sábado, 6 de abril de 2013

LAS SOMBRAS DE PANDORA




Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.

FRIEDRICH WILHELN NIETZSCHE


 LAS SOMBRAS DE PANDORA

La ciudad es un hervidero de sombras y las mujeres en ella se mueven investidas de un aire resignado y recio que solo las distingue de los hombres en sus formas femeninas objeto de todas las miradas  de ellos que la habitan y que andan siempre a la caza de algún desliz, de algún descuido. Se ofrecen siempre diligentes a solventar cualquier urgencia o reparación doméstica, hacen alarde de sus facultades físicas e intelectuales sin cesar, sus servicios siempre están a disposición de las féminas con tal de obtener al final la recompensa que buscan.

Si alguna mujer opone resistencia o manifiesta algún grado de indiferencia a sus instancias, en primer lugar la acosan con violencia, luego la desprecian y humillan y más tarde la juzgan sin piedad heridos en su orgullo de machos desairados.

Algunos de ellos incluso lanzan proclamas feministas con el único fin de obtener un mayor acercamiento y justificación a sus instintos y no cejan en su empeño de manosearlas con una proximidad impúdica y avasalladora.

Vivir en esa ciudad significa compartir diariamente los males que salieron del ánfora de Pandora, la envidia y la mezquindad de horribles hombres y mujeres hambrientos dibujan un paisaje de desolación y terror y enloquecidos se mueven en el interior de una red de estrategias que cierran cualquier salida al exterior.

Sin salida, y bloqueada por la muerte, presente en esos días, regresé a mis orígenes en busca de refugio y lejanía. Los sueños se empezaron a suceder noche tras noche y por ellos desfilaron personajes de leyenda, que revestían seres informes y de alguna manera representaban imágenes conocidas que en ocasiones reconocía con dificultad, unas me reconfortaban y la mayor parte de ellas me producían inquietud y me aburrían.

Poco a poco me iba convirtiendo en una sombra, y busqué con afán personajes más interesantes en las páginas de mis libros, un mundo viejo y lacerante se desvanecía por los suelos y otro mundo nuevo y fantástico alimentado por  los sueños renacía de sus cenizas.

Una mañana me desperté con la extraña sensación de un sueño, que perduró en mi interior durante dos días con sus noches y no conseguía desembarazarme de ella, probé a dar largos paseos, a leer un libro con placer, a buscar imágenes reconfortantes, palabras de otros que me sacaban momentáneamente del abismo en que me encontraba y busqué también entre otras sensaciones más agradables.

 La sensación persistía en su empeño indeleble e insistente, quise despojar mi imaginación de impresiones perturbadoras y me asomaba sin temor  al abismo desnudo y frío, mi cabeza se hinchaba y poblada por infinidad de bultos aparecía apepinada,  mi cabellera hirsuta, mis ojos fuera de sus órbitas se abrían espantados, una mueca horrible distorsionaba mi boca, todo mi ser aparecía ante mis ojos como una enorme y oscura masa  viscosa,  las voces presentes aturdían mis oídos, rara vez me conmovía una música, solo el silencio del vacío me reconfortaba, vi con estupor el paso de los años en una ciudad de hombres también vacíos que se extendían como un desierto de arenas movedizas y me engullían sin piedad, comprobé que de todos los sentimientos sólo uno afloraba con intensidad, el desprecio.

¡Cuántas veces recordé la figura de Bartleby, de Gregorio Samsa, y otros personajes de ficción que me estrellaban sin piedad a mi condición de monstruo! Recorrí mentalmente otras ciudades fantásticas en las que habitaban seres imaginarios atrapados en idéntico destino, en donde las sombras de la ciudad invadían también con tesón los claros de la esperanza.

Desapareció la ofuscación del ensueño  en el despertar de otra mañana, cuando vi que el mar infinito se extendía a través de mi ventana  y las calles no existían para perderse, que  solo la arena bajo mis pies me alejaría del asfalto, que el sol lucía en todo su esplendor al amanecer y se acostaba rojizo en el horizonte, y en el momento en que  hundía su masa de fuego en el agua hasta desaparecer,  la sombra de la noche se apoderaba de mis sueños.
Mito:

 La mujer todavía no había sido creada. La leyenda cuenta que Zeus hizo a la mujer y la envió a Prometeo y su hermano para castigarlos por haber robado el fuego... y también para castigar al hombre por haber aceptado el don.  La primera mujer fue Pandora. Fue hecha en el cielo y todos los dioses contribuyeron en algo para perfeccionarla. Afrodita le dio belleza, Hermes la persuasión, Apolo la música, etc... Así equipada, Pandora fue llevada a la Tierra y presentada a Epimeteo que la aceptó feliz, a pesar de los temores de su hermano, que no confiaba en Zeus y sus regalos. Epimeteo tenía en su casa una habitación donde guardaba algunos objetos que no había alcanzado a repartir por la Tierra. Entre ellos un baúl. Poco a poco fue creciendo en Pandora una gran curiosidad por conocer el contenido de dicha caja; finalmente, un día quebró el sello y abrió la tapa para mirar dentro. Pero en ese mismo momento escaparon de la caja una multitud de plagas para atormentar a los hombres, como la gota, el reumatismo y los cólicos para el cuerpo, y la envidia, la ira y la venganza para el alma, y estos males se repartieron por todas partes. Pandora se apresuró en cerrar la caja, pero ya era tarde, todo el contenido de la caja había escapado, exceptuando una sola cosa que yacía confundida al fondo, esa era la esperanza. Desde entonces, aunque los males nos acechen, la esperanza nunca nos deja por entero. Y mientras tengamos un poco de esperanza, ningún mal puede derrotarnos completamente






De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

Foto: Pandora, 1863, de Jules Joseph Lefebvre



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