martes, 9 de agosto de 2011

EL VIEJO ANARQUISTA









EL VIEJO ANARQUISTA

¿Tornan de nuevo las grullas a ti, las naves el rumbo
tuercen, van de tus playas en pos? ¿Serenas y ansiadas
brisas llegan al plácido mar, y al sol asomando
del abismo el delfín, luz nueva inunda su dorso?
¿Jonia brilla? ¿Tiempo es ya? ……

Friedrich Hölderlin

Su pasado era oscuro, así lo consideraban los habitantes de su nuevo entorno, que lo habían sacado de la miseria después de largos años de posguerra.
Había participado activamente en la guerra  y un hermano suyo del bando contrario tuvo que encerrarlo en un colchón escondido, para que no lo mataran sus enemigos, y así pasó el tiempo que duró la contienda.
Su hermano le consideraba un desastre, porque había prendido fuego  a un kiosko en una refriega y lo habían detenido muchas veces por participar en asambleas y motines.
El hombre de aspecto cetrino y menudo, asentía siempre con paciencia ante los razonamientos del hermano que le consideraba un inútil, y adoptó su condición de maldito sin rechistar, lejos quedaban sus trabajos penosos de picapedrero, de obrero sin cualificar, de cerillero, y un sinfín de oficios, que a duras penas le daban de comer a él y a su mujer.
Ahora, libre de su colchón protector, la vida le brindaba los honores de la victoria y le daba de comer a cambio también de un trabajo,  no mucho más digno que los anteriores: obedecía órdenes en una empresa  que lo tenía de recadero, de vigilante, de visitador y cobrador, de cualquier utilidad sin importancia que resultaba tediosa e indigna dentro de la jerarquía. Era considerado por la gente, un pobre hombre inofensivo que había sido víctima de malas influencias extranjeras.
Solía refugiarse en la cocina de la casa que le dio cobijo donde se explayaba entre los demás empleados y exponía sus sueños de futuro, recitaba poemas de Hölderlin y piezas de teatro clásico, era un hombre cultivado,  y entonaba también  canciones tradicionales  de guerras pasadas.
Todos le aplaudían con júbilo en la cocina, en donde se producía  un gran alboroto siempre que él llegaba, porque todos allí permanecían expectantes.
Tenía costumbres peculiares, desayunaba una copa de vino que empapaba con galletas, solía comer el pescado crudo y siempre iba muy abrigado en tiempo de frío , con ropajes muy antiguos y raros.
Y siempre, después de cenar, recitaba sus sueños en voz muy alta y conmovedora:
Habrá un tiempo en que todo será más fácil, decía,  en el que no existirán los gobiernos que ahora nos agobian ni la injusticia, y todos laboriosos e instruidos nos procuraremos el sustento sin moneda de cambio, un tiempo llegará también en el que todos votemos a mano alzada como hacían los griegos y seremos multitudes, no existirán las diferencias de género y de color, no existirá la familia como entidad social seremos todos una gran familia, haremos el amor libres de toda atadura y contrato o registro, la educación no será más, un comercio orientado hacia la estupidez, todos seremos educados y nunca usurparemos el saber estar de los animales, no habrá derechos y deberes porque  nadie tendrá que legislarlos, no habrá hambre y miseria, no habrá violencia y envidia, nadie nos informará sobre guerras en paises lejanos porque no existirán las guerras… todos le escuchaban boquiabiertos, sumidos, dentro de esos sueños de esperanza.
Y así esperanzados se iban a dormir.
El resto del tiempo libre del que gozaba hasta que le llegaba una nueva orden, que obedecía siempre diligentemente, permanecía sentado en un taburete, en un rincón de la cocina, taciturno, delante de un vaso de vino, mientras le llegaba una nueva inspiración para invitar a soñar a sus compañeros,  como hacía todas las noches.
Vivió muchos años y  ahora todos lo recuerdan como un hombre bueno que no hacía mal a nadie, tan  solo invitaba a soñar…

lunes, 8 de agosto de 2011

EL CONSEJO DE LA MUJER DE LA ALDEA

EL CONSEJO DE LA MUJER DE LA ALDEA

Cuenta Tácito en el libro II de las Historias que existió una mujer en el Lacio en el tiempo en que los romanos asolaban su aldea -cuando los romanos asediaban una aldea todo era desolación y masacre- y acostumbraban a llevarse el botín, lo arrasaban todo, así las cosas  prendieron a una mujer con un enorme bulto bajo el vestido y creyendo que era portadora de tesoros ocultos la violentaron hasta que ella en un grito de horror abrió sus ropajes y mostró sin pudor su vientre embarazado. Esta historia lleva por título “La mujer del Lacio”.
Era una mujer algo enjuta y de gesto endurecido, tal vez a causa del frío de la nieve que caía durante los largos inviernos que pasaba en su aldea, rodeada de enormes montañas y peñascos escarpados y practicamente aislada del resto del mundo.
Acostumbrada a cabalgar en libertad, entre montañas, y arrear el ganado, y a las duras labores del campo. Solitaria, y un poco cansada de esa soledad, decidió un buen día acercarse a la ciudad,  asentarse en ella, y cuidar niños.
En la casa que la acogió, había una niña  que enseguida despertó su interés con la que congenió de maravilla.
Debía hacerse cargo de ella y de sus hermanos porque los padres apenas tenían tiempo de ocuparse de ellos a causa de su intensa vida social.
A pesar de su aspecto, misterioso y demacrado, como para infundir a un niño cierto respeto, la niña se mostraba encantada con el misterio y le confiaba todos sus secretos, ella le contaba historias fantásticas de animales salvajes, de lobos voraces, de pájaros siniestros que anidaban por las noches cerca de su casa, de venados que los cazadores abatían sin piedad, ciervos maravillosos que iluminaban su arbórea cornamenta y emitían sonidos inquietantes, de perros y gatos fieles a su voluntad, de veredas estrechas y empinadas que se veía obligada a atravesar con sus animales en noches de luna llena, en la estación en que las vacas tienen que ser transportadas para  invernar, de árboles  enredados en la nieve que sugerían formas imaginarias y extrañas…
A la pequeña le fascinaban esas historias tan reales y fáciles de verificar en un futuro próximo en el que podría visitar la aldea de la mujer maga, así la llamaba ella.
La niña agradecida y estimulada, a cambio, le contaba todos los días lo que había aprendido en el colegio, y todo lo que se le ocurría.
Fue creciendo y la mujer de la aldea se daba cuenta de que la niña iba a ser una mujer atractiva y de clase acomodada. Como también aprendía con facilidad y obtenía siempre muy buenos resultados y era muy despierta,  le aconsejó con sigilo -debes estudiar y leer mucho, porque te pretenderán los hombres por el dinero de tus padres, y lo que tú aprendas y sepas no te lo quitarán  nunca- y  no se lo digas a nadie.
Emprendió su vida, y lo que le dijo la mujer se cumplió fielmente, llegó muy lejos y siempre rodeada de hombres acosándola con toda clase de argucias, ella le guardó el secreto a la mujer, y nunca dijo nada a nadie, siguió su camino amable con todos y huía al mismo tiempo de sus requerimientos, no se casó nunca, y ya tenía edad madura, cuando alguien desesperado por el misterio que desprendía su persona, le preguntó con voluntad de arrebatárselo y sospechando alguna estrategia rara ¿qué tienes tú en la cabeza? Libros, -contestó ella- resuelta.
 Pesarosa comprendió que lejos de sus padres y en la miseria ya no la pretendían por su dinero, sinó por su misterio. Quiso encontrar a la mujer mágica para contárselo y le dijeron con desprecio, hacia ella y hacia la mujer, que había sido ingresada en un psiquiátrico pobre y abandonada.

sábado, 6 de agosto de 2011

EL FARO DE LOS SUEÑOS












EL FARO DE LOS SUEÑOS

Si vieramos realmente el universo tal vez lo entenderíamos. J. L. Borges

A lo lejos se alzaba majestuosa iluminando la noche una luz blanca, rotunda y hermosa, quieta, que invitaba a soñar.
Ya las luces del día se habían acostado, y las sombras permanecían encendidas en la oscuridad cansadas de su empeño pertinaz, en oscurecer el día.
Como todos los días, se asomó a la ventana desde la cual contemplaba extensa la bahía silenciosa y una luz intermitente  le desazonaba todas las noches, porque se repetía de manera muy humana… ese caminar errante del día,  de la luz hacia las sombras.
Miró a su alrededor y comprobó que esa luz inquietante, sobraba ese día, la noche se extendía por el cielo iluminada.
Con esa impresión mágica en los sentidos se fue a dormir, esa noche era una noche blanca que todo lo inundaba y los sueños se demoraban y demoraban y no llegaban nunca, no podía conciliar el sueño.
Escuchó las voces y los gritos que habían surcado el día, vio a los niños que jugaban en la playa, vio a los hombres y mujeres trajinar de aquí para allá con sus afanes, recordó las palabras de otros, insistentes y cortantes.
 Distante, como la luz que se extendía en el cielo, contempló todos los quehaceres cotidianos, las prisas, la rutina, el tedio, los enamorados dispuestos a confundir y mezclar su amor con otros seres, ese vagar de aquí para allá, siempre en espera de algo, siempre en pos de una sorpresa que no llega nunca.
 Las cosas más nimias se tornaban relevantes entonces, y todos vagaban inconscientes en la certidumbre de ese presente, activo y presuroso dirijido hacia ninguna parte, todos andaban errantes y daban vueltas y más vueltas a lo mismo, ufanos y erguidos, ajenos  a la realidad del universo en el que habitan, vestidos de monotonía y hastío, vestidos de blanco…
Se quedó dormido al fin, y pudo contemplar sereno, esa luz blanca y brillante que siempre lo acompañaba y lo había perseguido desde su más tierna infancia.
Comprendió que la futilidad de los días se alza hermosa en el cielo, algunas noches de luna llena. 

martes, 26 de julio de 2011

EL RELATO PERFECTO












EL RELATO PERFECTO

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
JORGE LUÍS BORGES

Maravilloso se extendía hacia lo más alto, imposible de alcanzar, El Relato. Yo, estiraba los brazos hacia arriba con afán y solo llegaba a ver a lo lejos, un pliego de pergamino amarillento perfectamente estructurado.
Arriba, a la izquierda, se veía un monstruo dibujado con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón y se podía vislumbrar en él, a  la Quimera, que vomitaba fuego por la boca,  iluminando y destruyendo así, la sombra de los días, sujeta, en la esquina superior izquierda, por el Cancerbero, que lo alejaba, cada vez que yo intentaba acercarme al pliego para leer lo que allí estaba escrito.
Después de un gran esfuerzo, la luminosidad del vómito  de la fiera cegó al anciano, que soltó el pergamino  y pude hacerme con él y leer, en caracteres muy claros, escritos en rojo, “La sombra y la Quimera”, ese era el título, un poco más abajo,  perfectamente estructurado y manuscrito, se extendía el relato en todas sus partes canónicas, al menos eso me pareció a simple vista.
Tuve entonces, acceso al pliego de pergamino de aspecto espléndido y continué leyendo entre sueños…
Era el tiempo del calor asfixiante en el  mes de agosto, en el cual la ciudad inundada por el sol, apenas deja lugar  a una sombra en donde guarecerse de los rigores del verano…
De este modo  comenzaba…
Yo, deambulaba por el medio de la ciudad a esa hora desierta de la siesta, en la que las ánimas de los muertos caminan inacansables en busca de sus seres más queridos, unas, y otras, perdidas y  sin cobijo, reclaman la venganza de su asesino.
Continuaba leyendo todo el proceso del relato y un devenir incansable a través de todos los lugares conocidos, se hacía cada vez más intenso y agotador, en busca de una sombra que me diera cobijo, finalmente la encontré y me acomodé en un banco, que había sido testigo antaño de numerosos encuentros  acogedores y candorosos.
Me senté orgullosa con mi pliego de pergamino amarillento, en busca del final inminente del relato, que nunca llegaba, atrapado, en un laberinto de conceptos y aconteceres imaginarios, que sugerían una espera impaciente. El calor y la luz del sol nos habían impactado tanto a ambos, que yo me encontraba sofocada y ansiosa y reclamaba el frescor de la sombra, pero el pergamino iba iluminándose cada vez más, hasta incendiarse y delante de mis ojos asombrados, comenzó a arder, desvaneciéndose sus colores, el título, el monstruo dibujado, la introducción, el desarrollo… y… ¿el desenlace?...
Consternada comprendí que solo un desenlace era posible: el de la muerte. Acudí entonces a mi casa, me dispuse a escribir  mi sueño en el teclado y cuando desperté… contemplé preocupada, que   un puñado de cenizas surcaba mi almohada.

domingo, 17 de julio de 2011

LA MÁSCARA ENAMORADA













LA MÁSCARA ENAMORADA
No hay arte sino sueño.
Julio Cortázar

Una tarde calurosa de verano, recibió una visita inesperada de un buen amigo suyo, a la hora de la siesta.
Él le dijo: quiero llevarte a un lugar, para que conozcas, a un amigo artista que puede interesarte, no vive en la ciudad, pero podemos acercarnos en mi coche, no está muy lejos. Muy gustosa aceptó la proposición, confiando en el buen hacer de su amigo.
Llegaron a un pueblo desértico y aparcaron el coche, para conducirse a través de un campo yermo, hacia la casa del personaje amigo.Después de mucho caminar por el campo y con mucho calor llegaron a una casa de dos plantas,  que vista desde lejos, no parecía tan grande en extensión, hacia lo ancho.
Llamaron con la ayuda de una aldaba y después de un rato se abrió de par en par el portón de hierro y apareció el amigo, que los recibió con júbilo y agradecimiento.
Lo primero con que se encontraron, fue, un enorme patio cubierto de imágenes esculpidas en hierro y teñidas en negro, de tamaño natural, que representaban a diferentes personajes, habitantes del pueblo. 
El anfitrión los iba conduciendo, abriéndose paso entre ellas, hasta llegar a una escalera que desembocaba en el piso de arriba, donde los esperaban con diferentes actitudes, muchas imágenes tambien esculpidas en hierro. Llegados a este punto ella empezó a abrir los ojos más y más a medida que reconocía por el camino a todos los amigos de antaño, muchos de ellos ya desaparecidos.
 Muchas de esas imágenes estaban cubiertas con paños blancos para preservarlas del polvo, pero otras, las de factura más reciente, estaban al descubierto así, reconoció a un vagabundo al que le faltaba un brazo, con su viejo sombrero de ala ondulada cayéndole sobre los ojos, y su chaqueta raída, reconoció también al viajero incansable, cargado con su maleta perfectamente confeccionada en hierro y con la expresión de la melancolía en el rostro. Una nave formada por dos grandes bloques de  granito flotaba a la deriva en medio de la estancia, con vistas a ser colocada sobre una fuente de agua abundante, en la ciudad, y muy apartado, en un rincón, reconoció también, una mesita redonda, con un flexo, un atril en el centro y  un libro abierto, frente al cual estaba sentado leyendo, con un cigarro apoyado en la comisura de los labios, un hombre corpulento y complacido.
El anfitrión, que era el autor de todas estas obras los fue llevando hacia el interior y les invitó a tomar un té, con el fin de descansar y charlar un rato con ellos, se disculpó por el desorden y su cocina rudimentaria, e hizo que se  sentaran en torno a una mesa camilla rodeada de butacas con viejos cojines.
Frente a ella, había, colgada en la pared una máscara blanca y redonda, con los ojos muy grandes,  que impresionaban por causa de  su vacío y una lágrima negra dibujada sobre la mejilla, tenía la boca pequeña y enrojecida, y una nariz diminuta y respingona, justo al lado, había, apoyado sobre una una gran capa de hierro negra posada en el suelo, un casco enorme con un penacho de plumas rojas, extraordinariamente llamativo.
A ella siempre la habían impresionado las máscaras y en carnaval solía rehuirlas, incluso, evitaba salir de  casa, para no encontrarlas,  y ahora la tenía ahí, delante, mirándola fijamente.
El escultor llegó y se sentó debajo de la máscara, de modo que la imagen quedaba perfectamente asociada a él. Charlaron de muchas cosas referentes a la confección de sus esculturas y de los trámites a seguir, para exponerlas por las calles de la ciudad en un futuro próximo, ella callada y sobrecogida por la presencia de la máscara, observaba la escena con atención, aún así, preguntó al autor, si los personajes representados eran conocidos suyos: “unos sí”, y “otros...  son creación mía”, respondió amablemente.
De regreso, ella no hizo ningún comentario, impresionada como estaba a causa de lo que había visto, su amigo la dejó en su casa y se marchó
Después de muchos días, salió a dar un paseo por la ciudad y empezaron a aparecer en su camino, las esculturas de su amigo esparcidas por todos los rincones, algunas no las conocía, pero se veía la misma mano en ellas, todas habían sido forjadas en hierro macizo, se acercaba a ellas y efectivamente, estaban todas firmadas, estaba el vagabundo, estaba el hombre melancólico de la maleta, estaba, dentro de  una gran fuente, en una plaza, la nave del naufragio, causando el efecto esperado, se encontraba así, con algunos de sus amigos desperdigados aquí y allá.
Cuando volvía ya, a su casa, al doblar una esquina, se topó asustada, con una última imagen, era la máscara blanca con el enorme casco del penacho rojo y la pesada capa de hierro negra. En cuestión de segundos, la imagen se despojó a sí misma de la capa y extendió hacia su amiga un ramo de rosas rojas: “teníamos que encontrarnos” le dijo, se quitó la máscara, y descubrió su verdadero rostro, que no era otro que el del escultor amigo: “quiero que me acompañes” dijo algo nervioso, "para que veas esculpido, un sueño que he tenido recientemente".
Así lo hicieron, llegaron otra vez a su casa  y en el rincón, estaba todavía más aislada, la mesa camilla con el atril, el hombre corpulento y una figura femenina sentada con las manos cruzadas encima de la mesa, que tenía una máscara sobre el rostro, idéntica a la que ahora llevaba en sus manos el escultor,  con la misma lágrima negra dibujada en la mejilla.
 Él la miraba con insistencia, ella no pudo contener una lágrima de emoción y de alegría, al verse a sí misma en la sala, habitáculo de todos sus amigos de antaño y del hombre de la mesa. Él escultor, buen conocedor de los efectos más primigenios, que el arte ocasiona en un alma sensible, insistía con su mirada, emocionado él también. Con mucha ternura, la cogió de la mano, y juntos se acercaron a la imagen del sueño y contemplaron maravillados, cómo la lágrima negra de la máscara se había emborronado y en su lugar, relucía una lágrima  líquida y transparente. 

jueves, 14 de julio de 2011

EL PASAJE EMBRUJADO












EL PASAJE EMBRUJADO

Algunas ciudades se abren ante nosotros como un mar intrincado de calles estrechas que tienen la apariencia de no llevarnos a ninguna parte y que vamos descubriendo a nuestro paso cuando vagamos decididos, sin rumbo por ellas y cuando nos dirigimos a algún lugar concreto, preguntamos a algún transeúnte  y sin ningún temor, nos acercamos  a esa dirección determinada, en la que se encuentra nuestro destino.
Joven aún, llegó cargado con su maleta el atardecer de un día laborable a una ciudad muy antigua de color dorado brillante iluminada por  el sol poniente. Callejeó un rato mientras encontraba su destino y entró en un pasaje lleno de vida, con el suelo empedrado  y magníficamente decorado, al que se accedía a través de una gran puerta de hierro abierta de par en par con un enorme candado colgando en una de sus hojas, y una escalera en la entrada con barandillas de madera.
 Grandes arcos se abrían a su paso y figuras diferentes entre sí colgaban del techo acompañando a un reloj encajado en una arcada, había también otras posadas  a ambos lados,  adosadas a las paredes formando filigranas, un ángel en medio sobre una peana posada en el suelo,  tocaba una trompeta, y en el centro de los arcos  celosías cubiertas con cristales de colores dejaban pasar la luz proyectando haces fantásticos sobre el piso cuajado de piedras  y sobre las paredes. A su paso, según caminaba, a uno y otro lado había grandes escaparates que albergaban galerías de arte, librerías de viejo, tiendas musicales, tiendas de antigüedades y cafés, situados cuidadosamente debajo de pequeños balconcillos de madera muy trabajada  que correspondían a diferentes viviendas también habitadas.
 Se topó con vagabundos, vestidos con harapos, con ancianos que caminaban con dificultad apoyados en sus bastones, mendigos, saltimbanquis y personajes de la farándula, intelectuales que leían sentados en las terrazas y discutían acaloradamente, bailarines y músicos tocando el violín, gimnastas, pintores con sus caballetes haciendo retratos, delineantes que esbozaban los trazos del lugar,  toda la bohemia de la ciudad parecía haberse dado cita allí para recibirlo. Encantado con el lugar, se asomó a una librería de viejo en donde encontró a un hombre encorvado con los rizos pelirrojos que le caían sobre sus gafas, muy corpulento, que estaba sentado de manera muy descuidada y miraba con desdén su mercancía, como si el paso de los  años hubiera impregnado en él solamente, el polvo de sus libros.
 Salió del lugar con rapidez y continuó su camino, se topaba también con gente de paso, que como él, cruzaba el pasaje, con el  aspecto marcado por la rutina , al final se abría una plaza rodeada de las galerías blancas de sus viviendas, tiendas, librerías, y un aserradero en el cual se construían pequeños muebles de uso común y de olor penetrante a madera y clavos,  en la que unos niños jugaban a la pelota con gran griterío, mientras  unos pocos ancianos los miraban sonrientes desde sus bancos. Continuó, cansado como estaba y se vio obligado a entrar en una calle larga de apariencia infinita, muy estrecha y también empedrada, retrocedió abrumado por el cansancio y se sentó en la plaza, en donde habló amigablemente con unos jóvenes que le dieron toda clase de explicaciones sobre el acceso a su lugar de destino, es más, le indicaron que también ellos estarían allí  más tarde, en un viejo café.
 Centrado en su trayecto, se encontró  de nuevo en otro pasaje muy semejante al anterior pero este era transversal y también culminaba en una plaza, en la que había tenderetes con objetos antiguos a la venta y unos farolillos encendidos sobre ellos indicaban que la noche estaba cerca, desfallecido continuó caminando sin prestar ya mucha atención a lo que veía, impaciente por llegar a su destino ,  y así uno tras otro caminaba recorriendo pasaje tras pasaje que iban apareciendo, en un itinerario sin fin y zigzagueante, los perros cabizbajos  le salían también al paso, se dio cuenta de que el trayecto nunca acababa, perdió el sentido de la orientación y comenzó a sentir frío, la noche se le venía encima y aún no había llegado al ansiado lugar que buscaba, el encanto se iba desvaneciendo a medida que el agotamiento hacía mella en él, se sentó en un recodo y angustiado se quedó dormido encima de su maleta.      
  Cuando despertó,  era ya un anciano que apenas veía y con mucho esfuerzo se incorporó en su cama,  para beber un vaso de agua.

lunes, 11 de julio de 2011

CRISTAL DE BOHEMIA













CRISTAL DE BOHEMIA
Titilaban las lágrimas colgantes desde lo alto y llenaban de luz el ámbito tenebroso, en medio del cual, estaba colocada la lámpara. Luces cristalinas, irisadas, dentro de  un haz redondo y enorme poblado de pequeños racimos arbóreos, la acompañaban, por su tamaño no guardaba proporción con la altura del techo, y con la vibración del ambiente, se escuchaba el suave tintineo de los cristales rozando unos contra otros.
Todas las tardes subía cuatro pisos muy altos hasta alcanzar su morada, moteada por el polvo sobre  libros tirados por el suelo, en torno a una mesita camilla muy pequeña y desvencijada, colocada justo al lado de una estufa de leña que era la única calefacción, para resguardarse de los fríos inviernos que pasaba allí, el hombre, de oficio anticuario, que guardaba celosamente, sus antigüedades en un antro interior, también asfixiado por el polvo.
 No había en la casa ni rastro de un alma femenina, él mismo se cocinaba en las noches de invierno una humilde sopa de verduras con un hueso en la olla para darle gusto, y después de cenar, algunas veces se preparaba sobre la estufa un bebedizo, a base de ron caliente.
Las palomas ronroneaban constantemente sobre el tejado, sobre su propio estiercol acumulado  y endurecido, malhumorando al hombre de carácter ya de por sí atrabiliario, cada vez que intentaba abrir la claraboya con el fin de disipar el humo que provocaba la estufa de leña, mientras, cortaba la leña con el hacha  sobre un tronco robusto y pequeño.
Todo en el ambiente era antiguo y teñido con cierto aire de austeridad, él mismo poseía unos ojos diminutos, nariz aguileña y una larga barba que contrastaba con su calvicie.
Aquella tarde había encontrado una hermosa lámpara de origen desconocido cuajada de cristales de bohemia, que, embargado por la ansiedad y la codicia, le resultaba difícil tasar.  Después de cumplir con sus costumbres, se sentó frente a la hermosa lámpara, colocada sobre la mesa y comenzó a abrillantar aún más los cristales.
 Al cabo de un rato, empezó a surgir de los critales, un desfile de imágenes que inundaban su humilde casa y se iban acomodando sobre las paredes, sobre la cama,  sobre los libros, en un momento, se pobló de seres extraños su casa, unos con trazas, de artistas,  le acercaban un cuadro, otros, sabios, un libro maravilloso, otros, músicos tocando diferentes instrumentos, le deleitaban con su música, en el fondo de la estancia, se veía a otro esculpiendo una bella imagen, se veían también hombres y mujeres que trabajaban laboriosamente en un prado verde  e iluminado, se escuchaban voces que cantaban extraños himnos… de pronto, surgió una figura femenina, diminuta y frágil vestida de blanco, que él reconoció enseguida, porque durante muchos años la había amado en secreto. Con mucha dulzura, salíó del brillante cristal que la contenía, desvaneciéndose al mismo tiempo todas las imágenes que lo acompañaban, todavía el resplandor de los cristales ya vacíos lo cegó un instante, se  acercó a él  y le dijo: yo soy la dueña de esta lámpara  que he recibido en herencia, hace ya mucho tiempo, la daba por perdida y  tiene un valor incalculable.
 Él, completamente obnubilado y sin dar crédito a lo que veía, con un brillo insoportable en los ojos, palpaba las paredes en busca de las imágenes, buscaba con insistencia sobre los libros, se tendió  sobre la cama dando vueltas, se palpaba los oídos  porque quería escuchar la música y las voces que cantaban, nada de eso se encontraba ya en su casa, la lámpara apagada, perdió su lustre, ella desapareció en la sombra, solo, con una mano en la cabeza y con lágrimas en los ojos, completamente enloquecido y extenuado, se sentó apesadumbrado en su sillón.