domingo, 21 de abril de 2013

EL ENTUSIASMO DE DIONISOS







EL ENTUSIASMO DE DIONISOS

…en otro tiempo lo divino ha formado parte de la vida humana…
…de la tragedia de lo humano: no poder vivir sin dioses.
El hombre y lo divino. María Zambrano
Dionisos en el hombre es la semilla de lo divino, es la semilla de Zeus en la Tierra, en la Sémele, su madre mortal, de lo humano, es esa maravillosa condición del entusiasmo.
El sustantivo entusiasmo procede del griego ejnqousiasmov" que viene a significar etimológicamente algo así como “rapto divino” o “posesión divina”.
El sustantivo griego está formado sobre la preposición ejn y el sustantivo qeov" “dios”. La idea que hay detrás es que cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo es un dios el que entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse, como les ocurría según los griegos a los poetas, los profetas y los enamorados. La divina locura.
Todos ellos estaban poseídos de la divinidad y por ello merecían respeto y admiración, pues llegaban a alturas que no podían ni siquiera vislumbrar las gentes que viven ajenas a esa condición.
La primera luz del primer despertar reverbera con el llanto, el primer contacto con el mundo genera el dolor de la impotencia, pequeños y desvalidos en medio del ancho caminar de un mundo en continuo cambio desde el amanecer hasta la caída del sol que  produce en su ciclo vital de lo eterno e inasible, la sensación de muerte de vacío extremo, pereceros en el ciclo de las estaciones, que se renuevan cada año sin tregua morimos en nuestra niñez, en nuestra juventud y en nuestra vejez y dejamos atrás nuestras esperanzas para enfrentarnos a la muerte, no como mueren las flores en el otoño y vuelven a florecer en primavera para nosotros el renacer no existe, nuestro ciclo es finito, no es eterno y buscamos anhelantes ese poder que nos ha sido arrebatado por la naturaleza que nos circunda,  y no hallamos explicación a tanto padecer, a tanto llanto, es la continua danza de la vida, la belleza se extiende ante los ojos asustados y sobrecoge, el deseo de poseerla es más fuerte que nuestros instintos que antes que dejarse arrastrar por la locura arrastran a los hombres en busca de un orgasmo perpetuo y en la mayor parte de ellos produce el desaliento, la depresión y la euforia en su caída insatisfechos con el poder desatado, la comida, la bebida y el sexo no bastan para colmar su deseo de la eternidad del mundo, lejos de la naturaleza ni siquiera alcanzan el rango de los animales cuya violencia está regulada por los ciclos naturales entre los cuales la violación no consentida no existe, sólo la natural fertilidad y sus señales los guía, y entonces tiene lugar el festín dionisíaco el renacer de la vida y reposan en paz hasta el nuevo ciclo, una explosión de los sentidos se hermana con la tierra, una embriaguez constante inunda sus sueños y viven en paz integrados en el devenir del universo.
 Los crímenes pueblan el mundo, el abuso de poder, la mezquindad y el egoísmo, la violencia se desata, los grandes ideales perecen. Ser entusiasta es atreverse a ser un “loco divino”, a dar vida a nuestros más nobles sueños, a luchar por los grandes y eternos ideales que han dejado, como huella, las más grandes obras humanas sobre la Tierra.Este era el sentido profundo de esas danzas y fiestas dionisíacas: rozar lo eterno, lo que perdura a través de los ciclos de la materia.
Platón nos habla de tres tipos de divinos locos. En primer lugar, las profetisas de los oráculos de los templos griegos que, por unos instantes, eran capaces de ver la Historia en marcha y así guiar a los pueblos con pasos certeros. En segundo lugar, los artistas, cuya locura procedía de las musas. Y en tercer lugar, se hallaría el amante; el que ama de verdad se vuelve también loco, entra en un estado de conciencia como el del artista, en el que no existen los límites, en el que las realidades ordinariamente importantes dejan de tener valor, excepto aquello que es objeto de nuestro amor.
Locos poetas y ancestrales adivinos, y enamorados son arrastrados a la divina locura y poseídos del entusiasmo dionisíaco. Ya los griegos, en cuyo mundo la razón se explica a través de la inscripción que figuraba en segundo lugar entre las que aparecían en el Santuario de Delfos: mede;n ajvgan (nada en demasía), una frase atribuida a Solón (640-558 a. C.) que define los perfiles de la mentalidad griega, el dios de Delfos, Apolo, dios de la armonía y la moderación, aceptaba la frase en la intención de quienes colgaron las inscripciones en su santuario, estos griegos embriagados de vino y de inmortal belleza  sucumbieron a la fuerza vital del dios Dionisos en el descubrimiento de un nuevo mundo en el que  la razón queda reducida a límites puramente humanos, hasta llegar a la locura, así los locos poetas y ancestrales adivinos, y enamorados, hombres tocados por la divinidad son bien acogidos en el mundo griego, el mundo de la razón se pone al servicio y admiración de los sabios que escudriñan despiertos en la oscuridad de la noche y duermen a la luz del día para no verse arrastrados por la inmediatez de sus efectos. “Hay que dormirse arriba en la luz. Hay que estar despierto abajo en la oscuridad. Arriba en la luz, el corazón se abandona, se entrega. Se recoge.
…pues se ha llegado allí, a esa luz, sin forzar ninguna puerta y aun sin abrirla, sin haber atravesado dinteles de luz y de sombra, sin esfuerzo y sin protección”.
Claros del bosque. María Zambrano.

Mito de Dionisos
Cuenta el mito que en la ciudad griega de Tebas, vivía la princesa Sémele, hija del rey Cadmo y de la reina Armonía. Tan grande era su belleza que pronto fue objeto de la atención de Zeus. El dios acudía a visitarla al palacio de su padre disfrazado de mortal, hasta que un día la joven cedió ante una insinuación de Hera (la celosa esposa de Zeus) que, disfrazada de la nodriza de la joven doncella, sembró donde había confianza la duda de si quien la visitaba era realmente Zeus o si era un impostor que se había aprovechado de su inocencia.
De modo que, en su siguiente encuentro, la joven Sémele rogó al dios que se le mostrara en su olímpica majestad. Zeus accedió con mucho pesar ante la obstinación de la joven, consciente de que no podría soportar su divino resplandor, pero como le había dado la palabra de concederle lo que quisiera, tuvo que acceder a su ruego.
Fue así como la joven princesa pereció consumida por las llamas que desprendía Zeus, el señor del rayo. Dionisos, que estaba en el seno de la joven, hubiera perecido también si una tupida hiedra fresca y húmeda con que lo envolvió Gea, diosa de la Tierra, no se hubiese enrollado milagrosamente en las columnas de palacio, interponiendo su verde pantalla entre el niño dios y las llamas celestes.
Zeus recogió a Dionisos niño, para el que no había llegado el momento de nacer, y lo encerró en su muslo. Cuando el plazo se cumplió, extrajo a la criatura. Este doble nacimiento le valió a Dionisos el epíteto de “ditirambo”, que quería decir “el dos veces nacido”.
Entonces Zeus confió su hijo a Ino, hermana de la princesa muerta, que residía en Orcómeno con su esposo Atamante. Pero la diosa Hera, la engañada esposa celeste de Zeus, no había desistido de su deseo de venganza, por lo que trató de enloquecer a los tíos del niño dios. Pero Zeus consiguió salvar por segunda vez a su hijo transformándolo en cabrito y entregándolo al dios mensajero Hermes para que lo confiara en custodia a las ninfas de Nisa, una región montañosa mítica que no se corresponde con ninguna región griega conocida.
Dionisos, el niño dios, pasó su infancia en esta maravillosa región al cuidado de las ninfas. Las musas, las ménades, los sátiros y los silenos también contribuyeron a la educación de Dionisos. Con una corona de hiedra sobre sus sienes, el joven dios corría por montes y bosques en compañía de las ninfas, y las montañas le devolvían los ecos de sus risas y gritos. Mientras tanto, el viejo sileno se ocupaba de la educación del joven dios.
Cuando fue mayor, descubrió la vid y el arte de obtener el vino. Cuenta el mito que, al principio, bebió sin moderación, por lo que Hera aprovechó para llevarlo a un estado de locura divina del que sólo se recuperó al consultar el oráculo dedicado a su padre Zeus en el templo de Dodona.
Dionisos empezó entonces una serie de largos viajes, que lo llevaron desde Grecia hasta la India y otra vez de vuelta a Grecia, en su carro tirado por panteras y adornado por hiedra y vid, acompañado por los silenos, las bacantes y los sátiros, para enseñar a los seres humanos los misterios de su culto y los beneficios del vino.
En su largo recorrido, protagonizó aventuras de gran belleza, como aquella en la que un día, cuando el dios paseaba por la orilla del mar, fue raptado por unos piratas que se lo llevaron cautivo en su navío. Creían que se trataba de un príncipe y esperaban obtener un buen rescate por él. En vano se esforzaban por atarlo con pesadas cadenas; estas se soltaban y caían por sí mismas. Entonces se produjeron unos hechos prodigiosos: a lo largo del sombrío barco empezó a correr un vino delicioso y perfumado, y una vid trepó por la vela abrazándola con sus hojas. Mientras se adhería una oscura hiedra en torno al mástil, los remos se convirtieron en serpientes y resonaron flautas invisibles. Ante tales prodigios, los piratas, aterrados, se tiraron al mar, quedando transformados en delfines, lo que explicaría de forma simbólica por qué los delfines son amigos de los hombres y se esfuerzan por salvarlos en los naufragios, puesto que serían aquellos piratas arrepentidos.
En otros episodios de sus viajes se nos narran las dificultades con las que este dios se encontraba para que sus ritos y fiestas fueran aceptados por las gentes. Por ejemplo, cuando Dionisos regresó a Grecia después de su largo periplo, cuando estaba, de hecho, en su ciudad natal, Tebas, el joven dios introdujo sus fiestas, a las que todo el pueblo se sumó, siendo presa de delirios místicos. Pero el rey Penteo se opuso a ritos tan ajenos a las costumbres. Intentó encarcelar al dios y a sus sacerdotisas, las bacantes, y fue castigado por ello, así como su madre Ágave, que tampoco reconocía al dios. Ágave, en pleno delirio místico, desgarró con sus propias manos a su hijo y rey de Tebas, Penteo, en el monte Citerión.
Tras todas estas luchas para ser reconocido entre los mortales y para implantar su culto entre los humanos, el dios pudo ascender al Olimpo, terminada ya su misión. Pero antes de ello, descendió al Hades, lugar donde, según la tradición griega, residían las almas de los muertos, en busca de su madre, Sémele, para llevarla también junto a él a la compañía de los dioses inmortales
Pan, los sátiros, centauros y Ménades o bacantes, el vino, la hiedra, el laurel y el asfódelo estaban dedicados a Dionisos, así como el carnero, el delfín, el tigre y la pantera.
De Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: Dionisos. Guillaume Coustou 1677/1746

sábado, 20 de abril de 2013

EROS Y PSIQUÉ







EROS Y PSIQUÉ

¿En dónde empezaba
¿acababa en dónde?
me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma
Pedro Salinas. Presagios 1923, “El alma tenías”

Como un tajo que arrasa los huesos, como una tormenta repentina que empapa hasta  las entrañas, su violencia  corre por las venas inflamándolas a punto de reventar, una sacudida de todo el ser que se tambalea como un árbol con el azote de un vendaval, siempre ataca por sorpresa en medio de la calle o en cualquier parte, al acecho y silencioso va poco a poco sacudiendo los cimientos, y entrando en la morada ajena a su presencia, su contacto es la muerte del pasado y un parto doloroso en el presente, de nada sirve oponerle resistencia, a partir de ese momento solo en sus brazos y en sus besos halla el alma reposo que en su ausencia y sin razón vagará siempre errante en su búsqueda. Los labios enmudecen en el silencio eterno de la esperanza atenazados por la intensidad del agravio, la razón se ofusca, tiemblan los miembros inseguros y tiene lugar el llanto desesperado con su ausencia, la belleza se aúna con la muerte y la locura con la sinrazón del suceso. Días y noches insomnes agotan el devenir del tiempo, horas eternas se reducen a la nada, cuando el ser está a punto de estallar en añicos y se encamina hacia su destrucción, es cuando dice – ¡alto!, ¡nunca más otro encuentro! con una vez es suficiente.
Inmune a su recuerdo un caminar errático y solitario halla su consuelo en las voces impresas de otros que han sufrido idéntica experiencia, la vida entonces se abre, se llena de luz, de belleza y de esperanza, como una brisa de aire fresco, respira, besa, abraza,  conoce, yace junto a ellos  con su alma desnuda y disfruta del placer más intenso que perdura en el tiempo hasta el final de sus días y libre de las  cuitas que Eros inflamó, arde en deseos de recorrer con su mirada las nuevas sendas por las que camina en libertad. “Pues no existe remedio para Amor, ni bebida, ni comida, ni ensalmos, sino sólo besos y abrazos y yacer juntos y desnudos” Longo, Dafnis y Cloe.
Antiguo mito de Eros y Psiqué .
La historia de Eros y Psique tiene una larga tradición como cuento popular del antiguo mundo grecorromano, mucho antes de que fuera escrita por primera vez en el siglo II d .C, en la novela latina “El asno de oro” del poeta romano Apuleyo. La propia novela tiene el estilo picaresco romano, aunque Psique y Afrodita retienen su carácter griego.
El mito de Eros y Psique narra la lucha por el amor y la confianza entre Eros (o Cupido) y la princesa Psique. En la mitología, Eros representaba el poder sobrecogedor del amor, que por su fuerza puede también destruir. La palabra “psyche” puede ser traducida como "vida" y como "alma".
Cuenta la historia que hace mucho tiempo existió un rey y una reina que tenían tres hijas. La menor, Psique,  de tan deslumbrante belleza que era adorada por los humanos como una reencarnación de la diosa Afrodita.  La diosa, celosa de la belleza de la mortal Psique, pues los hombres estaban abandonando sus altares para adorar en su lugar a una simple mujer, ordenó a su hijo Eros que intercediera para hacer que la joven se enamorase del hombre más horrendo y vil que pudiera existir. Por su parte, la belleza no había traído a Psique felicidad alguna. Los hombres la idolatraban de mil maneras, pero ninguno osaba acercársele ni pedir su mano. Los preocupados padres consultaron al Oráculo de Apolo para determinar qué le depararía el destino a su hija. Lejos de encontrar consuelo, el Oráculo predijo que Psique se casaría en la cumbre de la montaña con un monstruo de otro mundo. Psique aceptó amargamente su destino, y obedeciendo al Oráculo, sus padres la llevaron hasta la cima de la montaña seguidos por una larga procesión, donde la abandonaron envuelta en  llantos, para enfrentarse a una muerte segura.
Así la encontró el Céfiro (viento del Oeste), quien la elevó por sobre las montañas hasta depositarla en un valle colmado de flores. Al despertar, Psique se internó en el bosque cercano siguiendo el sonido del agua. Lo que encontró fue un hermoso palacio, de indescriptible lujo y belleza, y voces sin cuerpo susurrando que el palacio le pertenecía y que todos estaban allí para servirla. Esa noche, mientras yacía en la oscuridad de su nueva alcoba, un desconocido la visitó para hacerla su esposa. Su voz era suave y amable, pero él no se dejaba ver a la luz del día, lo cual despertaba la curiosidad de Psique que deseaba conocer su rostro.
Con el paso del tiempo Psique comenzó a sentir desasosiego, y sufría por sentirse sola. Extrañaba a sus hermanas, a quienes no veía desde hace tiempo y esto le causaba tristeza. Imploró entonces a su esposo que le permitiera recibir la visita de sus hermanas, pero éste le advirtió que ellas tratarían de incitar su curiosidad y la alentarían a intentar averiguar la identidad de su marido. Él le advertía una y otra vez que no se dejara persuadir por sus  hermanas envidiosas, ya que el día en que ella viera su cara no le volvería a ver y sería el día en que acabaría su felicidad.
Finalmente, Eros cedió ante las intensas y apasionadas súplicas de Psique y pidió al viento Céfiro que acercara a las hermanas al palacio. Éstas, ante la visión de tanto lujo y belleza, ardieron de celos y envidia ante la buena fortuna que había tocado a su hermana. Secretamente, cada una de ellas comenzó a desmerecer lo que a ellas mismas les había tocado en suerte, sus ancianos maridos, sus mezquinas riquezas. Se fueron del palacio planeando cómo castigar a su hermana y en su retorno, la convencieron de que su marido era una enorme y monstruosa serpiente que esperaba al acecho para devorarla. Le sugirieron un detallado plan de acción, que se basaba en esperar que el sueño venciera a su esposo para luego acercarse a él con una lámpara y un puñal y cortar su cabeza de serpiente.
Esa misma noche, Psiqué esperó a que su esposo se durmiera junto a ella y encendió su lámpara para observarlo. A quien vio fue al más hermoso de los dioses, el mismísimo Eros. El cuchillo cayó de sus manos y mientras observaba extasiada esa imagen gloriosa, una gota de aceite proveniente de la lámpara cayó en el hombro de Eros. Éste despertó y librándose del abrazo y los lamentos de Psique, expresó su decepción por la traición de Psique a su amor. Le contó que él mismo desobedeció las órdenes de su propia madre al enamorarse de ella, pero que ya todo estaba perdido. Y así desplegó sus alas y se fue.
Psique comienza entonces una búsqueda desesperada por encontrar a Eros que culmina en su llegada al templo de Afrodita. Ésta, llena de ira y deseos de venganza, rasga las vestiduras de Psique y le encomienda tareas imposibles como clasificar miríadas de semillas distintas. Psique recibe ayuda de distintos dioses y fuerzas de la naturaleza que hacen posible que complete estos desafíos. Afrodita entonces inventa un nuevo castigo para Psique: ella debería internarse en mundo subterráneo en busca de Perséfone, reina de los infiernos, para rogarle que le diera un poco de su belleza dentro de un cofre. Sorteando varias dificultades, Psique cumple con la tarea y comienza su viaje de vuelta hacia la luz. En el camino, cae presa nuevamente de la curiosidad. Atraída por el deseo de agradarle más a su amado adornándose de belleza divina, abre el cofre e inmediatamente cae en un sueño mórbido.
Mientras tanto Eros, recién recuperado de su herida, sale en búsqueda de su amada esposa para despertarla de su sueño. Luego se dirige a visitar a Zeus para rogar al Dios que tuviera compasión de Psique y la hiciera inmortal para que pudiera vivir con él en los cielos. Zeus se compadeció de Eros y apaciguó a Afrodita diciéndole que éste sería un casamiento digno de su hijo. Así es que ordenó el casamiento de Eros y Psique, que duraría para siempre.
Según Apuleyo, la hija nacida de ambos llevaría el nombre “Hedoné”, que significa Placer.
Nota: El verbo griego ψύχω, psycho, significa «soplar». A partir de este verbo se forma el sustantivo ψυχή, que alude en un primer momento al soplo, hálito o aliento que exhala al morir el ser humano. Dado que ese aliento permanece en el individuo hasta su muerte, ψυχή pasa a significar la vida. Cuando la psique escapa del cadáver, lleva una existencia autónoma: los griegos la imaginaban como una figura antropomorfa y alada, un doble o eidolon del difunto, que generalmente iba a parar al Hades donde pervivía de modo sombrío y fantasmal. Según cuenta muchas veces Homero, la psyché sale volando de la boca del que muere como si fuera una mariposa (que en griego se escribe también psyché); razón por la cual algunas personas ven en la mariposa un psicopompo.


De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: Psiqué reanimada por el beso de Eros (1793), que se encuentra en el Museo del Louvre (y una segunda versión en el Museo del Hermitage) de  Antonio Canova.

jueves, 18 de abril de 2013

LA MUERTE DE ANTÍGONA











LA MUERTE DE ANTÍGONA

"El temor entre muchas otras cosas le va bien a la tiranía"
 (Antígona)
  Durante largo tiempo fue canónica la interpretación que de Antígona dio Hegel:
Antígona es, una de las más sublimes obras de todos los tiempos, primorosa bajo todos los aspectos. En esta tragedia todo es consecuente: están en pugna la ley pública del Estado y el amor interno de la familia y el deber para con el hermano. El pathos de Antígona, la mujer, es el interés de la familia; y el de Creonte, el hombre, es el bienestar de la comunidad. Polinices, luchando contra la propia ciudad patria, había caído ante las puertas de Tebas; y Creonte, el soberano, a través de una ley proclamada  públicamente, amenaza con la muerte a todo el que conceda a dicho enemigo de la ciudad el honor de los funerales. Pero Antígona no se deja afectar por este mandato que se refiere solamente al bien público de la ciudad; como hermana cumple el deber sagrado del sepelio según la piedad que le dicta el amor a su hermano. A este respecto apela a la ley de los dioses; pero los dioses que ella venera son los dioses inferiores del Hades: los interiores del sentimiento, del amor, de la sangre; no los dioses diurnos del pueblo libre consciente de sí, y de la vida del Estado

oujt j hJ Divkh tw'n kavtw qew'n sugkavtoiko"
 Sófocles, Antígona, v. 451
De todas las muertes conocidas quizá la más dolorosa es la cerebral, para ella no hay paliativos, desgarrador y aturdidor el dolor es un suplicio que arrastra consigo como una pesadilla cualquier brote de vida en las entrañas, y llevado hasta las últimas consecuencias es muy semejante a esas imágenes de catatónicos, la mayor parte mujeres, que habitan  la planta de los desahuciados en  un psiquiátrico. Ese es sin duda el destino que merecen las mujeres que forman parte de un gueto hermanado con los parias, los marginados, los considerados una lacra a exterminar con prontitud, enfrentadas desde que nacen a ese mundo perfectamente legislado que las excluye sin remisión, actitud que se repite enmascarada de diferentes formas a través de la historia hasta nuestros días en los que la falsa liberalización de las féminas continua perpetuando el agravio como objeto de la burla  y el regocijo de muchos. El silencio, la sumisión y un concepto de discreción mal entendido, someten a las mujeres al poder establecido por las leyes.
Muchas son las mujeres que a lo largo de la historia  han escuchado la voz de Antígona que clama por su muerte en un mundo en el que esa condena a muerte era irrevocable y han muerto o bien consumidas por el fuego acusadas de brujería o bien emparedadas, o bien han acabado sus días recluidas en un convento o en un psiquiátrico, o prostituidas en su cuerpo y en su mente acusadas de una forma u otra de rebelión
ISMENE
Ay, reflexiona, hermana, piensa: nuestro padre, cómo murió, aborrecido, deshonrado, después de cegarse él mismo sus dos ojos, enfrentado a faltas que él mismo tuvo que descubrir. Y después, su madre y esposa —que las dos palabras le cuadran—, pone fin a su vida en infame, entrelazada soga. En tercer lugar, nuestros dos hermanos, en un solo día, consuman, desgraciados, su destino, el uno por mano del otro asesinados. Y ahora, que solas nosotras dos quedamos, piensa que ignominioso fin tendremos si violamos lo prescrito y trasgredimos la voluntad o el poder de los que mandan. No, hay que aceptar los hechos: que somos dos mujeres, incapaces de luchar contra hombres; Y que tienen el poder, los que dan órdenes, y hay que obedecerlas—estas y todavía otras más dolorosas. Yo, con todo, pido, si, a los que yacen bajo tierra su perdón, pues que obro forzada, pero pienso obedecer a las autoridades: esforzarse en no obrar como todos carece de sentido, totalmente.
 ANTÍGONA
Aunque ahora quisieras ayudarme, ya no lo pediría: tu ayuda no sería de mi agrado; en fin, reflexiona sobre tus convicciones: yo voy a enterrarle, y, en habiendo yo así obrado bien, que venga la muerte: amiga yaceré con él, con un amigo, convicta de un delito piadoso; por más tiempo debe mi conducta agradar a los de abajo que a los de aquí, pues mi descanso entre ellos ha de durar siempre. En cuanto a ti, si es lo que crees, deshonra lo que los dioses honran.
Un testimonio de absoluta actualidad llegó a mis oídos recientemente, al parecer una mujer contó su historia aparentemente insólita en estos días en que  cualquier atrocidad cometida contra la persona de una mujer resulta injustificada y criminalizada, pero como en muchas mujeres, el peso de la feminidad recayó sobre ella, y según cuenta, cuando cumplió la edad en que la razón despierta en las mentes de los seres humanos, –ella de condición bondadosa y frágil, soñaba con un mundo de seres asimismo bondadosos y compasivos o bien tal vez ese era el mundo que comprendía en su interior—en cambio descubrió la violencia y desprecio que se ejercía en las mujeres de su entorno más cercano y se sublevó ante la autoridad paterna recayendo sobre la niña una maldición que la acompañaría todos los años de su vida.
Muchos hombres la acosaban incesantemente, confundidos por la indiferencia manifiesta que ella mostraba ante esa insistencia tan masculina, quizás de una manera totalmente inconsciente, lo único consciente en ella era vivir su vida tal y como la concebía lejos de cualquier presión o apremio familiar.
Como dentro de un barco azotado por diferentes tempestades y zozobras,  se bamboleaba en el transcurso de su vida con el azote incesante de la ausencia del padre y cualquier autoridad paterna que le era impuesta sin remisión como ejercicio de poder contra su persona, a pesar de que había sentido el amor por un hombre que distaba mucho de ejercer como padre en sus entrañas y lejos de mantener una actitud obstinada, cansada de tanta autoridad masculina eligió la única salida que encontró en un mundo en el que no se condena a muerte a una mujer y se la encierra en una cueva.
Ella misma cavó su fosa y hacía oídos sordos a los supuestos padres, ellos se vengaron una y otra vez en la pobre mujer que no podía oponer resistencia a tanto hombre despechado que interpretaba de antemano su fragilidad como presa fácil y decidieron sin miramientos anular su mente, ningunearla y ofuscarla con el fin de enloquecerla.
 Vivió así largos años en la ignominia, pero de condición muy activa se enriqueció con la experiencia y todos ellos ante su presencia aparecían como ineptos, convencidos como estaban de su ruina, efectivamente, ella enloqueció y tras su locura como el ave Fenix renació de sus cenizas ante el estupor de sus agresores empeñados en enterrarla viva,  y así ya cansada de luchar contra monstruos cobardes y titánicos alejó su muerte cerebral de sí y se replegó de nuevo en el caparazón de sus esperanzas.
Me contó que anduvo errante por diferentes tierras del primer mundo y en todas partes se imponía a su razón, idéntica confrontación, lo que vio a la edad de siete años y que interpretó como una desgracia del destino es idéntica desgracia para toda mujer de su mundo que opone resistencia, pocas lo ven a edad tan temprana, algunas no lo ven nunca y acatan como Ismene la autoridad impuesta, ella no la acató nunca y vio como muchos de esos hombres que ejercían el poder sobre ella cayeron presos en ese mismo fatal destino al que ella se creía avocada,  en la actualidad vive alejada, abandonada y pobre, pero a salvo de esa muerte impuesta hoy día a las mujeres.  
Antígona sin embargo elige la muerte física antes que renunciar a sus razones basadas en un derecho legítimo a la justicia gracias a las leyes divinas que ella comprende: el amor por su hermano y la conciencia clara del mal hado de su padre y hermano Edipo que gravita sobre sus seres queridos, su madre, esposa y madre de Edipo acaba con su vida, sus hermanos Eteocles y Polinices se dan muerte mutuamente por el reino de Tebas, su hermana Ismene acata resignada las órdenes del tirano y claudica ante su firme decisión tildándola de locura y no le queda otra salida a Antígona que viajar al mundo de los muertos para reunirse allí con su padre, su madre y su amado hermano Polinices, pero no viaja sola sino en compañía de su prometido Hamón hijo del tirano que se da muerte a sí mismo al contemplar la  muerte de su prometida  ahorcada con el velo de sus ropas.
La hemos visto acompañar a su padre y hermano Edipo, cuando ya ciego  vive en el destierro, el amor de Antígona es un amor íntimamente familiar y humano, ella sabe que los dioses del inframundo la acogerán satisfechos de su lógica actitud, la razón en esta tragedia se hermana con la muerte, representada por los dioses inferiores Hades y Perséfone antes que con la ley de los humanos que tiene su voz en el coro que representa al pueblo tebano confuso ante la transgresión de las leyes de los dioses superiores por parte de Creonte , y  que queda abolida por su rastro en el aciago destino del tirano, que predice el adivino ciego Tiresias, la muerte de su propio hijo y de su esposa al mismo tiempo. El fatal destino de Antígona es a partir de este momento final el mismo fatal destino de sus gobernantes y Creonte que con la excusa de evitar derramamiento de sangre entierra a Antígona en vida dentro de una pétrea cueva, contempla correr su propia sangre con la muerte de su hijo y su esposa.
De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González


martes, 16 de abril de 2013

UNA TEMPORADA EN EL OLIMPO





"Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo."
Jorge Luís Borges


UNA TEMPORADA EN EL OLIMPO

Para la mitología griega el Olimpo era el hogar de los dioses olímpicos, los principales dioses del panteón griego, presididos por Zeus padre de todos ellos. Los griegos creían que en él había construidas mansiones de cristal en la que moraban los dioses.
El monte Olimpo (en griego Όλυμπος, transliterado como Ólympos, «el luminoso») es la montaña más alta de Grecia y segunda de los Balcanes (tras el Musala  de Bulgaria. Situado entre las regiones griegas deTesalia y Macedonia.  El pico más alto es el Mitikas (el más alto de Grecia, y el segundo, el pico Eskolio. El monte Olimpo es rico en vegetación, especialmente endémica.
Como ocurre con otros aspectos y elementos de la mitología, el número e identidad de los dioses que habitaban ese Olimpo (el llamado «Concilio de los Dioses») es impreciso de acuerdo con la tradición. Originalmente, parece que su número era de doce.
En ese recinto iluminado por el rayo fulminante de Zeus pasé gran parte de mi vida, pero soy mortal y como tal vivo sujeta a mis sueños, a mis temores, a lo efímero de los días, a la veleidad del destino, a zozobras oscuras y también a instantes de luminosa alegría . Mis sueños eran lo único que me quedaba en ese mundo de dioses empeñados en imponer su sacrosanta voluntad.
Un mundo de hombres y para reverencia de los hombres por parte de las mujeres que lo poblaban. Años de aislamiento en compañía de esos espíritus omnipotentes me llevaron en los rincones de mi mente, hacia el misterioso mundo de las palabras y en ellas encontré las de un autor que aunque contemporáneo siempre nos retrotrae a lo intemporal y eterno de los sueños, J. L. Borges, en su relato “El inmortal”, cuando llegó a la Ciudad de los Inmortales rica en baluartes, anfiteatros y templos, y cuenta lo que fue vislumbrando a través de su sueño, nos habla así:  
La muerte (o su alusión) hace precisos y patéticos a los hombres. Estos se conmueven por su condición de fantasmas, cada acto que ejecutan puede ser el último, no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.
Entre los inmortales en cambio cada acto y cada pensamiento es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es precisamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los inmortales. Los inmortales eran inmunes a la piedad, tampoco les interesaba el propio destino…
Todos los inmortales eran capaces de perfecta quietud. La inmortalidad es una especie de condena.
Leía con estupor estas líneas y pasó por mi imaginación en breves instantes esa negación de mi vida durante aquellos años, no ignoraba la prepotencia de los dioses griegos con los que forzosamente debía de convivir, su locura, sus desmanes, sus depravadas pasiones y disputas, sus complicadas relaciones antropomórficas, su obscenidad sin reparo, sus señales, sus premios y castigos, su jerarquía, ese paternalismo incesante que recaía sobre mí como una losa, más amante del mundo que imaginaba como el gineceo al que estaba acostumbrada en el pasado, lejos de esos hombres agresivos y vociferantes que me rodeaban y me condenaban al ostracismo llena de oprobio y maldiciones, nada podía hacer yo ante una suspicacia tan desmesurada, estaba condenada pagar por un destino aciago a todas luces incierto e impuesto.
 Desde el soberbio Zeus, pasando por la amorosa Afrodita, y los dioses del inframundo, Hades, y Perséfone,   con su cancerbero Caronte incluido, y demás deidades olímpicas como Apolo, Poseidón, Ares, Hefesto, Hestia, Artemisa, Demeter, Hera, Atenea y Hermes, hasta llegar al presuntamente liberador Dionisos y toda la genealogía divina contenida en la Teogonía de Hesíodo, configuraban un paisaje de crímenes impunes y de matrimonios y diferentes uniones, obscenos y depravados que sin ningún pudor se  mostraban ante mis ojos con autoridad y arrogancia
Como bien apunta J. L. Borges en el texto referido, todos los inmortales  son capaces de perfecta quietud;  inmersa en esa quietud,  hice de ella mi abrigo, y me limité a una convivencia íntima con la aparente versatilidad de las palabras, cuya condición de  inmortales me permitía la única movilidad posible en medio de aquel inframundo poblado de dioses poseídos de sí mismos que arrasaban cualquier forma de pensamiento libre. Otra condición de los inmortales es su condena, y yo sin saberlo les estaba condenando a idéntico ostracismo manteniéndome fuera del Olimpo divino. Se les veía entonces deprimirse desalentados, mostrando de alguna manera  su condición antropomórfica, tristes y melancólicos en medio de su solipsismo se identificaban con mi humana condición solitaria. Entonces, se mostraban compasivos cuando era bien evidente su indiferencia a la piedad, con el fin de mantener en pie sus prerrogativas.
Un mundo el del Olimpo muy aburrido y tedioso que lejos de suscitar la esperanza de un mundo nuevo para los hombres, reproducía los actos de los más vulgares humanos y  lejos de contemplar la muerte que acosa nuestros frágiles  días, conducen a sus muertos a la oscura morada que les espera y completamente ajenos a esa contingencia,  se ahogan condenados a su soledad eterna.
De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: El Olimpo. Andy Park

lunes, 15 de abril de 2013

EL REGRESO DE ORFEO







"Y si lo terrestre te ha olvidado,
di a la tierra callada: yo fluyo
y al agua veloz, dile: yo soy
".
Rainer Maria Rilke.  “Apoteosis” Sonetos a Orfeo

EL REGRESO DE ORFEO


Orfeo es un personaje perteneciente a la mitología griega, y una de las historias más famosas sobre él es el rescate de su amada Eurídice del inframundo, al que los dioses dejan entrar encandilados por sus cantos con la lira. Una vez allí, le advierten que mientras se la lleve no podrá mirarla hasta que sea bañada por los rayos del sol, algo que hace justo cuando Eurídice aún tiene puesto un pie en el inframundo.
No hacen mención de Orfeo ni Homero ni Hesíodo, pero era conocido en la época de Íbico (530 a. C), y Píndaro (522/442 a. C) y se refiere a él como “el padre de los cantos”.
A partir del siglo VI fue considerado como uno de los principales poetas y músicos de la Antigüedad, el inventor de la cítara y era capaz no solo de calmar a las bestias salvajes, sino incluso de mover árboles y rocas y detener el curso de los ríos. Como músico acompaña a los Argonautas y duerme a las sirenas que intentaban seducirlos para después devorarlos. Se le considera también uno de los pioneros de la civilización que enseña a los hombres las artes de la medicina, la escritura y la agricultura. Fue también augur y profeta y practicó las artes de la magia y la astrología. Cultos como los de Apolo a quien algunos consideran su padre, y Dionisos se restablecieron gracias a él; son famosos los ritos órficos basados en el logro de la inmortalidad a través de la purificación, se sabe que  sus seguidores practicaban la abstinencia de la carne, eran vegetarianos, la abstinencia sexual y censuraban el asesinato o el derramamiento de sangre. Se sabe que era de origen tracio y que visitó Egipto en donde se familiarizó con la doctrina de una vida futura.
El descenso de Orfeo al reino de los muertos se convirtió en el punto de fuga de un complejo movimiento místico, los órficos. Según ellos, en el mito se encontraban todos los detalles para cartografiar los dominios de Hades, y, por ende, para escapar de la pesada muerte en que creían los griegos. Así, la iniciación en los misterios órficos debía consistir en desentrañar claves y mensajes ocultos en la larga ristra de narraciones míticas que pululaban en torno a Orfeo, con el objetivo de obtener una placentera inmortalidad. De ahí que tal vez fueran los primeros en creer en una posible trasmigración, reencarnación, de las almas; lo cual también asumirían los pitagóricos y, en cierta medida, Platón.

Orfeo muere asesinado o bien a manos de las mujeres tracias despechadas por su desdén, se cree que Orfeo después de perder a su amada se negaba a cualquier trato con mujeres y se rodeaba de jóvenes efebos que seguían sus ritos. A causa de una disputa entre Afrodita y Perséfone por la posesión de Adonis cuya mediadora fue Calíope madre de Orfeo, Afrodita, al no satisfacerle el veredicto, hizo que todas las mujeres tracias se enamoraran de Orfeo hasta tal punto que llegaran a despedazarlo.
 O bien Orfeo murió fulminado por un rayo del muy irritable Zeus porque conocía los secretos del Inframundo.
 Según Platón, los dioses le impusieron el castigo de morir a manos de mujeres por no haber tenido el arrojo de morir por amor como Alcestis, hija de Pelias, que murió en lugar de su marido Admeto.
Otras versiones dicen que Orfeo regresó destrozado a su pueblo, donde los habitantes le pidieron que tocara sus hermosas melodías; Orfeo deprimido como estaba, empezó a golpear su lira con una piedra, provocando un ruido tan horrendo que todo alrededor se marchitaba; así que el pueblo lo asesinó con el fin de detener ese ruido.
Varios autores ven en el mito de la muerte de Orfeo la confrontación permanente existente entre los principios apolíneo y dionisíaco, entre la serenidad y la orgía, entre la racionalidad y el abandono a los instintos,  (entre ellos,Nietzsche (En el nacimiento de la tragedia, y Julio Cortázar, en Las Ménades) siendo Orfeo, el que provoca su propia destrucción a manos de las fuerzas de la naturaleza por él desatadas.
 Para el mundo griego después de la muerte no existía otra cosa que el mundo de los muertos, la creencia en un premio o castigo después de la muerte, en el cielo o el infierno, es cristiana. Todos por igual iban al reino de los muertos. Justos e injustos, héroes y bellacos, buenos y malos, a todos les esperaba el mismo destino: los dominios de Hades. Solo se escapaban de este lúgubre destino unos pocos mortales, por lo general emparentados con alguna deidad, que emprendían hazañas tan extraordinarias que los dioses se los llevaban consigo al Olimpo. También les esperaba un destino distinto a los malos, aquellos que, impulsados por el deseo, el orgullo o la codicia habían atentado en gran medida contra los dioses; ya que por lo general eran castigados con tormentos terribles durante toda la eternidad (Prometeo, Sísifo…). En cualquier caso el hecho relevante del mito es que Orfeo visita el reino de los muertos en busca de su amada y descubre todos sus secretos, pero no fue el único además de Orfeo, varios fueron los héroes que por una razón u otra bajaron en vida al inframundo, Heracles, Teseo, Piritoo y Odiseo (Ulises) que por consejo de la maga Circe fue en busca del difunto adivino Tiresias con el fin de regresar alguna vez a su patria Ítaca.
El astuto héroe así lo hizo. Tras cruzar el Océano en su negro navío, guiado por el viento, llegó a una ribera inmensa, donde crecían bosques sagrados de chopos y sauces que tan solo daban frutos muertos. Allí buscó el río Aqueronte, donde confluían el río de las llamas y el río de los Llantos, y cavó una fosa por la que llegar hasta la morada de los muertos, a los que consiguió aplacar con diversos sacrificios y ofrendas. Allí se encontró con numerosos amigos y para mayor dolor suyo encuentra a su madre y así nos lo cuenta Homero en boca de Odiseo con lo que podemos ver cómo era la etérea y oscura vida de los muertos:
…cediendo a mi impulso,
quise al alma llegar de mi madre difunta. Tres veces
a su encuentro avancé, pues mi amor me llevaba a abrazarla,
y las tres, a manera de ensueño o de sombra  cediendo a mi impulso,
se escapó de mis brazos. Agudo de dolor se me alzaba el pecho
y, dejándome oír, la invoqué con aladas palabras:
madre mía, ¿por qué no esperar cuando quiero alcanzarte
y que, aun dentro del Hades, echando uno al otro los brazos
nos saciemos los dos del placer de los rudos sollozos?
¿O una imagen es esto, no más, que Perséfona augusta
por delante lanzó para hacerme llorar con más duelo?

dije así y al momento repuso la reina mi madre:
hijo mío, ¡ay de mí!, desgraciado entre todos los hombres.
no te engaña de cierto Perséfona, prole de Zeus,
porque es esa por sí condición de los muertos: no tienen
los tendones cogidos ya allí su esqueleto y sus carnes,
ya que todo deshecho quedó por la fuerza ardorosa
e implacable del fuego, al perderse el aliento en los miembros;
solo el alma, escapando a manera de sueño, revuela
por un lado y por otro. Más vuelve a la luz sin demora,
que esto todo le puedas contar a tu esposa algún día
Esta impresionante historia mítica me la volví a encontrar hace pocos años cristalizada en un hombre dedicado a la medicina, poeta y músico, dotado de una exquisita sensibilidad y belleza, que después de muchos años de ausencia se acercó al lugar en el que con seguridad iba a encontrar a la única mujer que le salvaría de la muerte y que como él, era la depositaria de todo aquello que podía hacer feliz a cualquiera de los mortales.
Triste, con la barba que le asomaba, hacía ya, varios días, abandonado a su paso, lento y taciturno, y con los ojos semicerrados, casi ciego, se le veía deambular por el lugar, que en otro tiempo, se deleitaba con  su buena conversación, su poesía y su música. Entraba en las librerías que encontraba, y leía algún libro de poemas en silencio, con lágrimas contenidas.
Muchos de sus mejores amigos, ya no estaban, y los habitantes que  vivían en la ciudad ya no lo esperaban y satisfechos,  le daban por muerto. Se encontró en medio de un inframundo, que sobrevivía gracias a su música y a su poesía, que ellos torpes e inexpertos se habían apropiado, adaptándolas a su modo de ser,  en un intento de calmar su violencia y sus bajas pasiones.
Venía huyendo de la muerte que lo acechaba, hacía mucho tiempo ya, y todavía tuvo la suerte de esquivarla, con el previo aviso de la mujer que  velaba por él en la distancia. Aún así,  se enfrentaba a la parca de nuevo. Él, cada día de su vida, detestaba con frecuencia  su sola mención y la rehuía con insistencia.
Pronto, por la ciudad, corrió la noticia de su llegada, y todos se escondían a su paso, temerosos de perder su tesoro, usurpando así, su personalidad. Solían andar al acecho de cualquier desgracia ajena y no ocultaban su regocijo, sabiéndose inmortales, (“ser inmortal es baladí, dice Borges en “El inmortal”, menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte, lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que pese a las religiones esa convicción es rarísima, israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad”),  herederos de su música dulce y melodiosa y sus múltiples poemas. Muchos de ellos comerciaban con libros, otros vendían música y todos se habían enriquecido, él, en cambio, andaba errante, pobre y triste.
Poco a poco sus habitantes vieron como sus cantos perdían fuerza, los poemas escritos ya no expresaban su contenido, las páginas se iban borrando, las notas musicales corrían desaforadas, inarmónicas  chirriaban con un aullido de desesperanza, sintieron que perdían el sentido de la vista y el sentido del oído. Medio ciegos y medio sordos, daban vueltas y más vueltas, inquietos y desazonados. Perdían dinero en sus mercaderías, iban así, volviéndose pobres y marginados, algunos, incluso, enloquecieron. Ellos también andaban errantes, pero ennegrecidos por el deseo de lo que tanto tiempo habían hecho suyo y que  ahora, iba desapareciendo. Solo ella que caminaba a su encuentro aparecía entera, deslumbrante y alegre con la inesperada llegada.
 Como Ménades enfurecidas arremetieron contra él y sus vestigios, le acorralaron con la envidia y él aparecía solo en medio del caos más virulento, hizo de su vida  un devenir ordenado y cauto, se le veía con frecuencia pasear con su padre anciano lentamente, amado por diferentes mujeres era el punto de mira de los miserables, leía incansable sus poemas, y cuántos libros caían en sus manos, la mujer que había esperado encontrar velaba por él en ese tiempo y él sonreía agradecido y exultante cada vez que la encontraba, el misterio de su vida estaba en juego y todas las alimañas estaban al acecho: un amor no consumado ponía en peligro su vida.
 El azote de la muerte les arrastraba con violencia y sin piedad, él todavía sufrió diferentes accidentes que le anunciaban el final, la tensión se respiraba en el ambiente, seres monstruosos y deformes los acosaban a los dos.
 Uno de los  monstruos asesinos lo estaba esperando para vengarse, había despertado de su sueño poético y desgarrado por la envidia, lo mató una noche, cuando taciturno y somnoliento regresaba de una guardia en el hospital, y como siempre  se dirigía a su casa con un libro de poemas en una mano y  en la otra el maletín con sus útiles de trabajo. Cuando ella se enteró de la noticia, supo que a ella le esperaba la misma suerte y huyó despavorida de ese reino de los muertos sin volver la vista atrás,  con la amarga  certeza de no volverlo a encontrar. 

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González

Foto: Orfeo saca a Eurídice del reino de los muertos
Jean Baptiste Camille Corot

domingo, 14 de abril de 2013

LA TRANSGRESIÓN DE MEDEA



LA TRANSGRESIÓN DE MEDEA


“Medea.-Los hombres dicen que llevamos una vida fácil, seguras en nuestras casas mientras ellos lo arriesgan todo ante la punta de una lanza. ¿Qué saben ellos? Yo preferiría entrar en batalla tres veces con escudo y lanza que dar a luz una sola vez. "
Eurípides. Medea. Fragmento
LA  TRANSGRESIÓN DE MEDEA
Extranjera entre los griegos, Medea, la princesa hechicera, es víctima de un amor apasionado por el héroe Jasón, que inmortalizó Apolonio de Rodas en el viaje de los Argonautas, a quien formó el centauro Quirón, mientras Medea ha aprendido sus artes de hechicería de Hécate a quien sirve como sacerdotisa y asimismo de la hermana de su padre Circe.
La Cólquide lugar de origen de Medea es un lugar apartado y territorio bárbaro. Era una ciudad-estado colonizada por los griegos a orillas del mar Negro, en lo que hoy sería Georgia en donde se encontraba el mítico vellocino de oro colgado de un árbol. El vellocino era una piel de carnero sobre cuyos poderes se ha especulado y el más probable es el que está relacionado con la realeza, en concreto el vellocino de oro representa la idea de la realeza y la legitimidad: de ahí el viaje de Jasón en su busca, para restaurar el legítimo gobierno de Yolco en Tesalia.
. A fines del siglo II a.C., en el Asia Menor, al este del Ponto Euxino (Mar Negro) y al sudoeste deTranscaucasia, dos reinos florecían, el de Diaoji y el de Colca o Cólquida (en griego: Κολχίς / Kolquís).
Se comprende así mejor el desarraigo de Medea que abandona su  pasado patrio y familiar para seguir a un hombre que le promete amor eterno, una vez consiguió su objetivo: alcanzar el vellocino, para lo cual tuvo que superar duras pruebas impuestas como condición por el padre de Medea Eetes. Ella le hizo invulnerable al fuego y le dotó de una fuerza sobrehumana con sus artes mágicas y también durmió al guardián del vellocino en el bosque, una serpiente que nunca dormía, con sus encantamientos.
Como nieta del titán Helios, su belleza era según narra la historia, deslumbrante. Así pues nos encontramos ante una mujer poderosa y pasional, presa de los lazos del amor.
Pero lo irracional prevalece sobre lo cerebral. La erupción de los sentimientos no puede ser dominada por la razón, y el amor es una fuerza destructora (por amor  Medea roba y mata).
 En la antigua Grecia lo irracional estaba simbolizado, entre otras cosas, por lo femenino y lo extranjero. Medea reúne ambas cualidades, y eso la convierte en una paria rechazada por la flamante Corinto, que recela de ella como elemento caótico, descontrolado, vestigio de un mundo antiguo, atrasado y hechicero.
Mata a su hermano Apsirto que trató de bloquear su salida del suelo patrio, mata al rey Pelias de Yolco tio de Jasón, a la futura esposa de Jasón Creusa hija del rey de Corinto Creón que muere con ella y finalmente presa del repudio de su esposo da muerte a sus propios hijos y destruye así su porvenir, temerosa del futuro que les esperaba en manos de su odioso padre ensoberbecido por sus éxitos, según la tradición los dioses no perdonan la hibris.
 Es un personaje antipático para el público biempensante, considerada paradigma de la maldad y la hechicería, pero es fundamentalmente una mujer despreciada por un marido ingrato que se sirvió de ella para alcanzar sus objetivos utilizándola. Todas las interpretaciones del mito confluyen y hacen hincapié en “la venganza de Medea por desamor”.
“Medea” trata también sobre el desarraigo y la inadaptabilidad en un mundo que señala al diferente con desprecio. Desde esta óptica, se la puede considerar como una crítica de la sociedad actual, en la que muchas veces confluyen todos estos elementos.
 ¡Ay, ay! ¡Ojala me libere con la muerte, dejando antes de tiempo una existencia odiosa! Son las palabras de Medea en la obra de Eurípides.
Medea se lamenta de ese absurdo patriarcado que hace que las mujeres estén sometidas a las decisiones de sus esposos, por arbitrarias que estas sean, la separación no da buena reputación a las mujeres, ni siquiera les es posible repudiar al esposo.
Las palabras que pone  Eurípides en boca de la nodriza nos pone en situación:
Llora por su padre querido, por el país y la casa que traicionó para venir con un hombre que ahora la desprecia
Medea se lamenta con estas palabras:
Este suceso inesperado que se me ha venido encima me ha destrozado el alma (…), pues mi esposo, en quien tenía yo puestas todas mis ilusiones, –bien lo sabe él, ha resultado ser el peor de los maridos”.
En ese momento el Corifeo, portavoz del coro de mujeres corintias, se solidariza con Medea, comprende sus sentimientos e incluso llega a justificar la venganza que está latente en la obra y de la que todavía ni siquiera se ha hablado:
con toda justicia castigarás a tu esposo, Medea. Y no me extraña el dolor que sientes por tu infortunio
Como Medea una mujer de nuestros días lejos de su familia se casó muy enamorada de un hombre que pronto  despertó sospechas por su violencia.  A continuación, se vio marginada y repudiada por su marido, con la única misión de traer hijos al mundo y conservar fielmente la tradición familiar.
 Cada vez que concebía un hijo lo guardaba en secreto todo el tiempo posible arropada con un grueso manto hasta los pies, con la ciega esperanza de hallar en el nuevo ser la luz que alumbrara sus días y con el pudor de su íntima alegría oculto a la vista de los demás, a diferencia de otras mujeres que lucen abiertamente sus barrigas orgullosas de su estado y quizá ignorantes del destino común a todas ellas que habitan en un mundo de hombres de los cuales dependen de una forma u otra, o bien en su trabajo o bien el hogar.
Muy celosa de su intimidad femenina esperaba el feliz advenimiento con una belleza exultante que a nadie hacía sospechar su estado, un oscuro presentimiento le hacía manifestar tanto secreto, que los seres que habitaban en su vientre continuaran su fatal destino. Cuando por fin tenía lugar el acontecimiento su tez relucía con el brillo de sus ojos y disfrutaba de su maternidad como cualquier madre común. Solía comentar con frecuencia… —siempre debería haber un pequeño en la casa, esta se llena de luz y de alegría con su presencia…
Sin embargo cuando sus hijos llegaban al uso de razón, le eran arrebatados de sus brazos y pasaban a ser educados y tutelados por su padre.  Llegó un momento en que sus hijos ya no le pertenecían,  crecieron y la trataban como  a una extraña. Extranjera en su propia casa, una mujer de carácter como era, desarrolló la violencia como única vía de escape a su demencial situación. Como Medea, ella no era una mujer que asumiera con facilidad una derrota. Había demostrado saber hacer frente con energía a las adversidades. Había criado unos hijos que vio convertirse en monstruos, cada vez más fuertes que reproducían las mismas actitudes para con ella que su padre, y cansada de tanta violencia  y ya sin fuerzas, como Medea, también se sentía engañada, burlada, traicionada, defraudada, decepcionada, no correspondida en el amor que manifestó siempre a su esposo y a sus hijos, y con terrible aflicción solía lamentarse — ¿qué hijos he traído yo al mundo?, – ¡monstruos!  —¡Preferiría verlos muertos!…   cuando se vio en medio del más completo desarraigo e impotencia,  acabó con su vida y la vida de su progenie maldita en su interior, para caminar errante en el mundo de los muertos.
 Cuenta el mito que después de su venganza los habitantes de Corinto, bien en venganza por la muerte de Creonte o bien decepcionados por el comportamiento de Medea, la apedrearon en el templo de Hera y la obligaron a abandonar la ciudad en el carro de serpientes aladas que le había regalado su abuelo Helios. Tras errar por distintos lugares en busca de protección, Medea llegó a la ciudad de Atenas, cuyo rey, Egeo, no sólo le ofreció hospitalidad sino que se casó con ella con la esperanza de que sus hechicerías le permitieran concebir un hijo pese a lo avanzado de su edad. La hechicera cumplió sus expectativas teniendo de él un hijo al que llamaron Medo. Con la llegada de Teseo hijo de Egeo y heredero del trono, Medea tuvo que huir nuevamente con su hijo acusada de atentar contra su vida y todavía hoy pervive su condición errática en el corazón de numerosas mujeres.
De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: Medea. De Pier Paolo Pasolini. María Callas