viernes, 9 de diciembre de 2016

LEJOS DE CASA





LEJOS DE CASA

Poema frente al mar
De Octavio Paz

Muere de sed el mar.
Se retuerce, sin nadie,
En su lecho de rocas.
Muere de sed, de aire.

Guardaba su bolso desvencijado por el uso, negro irregular con un broche de pinza en el centro y ligeramente fruncido a los costados, debajo de su colchón. Tal vez era esa una costumbre adquirida en tiempos de guerra. Vestía luto siempre, de figura callada pero firme, casi regia.
Sus manos regordetas y enrojecidas, marcadas por el trabajo diario en la huerta y la ría que surcaba el espacio posterior de su casa.
Recuerdo que pocas veces la vi reír pero la vi rezar, la vi defender sus argumentos sobre el carácter de sus hijos y nietos, la vi coser, la vi cargar con rudos sacos de patatas, la vi y la observaba siempre atentamente, limpiar el pescado, la vi siempre comer a solas porque no le gustaba que la vieran en ese menester, acogía en su regazo a sus nietos aún niños con la hosquedad de una loba, sabía demasiado, y sentía esa opresión característica del que se ve acosado e invadido. Pero nunca recuerdo haberla visto llorar. Las huellas de la pobreza son así, duras, profundas, sombrías y el peso de cierta enajenación mental se escondía tras los pliegues arrugados de su boca. Yo adoraba a esa mujer llena de misterio y sigilo, escuchaba sus escuetas palabras dichas de tal forma que perduran aún en el tiempo. Siento aún su enérgica voz, profunda, en una lengua que no es la mía y que aún resuena en mis oídos y sigo sus vestigios semitas hasta la cuna que la vio nacer. Muy temida por su furia, los esbirros de la estirpe ganadora de posguerra volcaban en ella todo el odio del que eran capaces. Pero era mi mejor consejera, siempre espiaba por las noches sus movimientos a la hora de dormir, quería ver el contenido de ese bolso escondido bajo el colchón. Una noche ventosa, cuando el gran árbol que reposaba sus ramas agitadas contra la ventana de mi habitación, el abuelo me hablaba melodiosamente del mochuelo que se escondía amenazante entre la oscuridad frondosa del roble, pasó ella erguida y ligeramente seria, al día siguiente partiríamos de viaje y dejaríamos atrás esos ámbitos que por alguna razón a mí me producían desazón.
Llegó la hora de la despedida, ella me esperaba a oscuras en su habitación para darme el último beso, tímidamente, espié su entrada también por última vez, entonces lo vieron mis ojos, lo que todos creían que era dinero, vi su ritual cotidiano, como abría en enlazado cierre de su bolso, y sacaba un fajo de sobres gastados por el paso del tiempo, y en ellos sentada en su lecho, leía las cartas enviadas de lejanas tierras por sus hermanos, me acerqué a ella y en silencio me dio dos besos que aún conservo con tanto sigilo como ella guardaba sus secretos.
Cuando emprendimos el viaje en el elegante coche de mi padre, ignoraba el trayecto que me esperaba, llevaba conmigo su olor que aspiré con fruición en el interior de su habitación, su blanco camisón largo hasta los pies, su cabello desmadejado, el mochuelo me perseguía a través de la ventanilla, la bruma de la mañana me pesaba como una losa, abría los ojos ajena a la conversación de mis padres, un ligero mareo parecido al aturdimiento me invadía, ¿hacia dónde nos dirigíamos? ¿Cuál sería la próxima parada? No podía mirar hacia atrás porque ya no quedaba rastro de ella, sólo los bueyes y sus carros, las vacas pastando, las lecheras en acción pasaban vertiginosos ante mi vista, como petrificada en un bosque neblinoso me dejaba llevar por las cuatro ruedas, ¡pobre de mí!, niña aún no sabía que nunca jamás volvería a verla en su habitación.
Un pequeño pueblo se alineaba a ambos lados de la carretera, paramos para mi sorpresa delante de una casa solariega que estaba justo al lado de una ferretería. Entrar en la ferretería, de techumbre alta y paredes blancas, un mostrador de madera robusta se extendía ante mis ojos, merodeaba en ese ámbito y gozaba de innumerables cajoncitos y compartimentos, el olor de las herramientas y las puntas, un hombre alto y delgado, de facciones enjutas nos recibió y nos condujo a través de un pasadizo misterioso para mí, que se abría en contraste con la oscuridad de la tienda hacia una entrada luminosa que nos descubría una huerta llena de limones verdes y matojos. A mano izquierda un hogar a ras del suelo  del que pendía un enorme caldero de hierro, a mano derecha arrancaba una escalera de caracol que nos condujo a las diversas estancias de la casa pobladas de muebles coloniales revestidos de ultramar.
Pronto encontré una mecedora antigua que me hizo sentir una alegría pasajera, me subí a ella y allí una mujer de aspecto muy austero, que exhalaba pulcritud en todos sus movimientos me cogió de la mano y muy erguida nos condujo a su cocina. Se trataba de su hermana, Perfecta era su nombre, esas mujeres a las que su padre mecía prendidas de sus barbas en la eternidad del silencio.
Riquezas de la tierra, fueron asentadas en la baca del coche y asombrosas imágenes, fragantes aromas  y luces de misterio, poblaron mi alma desde entonces. Nunca quise volver a realizar ese viaje, una tristeza profunda me lo ha impedido, existen seres sobre la tierra cuyo misterio sólo aflora en nuestra mirada, no necesitamos buscarlos, esa ausencia, esas ausencias se las lleva la muerte cuando apagamos los ojos para siempre.


   
De Mares y Mareas  

FOTO: 
Van Gogh, Memory of the Garden at Etten, November 1888. Oil on canvas, 73.5 x 92.5 cm. The Hermitage State Museum, St. Petersburg.

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