miércoles, 13 de marzo de 2013

LA CAJITA ENCANTADA









LA CAJITA ENCANTADA

Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando

Rabindranath Tagore (1861-1941) Filósofo y escritor indio.


El amor rondaba mi vida, prodigando multitud de sorpresas, cuidadosamente depositadas en mi puerta cada día.
Ajena al principio, a tales muestras de interés, transcurría  mi vida cotidiana,  sin saber muy bien de qué se trataba. Los días eran brillantes, con olor a primavera, la actividad era intensa y cierta rutina se había instalado en ellos y solo se veía interrumpida, unos segundos antes de entrar en mi casa.
Aparecían notas manuscritas introducidas en una rendija de la puerta, que me daban pistas para informarme de alguna otra cosa depositada en mi buzón, o mensajes escuetos que anunciaban un próximo encuentro.
 Así, llegaron a mis manos, a través de las notas, músicas variadas que anunciaban nuevos amigos… libros novedosos para mí… con títulos sugerentes que aludían a los acontecimientos presentes, una enorme pizarra blanca para escribir en ella con la ayuda de un rotulador, estaba apoyada, en la pared de al lado de mi puerta, y muchos otros objetos simpáticos, además de flores, plantas, una enorme tarta de fresas…
 Tuve que salir de viaje, me ausenté unos días y de regreso, todavía encontré un racimo de globos de colores adosado a mi puerta con un cartel que decía: BIENVENIDA…
Poco a poco me acostumbré a esos dones, sin dejar de sorprenderme y a sabiendas de quien se trataba, estos pequeños sucesos iban siempre acompañados de encuentros fortuitos en la calle con su artífice, que siempre me trataba con extremada delicadeza, y buscaba de alguna manera una respuesta.
Lo acogí sin más, sin aludir a los presentes, y esta vez quiso entregarme personalmente el último, se trataba de una pequeña caja de porcelana herméticamente cerrada, y me dijo: prométeme que no abrirás esta caja, hasta el día en que llegue a tus oídos la noticia de mi muerte.
Pasó el tiempo con todos sus avatares y traslados numerosos de vivienda, olvidé la caja, que de forma mecánica embalaba siempre, junto con los demás enseres.
Pasaron también muchas cosas y hubo más personas que de diferentes maneras también me requerían, pero ninguna fue tan explícita y encantadora.
Aún tuvo lugar un último encuentro, antes de que la noticia fatídica llegara a mis oídos, que me llegó un día gris de febrero.
 Anegada en lágrimas y sentada en el centro de mi casa, en medio de  cajas embaladas, dispuesta para partir, encontré en el fondo de un cajón la cajita olvidada, rápidamente la abrí y había dentro de  ella una última nota manuscrita que decía: “Siempre estaré contigo”.

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