viernes, 20 de enero de 2017

THOMAS WOLFE






Thomas Wolfe: la construcción de una novela

PUBLISHED ON 08/07/2014
Faulkner no escatimó elogios: “Thomas Wolfe es el mejor; después estoy yo; después, Hemingway”. Del tiempo y el río no sólo es una de las obras más ambiciosas de la literatura norteamericana, sino también uno de los monumentos novelísticos del siglo XX. Una obra de arte total, a la que nada humano le es ajeno. De una voracidad, desmesura y lirismo sin igual, con un exceso al que debe su irrepetible grandeza y el lugar de honor que ocupa en la literatura mundial. Una obra tan gigantesca plantea de por sí varias preguntas: ¿Qué lleva a un autor a entregarse a un trabajo tan exhaustivo? ¿Cómo hace para que su vida y sus intenciones artísticas no naufraguen en el océano de las palabras en el que desemboca el torrencial fluir de su escritura? ¿Qué sentido tiene escribir –y escribir tanto–, qué le ocurre a un hombre cuando se convierte en un escritor tan apasionadamente unido a su obra?
En 1936, dos años antes de su prematura muerte, Thomas Wolfe escribió un relato, The Story of a Novel, donde narraba la laboriosa y hasta traumática gestación de DEL TIEMPO Y EL RIO, en “una historia del artista como hombre y como trabajador” que concluye apuntando la razón última de tan titánico empeño: un Nuevo Mundo debe fundar su propia y nueva literatura. El combate cuerpo a cuerpo de Thomas Wolfe con su propia obra resultó de este modo una magistral lección de la dificultad y el goce de escribir, del drama y dolor de la creación, del lugar del artista en el mundo, y del predominio pese a todo de la pasión sobre la técnica.
DEBEDEHABER publica, en su memoria,  al cumplirse el 75 aniversario de la muerte del gran autor norteamericano, un significativo extracto de esta épica narración que en España fue editada bajo el título de “Historia de una novela”.
*
CÓMO ESCRIBÍ “DEL TIEMPO Y EL RÍO”
Al volver a Estados Unidos en la primavera de 1931, aunque tenía entre 300.000 y 400.000 palabras escritas, no disponía de nada que pudiera ser publicado como novela. Casi un año y medio había pasado desde la aparición de mi primer libro y la gente ya había empezado a hacerme una pregunta bienintencionada, pero que al repetirse año tras año, llegó a hacérseme tan intolerable como una burla cruel: “¿Ya ha terminado su próximo libro? ¿Cuándo se publicará?”.
Por entonces, estaba seguro de que en pocos meses de riguroso trabajo conseguiría acabar la obra. Busqué un lugar, un pequeño apartamento en Brooklyn, y allí continuó mi trabajo.
La primavera se hizo verano, el verano otoño; día tras día trabajaba duramente, y no surgía nada que tuviera la unidad y la forma de una novela. Llegó octubre, y con él un segundo año entero desde la aparición de mi primer libro. Y ahora estaba inevitablemente obligado a publicar el segundo. Empecé a notar una sensación de opresión y desesperación tan tenaz. que en los tres años siguientes llegó a hacerse casi enloquecedoramente insoportable. Por primera vez me di cuenta de que mi proyecto era de mayor envergadura de lo que había imaginado. En la época en que volví de Europa, aún creía estar preparando un libro de extensión normal, de unas 200.000 palabras. Pero ahora que una escena seguía a otra, que aparecía un personaje tras otro, a medida que se volvía más comprensible el significado de los temas que abordaba, descubrí que me sería imposible escribir el libro que había planeado ajustándome a los límites que estimé suficientes.
Toda aquella época estuve desconcertado por el problema del tiempo en el libro, por una articulación temporal que no debía perderse y para la que buscaba denodadamente algún tipo de forma. El argumento se desarrollaba en tres niveles de tiempo. El primero y más obvio era el presente, en el que la narración avanzaba y personajes y sucesos se dirigían hacía un futuro inmediato. El segundo nivel de tiempo era el pasado, por el que los personajes eran determinados por toda la experiencia humana acumulada, de modo que cada instante de sus vidas estaba condicionado no sólo por lo que experimentaban en cada momento sino también por todo cuanto habían conocido hasta entonces. Junto con estos dos niveles existía un tercero, que concebía como el de un tiempo inmutable: el tiempo de los ríos, de las montañas, de los océanos y la tierra; un universo de tiempo eterno e invariable sobre el que podía proyectarse lo transitorio de la vida humana, la amarga brevedad de su día. El tremendo problema que comportaban estos tres niveles temporales casi me derrotó, causándome incontables horas de angustia en los años siguientes.
Cuando empecé a entender la verdadera naturaleza del trabajo que me había propuesto, la imagen del río comenzó a darme vueltas por la mente. Literalmente, sentía como si tuviera un gran río brotando en mi interior, y tenía que encontrarle un cauce por el que pudiera fluir el ímpetu de su corriente. Comprendía claramente que debía encontrarlo o sería destruido por la fuerza de mi propia creación; y estoy seguro de que todos los artistas que han existido notaron esta sensación alguna vez.
Entretanto, me iba dejando atrapar por una absurda idea fija cuyo error no podía entonces advertir. Yo estaba convencido de que todo mi gigantesco plan tenía que desarrollarse dentro de los límites de un libro normal, que titularía Feria de octubre. Sólo al cabo de un año comprendí que el material que estaba elaborando abarcaba unos 150 años de Historia, necesitaba la participación de más de dos mil personajes y, en su forma definitiva, incluiría a casi todas las razas y clases de la vida norteamericana. Para semejante propósito, un libro de 200.000 palabras era del todo insuficiente.
¿Cómo llegué a esta conclusión? No me parece exagerado decir que por meterme de lleno en la obra. Todo aquel año escribí furiosamente, sintiendo la inexorable opresión del correr del tiempo, con la acuciante necesidad de acabar algo. Escribía como un poseso; terminaba escena tras escena, capítulo tras capítulo. Los personajes empezaron a cobrar vida, a crecer y multiplicarse hasta poder contarse por cientos; pero, como comprendí con desesperación, mi proyecto era tan ambicioso que aquellos capítulos podían compararse a la hilera de luces que a veces uno ve por la noche desde las ventanillas de un tren corriendo a gran velocidad a través de las sombras y la soledad del campo.
Trabajaba encarnizadamente día tras día hasta que mis energías creadoras se agotaban, y, pese a que al final de aquel período ya llevaba escritas unas 200.000 palabras –suficientes para componer un extenso libro–, con tremendo desconsuelo descubrí que lo que había terminado apenas era una pequeña parte del libro.
Llegué entonces al estado de abandono y total soledad que todo artista debe afrontar y vencer si quiere sobrevivir. Antes, me había impulsado la deliciosa ilusión de triunfo que todos tenemos cuando soñamos con los libros que vamos a escribir. Ahora, al estar cara a cara frente a la escritura, me di cuenta de repente que en esa lucha había empeñado mi vida y mi persona tan irrevocablemente, que no tenía más opción que triunfar o ser aniquilado. Estaba solo ante mi trabajo, y entonces supe que debía hacerlo yo solo, que nadie podría ayudarme por mucho que quisiera hacerlo. Advertí, por primera vez, otro hecho implacable que todo artista debe saber: que en la actividad humana no solo se encuentra el germen de la vida, sino también el de la muerte, y que el poder de creación que nos exalta también puede corroernos si permitimos que se pudra en nuestras entrañas como un feto. Tenía que expulsarlo como fuera. Y entonces, por primera vez, una terrible inquietud sacudió mi mente: la de que no viviría lo bastante para expulsarlo, la de haber concebido una obra tan grandiosa e imposible que, para llevarla a término, no bastarían una docena de vidas.
Sin embargo, en aquella época conté con un inestimable apoyo: tenía por amigo a un hombre de inmensa y paciente sabiduría, de carácter tan amable como inquebrantable. Si no fui destruido por el desaliento que me había provocado la gigantesca tarea que tenía por delante, creo que se debió en buena parte al valor y la paciencia de aquel hombre. No cedí porque él no me permitía ceder; y creo que es cierto asimismo que en aquel difícil periodo él contaba con la ventaja de encontrarse en la posición del sagaz observador de una batalla. Yo en cambio estaba en pleno fragor de la batalla, cubierto de polvo y sudor, extenuado por el combate, y veía el carácter y desarrollo de la contienda mucho menos claramente que mi amigo. Poco era lo que aquel hombre podía hacer entonces, salvo observar y, de un modo u otro, conseguir que yo insistiera en mi trabajo, cosa que logró con discreción y maravilloso tacto.
Yo estaba en plena etapa de producción, y aún el más capaz de los editores poco puede hacer por un escritor hasta que este, extrayéndolos de las secretas oscuridades de su espíritu, ha sacado a la luz los frutos de su imaginación. En esta dolorosa etapa, mi amigo el editor había unido su labor específica a un hombre que estaba agarrado a una ballena a punto de sumergirse; sólo a su tenacidad debo haberme podido soltar finalmente de la ballena.
Mientras tanto mi energía creadora funcionaba con la mayor capacidad que he conocido. A veces escribía sin creer que podría terminar algo, teniendo en mi interior sólo una atroz desesperación; aún así, escribía y escribía y no podía parar de escribir. Era como si la desesperación fuera el aguijón que me obligaba a continuar, que me hacía escribir incluso cuando creía que no acabaría nunca. Aunque sólo hacía dos años y medio que vivía en Brooklyn, me parecía que hacía centurias que estaba allí, con oceánicas profundidades de negras e insondables vivencias no mesurables en tiempo. A veces la gente me ha preguntado qué fue de mí durante aquellos años, cómo podía enterarme de lo que ocurría a mi alrededor si mi vida estaba tan absorbida por la escritura. Puede parecer extraño, pero lo cierto es que nunca he vivido tan intensamente, nunca he compartido tanto la común vida humana como lo hice en aquellos tres años en los que luchaba con el gigantesco problema de mi obra.
Entre otros aspectos, mis facultades sensitivas y creadoras, mi capacidad de observación y comprensión, mi sentido del oído incluso, y, sobre todo, el poder de mi memoria, habían llegado a su mayor agudeza. Al acabar una jornada de encarnizado trabajo, mi cerebro ardía por el esfuerzo y ni el opio de la lectura, la poesía, la música, el alcohol, ni cualquier otro placer, le podían dar descanso. Era incapaz de dormir, incapaz de controlar aquel torbellino de febrilidad creadora; y, como consecuencia de ello, durante tres años deambulé continuamente por las calles, exploré el hormigueante laberinto de la ciudad que un millón de pasos cruzaban, y llegué a conocerla como nunca lo había hecho. Corrían tiempos sombríos en la Historia de la nación, coincidiendo con una época sombría de mi propia vida; es natural, por tanto, que mis recuerdos de entonces sean penosos y amargos.
Aquellos años vi por doquier escenas de ruina y dolor. Mi propia gente, los miembros de mi propia familia, estaban arruinados; en lo que se llamó “la Depresión” perdieron todo su bienestar material y lo que habían conseguido tener tras toda una vida de esfuerzos. Y la catástrofe fue general, golpeando de una manera u otra la vida de casi todos aquellos a quienes conocía. Además, en mi incesante vagabundeo y exploración a través de la gran telaraña y jungla urbana, vi, viví, sentí y experimenté todo el peso de aquella horrible desdicha humana.
Vi un hombre muerto entre un montón de trapos rotos y hediondos, devorado por los gusanos; vi seres infelices amontonados unos con otros para darse calor, helándose acuclillados dentro de retretes sin puertas, sobre el inmundo asiento de una letrina pública, bajo la sombra y al frío abrigo de magníficos y suntuosos monumentos a la opulencia; vi actos de repugnante violencia y maldad, la arrogancia de los poderosos; vi una autoridad cruel y corrupta pisoteando despiadadamente las vidas de los pobres, los débiles, los infelices y los indefensos de la tierra.
Y el estremecedor impacto de aquellas tenebrosas estampas de la inhumanidad del hombre para con su semejante, las infinitas repercusiones de estas escenas de sufrimiento, violencia, opresión, hambre, frío, de la suciedad y la pobreza extendiéndose sin que nadie se preocupara de ellas en un mundo donde hasta los ricos estaban podridos en su bienestar, dejaron una cicatriz en mi vida y una convicción en mi espíritu que nunca perderé.
Y, como sedimento final, de todo ello quedó un recuerdo luminoso, cierto testimonio de la fortaleza del ser humano, de su capacidad para soportar el sufrimiento y sobrevivir pese a todo. Por esta razón creo que siempre recordaré aquel negro periodo con una especie de regocijo que entonces no hubiera creído posible, porque fue entonces cuando más intensamente viví; el sufrimiento de mi propia obra me hizo compartir el de las vidas de quienes me rodeaban. Y esa es otra cosa que me aportó la creación de mi libro: le dio a mi vida esa especie de madurez que la realización de toda obra causa en la vida del artista.
Llegó el prematuro invierno de 1933. Y con él –al menos así me lo pareció– el definitivo hundimiento en un fracaso abismal. Todavía escribía y escribía, pero tan a ciegas, tan desesperadamente, como un caballo enganchado a una noria, trotando por el mismo círculo interminable, sin conocer más objetivo en su vida que ese. Si dormía, era para tener una incesante pesadilla de fulgurantes visiones cruzando por mi mente febril y desasosegada. Y cuando despertaba, era para levantarme exhausto, sin conocer más que el trabajo, todo el día agotándome furiosamente entregado a una desalentadora labor; y luego otra vez la noche, el frenético deambular por miles de calles, y la cama y el duermevela de nuevo, la alucinante pesadilla a la que mi conciencia estaba encadenada como un condenado.
Existía cierto tipo de sueños que sólo puedo definir como ”Sueños del Tiempo y la Culpa”: cambiantes en su maldita e interminable fecundidad, me devolvían el vasto mundo que había conocido, el billón de rostros que había visto y el millón de voces que había oído; y me lo devolvía con el maligno placer de quien como espectador reconstruye algo con indeseada minuciosidad. Mi conflicto diario con el Debe y el Haber, las enormes acumulaciones de recuerdos de mis años de lucha con las formas de la vida, mi brutal e infinito esfuerzo por grabar en la memoria cada ladrillo y cada adoquín de todas las calles por las que había andado, cada rostro de las abigarradas muchedumbres de todas las ciudades, de todos los países con los que mi espíritu había contrastado su salvajismo luchando desigualmente por la supremacía, todo volvía ahora: cada piedra, cada calle, cada ciudad, cada país, sí, incluso cada estante de la abarrotada biblioteca cuyas hileras de libros había intentado devorar en la universidad; todo volvía, transportado por estos poderosos, tristes y en cierto modo sosegados sueños dementes. Veía, oía y conocía todo a la vez, instantáneamente me encontraba sin penas ni angustias, poseído por la lúcida serenidad de Dios, señor de todo el vivo universo que durante años había luchado por dominar en su totalidad. Y el fruto de ese gigantesco triunfo, la calma e inmediato alivio causados por esa inmortalidad alucinada e inhumana, en cierto modo era más triste y amargo que la más insoportable y cruel derrota sufrida en mi lucha con la multiplicidad de la vida. Sobre ese mundo de sueños brillaba para siempre, serena, muda e invariable, la luz del tiempo. Y entre el tráfago de las compactas multitudes –cuyos rostros, cuya vida, en lo individual y en lo colectivo era ahora la mía, al instante y sin esfuerzo– se elevaban para siempre los patéticos y continuos lamentos del cuerpo mortal; crecían las tinieblas producidas por la sombra de la muerte, que con lúgubre resuello alienta en las orillas inmensas del mundo.
Y más allá, más allá –eternamente encima, alrededor, detrás de la vasta y tranquila lucidez de mi espíritu, que ahora sostenía fácilmente el mundo y todos sus elementos entre las enormes palmas de sus manos– estaba para siempre el fatal conocimiento de mi propia e inexpiable culpa.
No sabía lo que había hecho. Sólo sabía que había perdido el tiempo miserablemente, y que al actuar así había traicionado a mi hermano el hombre. Había estado ausente de casa demasiado tiempo –cómo, porqué o en qué sentido, no lo sabía–, drogado por los adormecedores efluvios de algún florido país de hadas, con una oscura pesadumbre interna que me era imposible recordar. Y de pronto otra vez me hallaba en el lugar donde nací, caminando solitario bajo una luz suave, muda y difusa; marchando por los caminos, los campos trillados en las colinas, las calles de mi tierra natal, a veces incluso por los perfiles exactos y revividos de mi hogar, mi niñez y mi pueblo; de tal modo que no sólo cuanto había conocido –cada calle y rostro que me fueron familiares, cada piedra del pavimento–, sino también incontables cosas que nunca vi o había olvidado –una bisagra oxidada en la puerta de un sótano, el crujir de una escalera, un desconchado en la pintura parda de la verja de madera, el tronco de un roble en la colina parcialmente hueco a causa de una rama desprendida, el brillo de los cristales de la puerta de entrada, la manivela de bronce del freno de un tranvía abrillantada por un lado por el roce del fuerte puño del conductor y cubierta por una petaca convertida en improvisada funda–, cosas así, con millones de otras, volvían para atormentar mi sueño.
Y aún más que estas, más, mucho más íntimos que esas escenas de evocación y anacronismo, eran los paisajes derivados de ellas: calles, pueblos y rostros vistos no como eran, sino como deberían ser en la impenetrable, extraña y enigmática 1ógica del cerebro y del corazón humanos, siendo así más reales y verídicos que la realidad.
Estos sueños del Tiempo y la Culpa no eran los únicos: al soñar, mi mente y mi memoria bullían en interminables imágenes; todas las inmensas reservas de la memoria eran exhumadas y precipitadas en un torrente desbordado. Un millón de cosas, vistas una vez y luego olvidadas, reaparecían y centelleaban ante mis ojos en un caudal de luz; y un millón de cosas no vistas, caras, ciudades, calles y paisajes aún no contemplados pero largamente imaginados –las caras desconocidas más reales que las conocidas, las voces no oídas más moduladas que las siempre escuchadas, los planos, volúmenes, formas y paisajes nunca entrevistos mucho más reales que cualquiera de los vistos detalladamente–, todo fluía en mi mente febril y agitada como un torrente de interminable esplendor. Y, de repente, sabía que ese flujo nunca se interrumpiría.
Pues el sueño había muerto para siempre, el piadoso, oscuro, dulce y olvidado sueño de la niñez. El gusano había entrado en mi corazón instalándose allí, enroscado y alimentándose de mi cerebro, espíritu y memoria. Finalmente, sabía que mi propio fuego me había atrapado, consumiéndome en mi propia voracidad, desgarrándome con el garfio de la furiosa e insaciable ambición que había consumido mi vida durante años. En resumen, sabía que, en el cerebro, el corazón o la memoria, una llama ardería siempre, de día, de noche, cada despertar o momento de sueño de mi vida; que el gusano se alimentaría y la luz brillaría sin que ninguna distracción –comidas, bebidas, viajes, mujeres– pudiera apagarla; y que nunca más, hasta que la muerte me cubriera con su definitiva y total oscuridad, podría librarme de ella.
Supe que por fin me había convertido en escritor: supe por fin qué le ocurre al hombre que convierte su vida en vida de escritor.
A ese estado había llegado al empezar el invierno de 1933; y, aunque no pudiera darme cuenta, ya estaba a la vista el final de mi titánica labor. A mediados de diciembre del mismo año, el editor de quien ya hablé y que durante toda aquella tormentosa etapa de mi vida había mantenido sobre mí una serena vigilancia, me invitó a su casa y, tranquilamente, me dijo que mi libro ya estaba terminado. No pude más que mirarle con atolondrada sorpresa, respondiéndole al fin, desde lo más hondo de mi desconsuelo, que se equivocaba, que el libro no estaba terminado, que nunca lo terminaría porque ya no podía escribir más. Sin perder la calma insistió en que el libro estaba terminado, lo supiera yo o no. Y me rogó que volviera a mi habitación y dedicara la semana siguiente a ordenar el manuscrito.
Aunque sin esperanzas ni convicción, le hice caso. Durante seis días trabajé sentado en el suelo, en medio de la habitación, rodeado de montañas de papeles mecanografiados. Al terminar la semana tenía lista la primera parte, y justo dos días antes de la Navidad de 1933 le envié el manuscrito de Feria de octubre, y poco después el de Las colinas más allá de Portland. La extensión de Feria de octubre era entonces de aproximadamente un millón de palabras. Fragmentariamente, lo había leído casi todo en los tres años precedentes, pero ahora por primera vez podía leerlo ordenado. Y de nuevo su intuición fue acertada: me había dicho la verdad cuando afirmó que el libro estaba terminado.
Terminado, pero no en el sentido de que ya pudiera ser publicado. Realmente más que un libro era su esqueleto, pero por primera vez en cuatro años todo el esqueleto del libro estaba listo. Aún faltaba una enorme labor de revisión, de conexión entre las distintas partes, de darle forma y, sobre todo, de hacer cortes y supresiones. Pero ya tenía el libro y nada, ni mi propia desesperación, me lo podía arrebatar. Así me lo dijo el editor, y de repente comprendí que tenía razón.
Aunque, por supuesto, eran muchos los problemas que teníamos por delante, al menos ya existía algo sobre lo que trabajar, y con alegre confianza emprendimos la tarea que nos esperaba. El primer problema era la desmesurada extensión del libro, pues ya sólo el esqueleto de Feria de octubre tenía doce veces la longitud de una novela normal, o bien el doble del tamaño de Guerra y Paz. Saltaba a la vista que así no solo era imposible publicarlo en un único volumen, sino que aunque se publicara en varios volúmenes la tremenda extensión prácticamente anularía cualquier posibilidad de encontrar un público que lo leyera.
Teníamos que solucionar ese problema, pero el editor lo resolvió rápidamente. A medida que examinaba el manuscrito, advirtió que era posible distinguir dos ciclos completos e independientes. El primero narraba el periodo de vagabundeo y hambre en la juventud de un hombre. El segundo presentaba un período de menos incertidumbre, y tenía mayor coherencia. Por tanto, obviamente, esos dos movimientos cíclicos del libro en realidad eran el material de dos obras totalmente diferentes, y aunque la segunda era de largo la más acabada, lógicamente debíamos retocar y publicar antes el primer ciclo. Y eso fue por lo que optamos.
Abordamos la primera parte; inmediatamente preparé una sinopsis que, además del desarrollo del libro de principio a fin, incluía un análisis de los capítulos que consideraba terminados, de los que estaban incompletos y de los que aún estaban por escribir. Siguiendo esta sinopsis, empezamos a preparar el libro para entregarlo a la imprenta. Este trabajo me ocupó todo el año 1934. A comienzos de 1935 la novela estuvo lista por fin, siendo impresa en marzo del mismo año, con el titulo Del Tiempo y el Río.
El manuscrito requirió drásticos cortes; pero, debido al modo como había sido escrito, y también a causa de lo cansado que estaba, no me sentía capaz de efectuar semejante tarea.
Cortar ha sido siempre lo más difícil y desagradable en mi trabajo de escritor; siempre he tendido más a alargar que a cortar. Además mi capacidad para criticar mi propia obra había quedado maltrecha, al menos en aquel entonces, debido al delirante trabajo de los cuatro años precedentes. Cuando la obra de un hombre ha brotado de él como lava ardiente durante casi cinco años, cuando todo, incluso lo superfluo, se ha moldeado con fuego y pasión incandescente, con las propias energías creadoras al rojo vivo, es muy difícil convertirse de pronto en frío cirujano, en implacable extirpador.
Bastarán unos pocos ejemplos para ilustrar las dificultades con que tropezábamos: el capítulo que abría la novela narraba el viaje nocturno de un tren por el Estado de Virginia. Su función en el libro consistía sencillamente en introducir algunos de los personajes principales, esbozar la situación clave, ofrecer algunos antecedentes de la trama, y quizá, mediante el movimiento del tren sobre la tierra inmóvil, marcar el compás de cierto latido, provocando determinada emoción inherente a la naturaleza de la obra. En consecuencia, ese capítulo era importante, pero su función era secundaria en el conjunto del libro, y debía tener una extensión proporcional a su importancia.
Ahora bien, en su primera versión esta introducción era bastante más larga que una novela mediana. Lo que hacía falta simplemente era un capítulo introductorio, dos como mucho, y sin embargo yo había escrito unas cien mil palabras. La misma dificultad, la misma falta de proporción se daba asimismo en otras partes del manuscrito.
Lo que había escrito sobre el tren era bueno. Pero tenía que aprender la amarguísima lección a la que debe someterse quien quiera escribir: que un fragmento puede ser por sí mismo la más perfecta obra que uno ha escrito jamás y sin embargo no encajar en absoluto en el manuscrito que se pretende publicar. Esto es muy duro, pero hay que afrontarlo, y nosotros lo afrontamos.
Todo mi ser se conmovía con la sangrienta mutilación. Se me encogía el alma viendo la carnicería de tantas cosas hermosas en las que había puesto el corazón. Pero había hacerlo, y lo hicimos.
El primer capítulo del original, un capítulo que el propio editor consideró como uno de los mejores que he escrito, fue implacablemente suprimido debido a que no era un verdadero comienzo, sino como mucho un preámbulo que retrasaba el auténtico inicio; suprimido, por tanto. Y así ocurrió a lo largo del resto. Capítulos de cincuenta mil palabras fueron reducidos a quince mil o diez mil; y, habiendo aceptado la imperiosa necesidad de recortar, al final llegué a una especie de insensibilidad y en un par de ocasiones yo mismo procedí a más cortes de los que mi editor estaba dispuesto a consentir.
Otro fallo que siempre ha trastornado mi escritura es que con frecuencia intento reproducir íntegramente todo el desarrollo y situaciones de una escena real. Así, en otro capítulo del libro, cuatro personas conversaban cuatro horas ininterrumpidas. Todos eran buenos conversadores, y a menudo hablaban o intentaban hablar a la vez. La conversación era entretenida y muy animada, muy vivaz porque yo conocía

bien las vidas, el carácter y el vocabulario de toda esa gente, y no me había dejado nada. Y en todo el rato lo único que ocurría en esta escena era que una mujer, que había bajado del automóvil de su marido y entrado en casa de su madre, le decía al impaciente esposo, cada vez que este hacía sonar el claxon: “¡vale, vale, espera cinco minutos!”. Los cinco minutos se convirtieron en cuatro horas y el pobre hombre tocaba y tocaba el claxon mientras en la casa las dos mujeres y dos jóvenes de la misma familia mantenían una torrencial conversación, contándose con pelos y señales la vida y milagros de casi todos los vecinos del pueblo, recordando historias pasadas y chismes presentes, haciendo especulaciones acerca del futuro. Todo lo recogí en el manuscrito tal como lo había presenciado, conocido y vivido miles de veces y, a costa de pecar de inmodesto, debo decir que era excelente en su totalidad: la espontaneidad de la conversación, la vitalidad y colorido del lenguaje, su perfecta naturalidad, la fluidez de la escena. Pero había hecho charlar a cuatro personajes durante ochenta mil palabras, que equivaldrían a doscientas páginas de apretada tipografía, y eso para una escena secundaria en un libro enorme; aunque era buena, era un error y por supuesto debía ser eliminada.

Así fueron algunos de nuestros mayores problemas con el manuscrito, y pese a que después de la publicación del libro no han faltado sugerencias de que habría mejorado con más cortes, lo cierto es que los que ya le hicimos fueron mucho más drásticos de lo que había imaginado.
Entretanto, continuaba a toda marcha la tarea de completar el esquema, terminar las partes que faltaban y establecer los imprescindibles eslabones de transición entre ellas.
Por sí solo esto ya comportaba un trabajo enorme, y todavía durante otro año estuve escribiendo todo el día arduamente. Una vez más se hizo patente mi principal error: una vez más escribía demasiado. No sólo escribía lo esencial, sino que una y otra vez mi entusiasmo por una buena escena –una de esas fascinantes perspectivas que a un hombre se le pueden revelar maravillosamente en el curso de su creación–, volvía a arrastrarme y concedía miles de palabras a una escena que no aportaba nada que pudiera considerarse de vital importancia a un libro cuya principal necesidad era una despiadada condensación.
Aquel año debo haber escrito, para añadir al manuscrito, cerca de millón y medio de palabras, de las que, naturalmente, sólo una pequeña parte fue aprovechada para la versión definitiva.
Lo que caracterizaba mi método de trabajo, el afán de explorar hasta el fondo el material que empleaba, me condujo a otro error. Cinco años escribiendo sin parar me habían inducido a creer que no sólo había que usarlo todo sino que era preciso decirlo todo, sin dar nada por sobreentendido. Como resultado de ello, al final había al menos una docena de capítulos adicionales que me parecía que otorgarían un valor definitivo al libro. Discutí el asunto hasta la saciedad con mi editor. Le dije que era preciso incluir esos capítulos simplemente porque yo creía que sin ellos el libro estaría incompleto: él recurrió a toda clase de argumentos para demostrarme que estaba equivocado. Me doy cuenta ahora de que tenía razón, pero entonces yo estaba tan irracionalmente unido a mi obra que carecía de la distancia necesaria para juzgarla imparcialmente.
El final llegó de improviso, el final de aquellos cinco años de tormento y trabajo incesante. En octubre viajé a Chicago para tomarme unas vacaciones de dos semanas, las primeras desde hacía tiempo. Al volver, me encontré con que mi editor, con toda la tranquilidad del mundo, había mandado por su cuenta el manuscrito a la imprenta, los tipógrafos ya estaban trabajando en él y las pruebas empezaban a llegar. Esto yo no lo había previsto; me desesperé, enloquecí. “No puedes hacerlo”, le dije, “el libro no está terminado, necesito seis meses más”.
Me contestó que no sólo estaba terminado, sino que si dedicaba al libro seis meses más, después reclamaría otros seis más, luego otros seis y que muy bien podía obcecarme tanto con mi obra que nunca llegaría a publicarla.
Siguió diciéndome –y creo que con toda la razón– que me equivocaba actuando de ese modo. Yo no era, me dijo, un perfeccionista, un escritor del tipo de Flaubert. Yo tenía veinte, treinta, incontables libros dentro de mí, y lo importante era escribirlos y no desperdiciar el resto de mi vida perfeccionando uno solo. Admitió que seis meses más de trabajo en el libro servirían para acabarlo mejor, pero no creía que el beneficio de ello fuera ni de lejos tan considerable como a mí me lo parecía; y por eso estaba profundamente convencido de que el libro debía publicarse sin más dilación, de que debía sacármelo de encima, olvidarlo y orientar mi vida hacia la realización del trabajo que ya tenía preparado y que estaba esperándome. Además, predijo con exactitud el tipo de críticas que recibiría la novela: por su extensión, por su adjetivación, por su exuberancia; pero me recomendó que no me desalentara por ellas.
Por último, me dijo que yo seguiría escribiendo y que haría obras cada vez mejores, que aprendería a trabajar sin tanta confusión, sin malgastar energías y sin inútiles torturas; que mis futuros libros lograrían más y más la coherencia, seguridad y perdurabilidad que todo artista ansía para sus obras; pero que debía aprender como lo había hecho hasta ahora: tanteando, luchando, buscando yo solo mi propio camino; no podía ser de otra manera.
En enero de 1935 revisé las últimas pruebas; los primeros ejemplares salieron de imprenta en febrero; el libro estuvo listo para ser distribuido a principios de marzo. Para entonces yo no estaba ya en mi país. Una semana antes de la salida del libro a la calle me había embarcado rumbo a Europa; y a medida que el barco se iba alejando más y más de la costa americana, mi moral iba hundiéndose más y más hasta llegar al más bajo nivel de inconsolable depresión que creo haber conocido. Puede que esto se debiera sobre todo a una reacción física, al inevitable efecto de la relajación de un organismo sometido durante cinco años a una tensión al límite. Me parecía que mi vida era como un gran mecanismo que estuvo tenso y a pleno rendimiento durante años y que ahora de repente se aflojaba y giraba en el vacío. Y al pensar en mi libro se apoderaba de mí la más descomunal desolación que jamás he sufrido. Hasta entonces, nunca me había dado cuenta de lo unido que había estado a mi libro, de que se había convertido en uno de mis miembros fundamentales; ahora que me lo habían arrebatado, notaba mi vida carente de sentido, vacía como un caparazón. Ahora que el libro se había ido, que no podía hacer nada más por él, sentía una abisal sensación de fracaso. Siempre he sentido cierto temor a publicar, por más que publicar sea algo que he perseguido tenazmente. Pese a todo lo que he escrito, siempre he sentido una creciente desesperación a medida que se acercaba el momento de imprimir y no sólo a mi editor le he suplicado que aplazara la publicación hasta la siguiente temporada, sino que también a directores de revistas les he pedido que aplazaran uno o dos meses la aparición de uno de mis cuentos, para tener la oportunidad de trabajarlo un poco más, de hacerle algo aunque no siempre supiera exactamente qué.
Sufría ahora una agobiante sensación de vergüenza, mucho más intensa que las que hubiera sentido antes. Me sentía como si me hubiera exhibido perversamente cual un pobre idiota carente de talento, dándole la razón a los críticos que habían profetizado que mi primer libro sería un chispazo sin continuidad. Con ese estado de ánimo llegué a París el 8 de marzo, el mismo día que Del Tiempo y el Ríose ponía a la venta en Estados Unidos. Me había ido a Francia a olvidarlo, y sin embargo no dejaba de pensar en él. Del alba al crepúsculo, noche y día, recorría las calles sin tregua; en menos de dos semanas, fui a misa al Sacré Coeur como mínimo una docena de veces; luego volvía a deambular por las calles de París, volvía al hotel a las diez de la noche y me derrumbaba en la cama; pero ni así conciliaba el sueño.
Tras varios días de zozobra, me forcé a ir a la agencia de viajes en la que un mensaje debía estar esperándome. Encontré un telegrama. Era de mi editor, y decía simplemente: “Reseñas magníficas con algunas críticas en el sentido esperado, abundantes en grandes elogios”. Primero lo leí con una casi intolerable alegría, pero a medida que volvía a leerlo y releerlo, viejas y tenebrosas dudas volvieron a corroerme y al caer la noche ya estaba convencido de que el maravilloso telegrama era precisamente una sentencia de muerte, que mi editor, movido por su infinita compasión, había utilizado esas palabras para hacerme entender que mi obra había resultado un colosal fracaso.
Pasé tres días vagando por las calles de París como un animal enloquecido, tres días de los que luego no pude recordar casi nada. Al fin, envié un frenético telegrama a mi editor, diciéndole que podía soportar cualquier cosa menos esta diabólica incertidumbre, rogándole que me dijera lisa y llanamente la verdad, por amarga que fuera. Su respuesta fue de tal modo, que ya no pude dudar más de él ni de la acogida que había tenido mi novela en mi país.
Así termina la historia de la creación de un libro y de lo que le ocurrió a su autor. Sé que es una historia demasiado larga; también sé que parecerá sólo la historia de los delirantes y ridículos errores de un hombre; pero precisamente por ser una historia así, espero que quizá tenga algún valor. Es una historia del artista como hombre y trabajador. Es una historia del artista como hijo de una familia cualquiera de la Tierra, que conoce todas las angustias, frustraciones y engaños que un ser humano puede conocer.
En cualquier época de la Historia de la humanidad, la vida del artista no ha sido fácil. Y a menudo me ha parecido que en Estados Unidos puede ser perfectamente la más dura de todas. No hablo de cierta frustración de nuestra vida nacional, de cierta esterilidad espiritual, de cierta árida vulgaridad que conspira contra la vida del artista impidiendo su desarrollo. No aludo a esas cosas, porque ya no les doy la importancia que antaño les concedí. Me refiero al trabajo efectivo del artista, al carácter de la labor que le espera. Una labor cuyas proporciones materiales me parece que aquí son más grandiosas y difíciles que en cualquier otro país del mundo. No sólo porque al artista norteamericano le sea imposible disponer, como en las culturas de Europa y Asia, de modelos previos, referencias formales y una tradición que otorguen a su obra la necesaria autenticidad y valor propio. No sólo porque deba fundar una nueva tradición, sacándola de su existencia misma y de la magnitud y potencia de la vida norteamericana, creándose sus propios modelos. No sólo porque deba encarar esos problemas; es mucho más que eso: tiene que descubrir un mundo y su lenguaje.
En eso consiste la lucha por la que debemos apostar nuestra vida en lo sucesivo. De entre el billón de formas de Estados Unidos, de la salvaje violencia y densa complejidad de su multitudinaria vida, de la singular e inimitable sustancia de esta tierra y esta vida nuestras, debemos extraer, con la fuerza y el aliento de nuestras propias vidas, el sentido de nuestra lengua y el intransferible espíritu de nuestro arte.
Thomas Wolfe

(1) En la foto que encabeza el artículo, Thomas Wolfe aparece en Colorado junto a Helen R. Ferril, esposa de un editor y poeta local (1935)

domingo, 8 de enero de 2017

NOCHE ESTRELLADA




NOCHE ESTRELLADA


Il faut voyager  loin en aimant sa maison.

APOLLINAIRE, Les mamelles deTirésias.

Una noche clara, tibia, iluminada por cientos de luces lejanas  titilantes  en el cielo oscuro y extenso sobre el  ancho mar, caminaba sin rumbo con mi perrita y de repente el largo paseo en perspectiva se estrechaba cada vez más, tal vez caminaba demasiado lenta, tal vez me sobrecogiera un encuentro fortuito, tal vez el tiempo se detuvo en ese instante en que alguien pronunció mi nombre desde la oscuridad.
La silueta era enorme, la silueta de un hombre sin duda, con un cigarrillo apoyado en la comisura de sus labios y portaba además un perro de grandes dimensiones de su mano derecha.
Los perros son amigos de saludarse y conocerse entre ellos, se olisquearon un rato y continuaron el camino a nuestro paso.
El hombre miraba al cielo mientras hablaba y con el ceño ligeramente fruncido a causa del cigarrillo pendiente de su boca a punto de caerse. Creo que nos conocíamos desde  tiempos remotos no puedo decirlo con certeza, una nube de sueños velaba mi entendimiento, pues viajaba en esos momentos a lo largo de páginas leídas con un placer de esos que perduran y se asocian a otros en el presente y forman entre sí una sociedad extraña en revoltijo. Ignoro por qué pero el hombre me vino como asociado a una de esas noches parisinas en las que la lluvia salpica pertinaz el empedrado de sus calles y es preciso guarecerse en una café al azar y tomar un vino caliente o quizás algo más fuerte que ahuyente la humedad.
Tras comentarios repetidos e insistentes a cerca de la noche esplendorosa que acompañaba nuestros pasos él hombre sugirió sentarnos en un banco para mostrarme un enmarañado lio de papeles que con destreza desplegó sobre sus largas piernas. A la luz artificial de una farola en los pliegos se dibujaban infinidad de circuitos con puntos bien significados y flechas que indicaban nada menos que el ir y venir de los astros. Él conocía todos sus nombres y movimientos, y de vez en cuando alzaba la vista al firmamento y señalaba con el dedo tal o cual situación de una constelación, de una estrella.
Sentí el calor y el efecto del vino caliente en mi estómago y seguí las indicaciones de mi mentor  sin vacilar y entusiasmada. Las calles empedradas y empapadas de lluvia se confundieron con los adoquines secos de un paseo improvisado a la orilla del mar iluminado con fuerza por centenares de estrellas. Los perros, símbolos siempre del momento presente alzaron sus pesados cuerpos sobre sus patas y nos indicaron su ansia de trayecto.
Una nebulosa extraña velaba mis ojos, tal vez el brillo que dibujaba extrañas perspectivas, perdida como siempre, palpé con mis propias manos el vacío del aire que me circundaba, solo las páginas de un libro me revelaron el enigma de esta noche mágica, el hombre corpulento, las calles empedradas húmedas de lluvia, la noche poblada de estrellas, idéntico universo de noches sucesivas se confundieron en qué y por qué.
Ya más relajada alcé mi obnubilada vista  hacia el cielo y constaté que la presencia de las estrellas era tan real  y tan etérea como la presencia de un sueño.

FOTO: La noche estrellada sobre el río Ródano

Vincent van Gogh

lunes, 19 de diciembre de 2016

LA NIEVE HUGH WALPOLE









La nieve

 

            Hugh Walpole

[El texto de este relato es una transcripción del que se recitó en la edición número 416 del programa de radio Proyecto terror, cotejada luego con el original inglés para corregir errores y ajustar la puntuación. (Nota del editor digital).]

            La segunda señora Ryder no era una joven que se asustase con facilidad, pero ahora estaba en pie en la penumbra del pasillo, con la espalda apoyada contra la pared, la mano sobre el corazón, mirando la ventana grisácea al otro lado de la cual la nieve caía continuamente sobre la luz de la lámpara.
            Aquel pasillo llevaba desde el estudio hasta el comedor, y la ventana daba al pequeño sendero asfaltado que corría al borde del césped de la catedral. Mientras contemplaba el pasillo, no estaba segura de si la mujer estaba allí o no. ¡Qué absurdo por su parte! Sabía que la mujer no estaba allí. Pero si la mujer no estaba, ¿cómo era que podía distinguir con tanta claridad la anticuada[62] capa gris, el desarreglado pelo canoso y el claro contorno de la mejilla pálida y el mentón erguido? Sí, y aún más que eso, el largo vuelo del vestido gris cayendo en pliegues hasta el suelo, el relampagueo de un anillo dorado en la mano blanca. No. No. No. Aquello era una locura. Allí no había nadie ni nada. Era una alucinación…
            Muy débilmente una voz pareció llegar hasta ella: «Te lo advertí. Por última vez…».
            ¡Qué tontería! ¿Hasta dónde iba a llevarla su imaginación? Los sonidos leves de la casa, un grifo abierto en algún sitio, una voz débil en la cocina, estos y otros se habían convertido en una voz imaginada. «Por última vez…».
            Pero su terror era auténtico. Normalmente no la asustaba nada. Era joven, sana y valiente, amiga del deporte, de la caza, del tiro, de aceptar cualquier riesgo. Ahora se sentía verdaderamente paralizada por el terror: no podía moverse, no podía avanzar por el pasillo y encontrar la luz, la calidez, la seguridad en el comedor. Todo el tiempo la nieve caía sin parar, sigilosa, con su propia y secreta intención, maliciosa, al otro lado de la ventana, bajo el pálido resplandor de la luz de la lámpara.
            Entonces, inesperadamente, se oyó un ruido procedente del vestíbulo, puertas abriéndose, pies corriendo, una pausa y, después, con voces claras y hermosas, las bien conocidas estrofas del «Buen rey Wenceslao». Eran los monaguillos de la catedral en su habitual ronda navideña. Era Nochebuena. Siempre solían llegar a aquellas horas en Nochebuena.
            Con un alivio intenso, casi increíble, volvió al vestíbulo. Al mismo tiempo, su marido salió del estudio. Juntos sonrieron al grupito de niños con bufanda y abrigo que cantaban poniendo toda su alma en el empeño, hasta que la vieja casa reverberó con su melodía.
            Tranquilizada por la calidez y por la compañía humana, olvidó su terror. Había sido su imaginación. Últimamente no se había sentido demasiado bien. Por eso había estado tan irritable. El viejo doctor Bernard no había sido de ayuda: no entendía su caso. Después de Navidad iría a Londres para buscar el mejor tratamiento…
            Si hubiera estado bien, no habría exhibido media hora antes un mal genio tan terrible por nada. Sabía que era por nada y, sin embargo, ese conocimiento no la había ayudado a contenerse. Después de cada estallido de genio se decía a sí misma que no habría más; y entonces Herbert decía algo irritante, alguna de sus estupideces sin sentido, ¡y ella volvía a estallar!
            Ahora notaba, mientras estaba a su lado al pie de la escalera, que todavía estaba resentido. Sin duda, media hora antes había dicho algunas cosas abominablemente groseras[63] —cosas que no decía en serio—, y él las había aceptado con su aire manso y silencioso. Si no fuera tan manso y silencioso, si le pagara con su misma moneda, ella no perdería los nervios. De eso estaba segura. Pero ¿quién no se sentiría irritado por tanta mansedumbre y por el único reproche que le había hecho nunca?: «Elinor me entendía mejor, querida». ¡Arrojar a la primera esposa contra la segunda! ¿Acaso no era esa la cosa con menos tacto que podía hacer un hombre? Y además, ¿Elinor, aquella mujer mayor y ajada, el perfecto opuesto de su juventud, su alegría, su entusiasmo? Por eso era por lo que Herbert la había amado, porque era alegre, radiante y joven. Era cierto que Elinor había sido devota, que había estado tan completamente dedicada a Herbert que vivía solo para él. La gente siempre estaba recordando su devoción, lo cual era bastante grosero y falto de tacto por su parte.
            Bueno, ella no era capaz de entregar a nadie aquella devoción sensiblera y anticuada; no le salía, y Herbert ya lo sabía a estas alturas.
            No obstante, amaba a Herbert a su manera, y él tenía que saberlo, tenía que saberlo con tanta seguridad que no debería prestar atención a sus estallidos de genio. No se sentía bien. Iría a ver a un médico en Londres…
            Los niños terminaron sus villancicos, fueron apropiadamente recompensados y salieron dando tumbos como pájaros plumosos otra vez a la nieve. Volvieron al estudio, los dos juntos, y se quedaron en pie junto a la gran chimenea. Ella levantó la mano y le acarició su fina y preciosa mejilla.
            —Lamento haberme enfadado hace un momento, Bertie. No lo decía en serio, ¿sabes?
            Pero él no la besó y le dijo que no importaba, como acostumbraba a hacer. Mirando directamente al frente, contestó:
            —Bueno, Alice, me gustaría que no hicieras esas cosas. Me duele mucho. Me afecta más de lo que te imaginas. Y cada vez lo haces más. Me haces sentir muy mal. No sé qué hacer al respecto. Y todo por nada.
            Irritada al no recibir el cumplido habitual por su dulzura para hacer las paces, se retiró un poco y contestó:
            —Oh, muy bien. He dicho que lo sentía. No puedo hacer más.
            —Pero dime —insistió él—, quiero saberlo. ¿Qué hace que te pongas tan furiosa así, de pronto? Y además por nada.
            Estaba a punto de dejar que su ira creciese, su ira ante su torpeza, su obstinación, cuando un miedo la detuvo, un miedo extraño e inexpresable, como si alguien le hubiera susurrado: «¡Cuidado! ¡Esta es la última vez!».
            —No es solo culpa mía —contestó ella, y salió de la habitación.
            Se quedó en el frío vestíbulo, sin saber adónde ir. Podía sentir la nieve cayendo fuera de la casa y se estremeció. Odiaba la nieve, odiaba el invierno, aquel bestial, frío y oscuro invierno inglés que duraba eternamente, solo para transformarse al final en la húmeda y empapada primavera inglesa.
            Llevaba todo el día nevando. No era habitual que nevara tanto en Polchester. Era el invierno más duro que habían conocido en muchos años.
            Cuando pidió a Herbert que pasaran el invierno en el extranjero —cosa que podían permitirse sin problemas—, él le contestó con impaciencia; sentía un gran afecto por aquel pueblucho medio muerto con su catedral. Parecía que la catedral le importaba muchísimo; ¡no estaba contento si no iba a verla todos los días! No le extrañaría que pensara más en la catedral que en ella. Elinor había sido igual; incluso había escrito un librito sobre la catedral, sobre la tumba del obispo negro y los cristales tintados y todo lo demás…
            ¿Qué era la catedral al fin y al cabo? ¡Solo un edificio!
            Estaba de pie, en medio de la salita de estar, contemplando a través de la nieve fantasmal el enorme bulto de la catedral que Herbert decía que era como una nave volante, pero que para ella era más como una bestia agazapada lamiéndose los labios para limpiarse de los miserables pecadores[64] que constantemente devoraba.
            Mientras la miraba y se estremecía, sintiendo que, a pesar de sí misma, su genio y su angustia crecían tanto que amenazaban con ahogarla, le pareció que su radiante y alegre salita iluminada por el fuego se había abierto de repente a la nieve. Fue exactamente como si hubieran aparecido grietas por todas partes, en el techo, las paredes, las ventanas, y como si a través de esas grietas se filtrara la nieve, goteando en rastros de humedad por las paredes, tal vez formando ya charcos de agua sobre la alfombra.
            Por supuesto que aquello era todo pura imaginación, pero la verdad era que la habitación estaba terriblemente fría, aunque ardía un gran fuego y era el cuarto más acogedor de la casa.
            Entonces, al volverse, vio la figura junto a la puerta. Aquella vez no podía haber error alguno. Era una sombra gris, y sin embargo una sombra con forma y silueta: el desarreglado pelo gris, el rostro pálido como una hoja iluminada por la luna, las largas ropas grises, y con algo obstinado, vengativo y terriblemente amenazador en su pose.
            Se movió y la figura desapareció; allí no había nada y la habitación volvía a estar caliente, de hecho hacía mucho calor. Pero la joven señora Ryder, que nunca había temido nada en toda su vida excepto que desapareciese su juventud, temblaba tanto que tuvo que sentarse, y ni siquiera así cesaron sus temblores. Su mano temblaba sobre el reposabrazos de la silla.
            Había inventado todo aquello al imaginarse que Elinor la odiaba y por el odio que ella sentía hacia Elinor. Cierto era que no habían llegado a conocerse, pero ¿quién sabía si los espiritistas tenían razón y el espíritu de Elinor, celoso del amor que sentía Herbert por ella, había estado separándoles, obligándola a perder los nervios y luego odiándola por hacerlo? ¡Cosas así podían ocurrir! Pero no tenía demasiado tiempo para especulaciones. Le preocupaba su miedo. Era un miedo real, definido, la clase de miedo que uno tiene justo antes de someterse a una operación. Alguien o algo la amenazaba. Se aferró a su silla como si levantarse de ella fuera arrojarse al desastre. Miró a su alrededor por todas partes; todas las cosas familiares, los cuadros, los libros, las mesitas, el piano, eran distintas ahora, aisladas, extrañas, hostiles, como si hubieran sido conquistadas por un poder enemigo.
            Deseaba que Herbert viniera a protegerla; sentía un gran cariño hacia él. Nunca volvería a perder los nervios con él… Y en aquel mismo instante, una voz fría pareció susurrarle[65] al oído: «Más te vale. Sería la última vez».
            Por fin reunió valor para levantarse, cruzar la habitación y vestirse para la cena. En su habitación, recuperó el ánimo una vez más. Sin duda hacía mucho frío, y la nieve, como podía ver cuando miraba entre las cortinas, caía más densamente que nunca, pero se dio un baño caliente, se sentó delante del fuego y recuperó la sensatez.
            Durante muchos meses había sido creciente la extraña sensación de que la vigilaban y que alguien hostil la acompañaba. Tal vez fuera más intensa debido a lo que Herbert le había contado de Elinor; decía que era la clase de mujer que, una vez amaba a alguien, nunca soltaba a esa persona; era completamente fiel. Con eso daba a entender que su tenaz fidelidad, en algunas ocasiones, había sido un poco difícil de llevar.
            —Siempre decía —añadió una vez— que me cuidaría hasta que me reuniera con ella en el otro mundo. ¡Pobre Elinor! —suspiró—. Tenía una gran fe religiosa, mucho más fuerte que la mía, me temo.
            Siempre era después de una de sus rabietas cuando la joven señora Ryder era más consciente de su alucinación, de la terrible incomodidad de sentir que había alguien cerca que la odiaba, pero fue solo durante la última semana cuando empezó a imaginar que realmente veía a alguien, y con cada día que pasaba la sensación de percibir esa figura había ido creciendo.
            Por supuesto, eran solo sus nervios, pero era una de aquellas afecciones nerviosas que se volvían agotadoras si uno no se libraba de ellas[66]. La señora Ryder, segura en la calidez y la intimidad de su dormitorio, decidió que a partir de aquel momento solo mostraría dulzura y luz. ¡Se acabaron los estallidos! Aquello era lo que más daño le estaba haciendo.
            Aunque Herbert fuera un poco irritante, ¿acaso no era eso lo que ocurría con todos los maridos del mundo? ¿Y acaso no estábamos en Navidad? ¡Paz y buena voluntad a todos los hombres! ¡Paz y buena voluntad a Herbert!
            Se sentaron el uno enfrente del otro en el coqueto comedor cubierto de grabados chinos, la mesa resplandeciente y las cortinas ambarinas profundamente oscuras bajo la luz del fuego.
            Pero Herbert no era él mismo. Supuso que todavía seguía dolido por su riña de aquella tarde. Los hombres eran unos niños. ¡Era increíble lo niños que eran![67]
            Así que, cuando la doncella salió de la habitación, se acercó a él, se inclinó y le besó en la frente.
            —Querido… ya veo que sigues enfadado. No debes estarlo. De verdad que no. Es Navidad, y si yo te perdono a ti, tú debes perdonarme a mí.
            —¿Que tú me perdonas? —preguntó, mirándola como si estuviera molesto—. ¿Qué es lo que tienes que perdonarme?
            Bueno, aquello era demasiado. Cuando ella había dado todos los pasos, y había humillado su orgullo.
            Volvió a su silla, pero durante un tiempo no pudo contestarle porque la doncella estaba presente. Cuando volvieron a quedarse solos, reunió toda su paciencia y dijo:
            —Bertie, querido, ¿de verdad crees que se puede ganar algo poniéndonos así de malhumorados? No es digno de ti. De verdad que no lo es.
            Él contestó con mucha tranquilidad.
            —¿Malhumorado? No, esa no es la palabra adecuada. Pero prefiero callarme. De lo contrario, diré algo que lamentaría. —Luego, después de una pausa, en voz baja, como si estuviera murmurando para sí, añadió—: Estas riñas constantes son espantosas.
            Su genio volvió a despertarse; otro yo que no tenía nada que ver con su verdadero yo, una desconocida para ella y, sin embargo, una amiga muy familiar.
            —No seas tan mojigato —contestó ella, con voz un tanto temblorosa[68]—. Estas disputas son solo culpa mía, ¿verdad?
            —Elinor y yo nunca nos peleábamos —dijo él, tan suavemente que ella apenas pudo escucharle.
            —¡No! Porque Elinor pensaba que eras perfecto. Te adoraba. A menudo me lo has dicho. Yo no creo que seas perfecto. Yo tampoco soy perfecta. Pero ambos tenemos defectos. No soy la única culpable.
            —Será mejor que nos separemos —dijo él, levantando la mirada de repente—. Ya no nos entendemos. Antes sí nos entendíamos. No sé qué es lo que lo ha cambiado todo. Pero, tal y como están las cosas, lo mejor sería que nos separásemos.
            Le miró y supo que le amaba más que nunca, pero porque le amaba tanto quería hacerle daño, y porque había dicho que pensaba que podría pasarse sin ella se puso tan furiosa que olvidó todas las precauciones. Su amor y su cólera se sumaron el uno a la otra. Cuanto más furiosa se ponía, más le quería. Dijo:
            —Sé por qué quieres que nos separemos. Es porque estás enamorado de otra. (Qué gracioso —dijo algo dentro de ella—. No lo dices en serio). Me has tratado como me has tratado, y ahora quieres dejarme.
            —No estoy enamorado de otra persona —le contestó firmemente—, y lo sabes. Pero somos tan infelices juntos que es estúpido seguir… estúpido… Todo esto ha sido un fracaso.
            Había tanta infelicidad, tanta amargura en su voz que ella comprendió por fin que había ido demasiado lejos. Le había perdido.
            No era aquello lo que buscaba. Estaba asustada y su miedo la enfureció tanto que se dirigió hacia él.
            —Muy bien… Entonces se lo contaré a todos… cómo has sido. Cómo me has tratado.
            —Otra escena, no —contestó con hartazgo—. No lo soporto más. Esperemos. Mañana es Navidad…
            Se sentía tan desgraciada que la rabia que sentía hacia sí misma la enloqueció. No podía soportar sentirse tan desesperadamente decepcionada consigo misma, con su vida en común, con todo.
            Con un estallido de rabia ciega, le golpeó; fue como si se estuviera pegando a sí misma. Él se levantó y se marchó de la habitación sin decir una palabra. Se produjo una pausa, y luego ella oyó que la puerta del vestíbulo se cerraba. Había abandonado la casa.
            Se quedó parada, recuperando lentamente el control. Cuando perdía los nervios era como si se hundiera bajo el agua. Cuando todo había terminado, volvía[69] una vez más a la superficie de la vida, preguntándose dónde había estado y qué había estado haciendo. Ahora se quedó allí parada, desconcertada, y entonces fue inmediatamente consciente de dos cosas: una, que la habitación estaba amargamente fría, y la otra, que había alguien con ella en la habitación.
            Esta vez no tuvo que mirar a su alrededor. No se dio la vuelta, sino que solo miró directamente las ventanas cubiertas por cortinas, observándolas muy detenidamente, como si estuviera haciendo inventario de ellas para algún futuro análisis, con sus gruesos pliegues ambarinos, sus varas doradas, sus líneas blancas, y detrás de ellas la nieve que caía.
            No necesitaba volverse, sino que[70], con un escalofrío de terror, supo que aquella figura gris que, durante las últimas semanas, había estado acercándose cada vez más estaba casi a la altura de su hombro. Oyó con claridad: «Te lo advertí. Esta ha sido la última vez».
            Al mismo tiempo, entró Onslow, el mayordomo. Onslow era ancho, gordo y rubicundo, un mayordomo bueno y fiel, apasionado de la música de iglesia. Estaba soltero, y se decía que las mujeres le habían decepcionado. Tenía una madre anciana en Liverpool a quien se sentía muy unido.
            Con un fogonazo de entendimiento, pensó en todo aquello cuando él entró. Esperaba que él viera también[71] la figura gris a su lado. Pero se mostró impasible, su complacencia ceremonial le cubría de seguridad.
            —El señor Fairfax ha salido —dijo ella con firmeza. Oh, sin duda tenía que ver algo, tenía que notar algo.
            —¡Sí, señora! —Luego, sonriendo de forma más bien ampulosa, añadió—: Está nevando mucho. Nunca había visto nevar así por aquí. ¿Quiere que encienda el fuego de la salita, señora?
            —No, gracias. Pero el estudio del señor Fairfax…
            —Sí, señora. Solo pensé que, como hace tanto calor en esta habitación, podría resultarle algo fría la salita.
            ¿Que hacía calor en aquella habitación, cuando estaba temblando de la cabeza a los pies? Si no se abrazaba era para que no la viera… Deseó que se quedara, deseó implorarle que no se marchase; pero al momento se había[72] ido, cerrando suavemente la puerta al salir.
            Entonces, un deseo loco de huir se apoderó de ella, y no pudo moverse. Estaba pegada al suelo, y mientras intentaba con todas sus fuerzas chillar, gritar, tirar la casa abajo a voces, descubrió que solo conseguía emitir un susurro, y sintió el frío contacto de una mano sobre la suya.
            No volvió la cabeza: toda su personalidad, toda su vida pasada, su pobre valor, su miserable fortaleza fueron invocados para enfrentarse a aquella sensación de muerte inminente que era tan inconfundible como un olor determinado o el timbre familiar de un gong. Había soñado en pesadillas con la muerte inminente y siempre había sido así, un terrible encogimiento del corazón, una parálisis de las extremidades, una sensación asfixiante de desastre parecida a un anestésico.
            —Se te advirtió —volvió a decirle.
            Sabía que si se daba la vuelta vería la cara de Elinor, rígida[73], blanca, despiadada. Aquella mujer siempre la había odiado, siempre había estado vilmente celosa de ella, protegiendo a su miserable Herbert.
            Cierto rencor pareció abandonarla. Descubrió que podía moverse, sus extremidades estaban libres.
            Alcanzó la puerta, pasó corriendo por el pasillo, llegó al vestíbulo. ¿Dónde podría estar a salvo? Pensó en la catedral, donde aquella noche había un servicio de Navidad. Abrió la puerta del vestíbulo y, mientras recibía la espesa y sorda nieve, salió corriendo.
            Cruzó el césped hacia la puerta de la catedral. Sus finas zapatillas negras se hundían en la nieve. Había nieve por todas partes: en su pelo, en sus ojos, en su nariz, en su boca, en su cuello desnudo, entre sus pechos.
            —¡Socorro! ¡Socorro! —quería gritar, pero la nieve la ahogaba. Las luces se arremolinaban a su alrededor. La catedral se alzó como una inmensa águila negra y voló hacia ella.
            Cayó hacia delante, y mientras caía, una mano más fría que la propia nieve la[74] agarró del cuello. Se quedó tumbada en la nieve, forcejeando, y mientras forcejeaba dos manos gélidas y sin carne se cerraron sobre su garganta.

            Lo último que percibió fue el duro contorno de un anillo apretándole el cuello. Luego se quedó inmóvil, la cara sobre la nieve, y los copos la cubrieron con entusiasmo salvaje.