martes, 9 de abril de 2013

UN DÍA EN LA VIDA DEL VIEJO KARAMAZOV









Quien se miente y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad, ni en él ni alrededor de él


Del personaje: Stárets Zosima (Hermanos Karamazov)

F. Dostoievski


UN DÍA EN LA VIDA DEL VIEJO KARAMAZOV


En un rincón de la habitación un hombre ya anciano con la mirada ciega dirigida hacia el infinito, sentado en su sillón, con un aire casi divino, sostenía un libro en cada mano y escuchaba el rumor de la sala antes de disponerse a leer en voz alta entonando al mismo tiempo una voz tierna y sosegada.

Relató la breve historia de un hombre bondadoso y cultivado que a falta de otros libros para leer en un día tormentoso y de desastres a sus acompañantes analfabetos y primitivos, encontró una Biblia y se dispuso a leer, en el transcurso de la lectura uno de ellos le preguntó si Dios hecho hombre y muerto por los hombres, era capaz de perdonar a sus asesinos, el hombre inocentemente respondió que sí, el terrible desastre de unas vigas apiladas en el exterior de la estancia le estaba esperando, porque esas mismas vigas habrían de servir para crucificarlo ellos, cuando abrió la puerta, impresionados por el poder salvador de Jesús a quien veían encarnado en su amable lector.

Aún resonaba en mis oídos la palabra Gospel, cuando quise saber más acerca del otro libro posado discretamente en el suelo y que ocultaba la penumbra, me acerqué con cautela hacia los pies del anciano, él con delicadeza lo apartó de mi vista y me confesó que se trataba de la muy aburrida historia de una familia cuyas disertaciones filosóficas estaban muy lejos de complacerle, en la que tiene lugar un parricidio, en medio de relaciones tormentosas, que el personaje central es un ser despreciable y estúpido, un anciano hedonista y nihilista, descreído y cínico, vividor y derrochador, lujurioso y disipado que no ha sido un padre ejemplar. Muy rico, ha apurado su juventud y madurez con absoluto descoco y egoísmo, desentendiéndose de sus tres hijos legítimos y de uno ilegítimo. Enterró a dos esposas y dejó a los niños al cuidado de compadecidas tías o de bondadosos sirvientes.

Reconocí en sus palabras el libro que me ocultaba y quise saber si ambos libros basculaban en una balanza que me alejaba y me acercaba en el tiempo.

¿Qué habría ocurrido si nunca ese libro hubiera caído en mis manos? ¿Acaso habría soñado con este hombre bondadoso? En los años decisivos en la formación de una joven adolescente, encerrada en el despacho paterno como castigo diario e infundado, descubrí mi temprana condición de proscrita que seguía impaciente las líneas psicológicas de su enemigo. El libro atrapó mi curiosidad de forma que todos los días deseaba mi castigo y aceptaba complacida mi destierro.

Poco a poco convivía en mi interior la imagen aterradora del sujeto y su entorno, y contaba con un punto de referencia que me distanciaba de cualquier enemigo potencial. En adelante solo una pregunta me acosaba incesante, ¿por qué me castigaban todos los días?, consideré el hecho como una injusticia y mientras tanto sin saberlo, me armaba para librar una dura batalla. Pero, ¿por  qué ese castigo se mantuvo siempre en lo sucesivo en cualquier lugar que habitaba?

Por un momento desfilaron ante mí todos los viejos Karamazov que conocí en adelante, desde mi despacho imaginario los veía perecer a todos atrapados en la sinrazón de su egoísmo. De nada servían sus palabras aduladoras y lisonjeras, siempre vislumbraba en ellas los entresijos del padre Karamazov. Como un parricida hacía oídos sordos a sus llamadas de atención, consciente de que mi condición de proscrita se había asentado en mi ser definitivamente y muchos viejos Karamazov eran mis enemigos reales. Busqué mi castigo en el interior del despacho que reproducía en todos los lugares que frecuentaba y cada día estaba más segura de la falacia de los impostores.

Momentos después le pregunté al anciano del sueño, la causa de su aburrimiento con la historia y me respondió con pesar:

 – De una forma u otra el hombre en su condición de proscrito, mata a su enemigo con cualquier pretexto, unos en aras de sus creencias religiosas y otros perecen por causa de su propia mezquindad—.

En ambos libros se comete el asesinato de un hombre, en uno, el asesinado es considerado redentor por las gentes analfabetas fascinadas por los efectos milagrosos de Jesús y en el otro, un hombre perece a manos de su hijo, víctima de la sinrazón de su egoísmo. Comprendí la benevolencia del anciano que quiso alejarme por un momento de un mundo tan evidente y me sumergí en mi sueño durante largas horas de placer, con la esperanza de encontrar otro  mundo fantástico que me alejara de mi fatal destino.


De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

Foto: “La Verdad” de Jules Joseph Lefebvre  (Museo de Orsay)

























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