viernes, 25 de enero de 2013


EL TREN Y LA EXTRAÑA PASAJERA





Siento frío, aún contemplo la despavorida soledad de tus ojos al mirarme. Las noches de niebla espesa con la mirada helada y húmeda, el resonar de nuestros pasos sigilosos dentro de la catedral, tantos días caminando sobre la nieve espumosa y crujiente, desvaneciendo imágenes, cubiertos los dos bajo el mismo abrigo, sí, siento frío y extraño las noches tachonadas de estrellas del último verano. Veinte años recién estrenados, los libros por el suelo que tú recogías con afán para ofrecerme los títulos más sugerentes, “La montaña mágica”… “El lobo estepario”… “La Gradiva de Jensen”… “Memorias de un seductor”…”Psicoanálisis del arte”…   “Poemas de amor”..., ¡cuántos cantos melancólicos se asomaron a mi mente¡ las ventanas ensartadas en cuadrados grandes y soleadas por la mañana lanzaban sus rayos sobre los libros abandonados a su suerte por el suelo, mezclados con calcetines usados desperdigados aquí y allá, dejadez extrema y manos temblorosas y un parloteo incesante y absorbente que invitaba a la huida, fotografías, imágenes constantes de árboles solitarios, del humo del tabaco, de calles sinuosas, de vanos profundos en la sombra, sí, poseo la memoria más atroz, la memoria de los sentidos, la memoria de tantos años de silencio.
Estaba aparcado en el andén como un presagio en medio de un invierno crudo y vagabundo, ateridos de frío subimos al tren y allí estaba ella, seca encorvada, con la tez cetrina y arrugada muy arrugada, la nariz como la tuya ligeramente ganchuda, los ojos diminutos y la mirada cruel y dura, envuelta en un abrigo de paño oscuro y un pequeño gorro de lana del que asomaban unas greñas que le estrechaban el rostro, ¡yo, yo no pensaba¡ solo sentía, con la mirada fija en la puerta corredera que me indicaba la salida, a juzgar por tus palabras mi expresión era la del horror contenido, cuando la anciana se levantó para salir la vi precipitarse de repente en el  andén dejando atrás el maltrecho gorro de lana, me  gritaste  al oído ¡no pasa nada es mi tía! Mi malestar era visible, y empezaste a impacientarte y entonces sin más demora me acusaste de asesinato inconsciente. No he vuelto a coger ese tren y tampoco he vuelto a contemplar la despavorida soledad de tus ojos al mirarme, pero siento frío mucho frío.

LA OFICINA


"Hypocrite lecteur,  mon semblable,  mon frère!"

Charles Baudelaire

María   ha llegado tarde a la oficina esta mañana, tenía que asistir a las nueve bien acicalada. A María se le notan los surcos cubiertos por el maquillaje, acusan cansancio y sobre excitación  me dan ganas de coger una toalla para limpiar su rostro envejecido pero es preciso mantener las apariencias a fin de cuentas los que la rodean no ven más allá de la coloración de su aspecto.
 La conozco hace tiempo, sé de su frustración de antaño, pero ha decidido salir adelante y se embadurna la cara, se pone minifalda aunque no luzca unas bellas piernas, de su boca salen exabruptos, en una palabra ha decidido ser banal y sus pasos reflejan un vahído estúpido en la caída de sus labios, desde mi rincón en la oficina quisiera decirle que a pesar de todo siento algo por ella semejante al amor, pero ya es demasiado tarde no es más que un reflejo fiel a mi persona que la observa y se apena. He salido con éxito de mi mismo y he encontrado el anhelo del otro que me embarga y abruma tanto como mi propia mismidad.
Con gusto le diría: “No insistas en tocarme, hace mucho tiempo que he tocado fondo y me juré a mi mismo no volver a hacerlo más, mejor flotar en el aire, simplemente dejo que las cosas sean”. Los surcos de un rostro hablan por sí mismos, encierran una historia y es difícil no vivir en armonía. A veces, la música es una tortura insoportable sacude nuestros oídos y machaca nuestra cabeza. Del mismo modo vienes a mi encuentro para torturarme y obligarme a hacer cosas que no quiero. La armonía de las cosas se consigue con la mano de un artesano,  y el desenlace la mayor parte de las veces es fatal, porque la belleza es un instante que se va y nos suele dejar perplejos y entristecidos con ese sabor agridulce del abandono. Por favor no quiero que me pongas música tu me has enseñado a huir hacia otro mundo, el mundo del otro.
El otro soy yo siempre que lo miro con detenimiento, hay días que no puedo mirarme en el espejo y el mundo de las apariencias, el mundo de la imagen generaliza la estupidez, tal vez solo  buscas el consuelo, de la misma manera que  se usan otros ojos, otras miradas, otras ropas, para vestirse de otro, y salir del vacío ensimismado, de la propia mismidad que abruma y encoge, que anega y embrutece, en el reflejo constante del espejo humano, cómo decirte entonces que desde mi asiento  me afano en acuñar una frase para construir poco a poco un edificio de palabras. No te engañes, en ocasiones son engañosas, lo exige la ficción, representan solapado, nuestro estado de ánimo, entonces la página en blanco se llena de motas negras dibujando un diagrama musical que a veces reverbera en el lector y le provoca un cambio repentino, surgen de pronto, paisajes y veredas que iluminan una idea. Pienso en ti con frecuencia, María, los pensamientos van y vienen para decirnos que es mejor estar despierto, desde mi mesa de trabajo consciente de tu indiferencia espero haberte servido de consuelo.
Un estruendo de tacones resonaba en el despacho, ya habían llegado otras Marías, con sus miradas desvaídas y sus surcos en la piel bien prensados, era la hora de la reunión, me levanté de mi asiento, me dirigí a los aseos y un espejo enorme me dirigió la palabra.

LA RUE DES LOMBARDS












LA RUE DES LOMBARDS




 “Yo, con mis candados y mis llaves de aire, yo, que escribo con humo. Te ahorro la réplica porque la veo venir: No hay sustancias más letales que esas que se cuelan por cualquier parte, que se respiran sin saberlo, en las palabras o en el amor o en la amistad
Rayuela, Julio Cortázar

Dos amigas y compañeras de facultad, leían mucho, comentaban mucho sus lecturas, hacían mucha vida nocturna y escuchaban también mucha música, todo parecía excesivo en ellas que además con el entusiasmo propio de su juventud intentaban realizar todo aquello que soñaban y soñaban también mucho.
Una noche del fin del verano con un libro en las manos que las había dejado sin habla, en medio de un éxtasis por completo natural, a lo sumo habían ingerido un par de cervezas, decidieron buscar una guía de París para localizar en su callejero las zonas urbanas que aparecían en el libro, resueltas a encontrar en ellas la sombra jocosa y azarosa de algunos personajes de la novela. En ocasiones la literatura deja una señal indeleble en nuestros espíritus y sin saberlo nos vestimos del momento preciso encontrado por azar ignorantes de  hasta dónde nos llevará, de una manera ingenua nos dejamos llevar y a veces, también sucede que los efectos de la primera lectura nos sorprenden al cabo de los años con el aspecto de un encuentro casual.
Y azaroso era el contenido del libro y el viaje que emprendieron no pudo presentarse más onírico, tras muchas peripecias por la capital parisina, alojadas en un camping sito en el Bois de Boulogne, y acompañadas de dos jóvenes de esos que gustan de salir a la calle a mirar tetas y culos y engullen hamburguesas y demás sustancias rápidas, completamente ajenos a lo que ellas se traían entre manos, proyectaron programar su visita al centro de la ciudad para el día siguiente. Buscaban una calle en concreto, y una hora crítica en la que sumergidas en el trajín de la calle, la lectura de sus sueños tomara cuerpo de realidad, ellos en  su ofuscación, consideraron una locura tal proyecto, ¡Encontrar una calle estrecha y pequeña  en el entramado de calles de la ciudad¡ ¡Qué locura¡ echaron mano del callejero, ya montados en el coche, todo eran quejas y lamentos… tenían hambre… querían cenar con urgencia… en fin todas esas necesidades primarias que se despiertan en algunos seres cuando se encuentran en medio de una gran ciudad por primera vez. Con sigilo y muy calladas nuestras amigas siguieron el trayecto sin impacientarse, como el conductor tenía un gran sentido de la orientación, dio por fin con el lugar ansiado, y pronto divisaron el pasquín que les indicaba el nombre de la calle, fácil de encontrar incluso para unos inexpertos viajeros. Las primeras en descender del vehículo fueron ellas y se dispusieron a vagar tranquilamente, como ellos querían saciar sus apetitos les dejaron en un antro de comida rápida, y les dijeron que volverían a buscarlos.
Huyeron a través de la calle, se envolvieron con música de jazz callejera, entraron en algunos locales de los que salían también notas musicales, tomaron vino caliente con canela, lugares de toda índole las estaban esperando, chicha bares, pubs con ambiente anglosajón,  clubes de jazz, pudieron tomar también una limonada y al mismo tiempo hojear, libros de viejo y revistas literarias de antaño,  se llenaron del bullicio, de sus fantasmas, y finalmente se perdieron para siempre para desaparecer en el tiempo.
Hoy, yo, que también escribo con humo, he vuelto a ser sorprendida por el azar y he repudiado definitivamente esas sustancias letales que menciona Cortázar,   que se cuelan por cualquier parte, que se respiran sin saberlo…


Nota: La rue des Lombards es un pequeño sendero peatonal de un centenar de metros de largo en el 1º distrito de París. Puede llegar a la rue Sainte Opportune desde el boulevard de Sebastopol. En otras palabras, se puede llegar al corazón de Châtelet les Halles. Al igual que la zona donde se encuentra, la calle es muy animada y ecléctica: hay también bares, chicha bares, clubes de jazz, pubs anglosajónes y tiendas de ropa y de comida rápida. Las calles de Lombard Street son míticas para los músicos de jazz, por la presencia de los mayores clubes de jazz en París: Sunset Sunside, Baiser Venta, el Duc des Lombards…