lunes, 11 de julio de 2011

CRISTAL DE BOHEMIA













CRISTAL DE BOHEMIA
Titilaban las lágrimas colgantes desde lo alto y llenaban de luz el ámbito tenebroso, en medio del cual, estaba colocada la lámpara. Luces cristalinas, irisadas, dentro de  un haz redondo y enorme poblado de pequeños racimos arbóreos, la acompañaban, por su tamaño no guardaba proporción con la altura del techo, y con la vibración del ambiente, se escuchaba el suave tintineo de los cristales rozando unos contra otros.
Todas las tardes subía cuatro pisos muy altos hasta alcanzar su morada, moteada por el polvo sobre  libros tirados por el suelo, en torno a una mesita camilla muy pequeña y desvencijada, colocada justo al lado de una estufa de leña que era la única calefacción, para resguardarse de los fríos inviernos que pasaba allí, el hombre, de oficio anticuario, que guardaba celosamente, sus antigüedades en un antro interior, también asfixiado por el polvo.
 No había en la casa ni rastro de un alma femenina, él mismo se cocinaba en las noches de invierno una humilde sopa de verduras con un hueso en la olla para darle gusto, y después de cenar, algunas veces se preparaba sobre la estufa un bebedizo, a base de ron caliente.
Las palomas ronroneaban constantemente sobre el tejado, sobre su propio estiercol acumulado  y endurecido, malhumorando al hombre de carácter ya de por sí atrabiliario, cada vez que intentaba abrir la claraboya con el fin de disipar el humo que provocaba la estufa de leña, mientras, cortaba la leña con el hacha  sobre un tronco robusto y pequeño.
Todo en el ambiente era antiguo y teñido con cierto aire de austeridad, él mismo poseía unos ojos diminutos, nariz aguileña y una larga barba que contrastaba con su calvicie.
Aquella tarde había encontrado una hermosa lámpara de origen desconocido cuajada de cristales de bohemia, que, embargado por la ansiedad y la codicia, le resultaba difícil tasar.  Después de cumplir con sus costumbres, se sentó frente a la hermosa lámpara, colocada sobre la mesa y comenzó a abrillantar aún más los cristales.
 Al cabo de un rato, empezó a surgir de los critales, un desfile de imágenes que inundaban su humilde casa y se iban acomodando sobre las paredes, sobre la cama,  sobre los libros, en un momento, se pobló de seres extraños su casa, unos con trazas, de artistas,  le acercaban un cuadro, otros, sabios, un libro maravilloso, otros, músicos tocando diferentes instrumentos, le deleitaban con su música, en el fondo de la estancia, se veía a otro esculpiendo una bella imagen, se veían también hombres y mujeres que trabajaban laboriosamente en un prado verde  e iluminado, se escuchaban voces que cantaban extraños himnos… de pronto, surgió una figura femenina, diminuta y frágil vestida de blanco, que él reconoció enseguida, porque durante muchos años la había amado en secreto. Con mucha dulzura, salíó del brillante cristal que la contenía, desvaneciéndose al mismo tiempo todas las imágenes que lo acompañaban, todavía el resplandor de los cristales ya vacíos lo cegó un instante, se  acercó a él  y le dijo: yo soy la dueña de esta lámpara  que he recibido en herencia, hace ya mucho tiempo, la daba por perdida y  tiene un valor incalculable.
 Él, completamente obnubilado y sin dar crédito a lo que veía, con un brillo insoportable en los ojos, palpaba las paredes en busca de las imágenes, buscaba con insistencia sobre los libros, se tendió  sobre la cama dando vueltas, se palpaba los oídos  porque quería escuchar la música y las voces que cantaban, nada de eso se encontraba ya en su casa, la lámpara apagada, perdió su lustre, ella desapareció en la sombra, solo, con una mano en la cabeza y con lágrimas en los ojos, completamente enloquecido y extenuado, se sentó apesadumbrado en su sillón.  

sábado, 9 de julio de 2011

NO HAY MÁS CERA QUE LA QUE ALUMBRA








NO HAY MÁS CERA QUE LA QUE ALUMBRA

Aquella noche durmió mal, tuvo una pesadilla que sembró la confusión en el tiempo.
La ciudad estaba dormida, a pleno sol, las calles eran pateadas insistentemente por gente apresurada que golpeaba con fuerza el asfalto, las tiendas estaban cerradas, las librerías se habían declarado en quiebra, las salas de cine y las bibliotecas habían sido clausuradas, la asociación de conciertos había desaparecido, las tertulias de los cafés ya no existían a causa de las prisas, las aulas de los diferentes centros de enseñanza se poblaban de chicos absortos que, con una actitud pasiva, no entendían nada, los más pequeños eran clasificados en las escuelas, con un criterio  que los proyectaba hacia la incapacidad. Las casas de reposo de los ancianos eran brillantes barracones donde hacinados, recibían mal trato a diario con un alto coste , los centros de salud mental estaban repletos de locos abandonados a su suerte, atiborrados de medicación, los hospitales soportaban cada vez más, grandes colas de enfermos que en su mayor parte morían de cáncer, grandes epidemias infectaban calles y plazas, las diferentes instituciones sociales no daban abasto, la comida estaba envenenada, el aire era irrespirable, la población se aglomeraba en la ciudad y los pueblos, desiertos, albergaban solamente unos pocos ancianos.
 Los barrios se vestían con las galas de la riqueza, la opulencia de los mejor parados cegaba con su brillo a los más pobres,  que poco a poco iban perdiéndolo todo, las casas permanecían vacías y sus antiguos habitantes vivían en la calle. Las nuevas gentes que entraban en la ciudad, procedentes de otras tierras, se ocupaban de los trabajos más miserables y eran los nuevos marginados, los periódicos se ocupaban de las noticias de  paises lejanos y las noticias locales solo eran anécdotas intranscendentes, un torrente de información televisiva aturdía y confundía sin cesar con gran alboroto.
La violencia y la amenaza, afloraban por doquier, la nueva educación consistía en la perdurabilidad de la ignorancia, la gente desatada, daba rienda suelta a sus pasiones. Completamente desorientados, daban contínuamente palos de ciego. Ciegos  y presurosos se abalanzaban voraces sobre cualquier oferta de futuro, así,  inconscientes y espeluznados, flotaban en medio de un mar de dudas, sobre una nave que nunca tocaba puerto, la nave del olvido, extenuados , extendían sus brazos hacia el cielo y esperaban la muerte.
A punto de  despertar, se encontró frente a una ventanilla al final de una larga cola, con un cartel que decía: No hay más cera que la que alumbra.

jueves, 7 de julio de 2011

PACTAR CON EL DIABLO

PACTAR CON EL DIABLO

Pobres lo que se dice pobres son los que son muchos y siempre están solos.
 Eduardo Galeano

Se sentó un día cualquiera, al borde de su cama y empezó a conversar con ella en unos términos muy convincentes que dejaban ver sus aviesas intenciones.
Que si el mundo es así y nada lo va a cambiar, que si es “el eterno retorno de lo mismo”... "la nada absoluta que nos arroja impenitentes al vacío"... "el tedio"... "las doctrinas superadas"... y el “hay que hacer”… “hay que superarse”… “hay que”… como consignas, repetidas hasta la saciedad, con afán de negociar…
Recordó entonces, su niñez abandonada a su suerte.
La chabolas estaban alejadas del centro de la ciudad y olían mal, a una mezcla de sudor y humedad en el ambiente que las hacía insoportables. Sus habitantes no hacían nada, sentados en la orilla del río refrescaban sus pies sucios con mugre acumulada de muchos días de andar descalzos, los niños lloraban cuando sus madres les daban el pecho, ya crecidos y hambrientos, los hombres con la delgadez de la desnutrición, acumulaban cartones y chatarra que luego vendían como podían. Pucheros llenos de agua hervían, sobre fuegos improvisados, con gachas en su interior para la comida.
 Él, que se sentó sobre el borde de su cama, para negociar, no lo sabía, pero allí, en esas chabolas, pasaba ella largas horas cuando una organización parroquiana  proporcionaba comida y ropa usada para llevarlo, no existía entonces otro medio.
Los hombres entraban en el hall de su casa, con las botas caladas hasta las rodillas y retumbaba la madera del suelo y crujía, con sus pisadas firmes. Empapados de agua llegaban y dejaban grandes cantidades de dinero sobre el mostrador que habían recaudado  para la empresa, excitados hablaban en voz muy alta y siempre tenían prisa, eran unos cuantos, y ella niña aún, los espiaba, detrás de una cortina, hasta que se marchaban, dejando atrás el ambiente gris de la desolación. Con esa impresión que se repetía todas las semanas, a primeros de mes, se iba a la cama, en donde entonces, nadie se sentaba sobre el borde para negociar y se sentía tan olvidada como los pobres de las chabolas que visitaba
Con un nudo en la garganta y triste, contempla la misma desolación de aquellos días lejanos, que impregna su piel, en el presente, con el hedor  del hastío que produce tanto pacto, y la pobreza extrema en la que se encuentra, harta de negociar con la muerte.

martes, 5 de julio de 2011

LA BARCA DE CARONTE













LA BARCA DE CARONTE


Se notaba agitación por la ciudad, la gente andaba acelerando el paso, los coches pitaban, el tumulto era cada vez más grande, los niños lloraban con griterío y sus madres parecían agobiadas, esto sucedió durante largo tiempo de contínua agitación por comercios y plazas.
 Confundidos entre la multitud, paseaban ellos, como en un cortejo, “los amantes”, emparejados, agarrados de la mano y mirando de un lado al otro con la esperanza de ser vistos y ser notados, con cierto afán de supervivencia escrito en su mirada.
En una céntrica calle, que  curiosamente llevaba el nombre del Cielo,  cada día que pasaba, se escuchaba el rumor de que alguien había muerto y se dejaba sentir en el ambiente cierta desazón, una vez hecho el comentario, la gente lo silenciaba rápidamente. Recorrer esa calle todos los días, imponía cierto respeto, pero el amor residía en ella y cohabitaba con la muerte.
Pasaron dos años y el ambiente continuaba enrarecido, preocupada acudía asiduamente a visitar a unos amigos que vivían en esa calle, tenía que atravesarla  diariamente en mi trayecto y sin ningún temor me tomaba un refrigerio en ella, de vez en cuando.
“Los amantes mencionados” que eran unas diez parejas conocidas, a excepción de una que vivía por allí, jamás la atravesaban y solían evitarla.
Cada día en esa calle ocurría una desgracia… uno  de esos años, murió uno de mis amigos y todos los que asistieron al evento, se congregaron en un bar de la calle para tomar unas cervezas, en cuestión de segundos, desaparecieron todos con cualquier pretexto, y al año siguiente, el otro que falleció fue uno de “los amantes” que también vivía allí y así, sucesivamente y en poco tiempo,  fueron muriendo numerosos vecinos de diferentes edades, algunos, incluso, muy jóvenes,
Estaba claro,  Caronte tenía trabajo, me acerqué a visitarlo, anciano y flaco, y con los ojos desorbitados,  esbozó una sonrisa de regocijo, él, era uno de “los amantes supervivientes” y contaba con avaricia, dentro de una bolsa, las monedas que le habían entregado todos los fallecidos de la calle  del Paraiso.

sábado, 2 de julio de 2011

LA PRUEBA

LA PRUEBA

Los recuerdos  viven en nuestra memoria a veces, con la forma de las impresiones que nos dejan, por eso es tan importante rescatarlos del olvido.

Todavía siento el calor de tus manos y de tus palabras, en las contadas veces en las  que nos encontramos, todavía conservo tu recuerdo en la memoria como si aún te tuviera presente, los seres como tú no se olvidan, capaz de traspasar las paredes del corazón de tantos y tantos seres atormentados que acudían a ti para sentirse hermanados contigo en su desgracia, todavía te veo surgir amable  por el fondo de la sala con una humilde hoja de papel en las manos.
 Y aún, conservo en mi memoria el recuerdo de tu alegría, que también era la mía, aquella mañana fresca del final del verano, cargada de folios que encuadernar. La alegría se encendió en tu rostro acompañada de un leve movimiento de las manos, cuando te expliqué adonde me dirigía, como si lo que llevaba en mis manos se tratara de la culminación de un trabajo conjunto, tal era tu capacidad de empatía, en realidad, tú, nada tenías que ver con el asunto.
 Entonces, con ilusión y haciéndome eco de esa alegría intensa, te dije: cuando acabe, te llevo un ejemplar… sentí latir más fuerte mi corazón, consciente de que mi esfuerzo se veía recompensado, eras más que un amigo.
Esa misma situación se repitió después con otras personas y en ninguna de ellas encontré la reacción que buscaba, en ninguna… ninguna… … ninguna persona conocida  fue capaz de mostrar la más mínima alegría y el evento era importante en esos momentos difíciles, ninguna…
Terminé la tarea y se lo llevé para entregárselo, muy agradecido se levantó de su asiento, me tendió la mano como siempre, y me dijo: ¡qué maravilla¡ sigue así…
Ya ha pasado mucho tiempo desde que  esta historia tuvo lugar, y continúo tecleando en mi ordenador con la esperanza de volver a encontrarte, cuando me dirija hacia la imprenta, otra mañana del final del verano, con los folios en las manos  para encuadernarlos, y te lleve un ejemplar tan bello como el que tú me has dado….

viernes, 1 de julio de 2011

DUELO DE TITANES

DUELO DE TITANES

Science sans conscience n´est qu´une ruine de l´âme

En un mundo en el que la cultura brilla por su ausencia, cualquier entusiasta aparece ante  los ojos de los demás como un genio.
Nunca olvidaré aquel encuentro, eran dos, las personas que a lo  largo de los años me habían informado con profusión, de infinitas teorías sobre la existencia y sobre la redención y la acción política, sazonado todo con un entusiasmo poco común por la cultura, que abarcaba  todos sus aspectos, en especial la música y la literatura, que ellos acompañaban siempre de gran erudición y frases resonantes.
Cada uno de ellos por separado, presentaba muchas cosas en común, los dos tenían gran audiencia entre otros seres no menos entusiastas que en su presencia asentían contínuamente. Lo que en condiciones normales podría ser creativo y divertido se convertía en ellos, en algo cada vez más farragoso, a medida que la audiencia aumentaba.
 Llamaba la atención su amor por la belleza de la que carecían por completo y se volvían diletantes en sus observaciones y comentarios frecuentes sobre ella. Eran además el centro de atención, allá por donde pisaban y sus discursos enseguida se volvían monólogos, como oradores impenitentes, con inflexiones de voz muy frecuentes y  gestos muy estudiados que centraban la atención del oyente, cada vez más  y más…
Eran también dos seres muy conflictivos y violentos, los dos eran muy vehementes, la única diferencia era, que el uno se entusiasmaba con la filosofía y el otro con las matemáticas y los dos deseaban una revolución política que adornaban hábilmente con datos y más datos de la Historia, entendida ,como es natural, a su manera. La demagogia y la retórica eran sus armas más usuales.
Un día coincidieron ambos en la casa de uno de ellos, y tuvo lugar "un duelo de titanes", haciendo gala de una cultura basada en la mención de muchos  y amontonados nombres  y tan superficial que inducía a risa.
Y…  en medio de un uso de la retórica abusivo... el uno dijo al otro, contemplando su reflejo: ¡Aaaah¡ ¡mira, uno, que sabe tanto como yo¡ exclamó sorprendido... Confudido el otro, y muy incómodo, con la feliz coincidencia, salió de la habitación avergonzado, con una mueca de desagrado….   

jueves, 30 de junio de 2011

EL TREN Y LA CIUDAD

EL TREN Y LA CIUDAD

Llegamos al andén, estaba desierto, y ella inquieta miraba a todas partes y se estremecía al paso de los trenes, rápidos y ruidosos. Llegaron dos padres con un hijo en una silla y se dirigió a ellos para saludarlos, aún tuvimos que esperar unos minutos para subrir al tren, cuando llegó, y subimos, ella, expectante, tomó asiento junto a un joven que la saludó con cariño, estaba feliz, emprendíamos el viaje.
 Llegó el revisor y pagamos el viaje. Con una sensación de liberación,  hicimos el breve trayecto que nos llevaba a la ciudad, saludó a todo el vagón, era una fiesta para ella, viajar conmigo en ese tren.
Una explosión de miradas salían de sus ojos desorbitados, al fin habíamos llegado al lugar de destino.
Nos dispusimos a caminar y ella dirigía el trayecto tirando de mi mano, hacía mucho tiempo que no veía la ciudad, acostumbrada con resignación, a la línea recta de la playa… ahora disfrutaba de ambas cosas a la vez, la bahía y la ciudad.
 Estaba sedienta, necesitaba agua, después de un largo paseo, llegamos a un bar y le dieron agua a raudales, bebió y nos sentamos a tomar un poco el fresco, se extendió y descansó.
Al cabo de un rato seguimos paseando por el centro de la ciudad. Con una  alegría espectacular, caminaba  saludando a su paso a todo el que encontraba, no salía de su asombro, se estaba reencontrando con otra civilización que no era la acostumbrada y miraba ansiosa a todas partes y apresuraba el paso, los ojos le brillaban y caminaba en silencio. De regreso, se sentó en el asiento y esperó paciente el próximo viaje, estaba claro, ese era su ser, la proximidad, el bullicio y el sonido penetrante de los coches, las voces que  llegaban a sus sensibles oídos, los saludos y las caricias de la gente la liberaban del destierro y la novedad de subir al tren lleno también de gente, daba continuidad a su aventura.
Decidí volver con ella otro día, lo estabamos necesitando... todavía... el presente se imponía cada vez más, con la avidez con la que los perros se sumergen en él.