jueves, 10 de octubre de 2013

Uno de tantos








Uno de tantos

La lluvia le daba en el rostro suavemente, una lluvia fina pero insistente y acariciadora. Como de costumbre se sentó a leer en un porche mientras llegaba el cartero.
 El hombre corpulento de todos los días la esperaba, su sola presencia despertaba en él un placer que llenaba los huecos de sus días. Su cuerpo deforme lleno de brío, sus manos que pulsan una y otra vez la máquina tragaperras, y dinero mucho dinero en el aire…
—Yo, yo no sé leer y escribir, mírame, pero no me falta un chavo en el bolsillo, y a ti, a ti te han abandonado, te han tirado como a un moquero, ¿qué vas a hacer ahora?
–Tú eres una niña rica, dijo, a ti nunca te ha faltado de nada, has podido leer y escribir a tu antojo toda tu vida, —esa es la verdad, mientras tus padres vivieron, a ti no te faltó de nada, hasta hoy que un ladrón ha venido a joderte la vida y te ha dejado en la cuneta –si yo fuera una mujer como tú, me ponía en una esquina y cobraría el polvo a millón...
Volví la mirada hacia el joven que nos acompañaba y que me miraba atónito,  este repuso—será mejor que un hombre como este costee tus aficiones en lo porvenir, es una suerte, seguro que a  más de uno le gustaría estar en su lugar.
 Seguía lloviendo pero llovía suavemente en la calle y en el interior con más fuerza, la fuerza de un hombre desesperado ante mi férrea actitud pusilánime, acostumbrada a estos envites una y otra vez y en todas las edades siempre sin dinero y a expensas de un comprador ocasional.
Por un momento me trasladé a aquellos tranquilos  días de biblioteca en los que nadie se percataba de mi presencia, los libros siempre en su sitio, el diccionario etimológico al que tantas veces acudía estaba dispuesto para usarse, los días de penuria aún no habían hecho herida en mí, es lo mismo, ¡yo!, ¡una niña rica! Aciago destino el mío…Y él un analfabeto que no sabe como escabullir su pavorosa ignorancia,
—Tómate otro vino, – ¡qué importa! Yo me voy ya, pero te espero mañana como todos los días, –¿vas a dejar que esa cara tan bonita se la lleve la muerte?… mi cuerpo… mi cara… todos los días lo mismo, pero y mi mirada? La muerte apagará mi triste mirada ante semejante espectáculo y nadie habrá reparado en ella.

Regresé a mi casa con dos copas de vino en el cuerpo y leí, leí sin parar los relatos de una mujer que parece que en sus líneas me comprende, comprende los reproches de tantos y tantos hombres que atónitos contemplan mi encierro, no pude evitar que un escalofrío inundara mi ambiente.

 De: Silencios en Otoño.

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