domingo, 31 de marzo de 2013

IMPOTENCIA


 
 
 
 
IMPOTENCIA

 

"En la sociedad actual estar en paro es como estar enfermo, síntoma de alguna oscura falta: impotencia, debilidad, mala suerte, ineficacia. Si no puedo comprar, no existo."

Cristina Peri Rossi

 

Por aquellos días un hombre joven discretamente atractivo frecuentaba los lugares en donde solían alternar intelectuales y jóvenes de toda condición, hacía poco tiempo que se había separado y eran aún más fuertes sus pretensiones de sexo y de compañía que la mera circunstancia de una amistad.

Siempre tenía prisa y andaba merodeando por los bares en busca de alguna ocasión propicia que aliviara su sensación de soledad.

Como se acercaban las vacaciones había proyectado hacer un viaje al sur del país vecino en la costa, y con buen tiempo por delante.

Era hombre de convicciones muy firmes pero daba la  impresión de ser un poco atolondrado. Poco tiempo pasó hasta encontrar la ocasión que buscaba, se trataba de una mujer libre e independiente que aunque no compartía con él ese apremio fulgurante por el sexo, se avino a conversar con él y conocerle mejor –en cierto sentido desconfiaba de sus buenas cualidades como amante– pero no le dio importancia y como deseaba un cambio de aires se embarcó con él en el viaje proyectado y le pareció una buena idea —el cambio de aires les sentaría bien a los dos.

Sus vidas eran diametralmente opuestas. Ella no se había casado nunca porque el matrimonio le parecía una excusa para tener sexo seguro, una jaula en la que no deseaba entrar y harta como estaba de frecuentar instituciones sociales de toda índole, esa le parecía la más hipócrita. Además carecía de recursos, era una mujer en paro.

Él por el contrario era amante de todas las convenciones sociales y deseaba una intensa vida familiar casi de un modo tan natural como inconsciente y se sentía incómodo en el mundo sin ese marco de seguridad, además su trabajo requería la presencia de una mujer, pues se encontraba muy bien situado y aunque tenía descendencia, en esos momentos se encontraba libre de sus obligaciones ya que sus sólidos lazos familiares lo liberaban de vez en cuando y en esa operación cinegética en que se hallaba, suponía un alivio,  era además un hombre rico.

Decidieron viajar en un tren de última generación en el que todo funcionaba de manera automática, y muy cargados con su equipaje.

Pronto se dio cuenta ella de que el joven buscaba solazarse, y que la relación no tendría futuro, esa manera de hacer el amor siempre con prisas y aprisionada en un abrazo potente y quieto que atenazaba sus miembros, ese – ¡no te muevas, haz el favor de estarte quieta!–, nunca la besaba, y la ausencia de su mirada durante largos momentos o su mirada fría y vacía la impresionaron de tal manera que lo único que deseaba era escapar de su aventura. Su indiferencia crecía a medida que él se iba poniendo más nervioso, se tomó las cosas con calma y decidió disfrutar del entorno y leer un buen libro, – ¿ya estás leyendo?– le decía levantando la voz… un buen día él recibió una llamada de teléfono  –un asunto familiar le reclamaba según dijo–, así que recogió sus cosas y la dejó plantada en medio de la naturaleza con la excusa de que volvería pronto.

 Ella decidió también volver al punto de partida y cuando intentaba dar alcance al primer tren, se encontró en medio de un laberinto de vías que la desorientaban más y más, ¡cuántas veces se había visto en una situación semejante! llamando a las puertas del trabajo con insistencia y vuelta y tras vuelta regresaba siempre a casa con las manos vacías, las colas eternas de la Oficina Nacional de Empleo, las buenas palabras en las salas de espera en las que pasaba horas interminables, los empleos ocasionales que la llenaban de frustración, el despliegue de recursos mentales en busca de alguna solución, las innumerables carencias de las cosas indispensables para vivir, luchar contra enfermedades sin medicamentos, el acoso constante de individuos como éste que la consideraban presa fácil, el regocijo de sus enemigos, conoció a fondo  la envidia, las insidias, la codicia, los vicios, el abuso y la miseria en todos los ámbitos, llegó al fondo más profundo de la estupidez, siempre buscando la salida y cada vez con más intensidad.

 Las vías se enrevesaban pertinaces y agresivas, se estrechaban y se ensanchaban en un entramado  interminable obstruyéndola el paso y cuando daba la impresión de que al fin encontraba un camino más ancho se volvían a estrechar en medio de un laberinto pedregoso y oscuro que la alejaba cada vez más  del punto de partida con un vacío desolador en perspectiva. De todos los sentimientos que la embargaban ninguno era tan insistente como la impotencia. Anduvo con dificultad un buen trecho, completamente desorientada y agotada por el esfuerzo, el tiempo transcurrido le parecía eterno, hasta que  vislumbró a lo lejos una pequeña estación en el pueblo más cercano, respiró aliviada, al final la esperaba una estación, tomó el primer tren  y llegó extenuada a su casa, cuando a los pocos días recibió una llamada, era él otra vez que requería su presencia en una nueva aventura.

Ella, cansada de tanto forcejeo inútil, desconectó convencida de que todo había sido un terrible error, solo comparable a las colas de la Oficina Nacional de Empleo.

Foto: Impotencia

De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

sábado, 30 de marzo de 2013

EL ABRAZO DEL AVESTRUZ


 

 
 
 
Los días del pasado quedaron tan atrás,
fúnebre hilera consumida
donde las más cercanas aún humean,
velas frías, torcidas y deshechas.

No quiero verlas; su aspecto me aflige,
me aflige recordar su luz primera.
Miro ante mí las velas encendidas.


  Velas” Konstantinos Kavafis 1899.

 

EL ABRAZO DEL AVESTRUZ

 

 Una vez consumado en toda su plenitud, poco más tiene que decir el amor, salvo la rutina de la convivencia, el tedio, la práctica del sexo, y otras lindezas que justifican nuestro miedo atávico a la soledad. Todo lo demás es arte… es sueño… y el amor más excelso es el soñado.

 El pasado le  pesaba como una losa… el futuro incierto no arrojaba ningún signo de esperanza…  Sin embargo en el presente  los días se iluminaban con la misma intensidad de luz con la que se iluminaba su estancia recogida y diminuta con innumerables velas vacilantes en la sombra,  y optaba por la supervivencia, en un mundo caótico y decrépito. Ilusiones lejanas y la sensación continua de una unión vívida y palpitante encerrada dentro de sí prolongaban los días con sus noches para hundirse en el vacío de la nada. Un presente dibujado con certeza, entre útiles de trabajo, sueños, imágenes, y palabras que explican cada instante y lo azotan con violencia.

Aquel amor de otro tiempo, había superado la posesión y la locura, superó el tiempo y la pobreza, y superará también la muerte,  siempre encuentra un lugar en el que florecer vivo y risueño, lleno de gozo, reescribiendo su historia, autónomo, con vida propia,  al arrullo de un abrazo que se recoge en sí mismo,  misterioso y eterno, como la misma fuerza de las palabras.

Pero ahora solo la lasitud de los días se prolongaba  en el tiempo y el trayecto había  llegado a su fin, fin de viaje.

En plena noche, en la oscuridad de los sueños un enorme cráneo tapiaba su cabeza envolviéndola  en un abrazo en completo silencio y el  trémulo beso de su boca deforme la dejó atrapada, sin habla y sin aliento, en medio de las sombras. La imagen era una masa informe, inacabada y sin embargo encendía el deseo más ardiente, todas las sensaciones del pasado inundaban su ser y poco a poco la masa era solo una, en una unión perfecta y pétrea, por momentos el terror  de la muerte invadía sus miembros. Despertó de un sobresalto y la figura del hombre se desvaneció, respiró profundamente, abrió los ojos sorprendida y al mismo tiempo abrió la ventana, una sensación de alivio y bienestar se hermanaba con la luz incipiente del nuevo día, supo entonces quien era el extraño, pero aún no le conocía.

Foto:  Trouble in Paradise, 1932 by Ernst Lubitsch.

De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González

viernes, 29 de marzo de 2013

ANDRÓMEDA


 

 
 
 

 






ANDRÓMEDA

No se nace sino que se deviene mujer.
Simone de Beauvoir



 

Tuvo la mala fortuna de nacer mujer en un medio que le exigía rasgos y actitudes propias de un varón. Toda su infancia la pasó entre hobbies, y juegos varoniles, se le exigía incluso ese arrojo varonil que distingue a hombres y mujeres en los comienzos de la vida. Era una hembra en el más amplio sentido de la palabra aunque fina, delicada y con una fragilidad aparente que llamaba a engaño a quien la conocía.

Muy consciente de su fatal destino quiso saber qué habían hecho otras mujeres en circunstancias parecidas y leía a hurtadillas, a escritoras del pasado cuando los avatares que le ocurrían al sexo débil eran aún más estrictos o al menos semejantes a los suyos. Tomó en su más tierna adolescencia la decisión de ingresar en un convento de clausura en donde esperaba encontrar un remanso de paz y refugio de sus penalidades, pero la rechazaron y se mofaron de ella.

Cargó con el estigma largos años, acosada por los hombres que competían con ella en inteligencia y se mostraban agresivos en su presencia sacando a la luz sus múltiples actitudes varoniles.

Cuando finalizó su adolescencia se le exigió un matrimonio concertado, –eso que parece increíble en nuestros días ocurre con relativa frecuencia–. Intentó liberarse de esas cadenas y para ello había cosechado con esfuerzo un brillante expediente y con ese pretexto consiguió desplazarse a otra ciudad, y se desembarazó así del entuerto.

Se convirtió poco a poco en una mujer muy atractiva y solitaria que despertaba sospechas en cualquier lugar, objeto del acoso más despiadado y pertinaz de todos los hombres que conocía.

Se recogió en sí misma sin renunciar nunca a su condición femenina y fue acusada, vilipendiada y humillada hasta la saciedad.

Cuando ya tenía casi terminado su recorrido y cansada de luchar, recibió una noticia: un varón la sustituía en el medio en que nació mujer. Ansiosa por conocer qué habría sido de ella como hombre, se encontró con una gran decepción, tan sólo la suplantaba como un vulgar hacendado.

 

 

Nota: La madre de Andrómeda, Casiopea, habiendo presumido de ser tan bella como las Nereidas, provocó la furia de Poseidón, que decidió inundar la tierra y enviar al monstruo marino Ceto para que acabase con los hombres y el ganado. Cefeo, padre de Andrómeda, sabía por el oráculo de Amón cuál era la única solución: entregar a su hija al monstruo. Para ello, la dejó vestida únicamente con unas joyas y encadenada a una roca.

 
 Foto: Andrómeda encadenada a una roca de Gustav Doré
 

De: Claros y Sombras

Mercedes Vicente González
Se encuentra publicado en Amazon.com, también en formato Kindle.

El relato de un sueño



La amistad significa buenas maneras, amabilidad, constancia en el afecto. Los amigos que se gritan rara vez continúan siéndolo. Los maridos y mujeres que se gritan suelen seguir casados; a veces felizmente casados".

Texto extraído del libro "Aquí y ahora-Cartas 2008-2011"

Paul Auster



Nada le aterraba tanto como enfrentarse a una página en blanco, como una noche sin sueños y el triste amanecer de un día nublado. Aquellos días para él representaban el vacío y la desesperanza. Vagaba por  parques y calles sin rumbo en espera de encontrar algo que le llenara de estímulo para poder continuar su novela que en esos momentos no avanzaba y necesitaba dinero. Bebía alcohol en los bares para calmarse y encontrar algún resorte que lo hiciera reaccionar. Una noche tuvo suerte y encontró a una vieja amiga de juventud encantadora  con la que compartió unas copas y los dos charlaban y reían  amigablemente intercambiando impresiones. Muy amable ella le invitó a pasar unos días en su casa en la que se encontraba muy bien instalada y gozaba de un entorno privilegiado, cercana a la ciudad, estaba rodeada de árboles y  acompañada del susurro de un mar tranquilo a sus pies. Él aceptó gustoso y se fue muy ilusionado a su casa dispuesto a preparar el viaje para lo cual debía dejar las cosas bien ordenadas y los libros bien recogidos en cajas por causa de la humedad y de su ausencia indefinida.

Esa noche durmió bien y soñó con las delicias que le esperaban.

Poco tiempo después cuando llegó a la casa de su amiga se quedó maravillado de la buena disposición de las cosas y los encantos de su habitante, le contó cuáles eran sus planes en espera de alguna inspiración para terminar su trabajo, ella comprendió enseguida que su invitado sobre todo necesitaba soledad y un cambio de ambiente, le ofreció su casa por el tiempo que necesitara pues  iba  a trasladarse a la ciudad de sus padres en los próximos días y la casa quedaría a su entera disposición.

Hablaron de su modo de dormir, de sus sueños… y los dos estaban de acuerdo en que no se puede vivir sin sueños.

–Yo, –dijo él– suelo soñar siempre las mismas cosas, que mis libros están encerrados en cajas que no puedo abrir… que alguien lee ante mí algún libro de mi propiedad y me lo ha arrebatado… que me dispongo a escribir y la página permanece en blanco durante horas… que un texto que estoy leyendo se deshace en cenizas entre mis manos,  imágenes de escritores que conozco bien me hablan en sueños… y rara vez sueño otras cosas diferentes, pero siempre cuando me despierto  acudo a mi despacho a contemplar que en  realidad todo ha sido un sueño.

–Ella reía cándidamente, su amigo le inspiraba una gran ternura–, y añadió que solía tener sueños eróticos como la mayoría de la gente y que tal vez  sus sueños se debieran a algún tipo de obsesión, por eso mismo un cambio de aires les cambiaría el rumbo y como el lugar era muy silencioso su modo de dormir sería profundo y sin sobresaltos.

A la mañana siguiente desayunaron y ella le preguntó cómo había dormido y si sus sueños le habían visitado. Él todavía perplejo por el sueño que le había visitado esa noche, se lo relató fielmente:

 – Una noche cerrada de invierno vi como caminabas delante de mí y quise alcanzarte, cada vez que daba un paso en lugar de avanzar retrocedía, lo intentaba con desesperación y no lograba más que retrasar mi avance, tú hiciste un alto en el camino y entraste en una casa muy iluminada, me tranquilicé  por un momento pensando que tarde o temprano llegaría a encontrarte en ese lugar, angustiado por el paso del tiempo que transcurría con atrocidad, imaginé que no llegaría antes de que decidieras ir a dormir y por nada del mundo quería molestarte, cuando desapareciste en perspectiva noté que ya mis pasos avanzaban muy deprisa y cuando por fin logré llegar a la casa iluminada y te tomé de las manos contemplé con espanto que las líneas de mis manos se habían borrado y aparecían muy blancas, lisas y deformes, tú no reparaste en ello y me hiciste pasar al interior en donde encontré sobre tu mesa de trabajo el libro que estaba escribiendo, en ese momento, con mis manos temblorosas lo abrí y estaba maravillosamente editado y dispuesto, llenas sus páginas de imágenes y letra impresa, más tranquilo y muy agradecido te tendí de nuevo mis manos que en ese preciso instante habían vuelto a la normalidad.

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González

miércoles, 27 de marzo de 2013

EL LIBRERO









"En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido.
Ante todo el olvido de lo personal y local." 
J.L.Borges

EL LIBRERO

Durante algunos años, un día en la semana lo tenía dedicado a la visita de una librería y así lo hacía con asiduidad. Contaba con una pequeña asignación mensual para la adquisición de algún libro que le interesara en ese momento y con tiempo libre para leerlo, días intensos de libros y de música… días inolvidables… que dejaron una huella profunda en su mente y que se repetirían  más tarde con diferentes formas y espacios y lugares.
El hecho de entrar en una librería encierra siempre algo misterioso sobre todo si se encuentra en silencio, lo habitual es encontrar expositores y anaqueles con los libros semicolgados a merced de un comprador ocasional que repare en ellos. No falta en ocasiones un tipo casi imprescindible en estos ámbitos que, como buen marchante de arte, ofrece al comprador las últimas novedades.
Esta no era la actitud  más adecuada  para con nuestro personaje que se desenvolvía  a las mil maravillas en el pequeño recinto, no obstante, llamó poderosamente la atención del librero que, pese a sus asiduas visitas, acudía siempre con toda su humanidad a recibirle y con gran derroche de amabilidad y gesticulación le ofrecía los últimos ejemplares de poesía, —había entrado en la librería una persona interesante que como se podía observar y era bien notorio, mostraba preferencia por la poesía–, era cierto, pero también mostraba el mismo entusiasmo por otras cosas, de hecho, siempre entraba y se dirigía directamente a la elevada y frágil escalera que cubría el acceso a los anaqueles que él escalaba discretamente hasta alcanzar el objetivo del día, bien podía tratarse de literatura norteamericana, algún autor alemán o francés,  inglés o ruso, hispano, griego, o italiano… …  la librería estaba cuidadosamente clasificada por los países que se extienden  desde Oriente hasta Occidente, así que se tenía también en cierto modo la impresión de viajar por acá y por allá  y eso la hacía mucho más atractiva que  si se hubieran clasificado solamente sus libros en orden alfabético y  por géneros.
Lo maravilloso era que allí se encontraban todos sus amigos de entonces, desde los románticos alemanes hasta  los más modernos, los más significados autores de toda la Literatura Universal.
 Hábilmente encaramado en la escalera y con la atención concentrada en la búsqueda de su objetivo, no dejaba sin embargo de escudriñar las sugerencias que el señor librero proponía a los diferentes compradores que iban entrando, por otra parte, de lo más variopinto, hasta que se dio cuenta de que en ese día, el de su asidua visita, tenía lugar allí un verdadero cónclave de intelectuales locales, con lo cual enriquecía su información y de algún modo, en absoluto clandestino, espiaba los aconteceres y noticias novedosas que pululaban por la ciudad, y desde luego, tampoco sentía remordimiento alguno, a fin de cuentas él formaba parte del decorado y de alguna manera participaba directamente en la vida activa y en el espíritu de la ciudad.
 Un buen día, apareció un individuo muy extravagante con un raro sombrero en la cabeza, que evidentemente impresionado por el librero, por quien sentía en secreto un profundo desprecio, por el simple hecho de vender libros, ignorante quizá de las buenas intenciones del buen hombre que profesaba gran amor a la cultura y de algún modo encubría sus carencias intelectuales, que con gran sigilo le hizo un encargo. Se trataba de un ejemplar insólito que difícilmente se encontraría en una editorial al uso, el vendedor muy solícito y preocupado, prestó mucha atención al visitante que ocultaba tras de sí, a sus espaldas y sujeto con sus manos un espléndido ramo de rosas rojas, y tendiéndolo hacia adelante en actitud oferente  le espetó sin más, con visible ánimo de sorprenderle: quiero “El Libro Sagrado  de los Espíritus”.
 Nuestro personaje, muy seguro de sí mismo y decidido,  descendió de su escalera, se acercó a uno de los expositores en los que había propaganda y otras muchas noticias y revistas, tomó  de la hemeroteca un viejo periódico local  y se lo entregó en completo silencio… …
El librero se acercó al visitante habitual y le preguntó, turbado por las circunstancias– ¿realmente crees que existe, “El Libro Sagrado  de los Espíritus”?– él, que deseaba prolongar durante más tiempo su visita a la librería sin despertar sospechas –dijo– dirigiendo la vista a los expositores, – no creo, pero por si acaso voy  echar un vistazo.

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González

LA URNA DE PLATA










LA URNA DE PLATA

 “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luís Borges

Encontré a este hombre sumido en la miseria, arropado por la sola rigidez de sus buenas formas, aprendidas en otro tiempo, en ambientes, en los que la opulencia y el despilfarro se mostraban ofensivas ante los demás mortales. Nos enfrentamos los humanos  a la ausencia de recursos materiales con la mente que nos acompaña en todo momento y vicisitud.
Sumido en la realidad más angustiosa, ahogaba sus penas en el alcohol,  en el interior de un bar cuyo propietario era un pariente suyo y le proporcionaba la bebida, a cuenta, no sin desdén y con desprecio.
Me  acogió angustiado, y se dispuso a elucubrar acerca  de los múltiples proyectos y empresas que le acompañaban: —tú, –no entiendes de estas cosas, –dijo arrogante,  —siempre encerrada en tu mundo… —comentaba alzando la voz, y –añadió aleccionador–, desconoces  lo que el hombre es capaz de hacer  para sobrevivir a la miseria…
 Tenía un fabuloso negocio entre manos que le iba a permitir salir en el interior de su coche destartalado rumbo a otras tierras, en donde la gente vive siempre “panza arriba”… quemados por el sol y abotargados por el exceso de  comida.
Compasiva, y con la añoranza de la infancia que en parte habíamos compartido, le invité a mi casa a comer, y cuando entró y se encontró con mis numerosos libros –exclamó asombrado, como quien se encuentra con algo inesperado: ¿Por qué tantos libros?... –comentó y al mismo tiempo miraba al vacío visiblemente impresionado. Terminó de comer en silencio y se marchó a su casa dormir la siesta. Todavía, le entregué una bolsa de comida para que tuviera alimento para unos días.
El tiempo pasó y no volví a saber nada de él, y pensé, –habrá encontrado su paraíso perdido—…Cuando me enteré de que  se encontraba, efectivamente, en un apartamento a pie de playa y se había comprado un  vehículo espectacular que hacía las delicias de todas las mujeres con las que alternaba continuamente, finalmente le habían encontrado muerto en medio de botellas descorchadas que impregnaban el ambiente de su casa con el olor a orgía y  alcohol por todos los rincones.
 Recibí una nota que me instaba a acudir al entierro.
 Con cierta desazón, me vestí de negro, para la ocasión, y asistí  a un espectáculo de banderas nacionales  y flores  y coronas con dedicatorias de alabanza, que surcaban la iglesia, su madre muy endomingada,  lloraba con  gesto teatral, algunos de sus parientes sonreían compasivos, –el funeral les congregaba irrumpiendo en su rutina como un acontecimiento único–,  la iglesia se pobló de personajes vestidos para la ocasión, y a mí,  me sentaron en la línea de los allegados paralela a los oficiantes de la misa con mucho boato, en donde tenía una perspectiva ventajosa para contemplar toda la escena.
 Las banderas que portaban sus amigos cuidadosamente uniformados, ondeaban con estrépito en la entrada, el teclado de un órgano resonó con un estruendo enloquecedor, todos atentos esperaban la llegada de los restos guardados en una urna de plata, un murmullo de voces sonaba en concierto, como un mártir de la causa se le rendía al difunto un homenaje póstumo, –él que había participado en tantos actos de elogio a la patria, perseguido por la justicia a causa de sus múltiples fechorías financieras, clamaba desde el cielo después de muerto para pedir justicia–,   y en medio  del tumulto bien asentado a ambos lados, el séquito formado por sus hermanos irrumpió por el pasillo central, dirigido por uno de ellos que portaba la urna  que contenía sus cenizas, en las manos,  y sonriente...  comentó en voz muy alta para que lo escucharan todos:—he aquí los restos de mi hermano—…    me volví para ver la escena y comprobé que se trataba del pariente del bar que  le proporcionaba  a cuenta, la bebida.
 Los ritos comenzaron con el rocío del agua bendita sobre la urna que brillaba en contacto con el agua y  una homilía muy sentida y altisonante se remontaba a la infancia del finado con todo lujo de detalles, – ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ––—gemía su madre—  entre muchos otros ayees y suspiros…  el ambiente cada vez más cargado con el incienso envolvía a los presentes hieráticos y firmes en una nube neblinosa que resaltaba sus rostros pálidos como la muerte.
  La ceremonia se cerró con los compases del himno nacional y el brazo alzado de los presentes enardecidos. Cuando llegamos al cementerio, en el momento en que abrieron la portilla de un panteón de grandes dimensiones para depositar el valioso objeto que contenía los restos, aún se produjo cierta indecisión a la hora de colocarlo y los operarios del cementerio encontraron un rincón apropiado entre el montón de los enormes ataúdes de sus antepasados, se entonó entonces otro himno de despedida que sonaba lejano en la casa de los muertos con las voces de los presentes en soledad, que salieron apresurados y a empellones del recinto para asistir por fin al  último homenaje póstumo, el banquete.
 Impresionada, y todavía dentro del espectáculo, llegué a mi casa con el propósito de descansar de tan largas exequias y de pronto, recordé las palabras del finado y su mirada atónita al vacío: ¿por qué tantos libros?... …

De: Claros Y sombras
Mercedes Vicente González

lunes, 25 de marzo de 2013

SEDUCCIÓN









SEDUCCIÓN


Afterglow (Borges)


Siempre es conmovedor el ocaso
por indigente o charro que sea,
pero más conmovedor todavía
es aquel brillo desesperado y final
que herrumbra la llanura
cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,
esa alucinación que impone al espacio
el unánime miedo de la sombra
y que cesa de golpe
cuando notamos su falsía,
como cesan los sueños
cuando sabemos que soñamos.







Su sola presencia lo hacía ya seductor, era un hombre guapo y muy agradable, y él lo sabía, un despliegue de recursos personales, se abrió ante mis ojos, los movimientos cautelosos y muy rápidos, imperceptibles, ese mirar desvaído y triste como quien no participa en el momento, ese hacerse el inaccesible, jugando al escondite, y sugerir, sugerir más que explicar, ninguna explicación era posible, suspiros envolventes nada más, entradas y salidas muy rápidas, con esa mirada lejana que se convertía en el centro de toda la atención, para no hablar, de infinitud de perversiones verbales que me arrojaban sin piedad hacia la confusión.
Me parecía gracioso, y tenía cierta gracia en sus movimientos,  me dejé llevar por el momento, con la esperanza de que algún día cesara tanto ir y venir y concluyera en un final feliz…
Sin saberlo nos dejamos arrastrar por una marea de llamadas que apelan a nuestros sentidos sin tregua, y arrobados por su atracción, compramos objetos que con el tiempo se tornan inservibles… leemos libros que a duras penas entendemos… besamos a personas que no son realmente de nuestro agrado… y así, vamos rodando por el mundo, dúctiles y maleables, proclives  a cualquier reclamo que llame nuestra atención, en una palabra, es difícil sustraerse a la seducción.
De nada servían ya, los razonamientos y los múltiples avisos de otras personas, sobre lo que estaba pasando. Lo había conseguido, me había seducido.
El final feliz no llegó nunca, sus palabras quedaron en suspenso, yo misma quedé en suspenso y en un silencio rotundo, el silencio más cruel, me quedé sin palabras, una afonía que me impedía defenderme  se prolongó durante cuatro largos años como una pesadilla, acudí varias veces al otorrino y estuve a punto de operar unos pólipos inexistentes, vagaba sin cesar por la ciudad que se había convertido en una ratonera… emprendí numerosos viajes de norte a sur… nada curaba mi ronquera y balbucía con frecuencia palabras nubladas para pedir auxilio, todos mis conocidos reían satisfechos, y en lugar de mostrarse compasivos con mi afección que emanaba más de mis entrañas que de mi garganta, no podía articular palabra, todos reían  y reían cruelmente, como en un mal sueño, llegué a notar que cuando alguien me dirigía la palabra con amabilidad, casi apuntaba en mi garganta un hilo tenue de voz que me aliviaba, hice lo peor que pudo pasar por mi imaginación atribulada, encerrarme y salir para lo imprescindible,   nada explicaba semejante estado, encontré otro método más racional, buscar pruebas, y el propio lenguaje de los signos me lo proporcionó.
Los sueños volvieron a hacerse presentes, la visión de la realidad era más lúcida y exacta, las impresiones parejas con las ideas fluían en perfecta armonía, todas las funciones del cerebro convivían tranquilas en su casa, explayarse entonces, resultaba fácil, y el hecho de transcribir los sueños, constituía en sí mismo, otro sueño.
 Todas las imágenes del pasado se hicieron presentes, todos los nombres de mis  amigos me salieron al encuentro, el tiempo era otro tiempo, todo, absolutamente todo, era presente, vivo y joven.
Enfrentarse a esos fantasmas que seguían pululando por la realidad con las mismas instancias anteriores, ya no era posible, y sortear esos avatares, ya no era difícil.
Así pasaron aquellos cuatro años, de hito en hito, la vida siguió su curso y un buen día sin saber cómo recuperé la voz.
Cuando ya daba por muerto aquel encuentro fatal que me sedujo sin piedad, después de largos años,  volví a encontrar por la calle a aquel hombre, que visiblemente nervioso y envejecido, adoptó un gesto hierático y distante, y se alejó. A partir de ese momento, en esos días comenzó   idéntico ir y venir que en los días del pasado, no sólo estaba vivo, sino que paseaba también con frecuencia de la mano de una mujer. Me esperaba en cada esquina y me miraba con ojos melosos, con el deseo encendido, pero yo ya no creía en esas cosas, estaba muy ocupada y aceleraba el paso cuando lo encontraba, supuse que ya contaba con una mujer y no tenía sentido mi presencia en su vida, le saludaba amablemente y continuaba hacia adelante como acostumbraba desde aquellos años fatídicos.
Transcurridos pocos  días desde el último encuentro, ocurrió algo totalmente imprevisto, al pasar delante de su portal, vi una esquela con su nombre escrito en ella y sus datos personales entre los que llamaba la atención uno, —como yo le había conocido innumerables mujeres— no di crédito a lo que veía,  “su apenada esposa”… él ya no vivía para desmentirlo.
De: Claros y sombras
Mercedes Vicente González
Foto: “Amantes” de Rene Magritte

domingo, 24 de marzo de 2013

LA SIERPE







Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas
Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,
Los turbios espejos y las muertas llamas
Charles Baudelaire


LA SIERPE

Con el sol del atardecer, encarado, suele llevar   una manzana en la mano que va rumiando suavemente,  se detiene y se  la tiende a un transeúnte cualquiera, en la calle de la Sierpe. Como saliendo de una bruma espesa y fría, el viento  corta la piel del rostro y de las manos, el paso sinuoso que serpea decidido en el trecho breve, temible, semejante a un maleficio, atraviesa de una calle a otra. Cuando uno pasa por ella, siente que su vida se estrecha y  de pronto la angustia anida en el pecho, los gatos nocturnos suelen salir al paso y acompañan por suerte al viandante.
Pisaba con decisión el dibujo en el suelo de la sierpe cuando al dar la vuelta a la derecha sintió la mano robusta de un hombre sobre su hombro que le dijo en un grito ahogado –  ¡sé quién eres!, ¡eres el desgraciado que ensucia nuestras calles y acosa a mi hija ¡ ¡y voy a matarte el día menos pensado!–
Él, indiferente, le tendió uno de los cigarros puros que llevaba prendidos en el interior de su chaqueta tal como acostumbraba a hacer en sus paseos por las calles de la ciudad, y continuó su camino.
 Pero al llegar a su casa la encontró sumida en un mar de llamas, rápidamente y con esfuerzo, salvó cuanto pudo, una mesa pequeña con largas patas pintada de negro, un espejo pequeño con un marco de madera muy trabajada, y otros cuatro espejos más sin marco de tamaño grande, una cartera de cuero que contenía una gramática en ruso, un libro de cuentos y un relato en colores escrito también en ruso con imágenes desplegadas, recuerdo de su infancia. Muy aprisa se dirigió a la casa de su amante y le entregó los objetos sin mediar palabra  sobre lo acontecido, –parto para otra tierra, –dijo, cuando vuelva espero volver a encontrarte.
 Cargado con su equipaje y toda su belleza, y dispuesto a emprender un largo viaje,   se alejó tímidamente de quien supuso el triunfo momentáneo sobre lo que solo existe  más allá de la muerte, más allá de la calle del maleficio en la que ahora el dibujo en el suelo se ha borrado ya, y los viandantes transitan por ella, con pasos  sinuosos, ignorantes de las innumerables historias desgraciadas que les ocurrieron a los seres que la pisaban indiferentes.
A partir de ese momento ella decoró su casa con los espejos en los que siempre contemplaba la imagen de un hombre desolado,  leyó y releyó los relatos y utilizó la misma cartera que los contenían, pasaba todos los días por la calle de la sierpe sin ningún tropiezo, abandonó  a su padre, y todos los días de sol a sol recorría las calles de la ciudad  y llevaba consigo manzanas con las que obsequiar a los transeúntes que pasaban por la calle maldita.
.
Se fue  para no regresar nunca más, muy  despacio, sin volver la vista atrás, tal vez temeroso de  volver a encontrar la ciudad que él hizo fantasma en otro tiempo y que ahora  reclamaba venganza… … sus habitantes aún  le  están esperando.

De: Claros y Sombras
Mercedes Vicente González
Foto: “Las tres velas” Marc Chagall

EL LLANTO DEL POETA









Poseeremos lechos colmados de aromas
Y, como  sepulcros, divanes hondísimos
E insólitas flores sobre las consolas
Que estallaron, nuestras, en los cielos más cálidos…

La muerte de los amantes (Charles Baudelaire)

EL LLANTO DEL POETA

En cualquier época del año  descendía por la cañada un hombre entrado en años cargado con una bolsa de lona, resto de alguna guerra y una flauta de pico plateada. Sus ojos garzos relucían grandes, arropados por párpados arrugados y unas guedejas canosas colgaban sobre sus hombros antaño rubias, como las que se suelen pintar a los arcángeles, vestía con harapos y calzaba unas enormes botas marrones, su mirada firme tenía un solo objetivo, llegar a la plaza en donde con voz profunda y dulce recitaba sus poemas, de vez en cuando se interrumpía y tocaba con su flauta bellas canciones de otro tiempo de tono melancólico y soñador, abrigaba dentro de sí una esperanza, único estímulo que le asentaba en esta vida.
Se decía por el pueblo que era un loco desertor de la guerra, los niños le esperaban al final de la cañada y le  seguían coreándole hasta la plaza, los mozos se reían sin cesar y todos esperaban verle aparecer  para asistir al espectáculo.
“El poeta desertor” le llamaban, vivía solo y se mantenía gracias a una huerta y algunas monedas que le arrojaban, bebía constantemente agua tibia que alojada en su vieja cantimplora debía conservar en buen punto su temperatura, gozaba incluso de buena salud y su presencia irradiaba cierto halo de belleza, –debió de ser un bello y atractivo muchacho–.
Un día entre el tumulto que se congregaba a su alrededor se oyó en medio del griterío la voz de una mujer que le solicitaba el poema “La muerte de los amantes”, él tan absorto como se encontraba en su trabajo no reconoció a la mujer, pero su voz se atipló como por encanto identificándose así con ella de una manera inconsciente, cuando antes de acabar  el poema dice:
Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,
Intercambiaremos un solo relámpago
Igual a un sollozo grávido de adioses… comenzó a brotar una lágrima de sus hermosos ojos que se ahogó en un sollozo incesante y no pudo finalizar, –la voz femenina que había escuchado evocaba a su amante de otro tiempo que en la oscuridad de la noche sollozaba sin consuelo cuando el partió a otras tierras a compartir los sollozos aterradores de la guerra–.
Cuando apesadumbrado recogía sus cosas y se disponía a partir la mujer conmovida le tomó de la mano y él entonces la reconoció en su aliento.
 Y cuando ya llegaba la noche,  en su regazo enjugó abundantes lágrimas.

viernes, 22 de marzo de 2013

LA NIEBLA DEL BOSQUE



LA NIEBLA DEL BOSQUE


” Brota el delirio al parecer sin límites, no sólo del corazón humano, sino de la vida toda y se aparece todavía con mayor presencia en el despertar de la tierra en primavera, y paradigmáticamente en plantas como la yedra, hermana de la llama….”

“Claros del bosque”
María Zambrano

Despertaba la primavera en aquel entonces y la ciudad se mostraba alegre y bulliciosa, eran horas cercanas al mediodía cuando el sol luce radiante en todo su esplendor matutino.
Había transcurrido mucho tiempo desde aquel fatídico accidente que las reunió en el entierro de una amiga común.  Las dos amigas sentadas en una terraza entre luces y sombras se refrescaban con una cerveza y disfrutaban con un lote de libros en las manos que acababan de adquirir en una librería de viejo,
Entablaron conversación muy locuaces y con visible entusiasmo intercambiaron impresiones, unas habitaban en el recuerdo, otras eran provocadas por la luminosidad del día.
Su amiga mostraba la misma caída de ojos de antaño hundidos en grandes ojeras y cierto aire libidinoso propiciado por su desarraigo y marginación, siempre en busca de otra mujer que llegara a intimar con ella. Para ello no escatimaba recursos y acudía con frecuencia a la poesía, a relatos de insignes escritoras y siempre desplegaba sin reparo y con entusiasmo un mundo femenino en espera de alguna señal que la invitara a sentir compasión por su amiga radiante y resuelta con cierto aire de ingenuidad.
En el transcurso de la conversación se dio cuenta de que  eludía siempre el fatídico accidente en el que falleció su mejor amiga cuando ella la acompañaba en el viaje en el asiento de al lado en el vehículo,  prendada de los encantos de la conductora, –a menudo buscaba amigas con ese mismo aire de ingenuidad para su propósito–, sus comentarios eran por lo general rotundos y sazonados con un tono siniestro y perverso, constantemente ahuyentaba la presencia de cualquier hombre que se acercara a saludar, pero ese día después de tanto tiempo se mostraba discreta y recatada con cierto reparo.
Como el tiempo era propicio decidieron hacer una excursión a una zona boscosa de la provincia con el fin de pasar el fin de semana en contacto con la naturaleza exuberante de aquella zona, entre risas ilusionadas se despidieron con el fin de preparar las cosas para el viaje.
Aún quedaban vestigios del invierno y su único temor era que se les estropeara el proyecto.
A la mañana siguiente emprendieron el viaje y buscaron un claro del bosque para acampar, el día aparecía nublado y esperaban el mediodía para ver alzarse el sol que aparecía difuminado y lejano, su amiga abrigaba grandes esperanzas en ese viaje, de carácter ambicioso nada se le ponía por delante con tal de alcanzar sus objetivos y siempre tomaba la iniciativa, ella ni siquiera sospechaba sus intenciones, y pensaba que unos días lejos de la ciudad serenarían sus nervios y cansancio, caminar y explorar la zona, comer al aire incipiente del buen tiempo, leer recostada a la vera de un árbol eran todos sus deseos.
 Sin embargo la sombra de su amiga desaparecida la intranquilizaba y sentía que de alguna manera usurpaba su presencia, sin querer la comparaba con su amiga superviviente y encontraba un vacío que la inquietaba cada vez más en aquel rincón del bosque rodeada por árboles gigantescos, cada vez que se acercaba su amiga en cierto modo la rehuía y se adentraba en el bosque con el fin de disipar sus sospechas, su compañía no la hacía feliz, el deseo de huir se hacía cada vez más presente.
Al llegar la noche una leve niebla humedecía el ambiente frío que se respiraba, durmieron como un matrimonio malavenido y al despertar la niebla era densa y espesa, a su amiga no le importaba en absoluto, pero ella quiso regresar a la ciudad agobiada por las circunstancias, sentía un malestar semejante a una pesadilla, deseaba en fin alejarse de aquel lugar y no volver a verla nunca más, en ese momento se dispuso a conducir el vehículo muy compasiva.
 Se hundieron en la niebla y el terror se apoderó de ella que no veía ninguna señal que le indicara la proximidad de la ciudad, su amiga la tranquilizaba con buenas palabras y conducía sin temor a través de la niebla, el vehículo se había convertido en un encierro cada vez más claustrofóbico, el trayecto era lento y eterno, su amiga silbaba, mientras ella estallaba en un llanto impotente, veía las sombras que la envolvían, necesitaba auxilio,  el aspecto de su amiga se transformaba con la luz mortecina de la mañana y causaba espanto, deseaba expulsar de su cabeza a su amiga muerta que se le aparecía en la ventanilla como una visión alucinada, nunca olvidaría aquella excursión en compañía de aquellas sombras húmedas.
A los pocos días de llegar a la ciudad encontró otra vez a su amiga en unos almacenes cargada con sus compras y en compañía de otra amiga.
      —Puedo acercarte a tu casa en mi coche, le tengo ahí aparcado– y señaló con el dedo, una impresión desazonada recorrió su cuerpo en un instante, – no, muchas gracias prefiero ir caminando. 
De: Claros y sombras
Mercedes Vicente gonzález