujeres hambrientos dibujan un paisaje de desolación y terror y enloquecidos se mueven en el interior de una red de estrategias que cierran cualquier salida al exterior.

Sin salida, y bloqueada por la muerte, presente en esos días, regresé a mis orígenes en busca de refugio y lejanía. Los sueños se empezaron a suceder noche tras noche y por ellos desfilaron personajes de leyenda, que revestían seres informes y de alguna manera representaban imágenes conocidas que en ocasiones reconocía con dificultad, unas me reconfortaban y la mayor parte de ellas me producían inquietud y me aburrían.

Poco a poco me iba convirtiendo en una sombra, y busqué con afán personajes más interesantes en las páginas de mis libros, un mundo viejo y lacerante se desvanecía por los suelos y otro mundo nuevo y fantástico alimentado por  los sueños renacía de sus cenizas.

Una mañana me desperté con la extraña sensación de un sueño, que perduró en mi interior durante dos días con sus noches y no conseguía desembarazarme de ella, probé a dar largos paseos, a leer un libro con placer, a buscar imágenes reconfortantes, palabras de otros que me sacaban momentáneamente del abismo en que me encontraba y busqué también entre otras sensaciones más agradables.

 La sensación persistía en su empeño indeleble e insistente, quise despojar mi imaginación de impresiones perturbadoras y me asomaba sin temor  al abismo desnudo y frío, mi cabeza se hinchaba y poblada por infinidad de bultos aparecía apepinada,  mi cabellera hirsuta, mis ojos fuera de sus órbitas se abrían espantados, una mueca horrible distorsionaba mi boca, todo mi ser aparecía ante mis ojos como una enorme y oscura masa  viscosa,  las voces presentes aturdían mis oídos, rara vez me conmovía una música, solo el silencio del vacío me reconfortaba, vi con estupor el paso de los años en una ciudad de hombres también vacíos que se extendían como un desierto de arenas movedizas y me engullían sin piedad, comprobé que de todos los sentimientos sólo uno afloraba con intensidad, el desprecio.

¡Cuántas veces recordé la figura de Bartleby, de Gregorio Samsa, y otros personajes de ficción que me estrellaban sin piedad a mi condición de monstruo! Recorrí mentalmente otras ciudades fantásticas en las que habitaban seres imaginarios atrapados en idéntico destino, en donde las sombras de la ciudad invadían también con tesón los claros de la esperanza.

Desapareció la ofuscación del ensueño  en el despertar de otra mañana, cuando vi que el mar infinito se extendía a través de mi ventana  y las calles no existían para perderse, que  solo la arena bajo mis pies me alejaría del asfalto, que el sol lucía en todo su esplendor al amanecer y se acostaba rojizo en el horizonte, y en el momento en que  hundía su masa de fuego en el agua hasta desaparecer,  la sombra de la noche se apoderaba de mis sueños.
Mito:

 La mujer todavía no había sido creada. La leyenda cuenta que Zeus hizo a la mujer y la envió a Prometeo y su hermano para castigarlos por haber robado el fuego... y también para castigar al hombre por haber aceptado el don.  La primera mujer fue Pandora. Fue hecha en el cielo y todos los dioses contribuyeron en algo para perfeccionarla. Afrodita le dio belleza, Hermes la persuasión, Apolo la música, etc... Así equipada, Pandora fue llevada a la Tierra y presentada a Epimeteo que la aceptó feliz, a pesar de los temores de su hermano, que no confiaba en Zeus y sus regalos. Epimeteo tenía en su casa una habitación donde guardaba algunos objetos que no había alcanzado a repartir por la Tierra. Entre ellos un baúl. Poco a poco fue creciendo en Pandora una gran curiosidad por conocer el contenido de dicha caja; finalmente, un día quebró el sello y abrió la tapa para mirar dentro. Pero en ese mismo momento escaparon de la caja una multitud de plagas para atormentar a los hombres, como la gota, el reumatismo y los cólicos para el cuerpo, y la envidia, la ira y la venganza para el alma, y estos males se repartieron por todas partes. Pandora se apresuró en cerrar la caja, pero ya era tarde, todo el contenido de la caja había escapado, exceptuando una sola cosa que yacía confundida al fondo, esa era la esperanza. Desde entonces, aunque los males nos acechen, la esperanza nunca nos deja por entero. Y mientras tengamos un poco de esperanza, ningún mal puede derrotarnos completamente






De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

Foto: Pandora, 1863, de Jules Joseph Lefebvre