martes, 19 de noviembre de 2013

EN EL REGAZO DE UN SUEÑO














Otro tiempo.

No es de extrañar, pues, que tantos mueran de pena,
Que tantos estén tan solos al morir,
Nadie ha creído aún ni apreciado una mentira:
Otro tiempo tiene otras vidas que vivir.

“Canción de cuna y otros poemas”
De: Wystan Hugh Auden


Pasé  la noche a través de las calles oscuras de Alejandría, gentes envueltas en extrañas capas se recogían cargados con sus bártulos de mercaderes. Teas encendidas alumbraban el paso y resplandecían las piedras con su brillo, en un rincón sabiamente escondido se hallaba el antro de una sacerdotisa que exorcizaba a los visitantes con conjuros de otro tiempo, entré y en medio de las sombras nocturnas en lo más profundo de la estancia, apoyado en un atril lucía un cuadro de  fondo  oscuro con ligeros toques blancos que en el centro dibujaban un destello fulgurante y hermoso, y que al mirarlo se tenía la impresión de un movimiento estelar, los cánticos monótonos daban a ese ambiente el aire de una superstición ancestral que tenía por costumbre realizar sacrificios humanos.
En un rincón de la habitación un hombre cabizbajo acompañado de un joven de  espléndida apariencia meditaba en silencio, inmóviles y absortos con el cántico del rito fueron pronto invadidos por el resplandor que emergía del extraño cuadro, turbados se apartaron como si de fuego se tratara. Mientras tanto yo  daba vueltas desazonada en mi cama y contemplaba estática aquella luz. Aun entre sueños, acudí a la ventana en donde un viento atroz golpeaba en los cristales con el fin de ajustar su cerradura, volví a acostarme por ver como terminaba el sueño pero la visión del cuadro estaba fija para que la examinara, no veía más que leves manchas blancas sobre un fondo oscuro e irregular y la luz resplandeciente que me cegaba e impedía cualquier observación concreta.
La sensación de hallarme en tierras lejanas me complacía, el hecho de recorrer los monumentos de la ciudad también, y el encuentro con aquellas gentes me resultaba tan agradable que me atreví a abordar a un hombre en medio de una de las calles y obsesionada por la visión quise saber más acerca de la mujer que profería conjuros, el hombre hacía gestos de terror acompañados de agudos gemidos, no hablaba mi idioma y yo desconocía el suyo, así que pensativa me alejé para adentrarme aún más en mi sueño. Era inalcanzable mi propósito, se desvanecía la imagen cada vez que me acercaba a ella, un estado de alerta y ansiedad, me obligaba a permanecer dormida, pero no podía saber el final, tan solo la luz de cuadro me acompañaba.
 En la mañana alguien llamaba a mi puerta con un nuevo cuadro en las manos,  la pintura estaba aún fresca, él lo había colocado en la pared de un local en donde exponía su arte como siempre, ese día quiso descolgarlo y llevármelo a mi casa, confusa y aturdida   todavía a causa del sueño intenté cogerlo entre mis manos y se manchó mi ropa con el blanco del fondo del cuadro, él se apresuró a limpiarlo pero el rastro de pintura se resistía a desaparecer,  entonces me sugirió otro modo de hacerlo, poco me importaban a mí las manchas si al fin tenía un cuadro real ante mis ojos y a la luz del día, él reía complacido mientras me contemplaba como ausente, estaba satisfecho, y me honraba con su presencia, busqué en el cuadro alguna semejanza que me acercara a vislumbrar el cuadro del sueño, pero éste era otro sueño, luminoso también se extendía un azul sobre un fondo blanco en medio de zarzas otoñales que espigaban la visión, sus líneas ascendían, y declinaban todo esfuerzo al contemplarlo, intenté clavarlo en la pared en honor al visitante, pero no tenía consistencia el cuadro, ni existía tal pared, el artista de mis sueños largo tiempo desaparecido tampoco era real, solo se prolongaba la historia en la noche que embelleció aquella mañana las cuatro paredes entre las que habito, cuando acudí a descolgar mi chaqueta de sport, contemplé con  melancolía aquellas manchas blancas que no pudo borrar el tiempo.

Marc Chagall.

El sueño del conejo 1927

De: Silencios en Otoño