miércoles, 4 de diciembre de 2013

CABESTROS Y CALOSTRO











Cabestros y Calostro.


El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres
Simone De Beauvoir


En una ciudad lejana una manada de cabestros me perseguía a través de unas calles superpobladas de gentes que reían y gritaban al paso de los animales, gentes ignorantes de todos aquellos sucesos relacionados con la vida de  un alcance mayor que aquel de sus pobres miradas.
Hombres aquellos que no veían más que la pura apariencia, una falda bien ajustada, un pantalón corto que deja al descubierto unas piernas bien formadas y un trasero en su sitio, ropas nuevas,  acordes con la moda del momento, un lustre en general agradable y presentable, nada más ante sus ojos, eso era todo, ya podían transcurrir diez mil paseos que la reacción de esos seres siempre era única y visual, expectante y espectadora.
Como cabestros desbocados calle abajo perseguían mis pasos en las aceras estrechas, con los ojos encendidos por la furia, anegando cualquier criterio personal, anegando la voz, anegando los sueños, para reducirme a la nada y al vacío, sin hallar respuesta en mi mirada que corría ausente al albur de mejor suerte, tal era la actitud de aquellas gentes salvajes que se retorcían en medio de su ambición y su provecho, tal era su ignorancia y su pasión, la pura apariencia de las cosas y devorarla con la acritud de su mirada, –el simple roce de su tacto escuece, y raspa–, hambrientos, desatados, enfurecidos me salían al paso todos los días con su intransigencia, un gran número de gentes que pueblan el país con normalidad estándar, la locura está servida, ser diferente a una generalidad la trae consigo, el rechazo de la diferencia. Me hicieron beber al fin un cuenco rebosante de calostro caliente y repulsivo con sabor a secreción humana, una secreción densa y amarga cercana al sabor de la desdicha, y vomité, vomité hasta agotar mis fuerzas.
 Cabestros y calostro calientes enfurecidos por el desdén de una mirada ausente que se sumerge en los sueños y que hacen inhabitable el tiempo de lo posible.
 Una imagen nítida, en colores negros y rojos puso punto final a esta pesadilla. De una belleza deslumbrante se alzaba hacia el cielo con sus voces fustigadas clamando justicia y sus figuras levantaban los brazos en actitud de clemencia, una imagen clara sobre un fondo blanco que se confundió con la velocidad del primer  rayo de sol que alumbró esa mañana el despertar.

El cabestro es manso por ser un bóvido de una raza diferente a los de lidia y no por efecto de la castración como algunos creen. El calostro es la segregación de las glándulas mamarias al final del embarazo y antes de la lactancia.


Pintura: Salvador Dalí. El espectro del sex-appeal, 1934. Fundació Gala-Salvador Dalí

De Silencios en Otoño

jueves, 28 de noviembre de 2013

EL ÁRBOL MUTILADO.











EL ÁRBOL MUTILADO.


ÁRBOL ADENTRO

Creció en mi frente un árbol.
Creció hacia dentro.
Sus raíces son venas,
sus nervios sus ramas,
sus confusos follajes pensamientos.
Tus miradas lo encienden
y  sus frutos de sombras
son naranjas de sangre,
son granadas de lumbre.
Amanece
en la noche del cuerpo,
allá adentro en mi frente,
el árbol habla.
Acércate, ¿lo oyes?


OCTAVIO PAZ




Puedo asegurar con certeza que lo vi, se extendía sobre un papel blanco el poema, lo leí detenidamente y  con todo el tiempo pausado por delante, hablaba de luces y de sombras, de hojas muertas y de un árbol; era realmente hermoso, cuando quise pasarlo a mi memoria se había esfumado como un sueño y me sentí frustrada, trataba de recordarlo y era tarea  imposible todo esfuerzo.
Miré hacia el suelo que estaba cuajado de hojas  redondas y unguladas con manchas negras y brillantes, iluminadas por una luz intensa y blanca.
Tenía que reconstruir el poema en mi memoria, contenía pocas palabras, era sencillo y escueto  y recuerdo la forma de sus versos engordados hacia el centro y acortados al final, tal vez se trataba de un poema ya conocido,  El Árbol.
 Impaciente decidí reconstruirlo, pero sólo contaba con la mitad del árbol, tal vez las hojas en el suelo me hablaran de su forma íntegra, podía deducir del tamaño de las hojas si eran muy crecidas y maduras o si por el contrario eran jóvenes y menudas, si habían estado aposentadas en la parte desaparecida y superior del árbol o bien  si se trataba de un árbol frondoso durante el verano y que yo solía ver todos los días en su plenitud al pasar delante de él. Atroz sensación la del paso del tiempo, atroz impresión la que produce la llegada del aullante viento que arranca las hojas, ¿de qué árbol se trataba?, su tronco no era demasiado grueso,  ¿era quizá un pino redondo en su follaje?, o ¿era en cambio estilizado y delgado?, no lo recuerdo, miro los árboles que me acompañan todos los días y ya podados se manifiestan en todo su esqueleto por ver si lo encuentro, consternada miro hacia abajo y  solo contemplo las hojas iluminadas por esa luz cenital del invierno, luz que mientras éstas  crecían  desde la primavera hasta el estío tal vez haya sido una luz de diferentes intensidades y colores reflejados en ellas, de un verdor brillante y tierno a un verde más oscuro como si se tratara simplemente de su madurez,  pero ahora su color era marrón y negro y nada podía deducir de su prístina belleza ¿en dónde se hallaban asidas esas hojas?, el árbol aparecía cortado por la mitad y como el poema solo la reconstrucción de otro poema haría crecer y aparecer entero el árbol mutilado. Si reconstruyo el árbol tal vez llegue al poema y si llego al poema veré entonces el árbol en todo su esplendor,–pensé, será como si se hubiera detenido en el tiempo, será entonces un canto a la primavera, a la juventud, al estío abrasador, a  una pasión soterrada, a la eterna lejanía, si reconstruyo el árbol hallaré entonces la mitad que falta en estos días, será una ausencia recobrada, será el gozo espléndido de la belleza en ese preciso instante en el que se desvaneció el poema con sus versos, con sus letras volando a través del éter como pájaros asustados que huyen de la tierra ante la llegada del severo invierno entre sus hojas muertas.

Pintura: El árbol de Monet

De: Silencios en Otoño

sábado, 23 de noviembre de 2013

LA PIEDRA DE JUDEA















LA PIEDRA DE JUDEA

El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente


Un charco de sangre me cubría el bajo vientre y se extendía sobre mis piernas aquella mañana en el despertar de un sueño desapacible, un apéndice pétreo sobresalía en un costado de mi cuerpo dormido. Una piedra enorme, y cuando me detuve a mirarla, descubrí en ella la figura augusta de Adriano que gestionó la guerra de Judea.
 Sabía que el pueblo judío ya en el año 132-135 d. C de la era romana, se resistió a renunciar a Israel su patria y hacerla provincia de Roma. Habría de llamarse Aelia Capitolina, Aelia por su propio nombre y Capitolina en honor al dios romano Júpiter, así se eliminó la provincia de Judea y se creó la de Syria Palaestina, con el fin de olvidar la estancia semita en la zona se cambió su nombre por el de los filisteos antiguos enemigos de los judíos. 
El emperador sobresalía y se erguía clavado en mi vientre con juiciosa amabilidad pero la sangre brotaba incesante y no había modo de detenerla, una amiga apostada en un rincón me aconsejó aplicar en la herida gasas que empaparan el flujo, lo aplicaba y lo daba la vuelta, me lo comía y sentía ese sabor salado de mi propia sangre, todos mis esfuerzos por detenerla eran inútiles, no podía moverme con el peso de la piedra, no podía acudir a mi trabajo, no podía apenas levantarme con el fardo,  con dificultad alcanzaba el teléfono guardado en el cajón  de mi mesilla  todas las noches, por si acaso ocurría algún percance mientras dormía, la figura estaba clavada y enhiesta de tal manera que solo podía mirar su rostro e imaginar su historia, imaginé a los judíos de aquel entonces aterrorizados por la maldición divina ante esta misma efigie que hacía sangrar mi cuerpo con su herida, la visión de la sangre me horrorizaba, su  derramamiento en aquellas guerras sangrientas acudía a mi mente en ese instante en el que me apresuraba a detener semejante caudal ardiente y de un rojo brillante que en cuestión de segundos se iba poniendo azul y después negro, la figura impoluta me miraba, yo deseaba coger el teléfono y llamar a una ambulancia, porque después de haber  aplicado compresas y todo el algodón que tenía a mi alcance, se me acabaron las  existencias. Un río de sangre inundaba toda la habitación.
Todo esfuerzo era inútil, como dentro del torbellino del tiempo me vi sentada frente a frente con la estatua en medio de un recinto dorado por el sol luminoso entre las piedras, peroraba en voz alta pidiendo clemencia, mi voz sonora competía con el canto de los pájaros, me hallaba en el templo de ese tiempo, en el que oraban contritos aquellos judíos, mis antepasados, caminé un trecho bordeado de pinos frondosos, me alejé poco a poco de la estatua, llegué a orillas del mar que se extendía esplendoroso en ese día y libre de mi sangre nocturna entré en sus aguas y comprendí que la historia se ensanchaba y la luz se extendía más allá de las piedras, más allá de la noche ensangrentada, más allá de los ritos, más allá de las guerras, más allá del mar  se concentraba en un punto lejano en la faz del universo.


Foto: Adriano ataviado con vestido griego.

viernes, 22 de noviembre de 2013

EL CORMORÁN Y EL VIENTO.












EL CORMORÁN Y EL VIENTO

El Pájaro



Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron...
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.




Octavio Paz

Era un hombre normal, gozaba de gran simpatía entre las gentes que lo rodeaban, era un hombre simpático, ligeramente bien parecido y bien dotado, se esmeraba por llegar a ser lo que sus padres deseaban de él, un hombre bien asentado en la vida y próspero.
Un hombre joven para una mujer joven, recién salidos de la pubertad, las fuerzas del orden familiar establecían relaciones a largo plazo con esa perspectiva que da la andadura de una familia normal dentro de un país normal.
Todo era tan normal que oponer la menor resistencia a un matrimonio concertado, abocaba a la locura. ­­­–El amor es cosa de los libros y del cine, –decían, –el amor llega después, con el roce…
 El hombre ideal pasó a formar parte de mi vida sucesivas mañanas junto a un mar turbulento de sensaciones y unos deseos inmensos de libertad. Transgredir esas normas iba a acarrear  la desdicha de un estigma que solo podía borrar el paso del tiempo entre letras y legajos, imágenes de la dicha y de la desdicha, entre líneas ciegas a veces y deslumbrantes casi siempre, una mujer marcada por el destino,  entre la resignación y la dignidad, una pareja tan ideal como el hombre que le fue impuesto.  
El viento azotaba el oleaje por la mañana temprano, sentí un golpe seco lejos de mi habitación, la ventana de la sala se abrió de par en par y con la ráfaga cayó a mis pies un pájaro grande de color negro azulado herido en un costado. Sentí una especie de horror momentáneo, intenté cerrar la ventana con rapidez, pero me lo impedía la fuerza del viento, ese viento que en la costa alcanza velocidades insospechadas que suele llegar aullando, y abate con su fuerza las alas de los pájaros.
Cuando todo parecía a salvo del sobrecogedor azote, me senté a observar detenidamente al pájaro que movía con esfuerzo lentamente sus alas, y entornaba su hermosa cabeza contra el suelo. No me atrevía a tocarlo, los pájaros siempre me han impresionado, ese algo aéreo que portan en su cuerpo, esos huesos frágiles en movimiento me producen escalofrío y desazón, pero me sentí obligada a curarlo y fui en busca de algodón, un poco de alcohol y unos vendajes en medio de un haz de nervios, el viento apagaba el silencio que a esas horas de la mañana suele ser muy grato y me encontraba muy alterada por el percance. Alcé mi vista hacia la ventana, y en la orilla del mar se veían numerosos puntos negros, de pájaros ateridos de frío que picoteaban la arena con impaciencia. Mientras tanto el pájaro expiraba entre mis manos que temblaban de miedo.
Cuando me encontré en la calle todavía temprano, en esos momentos en los que nadie se ha levantado aún de la cama, y torcí mis pasos en dirección a la playa, con el alma golpeada por el mismo viento que aquel pájaro, encontré a un hombre que más me parecía un sueño, un espectro en silencio, me detuve a mirarlo porque algo en su expresión resultaba reconocible, sin cabellos ya, con sus facciones encanecidas por encima de la boca, y las cejas blancas de nieve,  arrugado, y engordado por los años, completamente acabado depositaba su tristeza sobre las páginas de un periódico, continué caminando y algo me hacía volver la vista atrás para observar de cerca al desconocido, y comprobar al fin que no era una visión, ese hombre había yacido conmigo en la misma cama, ese hombre había convivido conmigo largos años de desarraigo, como el cormorán de mi ventana, ese hombre parecía herido por la vida, herido por el tiempo, pero al fin lo reconocí cuando escondió su cabeza entre las páginas del diario.
 Corrí ese día cerca del mar como si se me fuera la vida en ello, regresé a mi casa y vomité todo el estremecimiento que de repente se manifestaba apretujado en mi estómago, un pájaro herido de muerte era aquel hombre gastado por los años y un vómito convulso era todo mi pasado. 

martes, 19 de noviembre de 2013

EN EL REGAZO DE UN SUEÑO














Otro tiempo.

No es de extrañar, pues, que tantos mueran de pena,
Que tantos estén tan solos al morir,
Nadie ha creído aún ni apreciado una mentira:
Otro tiempo tiene otras vidas que vivir.

“Canción de cuna y otros poemas”
De: Wystan Hugh Auden


Pasé  la noche a través de las calles oscuras de Alejandría, gentes envueltas en extrañas capas se recogían cargados con sus bártulos de mercaderes. Teas encendidas alumbraban el paso y resplandecían las piedras con su brillo, en un rincón sabiamente escondido se hallaba el antro de una sacerdotisa que exorcizaba a los visitantes con conjuros de otro tiempo, entré y en medio de las sombras nocturnas en lo más profundo de la estancia, apoyado en un atril lucía un cuadro de  fondo  oscuro con ligeros toques blancos que en el centro dibujaban un destello fulgurante y hermoso, y que al mirarlo se tenía la impresión de un movimiento estelar, los cánticos monótonos daban a ese ambiente el aire de una superstición ancestral que tenía por costumbre realizar sacrificios humanos.
En un rincón de la habitación un hombre cabizbajo acompañado de un joven de  espléndida apariencia meditaba en silencio, inmóviles y absortos con el cántico del rito fueron pronto invadidos por el resplandor que emergía del extraño cuadro, turbados se apartaron como si de fuego se tratara. Mientras tanto yo  daba vueltas desazonada en mi cama y contemplaba estática aquella luz. Aun entre sueños, acudí a la ventana en donde un viento atroz golpeaba en los cristales con el fin de ajustar su cerradura, volví a acostarme por ver como terminaba el sueño pero la visión del cuadro estaba fija para que la examinara, no veía más que leves manchas blancas sobre un fondo oscuro e irregular y la luz resplandeciente que me cegaba e impedía cualquier observación concreta.
La sensación de hallarme en tierras lejanas me complacía, el hecho de recorrer los monumentos de la ciudad también, y el encuentro con aquellas gentes me resultaba tan agradable que me atreví a abordar a un hombre en medio de una de las calles y obsesionada por la visión quise saber más acerca de la mujer que profería conjuros, el hombre hacía gestos de terror acompañados de agudos gemidos, no hablaba mi idioma y yo desconocía el suyo, así que pensativa me alejé para adentrarme aún más en mi sueño. Era inalcanzable mi propósito, se desvanecía la imagen cada vez que me acercaba a ella, un estado de alerta y ansiedad, me obligaba a permanecer dormida, pero no podía saber el final, tan solo la luz de cuadro me acompañaba.
 En la mañana alguien llamaba a mi puerta con un nuevo cuadro en las manos,  la pintura estaba aún fresca, él lo había colocado en la pared de un local en donde exponía su arte como siempre, ese día quiso descolgarlo y llevármelo a mi casa, confusa y aturdida   todavía a causa del sueño intenté cogerlo entre mis manos y se manchó mi ropa con el blanco del fondo del cuadro, él se apresuró a limpiarlo pero el rastro de pintura se resistía a desaparecer,  entonces me sugirió otro modo de hacerlo, poco me importaban a mí las manchas si al fin tenía un cuadro real ante mis ojos y a la luz del día, él reía complacido mientras me contemplaba como ausente, estaba satisfecho, y me honraba con su presencia, busqué en el cuadro alguna semejanza que me acercara a vislumbrar el cuadro del sueño, pero éste era otro sueño, luminoso también se extendía un azul sobre un fondo blanco en medio de zarzas otoñales que espigaban la visión, sus líneas ascendían, y declinaban todo esfuerzo al contemplarlo, intenté clavarlo en la pared en honor al visitante, pero no tenía consistencia el cuadro, ni existía tal pared, el artista de mis sueños largo tiempo desaparecido tampoco era real, solo se prolongaba la historia en la noche que embelleció aquella mañana las cuatro paredes entre las que habito, cuando acudí a descolgar mi chaqueta de sport, contemplé con  melancolía aquellas manchas blancas que no pudo borrar el tiempo.

Marc Chagall.

El sueño del conejo 1927

De: Silencios en Otoño

domingo, 17 de noviembre de 2013

EL HOMBRE CANSADO.











EL HOMBRE CANSADO.


Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.
“Utopía de un hombre que está cansado”
Jorge Luis Borges



Solía bajar todas las mañanas a buscar el pan y el periódico cargado con un cuerpo inmenso a través de unas escaleras que con su peso hacían sonar crujiente en cada rellano la madera podrida con el paso de los años.
Sofocado llegaba al fin a la calle y se encaminaba al kiosco de la plaza con paso cansino y abatido como si no hubiera dormido.
De regreso tomaba aliento en el portal para subir los cuatro pisos que le conducían a su casa, una de sus vecinas, una mujer joven se compadecía de él y le ayudaba a subir cogido del brazo y si llevaba alguna bolsa le descargaba de su peso.
El hombre tenía el tamaño de un cuerpo  grande que envolvía un abrigo largo gris de espiga y lo llevaba siempre puesto incluso cuando el invierno había concluido, su cabeza era  redonda, coronada por unas pocas canas que flotaban sobre un cráneo pelado y calvo, los ojos pequeños y azules se hundían en una masa de carne que dibujaba unos párpados hinchados y una mirada retraída como si ya no le interesara el mundo. Contaban por el barrio que era un marinero y se había aventurado más allá del océano durante muchos años de su vida y que su esposa y sus hijos lo habían dejado en el olvido acostumbrados a ausencias tan prolongadas, otros en cambio decían que se trataba de un prisionero de guerra y que cuando llegaron tiempos mejores lo habían liberado de sus cadenas carcelarias. Escondido su rostro dentro del cuello de su abrigo,  su pesado cuerpo siempre con los brazos caídos y su lento caminar, le daban a su mirada torva con un gesto de amargura en la boca ese aire taciturno de quien ya solo espera la muerte.
 El piso en el que vivía constaba de cuatro puertas tras las cuales habitaban tres mujeres, una de ellas muy mayor, se entretenía en lustrar los embellecedores de cobre en su puerta mientras entonaba viejas canciones de tonadilleras, otra mujer vivía enfrente y pasaba el tiempo lavando y tendiendo ropa de tal manera que mojaba a los viandantes al pasar y a todos los vecinos que se asomaban a la ventana en ese momento, y provocaba entonces  enfados e insultos. Contigua a su puerta vivía la mujer joven que recibía muchas visitas pues impartía clases en su casa.
  Transcurrían así en la casa los hábitos de los vecinos sin alteración aparente, salvo los simples cambios de estación que apresuraban o enlentecían el trasiego por esa vieja escalera desvencijada.
Se sentía al pasar delante de las puertas el aliento escudriñador y callado de esos seres que apoyados en sus mirillas observaban el ir y venir de nuevos visitantes.
El hombre cansado permanecía dentro de su casa siempre callado y sin ocasionar molestia alguna  era ignorado por el resto de la vecindad. Era fácil allí mantener el anonimato si se guardaba el silencio oportuno pues la casa entera estaba constituida por ese silencio aterrador del que se sabe anciano y se limita a contemplar y contar los días de sus congéneres para sortear  el último  día de su vida.
Pasaron muchos días sin que el hombre hiciera ruido  al bajar la escalera, la joven vecina, más cercana y atenta consideraba la posibilidad de  que tal vez el hombre se encontraba con su familia, o tal vez había salido de viaje, miraba a través de la mirilla y solo podía ver el rellano vacio de la escalera y escuchar el silencio.
Continuó así su vida con total normalidad,  ya despuntaba la primavera y abrió las ventanas con alegría, pero una ráfaga de olor pestilente entró en su casa y se dispuso a comprobar el estado de cosas en la cocina, en el baño, en  sus animales, todo estaba en perfectas condiciones sin duda el olor venía del exterior. El ambiente en la escalera era cada vez más  inquieto y sofocante, se escuchaba el abrir y cerrar de puertas y ventanas, las mujeres se quejaban desde sus balcones del mal olor que invadía la casa cada vez con mayor  intensidad. Todos se preguntaban el origen de esa peste, que se encontraba  con seguridad en el habitáculo que siempre habían ignorado.
Todos al mediodía con los primeros calores y tapadas sus narices con pañuelos hacían cola ante las puertas de la joven vecina y del hombre cansado, se oyó estrépito en la calle y los encargados del orden ciudadano en compañía de dos camilleros con dificultad se abrían paso entre la vecindad aturdida, forzaron la puerta del hombre y al abrirla salió todo el hedor de la muerte de golpe, la compasiva vecina con gran pesar cerró la puerta del hombre con un gesto de desolación y vergüenza por no haber podido ayudar al finado en sus últimos pasos a través de una escalera desolada. Se introdujo abatida en su casa y cerró con energía  también su puerta.

Escultura: Le Nez (La nariz)
Alberto Giacometti 1947


De: Silencios en otoño

sábado, 16 de noviembre de 2013

PÁLPITO EN LA SIERRA









PÁLPITO  EN  LA SIERRA


no hay silencio siquiera en las montañas
sino el seco y estéril trueno sin lluvia
no hay soledad siquiera en las montañas
sólo huraños rostros de mofa y queja

V. Lo que dijo el trueno. La tierra Baldía.
T.S. Eliott


Llegaron con las primeras luces del alba al albergue de la Sierra  en donde pasarían el fin de semana recogiendo setas a través de los campos y los bosques  dorados de otoño. Él iba provisto de todos los aparejos y llevaba crampones para sus botas con el fin de escalar el monte que se divisaba desde la ventana, ella aunque había participado en otras muchas expediciones, como cacerías y arreo de vacas en los picos nevados de Europa, sin embargo acudía a esta excursión desprovista de cualquier instrumento que la protegiera de los accidentes del campo, se trataba de un viaje que más era un pretexto para salir de una ciudad populosa y gélida e internarse en la Sierra, en donde los colores azules,  ocres y dorados, amarillos enrojecidos por el sol y las hojas de los árboles caídos y combados por los primeros vientos del otoño ejercían un poder mágico, como un conjuro sobre su espíritu montaraz.
Él en cambio acudía al encuentro con la naturaleza como si de una ardua escalada se tratara, allí iba a reunirse con otros compañeros de fatigas que solían escalar montañas cubiertas de nieve y hielo en otros parajes y esta expedición se tornaba entonces en una simple bagatela excusa para reunirse y recoger algunas setas.
Tomaron un desayuno fuerte a base de huevos y leche y pan de hogaza con queso al calor de una lumbre improvisada en el lugar y descansaron un rato antes de ponerse en camino.
Emprendieron la marcha con los primeros rayos del sol, los rastrojos sobre la tierra, restos de algunos  árboles ya pelados por los primeros rigores del invierno, herían el calzado de ella demasiado endeble para esos caminos. Fue trotando sin embargo alegre por el natural paisaje y de vez en cuando recogía las setas que encontraba y examinándolas atentamente tras algún comentario en voz alta las iba guardando en una bolsa junto a algunos perifollos que hallaba desperdigados entre las hojas.
Así caminaron los amigos hasta llegar a las proximidades de la sierra en donde un río pasaba casi inadvertido regando unos peñascos desnudos e irregulares alrededor. Él se dispuso a escalar el primero con ese afán competitivo que le ilusionaba como si del Everest se tratara, ella se quedaba rezagada y entretenida con las setas y esa atmósfera oxigenada del valle que ensanchaba sus pulmones ahítos de los malos humos de la ciudad.
Entretanto la misma sensación que en otras ocasiones en que tuvo lugar una expedición semejante, se extendía a lo lejos dejándose sentir una extraña ausencia, algo que en medio de la naturaleza se hacía inminente, con premura acuciante, como si se tratara de algo arrebatado por la fuerza y que solo se hacía más presente cuando pisaba la tierra de caminos inexplorados y vírgenes ante sus ojos, no sabía a ciencia cierta si se trataba de un deseo frustrado, de un anhelo incumplido, o bien de un presentimiento,  pero golpeaba  en su pecho y la obligaba a retardar su marcha ajena por completo a cualquier empresa de competición agreste.
Iba tan ensimismada en sus sensaciones que no reparó en la distancia casi eterna que la separaba de su compañero, de pronto escuchó un grito de auxilio en la lejanía, corrió campo a través y por fin encontró a su amigo hundido en una sima inesperada y a duras penas sujeto a la maleza con los crampones de sus botas y las manos clavadas en una zarza salvaje, ella quiso ayudarlo y sintió de repente esfumarse  sus sensaciones con el tenue viento de la mañana, intentó asirlo con sus brazos pero su fuerza era exigua para arrastrar tanto peso, —¡ve a pedir ayuda dijo su amigo enrojecido de pavor, en el pueblo vive un hombre fuerte que puede ayudarnos!, ella se apresuró con todas sus fuerzas a desandar el camino andado, una vez en el pueblo buscó al hombre fuerte y éste acudió en su compañía al lugar de la sima, pero antes de llegar al pie de la sierra el amigo flotaba sobre el río desangrándose sus heridas junto a los peñascos enrojecidos que le habían arrebatado sus crampones.
Comprobó ella entonces que sus sensaciones tenían lugar en medio de un espacio infinito que no exige a sus visitantes otro instrumento más allá de los sentidos y que siempre la salvaba de la muerte.


De. Silencios en Otoño

Pintura china, naturaleza, el valle de las  montañas azules.