miércoles, 13 de marzo de 2013






EL AVALISTA


 La pura actualidad corporal en que viven los animales, su desconocimiento de la muerte y de los recuerdos… Shopenhauer 

A veces los salvadores de catástrofes se convierten en algo inesperado y doloroso.
Siempre he desconfiado de la utilidad de la retórica en el lenguaje cotidiano, pero este personaje  que hacía un uso tan profuso de ella me ha acosado siempre con ella, hasta la exasperación. Con total desaprensión se apresuró en mi auxilio en momentos de especial dificultad. A veces en la vida nos vemos obligados a hacer concesiones obligados por la necesidad de las cosas más urgentes.
Era todo generosidad y presencia, hasta que un día me propuso un negocio que me pondría a su merced durante un tiempo indefinido, un aval para el alquiler, con muchas reservas acepté su oferta y a partir de entonces….las visitas a mi casa a cualquier hora, se repetían día tras día, mi perra se volvía loca emitiendo constantes ladridos porque le odiaba especialmente, irrumpió incluso un día dispuesto a desvalijar mi casa en busca de documentos escritos en papel y con absoluta vehemencia la emprendió a puñetazos con el ordenador.
 No salía de mi asombro y me pregunté repetidas veces qué buscaba, qué se escondía tras ese aval que me libraba de estar en la calle, yo, que siempre he demostrado una absoluta indiferencia por el dinero, percibo de manera especial ese interés en los que se afanan por conseguirlo, descubrí que él estaba convencido de que  era una rica heredera.
Pasaron unos meses y  continuaba buscando una salida, el animal cada vez se exasperaba más y más cuando oía llamar a mi puerta y  me mostraba distante y molesta, no conforme con sus indagaciones la emprendió con el animal, con juegos retóricos de muy mal gusto aludiendo a su vejez, ya era muy mayor la pobre pero conservaba el vigor de su juventud , era una auténtica fiera, luego…¡cómo no¡ la emprendió también conmigo que nunca he manifestado el más mínimo interés sexual o amoroso  por este personaje…  Un día me invitó a su casa a comer junto con otros amigos, como se trataba de carne,  me mostré reticente, pero insistió tanto que accedí, después de comer, me dio las sobras para mi perra.
El animal enfermó de repente y  me temía lo peor, durante tres días  inquieta, la observaba y la llevé apresurada al veterinario, iba vomitando sangre por todas partes, finalmente, después de muchas idas y venidas, el animal murió en mis brazos y acudieron en mi auxilio los autores de la fechoría, dispuestos muy solícitos a enterrarla, así lo hicimos,  de regreso me acompañaron a mi casa y se quedaron un rato mirándome en espera de alguna lágrima, algún gesto de abatimiento… muy entera y sin lágrimas les miré con desprecio…. 

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