sábado, 19 de octubre de 2013

MAR ETERNO










MAR ETERNO

¡La hemos vuelto  a hallar!
¿Qué?, la Eternidad.
Es la mar mezclada
con el sol.
Arthur Rimbaud (1854-1891)

¿Acaso trae buenas noticias? ¿Acaso se resiste a pasar?, llega, está unas horas y se va con el flujo reflujo de la marea. Determina la estancia de las aves y los hombres miran al infinito, esa línea que raya con el cielo con el efecto luminoso de un alucinógeno, el astro solar, el gran astro que irrumpe en nuestros sueños y nos despierta con su destello.
A ella poco le interesaban las aventuras pasadas, la mayor parte de las veces arrastrada por una marea inconsciente y jocosa con el único fin de pasar el rato, pero ellos se mostraban pertinaces en sus esfuerzos por alcanzar su objetivo, algunos siguiendo el principio de placer y disgusto intentaban crear dependencia, una dependencia anímica a veces sazonada con las drogas y el alcohol, pero acostumbrada como estaba a todas estas tretas salía ilesa de todas cuantas aventuras se le presentaban, una cosa tenía muy clara, ella había nacido para gozar del momento, y muy despreocupada, le daba lo mismo una orgía de solitaria andanza vagando sin rumbo, que dar con sus huesos en el catre de un vagabundo, eran peligros que salvaba con destreza, y su deseo más fuerte era descansar a solas en su maltrecha cama.
Salir y emprender un viaje por la ciudad, inventarla en sus luces nocturnas y diurnas, pisar el asfalto con firmeza, sentirse anónima y ausente, como bajo los efectos de un estupefaciente, constituía su mayor placer, no necesitaba alucinógenos, ella era su propia droga. Romper y rasgar la vida que sale al encuentro en medio de una ciudad espaciosa y provocativa, su única meta. ¿Cómo sustraerse a la infinitud de posibilidades que le abrían sus puertas, y la invitaban a su paso?
Casas medio derruidas, jardines abandonados, entradas secretas en secretos callejones, paseantes solitarios que llenan de misterio sus pasos en las noches de luna llena, cafés abarrotados de gente que bebe y habla sin parar, incesante tráfico que se estrella insistente sobre las aceras, ventanas a la altura del transeúnte cerradas a cal y canto con telarañas en los cristales rotos, gatos negros que cruzan con paso rápido la calzada, pájaros que caen muertos de los árboles, bancos poblados de ancianos que tal vez fumen el último cigarro de su vida en ese instante, sirenas aturdidoras con sus gritos enfermos, en el arte de inventar la vida está el arte de inventar historias, ella inventó muchas historias antes de leerlas en los libros, el genio poético se hermanó enseguida con otros seres que como ella vagaban entre esas calles y se inventaron un tiempo infinito de historias que se las llevan los años y regresan punzantes en la memoria, calles entonces, derrotadas, abandonadas y recogidas en el interior de un aposento que poco importa de qué esté poblado mientras suenan los ecos de tantos caminos hollados y desandados.
Sólo el caprichoso  mar fluye ahora a sus pies con sus mareas y veleidosos movimientos, las calles ya no se dejan ver sino en el recuerdo, caminos extensos de arena invitan al abandono y al ensueño, visitar la ciudad de nuevo es ya una nueva aventura, rozar a los transeúntes con la mirada, soñar que circulan en el centro de la vida sin rumbo, camino del trabajo… camino de sus casas… ese mundo gris y apelmazado que se disipa ante el espectáculo marino y nos llena de impotencia.

Foto: Mar eterno

Joseph Mallord William Turner 

De: Silencios en Otoño

viernes, 18 de octubre de 2013

SUEÑO DE INVIERNO











 SUEÑO DE INVIERNO


La verdad es el mejor camuflaje. ¡Nadie la entiende!
Max Frisch

Hoy la luna se esconde entre las nubes, los días caen en la oscuridad cada día más pronto, la nueva estación alborea amenazante, llegarán días angostos, las mareas cada vez más fuertes, las olas gigantescas cerrarán el acceso a la playa, las huellas del pasado se borrarán en la penumbra, nuevos sueños se acercan a la luz del día.
Recuerda otras vendimias, hogazas de pan con queso fundido, uvas y vino en abundancia, recuerda esa imagen impresa en un libro de Max Frisch, “Los difíciles” o J´adore ce qui me brule, en medio del paisaje nevado de los montes suizos.
La posibilidad de soñar con otras tierras, con otros mares, otros ríos y montañas, de saber que más allá de esta cueva existen otros seres , escuchar las palabras de otros escritas a través de un tiempo eterno, otras lenguas, otros ámbitos, le alejaban  cada vez más de su realidad presente, ¡cuántos años en la oscuridad! a merced de consignas de vida, modos de vida entre cuatro paredes, escuchando gritos atroces y mentiras envolventes en una atmósfera de estulticia y desprecio, abrir la brecha y partir con la incertidumbre de la desolación y el desarraigo, para encontrar el mismo trueno que golpea los oídos una y otra vez, el alma se rebela impaciente y como tripulante desesperado se hace a la mar sin miedo, una huida ciega arrastra consigo esas voces insistentes que anegan las aguas saladas de los sollozos en la oscuridad más tremenda, rompen las alas de los pájaros esos sueños tan arduos de libertad, rompen el corazón de otras almas, estremecen el amanecer cotidiano, –romper esa cueva es trabajo de titanes—, y saber que al fin  encuentra las tierras deseadas, las almas escuetas y resueltas, las voces de otras lenguas, el sabor de sus lágrimas saladas ya no con el terror sino con la alegría de la  esperanza cumplida de unos años que nunca regresarán y ya se los han robado.
Así caminaba en medio de una ciénaga sombría, bajo la censura de  seres anónimos que no perdonan a un corazón indómito, llegó al lugar habitual y extendió sus frágiles piernas para correr y correr, en busca de otros soles, otras lunas, estrellas doradas y multicolores, un cielo raso, un mar profundo en movimiento, y volvió sin apenas darse cuenta a la cueva que abandonó con la presión del terror en sus entrañas, abrió las ventanas para que la brisa y el canto del mar  acompañaran sus sueños esa noche de desaliento dibujado a sangre y fuego sobre los ecos añosos, de las paredes de su casa.
Foto: Paisaje de invierno
Caspar David Friedrich

De: Silencios en Otoño.

UNA EXTRAÑA EDICIÓN


Una extraña edición

 Se encontraba entre montones de libros apilados, al poco tiempo de  llegar a la librería el anciano mendigo y sumido en su vergüenza pobre se puso a escarbar las montañas y montañas de libros que allí halló.
Los pocos visitantes del momento contemplaban atónitos esa voracidad más propia de alimentos que de libros que desprendían sus ropajes desgarrados por la miseria. Tocado con un sombrero calado hasta las orejas sus ojos enloquecidos permanecían ocultos. Una presurosa agitación se extendió de pronto por todo el local, ¿Era un ladrón? ¿Era un loco? ¿Se trataba de un drogadicto?
Nadie conocía, ni siquiera él mismo su identidad extraña, iba y venía siempre escrutando los montones como un investigador se concentra en busca del hallazgo de su vida.
El librero taciturno y pesaroso continuó su quehacer cotidiano y solo de vez en cuando alzaba la vista de uno de sus ojos con el fin de vigilarlo.
El hombre iba dejando a su paso el olor característico de la miseria que impregnaba el ambiente, tirado en el suelo según su costumbre hojeaba los libros con afán.
Pasaba largas horas apostado en los albores de sus sueños al pie del local cuidadosamente decorado.
¡Cuántas tardes la lluvia lo había empapado! ¡Cuántas mañanas entumecido por el frío se había acercado al lugar deseado! ¡Cuántas calles recorridas! ¡Cuántas esperanzas abortadas!
Llegaban como siempre los meses de la luz a través de las ventanas, y los primeros impactos del calor le derramaban unas gotas de sudor sobre la frente.
– ¡Amigo!, —dijo, enseñando en una sonrisa cómplice  sus pequeños dientes agotados por la nicotina, tengo algo que decirte, he encontrado un libro de los años sesenta y me gustaría cambiártelo por otro y rápidamente sacó de su morral una antigua edición del siglo XVII, encuadernada en piel que contenía la imperecedera gramática francesa y lo posó sobre el mostrador suavemente como quien se desprende de un tesoro objeto de herencia. El librero asombrado por el gesto le repuso que eso era cosa de marchantes de libros y que él era un humilde librero que vendía su mercancía a un precio ya estipulado por las editoriales.
El mendigo alegó que ese libro que no podía comprar contenía la historia de un hombre agotado que vagaba por calles de Nueva York en busca de algún marchante de libros que le diera acceso a una edición novel de un libro que acababa de escribir y tras muchos tropiezos y desgarros dio con una editorial fantasma que le dijo que se lo publicaba, nunca volvió a saber nada de su manuscrito y andando el tiempo su autor, sumido en la miseria encontró un ejemplar perdido entre otros muchos en los últimos años de su vida, a consecuencia de ello pudo descansar el fin de sus días como si lo hubiera soñado.
El librero se mostró nervioso e impresionado con el relato y le preguntó por el nombre del autor, – si conoces tan bien la historia ¿en dónde radica tu interés? Él sin ningún reparo le comunicó que se trataba de él mismo, en ese momento el librero con una actitud displicente y amarga comprendió que debía regalar ese ejemplar al anciano mendigo que sin proponérselo había sido víctima de un cruel destino.
A los pocos días el librero abría su librería y en las primeras horas de su jornada leía la noticia en el periódico: “Anciano clochard aparece sin vida a las orillas del río con un libro en las manos, abierto en una de sus páginas iniciales con una dedicatoria, “A mi editor a título póstumo”.
El librero caminó apesadumbrado unos minutos por el local y se acercó al montón de libros tirados en el suelo y comprendió su incapacidad de saber que de los muchos libros que vendía sólo uno había sido el cruel testimonio de su existencia, continuó su tarea de empaquetar y seleccionar ejemplares y despreocupado en lo sucesivo de la visita de cualquier extraño.   


Foto: A Paris Clochard, John H Popper


 De: Silencios en Otoño

miércoles, 16 de octubre de 2013

UNA CUESTION DE AZAR








Una cuestión de azar
decidí al principio mirar y no empezar nada serio aquella tarde, pues si ocurría algo sería fortuitamente y a la ligera. Tal era mi convicción en aquellos momentos.
“El Jugador”, Fiódor Dostoievski

Una timba de cartas juegan algunos pescadores cansados que no salen en este día a la mar, desde los amplios cristales se divisan a lo lejos  unos hombres en hilera uniformados y enfundados en sus trajes de neopreno hasta la cabeza, unos se sumergen a pleno pulmón otros cargan con botellas de oxígeno con el fin de aguantar una mayor profundidad en busca del antiguo naufragio cargado de ánforas romanas, cofres hundidos y envueltos entre las algas, inscripciones antiguas sobre oro y plata ennegrecidos, recuerdos de algunos de los difuntos de los tripulantes, grandes anclas enmarañadas con la flora marina, van en busca de sus tesoros, investigan impacientes las sorpresas.
 Los jugadores sentados ese atardecer frente al enemigo que tienen que abatir, cargados con el humo del tabaco y vino en abundancia comentan entre dientes –¡qué gran pérdida de tiempo!, ¡ese barco ha conocido las antiguas  columnas de Hércules, y no atesora más que los despojos de un naufragio!–, y al decir naufragio, a uno de ellos le rechinaron los dientes como si la sola mención le evocara “la innombrable” con aprensión contenida, una mueca de desdén se dibujaba en el rostro adusto de su compañero febril bajo su gorra calada y ansioso de ganar, en la partida se jugaban quien sería el próximo en enfrentarse a la pesca en alta mar al día siguiente y un vago presentimiento hizo que lanzara sus cartas con ímpetu sobre la mesa. Los amigos se sobrecogieron y recobraron las furiosas  fuerzas de la acción frente a la evocación secreta del  día por llegar.
 Lejos están aquellos días en los que un encuentro desafortunado le arrojó a la soledad y al desencanto, su ardiente mirada cargada de deseo se posó tal vez en unos ojos esquivos que huyeron como él  hacia otros lugares hacia otros mares.
Siente llegar el final como contempla el destello del sol al caer en el horizonte y romperse sobre las olas, no le gustan los adioses porque los adioses no vuelven, como tal vez nadie vuelva desde ese lugar recóndito del tiempo. Atrás queda el día soleado y ardiente en el que muchas miradas desviadas le apartaban de la vida. Toda la plenitud que devoró en su juventud,  toca a su fin en estas lides.
Llegan en bandadas a la playa y se posan con suavidad en la orilla, inclinan su cerviz sobre despojos humanos y se abaten sobre la golosina voraces y hostiles unas contra otras las gaviotas, a lo lejos pájaros negros y blancos extienden sus alas hacia los últimos resplandores del sol que va cayendo suavemente en el centro de la luz mortecina de la tarde, después de haberse sumergido en el agua el tiempo necesario para su placer, pasan el día vagando por el lugar en busca de alimento, los peces se ocultan de su embestida ágil y rápida sobre las aguas y nadan veloces hacia otros mares, otras aguas.
Los perros irrumpen con su brío sobre la arena y un revoloteo de alas blancas y negras se alza en el azul del cielo, adiós a los despojos, adiós a los peces, las horas pasan y en este  atardecer misterioso y lleno de ecos, regresan las aves a la playa más próxima a la bahía, permanecen silenciosas, expectantes, un hombre también silencioso las contempla desde la orilla y se funde con ellas y su esperanza, un hombre callado y taciturno, lleva los brazos caídos a lo largo de su enflaquecida sombra, es el hombre que temprano va a surcar la mar en su lancha en busca de su sustento, mira hacia el poniente y comprende la laxitud del mar en esas horas atentas en la víspera de un día de faena.

Y allí, con los naipes arrojados sobre las burdas manos extendidas se hallaba ella, “la innombrable” escrita tácitamente en los iconos de las cartas.

Foto:Los jugadores de cartas.
Cezanne 1892

De: Silencios en Otoño

lunes, 14 de octubre de 2013

LA COSECHA









La Cosecha


Siento sobre mi piel el sol mortecino de los comienzos de mi otoño vital, como un jornalero, tostada por la luz del verano y el incipiente calor de la primavera tras el largo aislamiento de repetidos inviernos. Cargada con papel, lápiz y goma de borrar para evitar el error, con una disciplina impresionante, llena de concentración e interés, a buen recaudo desde 1980, en medio de tormentas y envites sin fin, hoy ya en otro siglo, recojo la cosecha, y feliz con el trabajo lo celebro todos los días después de la jornada con una copa del buen vino de mis suculentas uvas. No hay más, el ciclo vital siempre es el mismo, eso es más que un avatar, que una aventura, es una satisfacción magnífica y es suficiente.
Llega el otoño y con él llegan los comienzos, se recoge la cosecha abundante de las uvas, regresan los niños al colegio y lejanos recuerdos nos sumergen en la niebla incipiente de los días.
Regresamos a casa  a esa casa singular que tantas veces evocamos en sueños, las nubes se acercan con una amenaza suave a lo lejos, aun el viento reclama a sus víctimas con sigilo y es suave y todavía no se ha cargado de bríos, las lluvias caen levemente sobre el rostro, y los campos se llenan de hojas secas y crujientes al paso del paseante que las pisa, llega, y con él toda la desventura y soledad del invierno, el otoño solo es un esbozo,  esbozo de soledades pasadas y por venir, esbozo áureo que se extiende sobre el mar sin otra esperanza que el cielo gris y turbulento del invierno.
Otoño estación de paso, estación del regreso, lápices y cuadernos, libros de texto nuevos y por descubrir, horarios que se trastocan, nueva luz ocre entre las hojas, nueva estación que abriga la estación venidera.
Tal vez solo nos encontramos una vez y esa vez sirvió de precedente a todos los inviernos por venir, y tal vez  se vive en las ciudades con el deseo tácito del pueblo, allí en donde  se recoge el fruto sagrado, en donde avistamos un horizonte más extenso. Aún te siento  rodar por las calles de mi ciudad, los edificios se abaten grises y taciturnos en la esperanza, aun amargo me recuerdas mi soledad, y yo te sigo a través de las sierpes del infinito día dorado, poblado de animales que se relamen a mi paso con un placer intenso como la naturaleza cruel y avasalladora, y tú regresas a los bancos del parque más cercano con un libro en las manos y evocas los cantos de otro que como tú en esta estación mágica y portal de incertidumbres abrieron sus almas a la espera,
Ya no se sienten las mañanas frescas  de la estación bulliciosa que te precede, ya las acciones son pausadas y expectantes como si una amenaza de inclemencias nos abrazara impaciente, la ciudad se puebla de solicitudes y premura y el campo monótono sigue su curso, los árboles se despueblan y quedan en el suelo para que las pises las hojas sin dueño despojadas.
Llega y la soledad y se siente entre las cejas, la soledad de siempre la soledad amiga que nos acompaña desde los lugares más recónditos de nuestras vidas, esa que no alcanzan los seres anónimos que nos acompañan en los paseos cotidianos de la abundancia, esa que nos marca de por vida  y que con su dureza no se desprende nunca de nuestra piel, soledad amarga  semejante a un sueño que a duras penas tocamos cuando algún viandante nos despierta, es el tiempo de cosecha, es el comienzo de un final inevitable, las canas incipientes nos anuncian la caducidad de nuestros días y tú, tú no sabes aunque el anciano que ves recostado en el banco te lo anuncie que tienes los días contados y el fin se acerca inexorable. Suavemente escucho las voces de los muertos, ellos tan lejos ahora, desde aquellos días de escuela me cuentan su infinito ruego, su infinita andanza, allá en donde un día descansarán también mis huesos, lejos del bullicio, lejos de este llanto que nos abraza como una madre ausente, ausente de las cosas y presente en el silencio.

La cosecha es ingente, toda una vida de trabajo, que se llevará la muerte. 


Foto :Vincent Van Gogh: La cosecha

De: Silencios en Otoño

domingo, 13 de octubre de 2013

EL REPUDIO





EL REPUDIO




¿Puedo mirar los libros?–Preguntó K, no por mera curiosidad, sino sólo para aprovechar su estancia allí.
–No– dijo la mujer, y cerró la puerta. No está permitido, los libros pertenecen al juez instructor
– ¡Ah ya!– dijo K, y asintió–, los libros son códigos y es propio de este tipo de justicia que uno sea condenado no sólo inocente, sino también ignorante.

Franz Kafka, El Proceso

Sonaron dos voces en respuesta a su llamada telefónica, cada una de ellas en un auricular, se oyeron los arriba España y las exclamaciones que encumbraban al caudillo en múltiples efectos tan conmemorativos como audibles a través del hilo telefónico eran sus voces, separó el auricular de su oído, e intentó hacer su pequeña reclamación, durante un tiempo indeterminado y delirante, escuchó las alusiones a su repudio, una culpa que expiar y que se iba a repetir en una trayectoria sin fin a lo largo de los años en su devenir errático como una mala mujer, desheredada y marcada por la muerte.
Los ecos de los rebeldes sonaban también con frecuencia  por las calles, enarbolando banderas nacionales, y escupiendo consignas del pasado. Espectadora atónita de su destino hizo caso omiso al acontecimiento que la aislaría del mundo como maldita en pleno siglo XX.
¿Qué pruebas tenían para tomar semejante medida? ¿Qué imaginaban si es que algo imaginaban a parte de un rechazo vengativo? ¿Cuántas puertas se cerraron? ¿Cuántas llamadas perdidas? ¿Cuántas agresiones verbales y físicas? – ¡Eres de los sin dios, de los sin madre, de los sin patria, y en esta casa no vuelves a pisar! –Escuchó al final.
Palabras que selló la muerte, para acabar al fin pisando su casa con absoluta inocencia.
Se repudia a una mujer tradicionalmente por adúltera o por bruja, pero una mujer soltera, ajena a cualquier coyuntura conyugal, dedicada siempre a su estudio, incluso con cierto sentido religioso alejado del misticismo habitual, que vive su vida tranquila, sin percatarse ni de lejos de lo que se le venía encima, encerrada en sus libros y en su fantasía, dedicada a sus animales, amable con todo el mundo, y se le hace objeto de un repudio público, tajante y tan drástico que aun se prorroga en sus días como una lacra que muchos asimilan como una gran verdad, –una mujer repudiada es una mujer maldita que despierta sospechas en las mentes más obtusas, sospechas de toda índole que hacen acreedores  de múltiples derechos a muchos seres hundidos en su mezquindad.
Habían transcurrido muchos años, y los papeles que justificaban su existencia legal, gran parte de ellos  habían sido suplantados por otros, muchos habían caducado, y en medio de ese mar de papeles se descubrió partícipe de una ingente herencia, comenzaron los trasiegos de abogados, de administradores, de albaceas, de secretarios y colegios de abogados, de juicios y denuncias, un entramado digno de un proceso interminable, un proceso envolvente y siniestro en el que no faltaban las acusaciones, las amenazas y la ruina fraudulenta. Enarbolando sus credenciales, se enfrentó con valor a uno de los gerifaltes, la discusión fue tan acalorada y sibilina, que procedió sin ambages a iniciar procedimientos contra él que muy seguro de sí mismo esgrimía los mismos argumentos que sus progenitores de quien era portavoz, repudiada por última vez salió del despacho y cuando cruzó la calle vio la maldición recaer sobre su enemigo, un vehículo lo atropellaba y contempló atónita el cuerpo sin vida de su oponente. Sin habla por la magnitud del suceso se encaminó a su casa que con todo derecho habría de ocupar aquellos años.
Los hombres se agolparon alrededor, algunos lloraban, otros lamentaban tan insigne pérdida, dentro del despacho, seguían las voces y el humo del tabaco en una espesa nube que hacía desaparecer el día tras los cristales, un revoltijo de pliegos sobre la mesa con cifras fantásticas relucían sobre el marco blanco de las hojas esparcidas aquí y allá y los gritos intransigentes insistían con la evocación constante de los muertos, pasos firmes se hacían sentir cada vez que alguno de los aplicados a la mesa se levantaba con el signo del hastío y la furia en el rostro, letrados y sus clientes y  economistas, murmuraban con sonidos entrecortados la fechoría oculta, la ausencia de dignidad compensaba la de los causantes, golpes secos sobre la mesa, se desvanecía en ella, todo el prestigio de que hacía gala en vida el fenecido.  

Foto: El Proceso Kafka (Orson Welles) 

De: Silencios en Otoño.

viernes, 11 de octubre de 2013

El Embargo









El embargo

Un tumulto de pasos se acercaba por la escalera. Hombres armados de tijeras, martillos y alicates que brillaban en la penumbra incipiente del atardecer, con paso cansino y pesado, enfundados en sus tristes uniformes al final de un día de trabajo, llegaron como un séquito en hilera y un hombrecillo pequeño y enjuto portando un estúpido papel en las manos dirigía la marcha.
 Los montones de cajas se hacinaban dentro de la casa, era difícil saber si en ellas se guardaban cosas de valor que sirvieran para resarcir una deuda que sobrepasaba con mucho el valor de varias casas como esa. La habitaba un ser de aspecto  frágil y pensamiento recio.
 Sonó el timbre con insistencia, las estancias de la vivienda se recortaban en diferentes planos, siempre regadas con las cajas en hilera y torres que ocultaban otras habitaciones que en su día debieron ser lugares acogedores y hogareños poblados de niños y animales que hacían las delicias de una familia. Sobresaltado por el timbrazo, su habitante acudió a descorrer los dos cerrojos que bloqueaban la puerta. El hombrecillo en primer plano le extendió el papel: “DILIGENCIA EJECUTIVA”, resaltaba en la parte central superior de la hoja.
Pronto iban apareciendo a intervalos, los amigos que tantas veces habían cargado con esas cajas para llevarlas a diferentes emplazamientos, según dictaba el devenir errático de su anfitrión, poco a poco iban acomodándose en diferentes salas y en voz alta dirigían al tropel de trabajadores armados hasta los dientes. El astuto hombrecillo, dio la orden de abrir caja por caja con la visible sospecha de que se tratara de una trampa, ya que las pocas que habían abierto no contenían a su juicio más que bagatelas y más  cosas sin importancia y no merecía la pena cargar con ellas.
El dueño de la casa corría de acá para allá presa de un furor exacerbado, y al mismo tiempo protegía sus enseres con consternación. – No van ustedes a encontrar lo que buscan, –déjenme en paz, y reclamen al causante de estos desmanes.
El hombrecillo hacía caso omiso al hombre que le interpelaba, y con lo primero que encontró semejante a una vara de hierro comenzó a revolver en las cajas y despegar sus adhesivos, descubrió muy bien alineados unos libros encuadernados en tela, flamantes, que ofrecían a la vista el único placer de lo nuevo entre tanto trasto inútil, ­–¡Oh!  No, no toque eso, a usted qué le importa, y el azarado anfitrión recogió unos pocos ejemplares y se los acercó a un amigo que fumaba con desdén en la más íntima de las habitaciones, mientras tanto el hombrecillo consideraba el valor de lo hallado y daba la orden de cargar con ello,  así fueron poco a poco apropiándose de cuántos libros iban encontrando con buen aspecto, y desdeñando los más viejos o deteriorados.
Los hombres mostraban cansancio y hastío y un aburrimiento rayano en la indiferencia, pero el hombrecillo estaba allí, haciendo cábalas y cuentas con el fin de ejecutar a la perfección el embargo.

La casa con aspecto revolucionado, poco a poco se iba vaciando, al mismo tiempo, nuestro héroe se iba derrumbando y lloraba amargamente su pérdida–lo único que realmente había amado en su vida eran sus libros, se sintió por un momento objeto de una risa del destino, él siempre pobre, perdía ahora, expuesto como estaba como rehén de una deuda ajena que había servido de lucro para unos pocos culpables, lo mejor de su vida, su única riqueza, lloraba amargamente y maldecía su sino, contempló las estanterías desnudas, y las paredes comenzaron a reverberar con el eco, sus amigos le miraron compasivos e hicieron corro a su alrededor y lo abrazaron con fuerza, unos tomitos encuadernados en tela estaban en el suelo y se habían salvado del saqueo, junto a ellos deambulaba un habitante secreto de la casa, un enorme arácnido con patas peludas y negras cuya visión justo en ese momento, hizo que se despertara.

De: Silencios en Otoño